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miércoles, 23 de mayo de 2018

KABUL

La historia de los humildes

Afganistán es un caos. En la actualidad, no hay reportero que se arroje al país sin un ejército alrededor. De hecho, ni siquiera el ejército extranjero patrulla ya el país. Aun así, Ramón Lobo sigue practicando ese periodismo que consiste en mancharse de polvo los zapatos.

En una mala película de acción, el mafioso, dispuesto a ayudar al policía acorralado por una manada de gente armada, al verle recurrir a pastillas para combatir la ansiedad le dice: “Hay dos formas de morir: sintiendo lástima de uno mismo o sin sentirla. Ya veo cuál has elegido”. Vivir, no es una idea nueva, es ir muriendo poco a poco. Es la obligación de renacer con cada mañana o cada momento. Es soportar aquello que pensamos que no podríamos cargar sobre nuestros hombros. Vivir es ser Atlas, el gigante que sostiene el universo. Como Atlas, todos nos romperemos por el eje. A no ser que la situación en que vivamos nos invite a rompernos antes, a hacernos migas, a atomizarnos, a desvanecernos, a licuarnos o cualquier otra forma de perder la consistencia que nos hace humanos. La argamasa con la que se adhieren los pedazos de carne, sangre y espíritu que somos, la que nos da consistencia, humanidad, sensibilidad y el orgullo necesario como para no doblar el espinazo al menor contratiempo, se llama dignidad. Cualquier buen relato versa, necesariamente, sobre la dignidad. El mafioso le increpaba al policía para que se mantuviera digno y sí, el final de la batalla no fue injusto con ellos.
Kabul
Peretz Paternsky, Flickr.
Estos Cuadernos de Kabul nos llevan a la trastienda de la guerra, donde la dignidad no es privativa de los soldados. Afganistán es un caos. En la actualidad, no hay reportero que se arroje al país sin un ejército alrededor. De hecho, ni siquiera el ejército extranjero patrulla ya el país. Un recinto próximo al aeropuerto es todo lo que queda de la intervención de países que mandaron batallones guerreros y, tras ellos, al otro ejército, el humanitario, junto con las empresas que se enriquecieron extrayendo todo lo que pudieron en el menor tiempo posible, como si Afganistán fuera una mina efímera. Pero allí siguen viviendo estos personajes que nos revela Ramón Lobo (Venezuela, 1955), uno de los corresponsales de guerra más honestos que ha habido. Sus visitas a Afganistán se ubican en el tiempo en que la intervención trataba de mantener la farsa de la creación de un estado democrático. Mientras los demás periodistas informaban sobre maniobras políticas o atentados militares –porque de atentados calificaban los ataques bélicos contra las tropas occidentales–, él quiere conocer Kabul y a los habitantes de Kabul. Quiere saber cómo hacen para mantenerse dignos y, para ello, trata de ejecutar algo tan imposible como es no sentirse intruso. En Kabul se identifica a un extranjero, aunque se trate de una mujer cubierta con el burka.
Mientras nos habla de los niños y los barberos, los que cuecen el pan o venden zumos, los escribanos, las patatas o la voz del político minoritario que ha instalado su despacho en una carpa abierta junto al parlamento, da cuenta de cómo ejerce su profesión de corresponsal. Cuando otros se limitan a informar desde las celdas de los grandes hoteles, a través de los comunicados de prensa que reciben, él quiere conocer a las personas, porque está convencido de que el oficio del cronista es mejorar la sensibilidad del lector, ponerla al día, ampliarla. Por eso maldice los tópicos que se han vertido sobre el conflicto en Afganistán y sobre el oficio que ejerce. “El periodismo es mancharse de polvo los zapatos”, dice. Y para ello hace falta mucha humildad. Este es un libro sobre las personas a las que la injusticia y la opresión les niega el derecho a protagonizar su propia vida, y a pesar de ello sostienen con dignidad un universo sobre sus hombros.

Fuente: La línea del horizonte

domingo, 28 de enero de 2018

CONVIENE TENER UN SITO ADONDE IR

Conviene tener un sitio adonde ir

Emmanuel Carrére

Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama
Barcelona, 2017
418 páginas

