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viernes, 11 de octubre de 2024

ÁRIDA

 

Árida

Antonio Tocornal

Traspiés

Granada, 2024

175 páginas



 

Son muy escasos los libros que te incitan, una vez acabados, a volverlos a empezar. ¿Qué demonios acabo de leer? Es una pregunta que sucede muy de vez en cuando, y que puede reflejar que nos encontramos ante un bodrio o ante la densidad mágica y algo cruel de Pedro Páramo. Juan Rulfo escribió una obra magnética que nos deja un extraño poso, el de pensar que no existe otro libro semejante en toda la historia de la literatura, otro libro que nos afecte de esa misma manera. No será sencillo volver a encontrar Comala, con sus muertos habitando el territorio, porque no encuentran la manera de aprender a morir y no hay forma de salir de ese entorno. La deuda que tiene este Árida con la obra maestra de Rulfo es evidente, tanto que su autor, Antonio Tocornal (San Fernando, Cádiz, 1964) la confiesa en uno de los epígrafes de entrada, donde la conversación entre dos personajes nos habla de la tristeza del lugar.

La deuda no lastra a la obra, porque todos sabemos que no hay autor sin lecturas previas, que no existe el autor que no esté enamorado de otros libros, que no hubiera deseado escribir obras que llevan décadas, o siglos, circulando. Árida es un territorio lejano y fronterizo, un lugar que crea sus propias leyes, que nada tienen que ver con nuestra realidad, y cuyos vínculos con lo verosímil alcanzan hasta el territorio donde nos encontramos con lo onírico. También con lo salvaje, con la ley del más fuerte, con la desidia y con la sed, esa ausencia de agua que termina por crear el territorio fantasma. Entramos al entorno a través de voz del personaje que eligió quedarse allí, y que nos lo presenta como el antónimo de lo romántico: no hay nada parecido a buenas sensaciones en el abandono, en la vejez, que no nos sugiere ningún sentimiento decente. En realidad, estamos frente a la maldición, a un destino demasiado potente, contra el que nada tuvieron que hacer los personajes que intentaron poblarlo.

La obra se monta sobre varias voces consecutivas, alternadas por la última guardiana del lugar, en las que existe deseo de desplazamiento, bien hacia Árida o bien para largarse. Lo que se impone es la descripción, la cartografía emocional y casi etnológica, en la que descubrimos que hubo un amo y muchos condenados en vida, mucha plebe. Los desplazamientos sobre los que se nos habla, que son huidas, pueden remitirnos al último, al desplazamiento hacia el más allá, pues estos seres no pueden estar vivos. O al menos cabe señalar que su única liberación será la muerte. Hay un lenguaje común, el que crea la atmósfera de Árida, que convive con ese intento de cada personaje por crear las frases de una forma un poco diferente a sus contemporáneos. La novela está escrita con sumo cuidado y contiene toques de advertencia, como los contiene, por ejemplo, La carretera, de Cormac McCarthy. Es desoladora, y en esa desolación es donde se encuentra su magnetismo, que merece la pena conocer, viajar a él como lector.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