Esto es lo que Carrére piensa de su oficio, que es el de escritor y el de periodista, con un balance completo de mitomanía y sinceridad en ambos casos: “hay un abismo entre los que han vivido en sus carnes la experiencia del miedo perpetuo, del hambre siempre al acecho, de la mentira generalizada, y los que sin haberla vivido tratan de entenderla y de describirla. Esto no desautoriza a los segundos…”. Y esto lo que hace de que en su caso el estilo sea propio, la estrategia de conducta en investigación algo muy personal y no separe su vida de la de aquellos a quienes relata: “la paradójica comodidad que existe en no atreverse a ser feliz, el beneficio secundario de confiar en que aquel sufrimiento hiciera de mí un gran escritor”. Este volumen recoge gran parte de la obra breve de Emmanuel Carrére (París, 1957), en la que junto a su oficio presenta reflexiones sobre su oficio. A veces a través de la experiencia personal, a veces en proyecciones sobre las lecturas, como a través de Janet Malcolm, con quien tiene un buen puñado de cosas en común. El volumen recopila prólogos, sinopsis, crónicas, anotaciones, reseñas, lecturas, autores y hasta algo de política o del hombre en tanto que animal político, en tanto que habitante de la polis y por tanto actor que interviene en el desarrollo de la misma.
El orden es cronológico y el avance en calidad de los textos es abrumador. Carrére va aprendiendo a ser escritor a una velocidad inusitada. Posiblemente sea un grafómano, pero también, como confiesa que le dijo una de las personas que intentó psicoanalizarle, se empeña en ser inteligente. Esto no se delata en sus inicios, en las crónicas de sucesos, pero sí, y de forma extrema, en la mejor pieza del conjunto, La vida de Julie, un conmovedor relato sobre una enferma de SIDA en una época en la que todavía era una condena a muerte. Conoce a Julie a través de los ojos de otra mujer, quien fuera su amiga a lo largo de los años y también su fotógrafa. No quisiéramos descubrir nada, pero la lucha de Julie por mantenerse a flote está narrada como si le pesara al propio Carrére sabiendo que es una lucha inútil. El final es de lo más demoledor que uno ha leído en décadas. Conocer gente a través de los demás es una de sus especialidades, lo cual, en cierta medida, y como confiesa al recordar sus lecturas juveniles, le acerca a Balzac.
Pero antes ha viajado a la Rumanía sin forma, pero todavía críptica, tras la muerte de Ceaucescu, un país donde triunfan los abyectos. O ha estudiado la obra de Daniel Defoe, más periodista que escritor, un tramposo que transfiere la realidad a un personaje como Moll Flanders para expresar en qué consiste la condición humana y dejarla en los huesos; el problema que denuncia en Defoe es el de creerse un elegido por Dios. Entre sus debilidades cuenta también la de Philip K. Dick, en quien la locura y la sabiduría fueron sinónimos y, a juicio de Carrére, se trata de un iluminado literario. Describe el caos en Sri Lanka, tras el tsunami, la muerte por cáncer de la hermana de un amigo, igualando las desgracias en el sentimiento que provoca en el lector, o indaga en la muerte de Anna Politovskaia, entre otras cosas porque nada le atrae tanto como lo que fue la Unión Soviética y el reguero de pólvora que ha dejado a su paso. Sus visitas a Rusia son frecuentes y siempre regresa con algo hipnótico debajo del brazo. En ese sentido, este es un libro en el que revela sus proyectos, muchos de ellos truncados, pero que al publicarse aquí ya han adquirido forma. Otros apuntan a algo más modesto, de energía más breve, como encuentros y desencuentros amorosos y su análisis, mediante ejemplos de las formas de relación: las individuales que se confrontan con lo general. Como conclusión, sostiene que nada hay más terrible que el desamor.
Pero también asistimos a los ensayos que darían pie a obras posteriores, esas que han hecho de él un gran escritor: el caso Romand, del que nace la obra El adversario; Limónov, como no podía ser menos, con toda su vehemencia por delante; el último prisionero húngaro, en las cárceles soviéticas, desde la Segunda Guerra Mundial, donde se fraguaría Una novela rusa. Su labor y sus principios hacen de él un caso extraño en el periodismo, algo así como un arqueólogo, porque al igual que ellos, convierte su descubrimiento, lo antiguo, en lo posmoderno. Siempre hemos cohabitado con estos seres deformes y poco sociables, cuyas vidas él intenta comprender narrándolas, porque del relato se deduce la psicología y no al revés.
Como en el caso del matemático Alan Turing, el padre de la cibernética, la primera persona que sin saberlo formuló la diferencia entre hardware y software, asistimos aquí a los códigos cifrados de un creador. Como en el caso de Alan Turing, se pregunta si llegaremos a crear máquinas que piensan y contesta que no, que el alma es pensamiento, que pensar y sentir es lo mismo. Y él, pese a la frialdad que intenta mantener como periodista, se vale de las trampas emocionales de los escritores de ficción.

Fuente: Culturamas

lunes, 15 de enero de 2018

LA TRIBU

La tribu. Retratos de Cuba

Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

Sexto Piso
Madrid, 2017
257 páginas

Hay que ser muy joven, o muy viejo o muy valiente, para atreverse a afirmar que pasión y tristeza es lo mismo. Eso aparece reflejado en palabras de uno de los perfiles que tan bien traza Carlos Manuel Álvarez Rodríguez (Cuba, 1989) y que, al reproducirlas las hace suyas. Y al leerlas las hacemos nuestras. Con ese espíritu, con el de la idea de que pasión y tristeza es lo mismo, están construidas las voces que forman un conjunto del que podemos extraer una idea sobre cómo Cuba se ve a sí misma. El momento en que están escritos supone el mayor cambio en la historia del país desde la implantación del régimen de Fidel Castro. El periodo que va del año 2014 al 2016 es un tiempo de apertura, una época en la que entrar y salir del país resulta más fácil. Resulta más fácil huir, pero también elegir quedarse. En ambos casos, la imposibilidad de conseguir dinero, ese apunte demasiado realista, sale a flote. Y esto implica no solo a los entrevistados, sino también a la gente de los entrevistados, que son parte de unos perfiles que pretenden ser periodismo, pero que si Carlos Manuel Álvarez Rodríguez se lo propusiera, serían poesía.
La mayor virtud de Álvarez Rodríguez es su maleabilidad humana. Se adapta a cada caso, a cada situación. Se valora por igual la vida extraordinaria que el acto de un hombre anónimo. Cualquiera de ellos tiene el mismo fin: completar a una persona. El voltaje puede ser alto o bajo, la forma plana o espinosa, podemos estar frente a un asesino o un travesti, que Álvarez Rodríguez sacará de ellos lo mejor que tienen como para construir un perfil que no nos deja indiferente. Los artículos son tal vez algo largos, pero están escritos, por lo general, a tramos cortos y compactos. Lo que no se cuenta también es relato. Y lo único que tiene en común es su cualidad de vividores. Da igual que se trate de alguien pendenciero o de vida sexual muy activa, de vividores a la fuerza o de muertos de hambre, de hijos de la violencia o contrasociales o prosociales. La tensión siempre está al máximo, como la cuerda de una guitarra. Y el estado no es ajeno a esa tensión, como no lo son las libertades, así, en plural, dado que cada individuo entiende la libertad de una manera. Patria, lo que se entiende como patria, como país, nación, estado al que uno pertenece, eso ya no existe. Al menos en ese sentido Cuba lleva la delantera. En lo que sí cree Carlos Manuel Álvarez Rodríguez es en el derecho a ser uno mismo, de ahí que supervivencia o creatividad tengan la misma potencia estilística.
La lista de gente que transita por el libro nos puede ayudar a hacernos una idea de los intereses del autor, que son todos. El jugador de béisbol que emigra, el guerrillero, el músico y el travesti, el que habita en un vertedero y el que mata las horas en el malecón de La Habana, el boxeador, el balsero, los emigrantes que viajan a Ecuador para intentar alcanzar Estados Unidos desde allí, atravesando el continente en canal, los traficantes, el rapero y el cronista social, la lesbiana suicida, la madre de la lesbiana suicida, la niña de once años que fue madre y será mamá mucho tiempo más tarde, el poeta que por sí solo salva a Cuba para la historia y, como no, Fidel Castro, a quien dedica algo que uno no se atreve a llamar obituario, dado que está colocado al final del libro y, como no, uno llega a él como si conociera de primera mano, como si hubiera nacido allí y no hubiera hecho otra cosa que observar, lo que ha sido Cuba y lo que ha supuesto para los cubanos.