TIEMPO PARA LOS PÁJAROS


Tiempo para los pájaros
Celia Corral Cañas
Traspiés
Madrid, 2020
121 páginas

Fue Borges quien enunció, en un famoso verso, que él, es decir, los hombres, estamos hechos de tiempo, y calificó a tal materia como deleznable. Sin duda la narradora de esta novela, Tiempo para los pájaros, es consciente de la consistencia del tiempo, y también es consciente de que desearía que el tiempo se construyera con hilos de materiales nobles. Pero el tiempo es un dios, sí, el padre de todos los dioses, es Cronos y también es el pasado y es el destino. Que la suerte nos la hacemos es parte de un aprendizaje que, como todo lo que debemos aprender, duele. Hay dolor, aunque no sea un dolor agudo, en las frases con que Celia Corral Cañas (Reinosa, 1987) elabora esta obra, su ópera prima en el terreno narrativo. Y hay una clara intención de descubrimiento empezando por la cuestión de si es posible llegar a conocerse a uno mismo. Uno siente la tentación de hablar de autoficción, de novela de situación, de flujo de conciencia, pero el formato que cataloga es, a estas alturas, una cuestión menor. Se trata de una obra reflexiva que pretende retratar.
Es un retrato de una generación, como se nos explica, pero dentro de esa generación es un retrato, a su vez, de un estrato social en el que se está imponiendo la sensación de exceso de fracaso y, lo que viene a ser más doloroso, de un fracaso inexplicable, inmerecido. Se trata de una clase media que ve cómo se está terminando la clase media. Se trata de lucha de clases en su nueva medida, esa lucha que, dice Warren Buffet, ha ganado definitivamente la clase más alta. Pero por encima del retrato de la generación, se impone el de la narradora. En ese sentido, hereda el espíritu, digámoslo con tanta prudencia como valor, de Proust, o del Camus de La caída. Celia Corral Cañas construye un personaje en el que la contradicción pasa a ser la meditación, la esencia, la otra materia, más maldita que deleznable, de la que estamos hechos. De hecho, en un par de ocasiones confiesa sentir, saber, que su eneatipo se corresponde al número 7. Los estudios psicológicos que tratan sobre el eneagrama definen nueve enatipos, en función de nuestra relación con el mundo, con la vida. El número 7 es el entusiasta, el individuo que abre múltiples proyectos, al que le falta tiempo para atender a todas las tentaciones del planeta. Y, sin embargo, se nos va dibujando alguien que por encima de los saltos de estímulo a estímulo, vive en el pasado, se refiere siempre a lo que ya ha conocido, ve la vida con preocupación por la falta de justicia y con un espíritu romántico; se trata, posiblemente, del eneatipo número 4, el bohemio.
Si la evocación es una constante del narrador, también lo es su dificultad para mantener la atención en una sola memoria. En realidad, el personaje es un referente de lo perplejo que podemos llegar a mostrarnos. Socialmente, nos habla de la vida en precario, psicológicamente, se pregunta si para conocer la dignidad basta con saber que uno está respirando. Es alguien que señala a los que tienen juicios firmes, pero no deja de apuntar sus propios juicios sobre los demás, aunque, eso sí, con el respeto de quien duda de ellos. Por otra parte, estamos frente a alguien que se sostiene tanto sobre el pensamiento, que termina por tener una trocanteritis inevitable. En ese sentido, nos remite a Atlas, el gigante que sostenía el mundo y que padecía de problemas de garganta debido a la postura en la que debía mantenerse: el peso de la responsabilidad produce patologías en nuestro punto más débil.
Pero, ¿cuál es la responsabilidad que tanto le pesa a la narradora? Se trata de alguien consumido por la impotencia que supone no poder rescatar al mundo. En la película La lista de Schindler, el protagonista llora en los minutos finales por no haber podido salvar a más gente. La respuesta de aquellos que le deben la vida consiste en fundir un anillo en el que graban una frase del Talmud: “Quien salva una vida, salva el mundo”. En esta obra, esa vida podría ser la del gato que adoptan, que es un espíritu libre y puro, en comparación con las posibilidades de miseria humanas, de las que se nos cuentan las consecuencias, sin entrar en denuncias, en culpables. Ni siquiera se calumnia a eso que llamamos sistema. Porque la novela se centra en esa región del espacio adulto que es el fingimiento o, para ser exactos, el abandono del fingimiento, que tiene lugar en el ámbito privado. Si tuviéramos, definitivamente, que encuadrarla en un género, nos decantaríamos por el diario. En cualquier caso, y como representación generacional, del itinerario vital de una generación, se nos advierte, la obra es una contundente declaración ideológica, como lo son las de Belén Gopegui o Isaac Rosa.