Fuente: Culturamas

martes, 19 de diciembre de 2017

TORRES DE PIEDRA

Desde el país de nunca jamás
Alma Guillermoprieto
Traducción de Margarita Valencia
Debate
Barcelona, 2011
380 páginas

Torres de piedra
Wojciech Jagielski
Traducción de Francisco Javier Villaverde González
Debate
Barcelona, 2011
350 páginas


Anatomía de los viajes al conflicto

Sale a la luz una colección denominada La Ficción Real, con la cual la editorial Debate rinde homenaje a la crónica como género literario. En estos tiempos la crónica no precisa de una defensa que argumente que se ha constituido, por mérito propio, en un literatura. Basta con leer cualquier libro de Kapuściński, por mencionar al cronista más popular de los últimos años. O también bastaría con acercarse a los clásicos norteamericanos, entre los que se encuentra Gay Talese, el autor del tercer libro con que se inicia la colección, esa obra maestra que se titula La mujer de tu prójimo.

Los dos títulos que acompañan a la obra de Talese son también magníficos representantes de un género que día a día va haciéndose más necesario. En una época en que la información se sucede con el formato y el ritmo de un videojuego, la lectura sirve para detenerse, para iniciar una meditación. Ambos libros se centran en reportajes de viaje, lo cual supone al lector entablar con el texto la distancia que precisa este tipo de obras: la experiencia de trasladarse a otro lugar equivale a la de trasladarse a otro tiempo, lo que facilita que el viaje al conflicto conserve intacta su frescura.

Así, Torres de piedra pasa a ser un libro valiente, pues la osadía es lo primero que alguien admira en un periodista como Jagielski. Este autor polaco, digno heredero de Kapuściński, se adentra en la región olvidada de Chechenia, uno de esos lugares oscuros en el mapa del mundo, apenas conocido merced a algún delito de sangre. “El Cáucaso no es más que un polígono de tiro en el cual hacen carrera los políticos rusos”, dirá uno de los entrevistados. Chechenia es un país sin ley, un territorio en el que la perplejidad del viajero, ese ¿qué hago yo aquí?, se revuelve contra el lector. Al fin y al cabo, uno no puede dejar de preguntarse qué se le ha perdido a Jagielski allí. “Conseguir ser testito de un suceso de principio a fin no resulta nada fácil, y menos aún contemplarlo todo desde ambos lados de la barricada, tener una visión completa del hecho, para así depender únicamente de las observaciones e impresiones propias”. Y más complicado aún resulta cuando este hecho es tan enorme como una guerra. De ahí cierto extrañamiento que emana del reportaje, incrementado por la estirpe de personajes que van saliéndole al paso: desheredados, desahuciados, combatientes sin romanticismo, dirigentes perdidos en un mundo perdido. Más que en ninguna otra obra, más, incluso, que en los ensayos de Edward Said, en Torres de piedra queda patente que el camino de Oriente y el de Occidente son paralelos.

El noble intento de Jagielski es el de sacar a este territorio y a esta guerra del oscurantismo. Y el planteamiento es la necesidad de que esto suceda, pues no hay personajes en esta obra, sino personas, gente que bregan por encontrar sus dignidades: la dignidad del perdedor, la dignidad del hambre, la dignidad del soldado. Y estas dignidades se confunden, con frecuencia, con los códigos de honor, y se identifican, gracias a los planteamientos de Jagielski, con la memoria. Si ser humano significa poseer memoria, los habitantes de Chechenia se ganan este apelativo a fuerza de luchar por una libertad casi imposible de definir. Al parecer, existe un robo de la libertad, pero también un miedo a ser libres, lo cual implica llevar a todo un pueblo en un naufragio a la deriva. Apenas alguno de los individuos con que se topa, gente peculiar y divergente, se atreve a enunciar principios sobre los que podría construirse la libertad del pueblo, un estado.

Jagielski se erige en testigo de la injusticia al reflejar el territorio desconocido en que habita gente que ha perdido su mundo. De su narración de los hechos se deduce ese grito que pide una voz para el que no la tiene, para una gente que tiene el carácter del lobo, un animal tan temido como admirado. Y al mismo tiempo, no renuncia a su papel de periodista a la búsqueda de una explicación. De ahí sus indagaciones geopolíticas que alternan con el viaje, unos reflejos históricos que ponen sobre el tapete la distancia tan enorme que existe entre la realidad a pie de guerra y las caprichosas estrategias de algunos dirigentes. Torres de piedra es un libro poliédrico, en el que no se renuncia ni al relato de viajes ni a la historia contemporánea, en el que se pretende explicar informando. Pero sobre todo es un relato demoledor en el que todo su contenido se aboca a unos capítulos finales por los que deambulan, con su presencia excéntrica, ruinas humanas, la derrota sin paliativos ni dignidad, y la peor exégesis de la depresión.

“La fe revolucionaria es dura, y exige sacrificios absolutos: la danza me pareció de repente una disciplina frívola”. Y con esa motivación Alma Guillermoprieto, una de las mejores periodistas vivas, razona el abandono de su carrera como profesora de baile para afrontar necesidades como la de “entender la violencia –y la indiferencia ciudadana ante ella-“, que, apunta, parece haber sido el sino de los latinoamericanos. Y, también, para “conocer los sueños y padecimientos de los nuevos ciudadanos latinoamericanos bajo las condiciones de una modernidad que nunca acaba de llegar”.

Desde el país de nunca jamás es una recopilación de las crónicas que Guillermoprieto ha escrito a lo largo de treinta años, todas ellas vinculadas a América Latina, y todas con el conflicto como eje narrativo. No importa si este conflicto toma la forma más descarnada, como una masacre en El Salvador, o explota alguna versión algo cutre de la vida cotidiana, como la neurosis colectiva que produce el asesinato de una actriz de telenovela brasileña.

Se presenta el libro como una suerte de patch-work social y político, en el que se retrata toda América Latina: desde un Fidel Castro fiel a sus principios y una Cuba bipolar, a los repudios por el horror de la sangre y todo lo bélico; desde la rebeldía juvenil a la literatura; desde las diferentes cataduras morales de los demagogos, gobernantes y empresarios, a la lucha de clases y la lucha étnica; desde lo más pintoresco a la teología de la liberación. De toda esta colección de retazos se decanta la esencia del proyecto literario de Guillermoprieto, que es la búsqueda del hombre decente. Una búsqueda que incrementa su voracidad intrigante al producirse en un territorio en plena formación, al estar retratada por alguien que está siendo testigo de la evolución de buena parte del planeta. Interesa, pues, que este cronista sea un reportero libre. Y esa es la impresión que da Guillermoprieto, la de alguien que se limita a registrar, hasta el punto que al describir imágines, algunas colmadas de horror, se diría que practica puro voyeurismo: apenas existen los recursos literarios en su prosa.

El estilo es tan sobrio como difícil, uno de los puntos fuertes de sus crónicas. Al leer sus reportajes, uno tiene la impresión de que una crónica no puede ser nada más que esto: alcanzar al lector como si se estuviera dirigiendo a su mejor amigo y necesitara informarle con velocidad, pero con paciencia. Su principal herramienta de trabajo parece ser la memoria, más que el cuaderno de apuntes. Las definiciones de los personajes están condensadas en muy pocas palabras –“Evita no era una persona, sino un gesto hecho cuerpo”, dice para definir a la mujer de Perón-. Las intervenciones de los entrevistados toman forma de diálogos naturales, integrados en un texto mayor, y sólo se recurre a ellas cuando no queda más remedio. Y no existen otros juicios morales al margen de los que el lector pueda extraer de lo narrado, porque, por ejemplo, ¿qué tipo de juicios morales son necesarios emitir cuando se habla sin veladuras de los crímenes de Ciudad Juárez o de la matanza de El Mozote?

Leyendo estos libros que ahora Debate pone a nuestro alcance, cabe plantearse si frente al reportaje cualquier otro género literario no empalidece. O, por utilizar la expresión de Guillermoprieto, no puede parecernos una disciplina frívola. Y, sin embargo, al mundo sigue faltándole poesía.

 


Fuente: Quimera

domingo, 17 de diciembre de 2017

DE VIAJE POR EUROPA DEL ESTE

De viaje por Europa del Este
Gabriel García Márquez
Literatura Random House
Barcelona, 2015
147 páginas

Gris plomo, gris amianto

Contando menos de treinta años, un joven periodista llamado Gabriel García Márquez (1927 – 2014), se subió a un automóvil acompañado de una rubia francesa y un italiano llamado Franco para conocer, de primera mano, qué o cómo era eso que raspaba las noticias al otro lado del Telón de Acero. Estamos en los años cincuenta del siglo pasado y por los países que pretenden visitar ya debería haberse despejado la niebla de la posguerra. De este modo, ellos pretendían comprobar cuáles eran los colores predominantes en la vida de la Alemania Democrática, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y la propia Unión Soviética. García Márquez quiere partir sin prejuicios, pero tras el sudor que supone superar la primera frontera, se da de bruces con los colores que inevitablemente le acompañarán todo el viaje: el gris del plomo, el gris del aluminio, el gris de la plata vieja, el gris del amianto, el gris de las piedras frías del invierno. Inmediatamente reconoce que debe de haber cruzado la frontera que separa los países que ganaron la guerra de aquéllos que la perdieron. La atmósfera general es de disgusto, la gente apenas puede abandonar cierta tristeza. Ni siquiera una espléndida ración matinal de carne y huevos fritos les convencen para salir de la amargura, de la depresión. Las fachadas de los edificios grandes eran planas y a su lado quedaban aldeas de barracas donde almuerzan los albañiles. En las grandes avenidas se han talado los tilos y los cimientos de los solares están cuarteados por el musgo y la hierba.
Ni siquiera en los pasillos de una discoteca topan con alegría, pues hasta el modo de besarse de los adolescentes es también gris. A las pocas páginas, García Márquez ha llegado a la conclusión de que lo que ha creado el estado sirve para que la gente se pudra en vida. Aunque en ningún momento termina por afirmar que es antiestatista y liberal, porque no es el sistema político el centro de interés del libro. Es la gente, en individuo, la sensibilidad de las personas. De ahí que mejore el tono a su paso por Checoslovaquia, donde se impone la sencillez que va de la mano de la dignidad. Sin embargo, Varsovia le resulta un lugar siniestro. Polonia es un polvorín entre los satélites soviéticos, porque resulta compleja la convivencia del comunismo, el catolicismo y el alcoholismo.
De la URSS destaca su inmensidad, su burocracia, el síndrome de Ulises de los españoles asilados tras la Guerra Civil, y la sombra fúnebre de Stalin, cuyas cenizas se siguen respirando sin que todavía los soviéticos hayan emitido un veredicto de inocencia o culpabilidad de un semidiós. Y también le asombra la franqueza de la gente que camina con los zapatos rotos, sin saber que existe otro tipo de vida. Finalmente, se detiene en Hungría, en Budapest, ciudad que adjetiva como provisional y de la que no extrae otra conclusión que no sea la desconfianza. Y luego, tal vez, la historia haya terminado. Porque resulta extraño leer este tipo de viaje a estas alturas. Tiene algo de ensoñación turbia, sin alcanzar la pesadilla. Y ya escrita con la buena mano de García Márquez, este escritor que tal vez poseyera el mejor oído para la prosa que existió en nuestro idioma durante el siglo XX.

Fuente: La línea del horizonte



miércoles, 13 de diciembre de 2017

CUBA EN EL CORAZÓN

Hasta los días de mi vida
Un comentario sobre el libro Cuba en el corazón, de Manuel Talens


Por Ricardo Martínez Llorca


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Que la imparcialidad es un mito burgués no es sólo una afirmación que esgrima el propio Manuel Talens para justificar el tono de este libro, se trata, además, de una certeza que le ha venido acompañando desde que comenzó su obra literaria, una valoración que ha plasmado en todos sus libros hasta alcanzar su máxima cota en esa novela militante titulada La cinta de Moebius, una obra que pretende despertar al lector, recordarle que tanto los Reyes Magos como El Ratoncito Pérez son los padres, aunque los padres no terminen de creérselo.
En esa línea está este ensayo, cuyo título obedece al mismo impulso que le empujó a escribirlo, esas razones del corazón que la razón no entiende. Ni falta que hace. De ahí esa pasión que no oculta, pero que, como el gran escritor que es, la contiene con un estilo limpio, el mismo que ha ido depurando a lo largo de su obra, en el que las frases nos resultan transparentes, pues considera que nada resulta más digno que elaborar un texto intelectual que pueda ser comprendido por todos.
Este ensayo se compone de siete capítulos, dedicados a la serie de siete DVD reunidos bajo el título Cuba: caminos de la revolución, preparados por el Instituto Cubano del Arte e Industria. Cada capítulo contiene una descripción y una valoración de un documental y de sus extras. Aparentemente, el lector se encontrará con unos textos a mitad de camino de la divulgación y la crítica narrativa, pues, a fin de cuentas, la diégesis de un documental también debe funcionar como artefacto narrativo, algo de lo que es muy consciente Manuel Talens en sus comentarios. Y aquí podría terminarse la glosa acerca de la obra, de no ser porque las virtudes de Talens como escritor rezuman de las páginas al resultarle inevitable expresar su compromiso con la literatura, que en su caso no sustituye a la vida, pues, parece considerar, vienen a ser lo mismo.
De ahí que en el primer capítulo, el dedicado a la figura de Che Guevara, detrás de los pormenores y parabienes que destaca en los documentales sobre el personaje, esté algo tan humano como el lamento por no haber conocido a la persona, por no haber trasnochado junto a él o viajado por la misma carretera, ni haber contemplado juntos una puesta de sol mientras liabas el último cigarrillo del día.
En el comentario sobre el documental titulado Antes del 59, en el que se maldice la desfachatez de los gobernantes de Estados Unidos, su demagogia, su ambición y su incultura, sobrevuela la sensación de que la Revolución ha sido el resquicio abierto por el que entra la balsámica brisa de aire fresco. Parecido planteamiento subyace en la interpretación de Los 4 años que estremecieron al mundo, si bien en este caso lo que se pretende transmitir no es la sensación de un alivio, sino la de la fortaleza, el valor de enfrentarse con reformas sociales, agrarias o educativas a la política militar del agresor, de un enemigo que es Goliat armado con la honda de David.
Por el contrario, al hablar sobre Una isla en la corriente, el apartado en el que se trata el asunto de los balseros y la emigración hacia Estados Unidos, Talens se dedica a reivindicar el pensamiento activo, algo que no es muy distinto de la inteligencia; sin recurrir a medios de información alternativos, limitándose a estudiar los mensajes de propaganda, una mente crítica percibe que los mensajes que nos transmiten no se sostienen, que pretenden engañarnos por el burdo sistema del bombardeo, pues es imposible ser hospitalario con las puertas cerradas.
A continuación se revisa la relación que la Revolución ha tenido con la cultura, el arte y sus agentes, analizando el documental Entre el arte y la cultura, y, sin rabia, Talens maldice la visión burguesa del arte por el arte, la que no deja el poso humano en la condición del hombre, y todo el mundo es hombre, todos los que configuran el pueblo son humanos y poseen espíritu.
Antes de terminar el libro con una apología de la figura de Fidel Castro, el hombre que pese a dirigir un país sabe que el mundo es uno y para salvarlo hay que concebirlo como tal, Talens se detiene en las estrategias solidarias del régimen cubano, incitando al pensamiento del lector a comparar esas fórmulas geopolíticas humanitarias con la labor de nuestros gobiernos y tantas ONGs que existen únicamente para que algunos comisionistas reciban dinero.
Este libro nos reconcilia, definitivamente, con la utopía, con esa idea que tanta gente da por muerta porque ignoran que no es que sea imposible, sino que alguien se empeña en trabarla, en partirle las piernas. Y ya está bien, coño.

Cuba en el corazón
Manuel Talens
Alcalá Grupo Editorial
130 páginas



Fuente: Rebelión.org

CRÓNICAS ROMANAS

Crónicas romanas
Gabriele D’Annunzio
Traducción de Amelia Pérez de Villar
Fórcola
Madrid, 2013
227 páginas

Un hombre a destiempo

Siempre es bueno escuchar la sensata voz de André Gide: “Tiene don, pero no genio (…); escasa pasión y siempre fría. Decepciona por igual a quienes aprecian y desprecian su obra”. Este es parte del comentario que el escritor francés dedicó a D’Annunzio (1863-1938), unas frases que Amelia Pérez de Villar trae a colación en el prólogo de esta cuidada edición en la que se presenta una selección de las crónicas periodísticas del autor italiano. Hay que decir, antes que nada, que Pérez de Villar ha hecho un excelente trabajo de traducción y anotación en este libro tratado con mimo. Y también que no está de más recordar la figura del excéntrico D’Annunzio, un hombre con tintes polémicos no por su carácter literario, sino por una biografía en la que destacan actos de furia, como la declaración de independencia de Fiume en un episodio posbélico que leído a día de hoy resulta más rocambolesco que dañino. Pero no dejó de ser una obra de guerra vestida con el disfraz con que tiñe todo D’Annunzio: la constitución que aprobó declaraba que la música era el principio fundamental del Estado.
De este cariz es el traje con que se unifican las crónicas romanas que el esteta y algo decadente D’Annunzio fue publicando acerca de la vida social de la urbe. Unas crónicas burguesas, en el peor sentido del término, aquel que se identifica con la imitación de la aristocracia o, lo que es peor, con las ansias de formar parte de la oligarquía. Basta con ver la selección de estampas que va escogiendo: una visita a la ópera, a un encuentro de esgrima, un paseo por las plazas del centro de la ciudad, invitaciones a cenas y bodas de duques y condesas, sobre todo de condesas. Porque al final las mujeres de piel lechosa y vestidos con muchos adornos son las principales protagonistas de estas secuencias, descritas por un autor que toma la posición del voyeur. Las descripciones son enumeraciones, algo que deja en evidencia el carácter más bien superficial y hedonista de la sociedad descrita y, en buena medida, también del autor. Aunque hay alguna tendencia a la hipérbole, mayormente en la vanagloria a todo aquello que podemos identificar con la estética prerrafaelita. Como prueba esa presencia de damas blancas, o la selección de adjetivos ahora en desuso y que no han terminado de envejecer adecuadamente, adjetivos que confunden, pues pertenecen a otra época y sólo a esa época: dan testimonio de una era, pero nos alejan de los protagonistas de las crónicas.

Aunque lo más importante en las crónicas no es la realidad que ve D’Annunzio, sino cómo se adorna esa realidad. Antepone el cotilleo a la vida. En cierta manera, explica por qué será inevitable la decadencia de la aristocracia, por qué tendrá que llegar el momento de El Gatopardo. En definitiva, se trata de un libro con un interés muy específico, un interés que en buena medida no es necesario, pero puede ser una debilidad, la de curiosear entre la élite que pretendió ser exquisita, entre quienes creían que su casta era, por supuesto, superior, pues sólo su forma de vivir significaba algo. Leer estas crónicas es leer a su autor, interpretarlo, darse cuenta de que aquello que le llama la atención lo hace o bien por pasión o bien por culpa de sus complejos. Pero no deja de resultar un mundo que, a día de hoy, posee un toque impreciso de lo mezquino.

Fuente: La línea del horizonte

CRÓNICAS DE UN PAÍS QUE YA NO EXISTE

Crónicas de un país que ya no existe
Libia, de Gadafi al colapso
John Lee Anderson
Traducción de Gabriel Pasquini
Sexto piso
Madrid, 2015
199 páginas

Después de haber estado allí, ¿cómo es posible que nadie soporte un mundo tan sucio? ¿Tal vez por el aliento que flota en algunas capas del hojaldre del escaso rocío del desierto, invitando a pensar que no ha terminado la prometedora Primavera Árabe? John Lee Anderson (California, 1957) viajó hasta el país más oscurantista de aquellos en los que tuvo lugar la última rebelión en busca del Edén, aunque más con intenciones de cronista bélico que con ánimo de ayudar a soportar los pilares morales que combatían la angustia. Durante meses Libia fue un grueso reguero de pólvora hasta la muerte de Gadafi. Y Lee Anderson supo sumergirse y detallar la guerra en una sucesión de párrafos que impactan. Con las calderas a pleno rendimiento, se aproxima todo lo posible a las bombas, sabiendo, eso sí, que en caso de guerra lo mejor es permanecer en la periferia. Pero absorbiendo lo frenético: como la inmediata y masiva emigración de los trabajadores marginales, los filipinos o bangladesíes, que aceptaban los trabajos más rastreros del país. Hay en esos episodios cierta inocencia rasgada a tiros. Y Lee Anderson se empeña en conocer el origen y el destino de cada disparo que afila sus orejas. Confiesa el valor y confiesa el miedo. Escucha a la muerte y el caos moviliza el líquido vítreo de los ojos. No oculta nada de lo atroz que presencia, en una guerra sin información, en la que nadie sabe quién está ganando o perdiendo; en la que abundan los rumores y se ningunean las certezas. El espíritu festivo de la buena revolución se terminó a las pocas horas, pues en seguida llegó el tiempo de los cuchillos. El tiempo de lo festivo que sucede a lo violento, de la anarquía en forma de infierno. Del horror. Las veredas del camino están sembradas de restos humanos, no todos muertos, pero todos sin humanidad. Lee Anderson se apaña para incrustar pequeñas historias dentro del gran mosaico, sin que su redacción pierda nunca el vértigo, pero permitiéndole beber, aquí y allá, de la amistad. Lee Anderson es un testigo, pero no un héroe. Y no pretende ser otra cosa: su sinceridad emociona, porque los protagonistas son los locos y los sufrientes.
A esa primera mitad del libro, demoledora, sucederá un análisis geopolítico, algo antropológico, social y económico. Tras las repugnantes muertes que causó Gadafi, y su siniestra muerte transmitida de teléfono móvil a teléfono móvil, Lee Anderson investiga las deficiencias y dificultades de un gobierno de transición que nunca llegó a cuajar. Los rebeldes se ven condicionados tanto por su triunfo como por sus costumbres. El paisaje después de la batalla es desolador, en el que en mitad del desierto urbano se escucha algún “gloria a Dios” pronunciado con mucha sed. Cualquier visita que Lee Anderson hace a oficinas, delegaciones o a la mismísima mansión de Gadafi, es un cuadro tan chocante como estremecedor. Impera un vacío que es hasta físico, pues había hecho de Libia un negocio familiar, una vez que desaparece la monomanía de Gadafi, que es él mismo. Su locura de autócrata, su vehemencia, su esquizofrenia progresiva, la confusión que él inventó y que terminó por convertirse en su primera línea de defensa, y su apoyo a actos de terrorismo.

Así es como Lee Anderson llega a la conclusión de que Libia es un territorio sin estado, el primer testimonio de la incertidumbre. Un terreno para juegos de tronos, oscuros, sin ley que ponga orden, con centenares de grupos armados, entre los que se encuentran islamistas violentos. Una nación tan desestabilizada que no es capaz de controlar sus fronteras que, por otra parte, son miles de kilómetros de desierto. Paradójicamente, Libia es un país aislado. Y, dada su ubicación, un territorio donde tal vez el ISIS, nos previene Lee Anderson, esté construyendo parte de su califato. Se podría interrogar a Lee Anderson acerca de estas conclusiones, se podrían rebatir o apoyar. Pero lo que es innegable, es que como escritor, como reportero, no nos ha permitido ni un segundo de reposo hasta que no hemos llegado al final. Tras varias horas de lectura sin apartar la vista del libro, entonces ya el lector puede coger aliento.

Fuente: La línea del horizonte

CRÓNICAS DE LA AMÉRICA PROFUNDA

Crónicas de la América profunda
Joe Bageant
Traducción de Pablo Manzano
Lince ediciones
Barcelona, 2017
264 páginas

Nos enfadamos y lo decimos a todo volumen: “Con la mitad de su población situada en la alfabetización mínima y el analfabetismo funcional, la verdad está condenada a caer bajo la guadaña del rumor y el deseo lascivo del espectáculo”. Eso escribe Joe Bageant en el capítulo dedicado al fundamentalismo religioso, ultracristiano y ultraconsevador, estúpido y profundamente egoísta, de este libro que es un retrato de la región de un país que decide la política mundial. El libro, digámoslo ya, es tan demoledor como los documentales de Michael Moore, pero con mucho más estilo. De hecho, contiene grandes dosis de literatura: con el estilo del verbo hablado, el análisis del pensamiento de las masas y la facilidad del hombre como rebaño, el porqué de acogerse voluntariamente a la falta de criterio, y el contacto directo que establece puenteando el retrato de la América sin otra voluntad que la reaccionaria porque sí, y el lector que descubre lo que temía, es literatura. Es crónica y es sociología, pero es antropología y es, con todo, humor. Porque Bageant tiene dos opciones: o refugiarse en el humor o morir descalzo. Eso de morir con las botas puestas, es otro de los tópicos de arrabal de un territorio que confunde la dignidad con la tradición. Y la tradición la inventaron ellos sobre la ignorancia.
Uno ha visto miles de veces los fabulosos dibujos de Norman Rockwell, pero en contadas ocasiones se ha preguntado por la realidad de esos individuos y por cómo serían las cabezas de sus herederos. Aquí está la respuesta, en esta clase obrera que presume de clase media y que vive con poco más que lo puesto y un saco de palomitas de maíz. Bageant se toma muy en serio el trabajo de composición de este libro. Él viene de esa América y se pregunta cómo es posible que ellos elijan seguir en ella. Los conoce bien, pero pretende conocerlos mejor, de ahí que viaje y se instale de nuevo en la región de su infancia. Estudia el fenómeno de la globalización y cómo les afecta, la miserable vida en las caravanas que aparece en las películas casi como un idilio zen de tanta austeridad, la cultura de las armas, el estado teocrático y la impermeabilidad tozuda, lo que él llama gulags para ancianos y pobres y, en definitiva, el teatro sobre el que se representa la vida americana, un hechizo en la pantalla, un holograma para la gente que no pone en marcha la materia gris ni la empatía por quienes viven a miles de kilómetros.

Aunque el artículo comienza con un despecho de rabia, Bageant siente piedad por ellos. Pero la piedad es un mal sentimiento. La piedad la puede sentir el rico sobre su siervo, por ejemplo. O, en este caso, alguien que ha conocido mundo y lo ha estudiado, y se da cuenta que eso que se conoce como ser una persona de principios es muy peligroso. Los principios se los han impuesto y son inamovibles, hasta el punto de presumir de ignorancia como parte del orgullo nacional. Si es que saben qué quiere decir nación, fuera de aplaudir al final de las películas de Rambo. Bageant explica, en la medida que puede, la política desde el punto de vista del ciudadano pequeño: el neoconservadurismo zombi, los esquemas simplistas, las consignas reiteradas que creen salvar conciencias. Todo ello, denuncia, es propaganda administrativa. De esta manera, en la América profunda, lejos de los lugares donde pudo existir algún movimiento altermundista, se establece un estado feudal en el que el señor se llama Wall-Mart. Y Wall-Mart, Monsanto o Facebook, nos han convencido de que la estatización es abominable. Pero la estatización implicaría mayor gasto social y cobertura médica. En la América profunda, eso es una aberración. Ellos creen que lo ideal es vivir con endeudamientos criminales y sueldos de hambre, viendo la Fox y sembrando de patriotismo los discursos de los profesores en los colegios. Incapaces de entender que otros sistemas de valores contengan tanta o más moral que el suyo, los habitantes de la América profunda se aferran a la teología del fin de los tiempos. Este libro lo describe con inteligencia y humor, pero lo denuncia con lástima. Porque no encuentra la puerta de salida.

Fuente: Culturamas

martes, 12 de diciembre de 2017

CRÓNICAS DE ISLANDIA

Crónicas de Islandia
John Carlin
La línea del horizonte
Madrid, 2016
136 páginas

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Hay quien tiene la sangre de crear mundos durante el viaje. O al menos por regenerar el que conocen, el que heredaron, el que les fue narrado. Esa es una forma de rebeldía: pensar que no encontraste el Santo Grial que creías ibas a tocar, pero en su lugar descubriste otro secreto, más humilde y por tanto más valioso. Lo que cuenta es no sentirse satisfecho ni antes ni después del viaje. El viaje es una forma de rebeldía en el momento en que deja de ser un instrumento de rentabilidad, aunque sea para presumir colgando fotos en redes sociales. John Carlin (Londres, 1956) demuestra que pertenece a esa estirpe en estas sencillas crónicas que destiló de sus tres visitas a Islandia.
En la primera de ellas, durante el año 2008, se encuentra con un país cuya economía ha brotado como rompe a hervir el café en una cafetera. De repente, en unas pocas décadas, Islandia dejó de ser un trozo de volcán, el Tercer Mundo próximo al Ártico, para convertirse en un país próspero. No hay nada que evite el flechazo: se trata de un lugar seguro, amable, bonito, en el que las raíces de la vida familiar han bebido de muchas fuentes. Da la impresión, de hecho, de que todos los habitantes del país son una gran familia, bien avenida. Una familia que ha podido recoger lo mejor de cada cultura para aplicarlo como bálsamo allí donde a los demás nos sale urticaria: las rupturas familiares, los problemas económicos, los celos… Islandia es un santuario en el que la monogamia sucesiva alcanza su sublimación, su grado de naturalidad. Al mismo tiempo, el desarrollo económico del país no ha sido en balde. En un lugar donde los recursos no abundan, el país ha invertido en cultura. Es, también, el último reducto renacentista.
Dos años más tarde, Carlin regresa para relatarnos la historia de los últimos días de Bobby Fischer en Islandia, tal vez su inmigrante más conocido y sin duda el más excéntrico. Aunque esta crónica es una anécdota en su recorrido. Pues Carlin sigue vigilando la bonhomía presente en el país. Como esa sociedad orientada a los niños, en la que la educación se sostiene sobre el pilar de la construcción de la autoestima. En esa sociedad, la educación no exige inversión, gratificación o participación, porque no exige plusvalía de ninguna clase. Sencillamente, suceden con naturalidad dentro del ambiente educativo de toda una tribu. Es la tribu la que educa. De ahí que lo más dañino, a juicio de Carlin, de la crisis haya sido el choque de autosatisfacción.
Pero Islandia no carece de recursos para salir adelante. En este caso, serán las mujeres o, para evitar conflictos, será lo femenino lo que tome las riendas. Eso implica pensar en una labor a largo plazo y no en el rendimiento inmediato de la testosterona. Eso implica una inversión en sectores creativos. De ahí que, contra viento y marea, en Islandia se dé prioridad al mantenimiento de un auditorio frente a la extracción de un mineral. Claro que en el subsuelo de este país es difícil encontrar minerales, dadas las capas de lava que, sin embargo, les proporcionan gratis la riqueza del agua caliente. Y el agua caliente puede no ser el Santo Grial, pero es un milagro.


Fuente: Culturamas

domingo, 3 de diciembre de 2017

ASESINATO EN AMÉRICA Y CINCO VIAJES AL INFIERNO

Asesinato en América
Simone Barillari (ed.)
Varios traductores
Errata Naturae
Madrid, 2011
349 páginas

Cinco viajes al infierno
Martha Gelhorn
Traducción de Ana Guelbenzu
Altaïr
Barcelona, 2011
335 páginas


Reportaje contra memoria

Para algunos defensores del periodismo como género literario, este oficio está vinculado con la necesidad de explicar el mundo, con lo verosímil, con lo real. El periodista daría testimonio, pero su testimonio estará condicionado por un afán de escrutar las razones de los sucesos. Dado que los sucesos reseñados por los periodistas son, en su gran mayoría, de índole negativa, atentados económicos contra la humanidad o delitos de sangre, cualquiera puede suponer que un periodista está investigando, a lo largo de su vida técnica, sobre las razones del mal. En este sentido, cabría decir que el libro de cabecera del periodismo tal vez debería ser la novela de Stevenson, El doctor Jeckyll y Míster Hyde, o al menos debería ser la llave de contacto que ponga en marcha su proyecto profesional y en ocasiones literario.
Las piezas que reúne Simone Barillari en Asesinato en América podrían responder, con pulcritud, a dicho proyecto: ¿qué empuja a dos adolescentes a celebrar una matanza en un instituto?, ¿cómo es posible que la multitud se enardezca hasta el extremo de disfrutar con un linchamiento?, ¿cuál de todos los capítulos de su vida lleva a un hombre hosco a convertirse en un francotirador, en un asesino gratuito?

Y todos estos reportajes están condicionados por los factores intrínsecos a la comunicación periodística: utilizar un lenguaje asequible para todo el mundo y una estructura sencilla, a ser posible lineal y cronológica, al tiempo que se atrapa al lector. Y resolver algo tan complejo como escribir sencillo y con solvencia en un lapso de horas, e incluso de minutos es un reto literario desde el instante en que la literatura es comunicación. Es posible que sea esa inmediatez, la conciencia de esa inmediatez, lo que lleva a valorar con mayor ahínco estas ocho piezas de tan diversos planteamientos.

El atrevimiento del periodista en la investigación del delito sustituye, de alguna forma, al conflicto como fundamento de la ficción. Al menos en lo que atañe a la estrategia para captar interés, que en el caso de la literatura periodística deja de ser un deseo para convertirse en una obligación. De ahí que ocupar un volumen con Los grandes delitos de la historia norteamericana, como reza el subtítulo del libro, sea una trampa sensacionalista, al tiempo que valora una labor que pretende acercarse a la forma del mal más terrible, la que no respeta la vida humana.

Curiosamente, la evolución de las piezas reunidas representa también la evolución de un oficio que se ha transformado gracias a las innovaciones tecnológicas en la comunicación. Así, por ejemplo, el primer reportaje, sobre un secuestro y asesinato cometido en 1925, da la impresión de improvisado y escrito a lápiz, pero con unos autores empeñados en obtener interpretaciones, en deducir, en analizar datos sin que parezca que se esmeran demasiado en ello, es decir, con una intuición narrativa notable. De hecho, cuando intervienen psicólogos y psiquiatras que se empeñan en desvelar cuál es la lógica de la locura cobra gran interés, si bien esta paradoja todavía no ha sido resuelta ni por el psicoanálisis ni por la novela. Entre estos artículos y los del último capítulo, referido a la matanza de Columbine, caben todas las fórmulas posibles para registrar los sucesos que dan pie al dolor: desde el asesinato sencillo al crimen múltiple y secuencial, desde el linchamiento y la locura colectiva al miedo a un francotirador fantasma o el enfrentamiento fraternal con resultado de muerte.

Si la primera de las piezas resultaba tosca y lineal, el sentido de las siguientes deja de seguir la dirección de una única flecha, hasta culminar en la reconstrucción plural de la actuación de los adolescentes perturbados y de las reacciones dentro del instituto de Columbine. El reportaje responde, curiosamente, a la fábula de los monjes y el elefante que da título a la magnífica película de Gus Van Sant sobre este suceso: Elephant. En esta fábula cada monje, con los ojos vendados, toca una parte del elefante y guiados por el tacto describe cómo considera que es la bestia. El conjunto de las partes no termina de ser lo mismo que el total del elefante, al igual que la suma de las crónicas de estos delitos no son un tratado de moral. Pero ayuda a plantearse muchas preguntas. Pues tal vez explicar la realidad consista, paradójicamente, en eso: en hacerse preguntas. Porque pese a tantas líneas de negro sobre blanco dialogando o disputando sobre la razón del mal, todavía no hemos sido capaces de hallar una respuesta. A medida que uno va leyendo los artículos, se va cuestionando qué parte del individuo es la que un día se rompe trágicamente. O si debemos considerar al asesino una víctima a pesar de nuestros hígados. O si el más terrible de los monstruos humanos se fermenta en la multitud, en la locura colectiva.
Especialmente recomendables, por estremecedores, resultan la reconstrucción del recorrido del asesino que Meyer Berger describe en El día de la locura de Howard Unruh, y el tumor social reflejado en Los Ángeles de la muerte, donde el trabajo de cinco periodistas no basta para desmenuzar todo el sadismo que habitó en el corazón de una secta sangrienta.
Si uno se atiene al oficio del periodista por lo que se refleja en los servicios informativos, evidentemente su profesión consiste en atomizar el mal. Pero, por fortuna, el mundo, la realidad, se nos viene encima con otras fortunas que merecen ser reseñadas. Como bien sabe una de las grandes reporteras de todos los tiempos, Martha Gelhorn. De ahí que en su madurez y trabajando desde la memoria, nos sorprenda con el relato de los cinco viajes más desastrosos que ha protagonizado en su vida. Tras tantos años como periodista en los rincones más maltratados del planeta, Gelhorn encuentra cinco lugares en los que resulta increíble que alguien viva allí. ¿Cómo lo hacen y, sobre todo, por qué viven allí? Escrito con una dosis exacta de sarcasmo, lo que resulta incomprensible para ella, lo que configura el infierno, son las condiciones higiénicas, el olor de las letrinas y los lavabos, los colchones con chinches y la basura en las calles. “Tal vez me he vuelto lo bastante sabia para saber cuándo retirarme”, confiesa tras tantas visitas a tantos lugares. Ya ha perdido el interés por lo novedoso y quizás por la nueva gente, y percibe en exceso la epidermis del planeta. Es posible que no sea la sabiduría, pero sí los demasiados paisajes –“no me gusta ningún lugar de forma permanente”, dice- los que la llevan a pensar en dedicar los últimos tiempos de su vida a un viaje más interior. Por eso este libro está escrito con recuerdos, de ahí que resulte tan alejado del clásico cuaderno de campo.
“El único aspecto de nuestros viajes que tiene público garantizado es el desastre”, confiesa Gelhorn, antes de regresar a una China en la que interviene tanto una extraña compasión por los humildes como un rechazo estético. En el recuerdo se combina la pena y la suficiencia, productos del choque cultural. Gelhorn colecciona extrañas imágenes en la retina y reconoce sus prejuicios, sin complejos. El hecho de haber regresado de un viaje por el Caribe en el que toda la magia estaba en los nombres de los lugares, la llevará a lamentar el mundo que se fue sin haber terminado de entenderlo. Cruza África de costa a costa, interesándose por los vividores y exiliados de Occidente, empatizando con unos africanos que la sacan de quicio y sintiéndose aislada. Califica Moscú como la ciudad de la depresión, y describe con mucho desaliento su paso por la entonces capital soviética. Y a lo largo de tantos kilómetros, demuestra que es incapaz de comprender las reacciones humanas y que dicha perplejidad la desalienta.
Gelhorn se pasó la vida viajando para aprender algo de la vida a través de las costumbres locales. Y también huyendo de su paisaje natal y de cualquier lastre, pues para ella construir una casa para fundar un hogar permanente es mucho peor que el viaje más horrible. Entre otras razones, porque de los viajes horribles ha regresado y eso la permite trazarlos en su memoria con ternura.



Fuente: Quimera