Fuente: Revista de Letras

lunes, 26 de febrero de 2018

SICILIA PASEADA


Sicilia paseada
Vicenzo Consolo
Traducción de Miguel Ángel Cuevas
Traspiés
Madrid, 2016
107 páginas

Estas son algunas de las cosas que dan belleza al mundo: las leyendas reales y todo lo que la imaginación pudo aportarlas; la herencia que va implícita en la sangre de esas leyendas y que en ocasiones fue derramada, pero por norma general es el agua con que regar las raíces. Los accidentes de una geografía que sirven para embellecerla: cabos, colinas, precipicios, reinos de cauces de ríos, laderas de vid y olivos, rastros secos y vertientes que caen hacia el mar, un mar que es concebido como una madre, un mar del que procede la vida. La pasión y aquella forma que toma la pasión más pura, que es el arte de la música, donde el arte se representa a sí mismo, donde el hombre sublima la poesía al reducirla hasta una maraña de sonidos en el que lo que importa es una única cosa, la armonía. El sabor de una lengua en la que reposan todos los sonidos que trae el viento, una lengua bien hablada, bien escrita, que está sucediendo al tiempo que el crepúsculo, ese momento que es paradoja pues vaticina muerte y hace presente la belleza. Todo aquello que simboliza vida y que sale a la luz, porque la luz es vida, incluida la luz del crepúsculo, tierna, pero también la de los mediodías del sol del Mediterráneo y de las islas del Mediterráneo, que bañan tanto como pueda existir bajo el sol de un tamiz de gasa blanca. La historia, sí, la historia que ha quedado como memoria colectiva, porque rememorarla es poner en marcha un ejercicio de imaginación y la imaginación también es hermosa o no es, es sensible o no es nada más que una relación de tópicos; y esas reconstrucciones que reflejan necesariamente lo barroco y necesariamente lo religioso, el bullicio y las loas a la Vírgen, que no son la tradición contra la que nos debemos poner en guardia, sino la certeza de la costumbre, que es una salvaguarda para el reposo, que nos garantiza descanso incluso cuando representa la sequedad bíblica, en la que el desierto es una extensión estética. El mestizaje, el cruce cultural en el que se engendra belleza, en el que las razas se aceptan y se consumen en otras razas, en nuevas razas sobre tierras legendarias. Lo misterioso que viene desde antes del conocimiento, desde antes de lo helénico, cuando las diosas tenían función de madre y la tierra tenía la función de una diosa.
Todo esto está presente en este hermosísimo libro, Sicilia paseada, que Vicenzo Consolo, uno de los grandes escritores italianos del siglo XX nos regala en forma de himno. Pues esa es la esencia de este periplo por la isla, de esta descripción en la que las enumeraciones destilan qué es lo trascendente, mientras que Consolo reproduce su vivencia con un ritmo musical que da envidia. Las aliteraciones, tan bien conservadas en la estupenda traducción de Miguel Ángel Cuevas, los tonos musicales y la viveza del texto, hacen de este pequeño libro uno de esos frascos de esencias frágiles. No sobra una palabra, no falta una nota musical. Leer Sicilia paseada es como escuchar una de las mejores composiciones de música barroca o neoclásica. Es una experiencia estética, una dicha, un descanso, un momento de fortuna.


Fuente: Culturamas

miércoles, 24 de enero de 2018

LA FELICIDAD EN BLÍSTER

La felicidad en blíster

Miguel Ángel Cáliz

Traspiés
2017
123 páginas
Premio de narrativa Carmen Martín Gaite

         
Si agarramos por entero la teoría del iceberg sobre un relato o una novela, en este caso Miguel Ángel Cáliz hace un ejercicio de literatura de un nivel superior al de quien la enunció. La protagonista de una historia que aparece relatada en tres acciones paralelas es alguien a quien apenas se nombra. El lazo es muy sutil y la construcción, hacia un final perfectamente enfocado, es de una sencillez que da envidia. Se percibe que Cáliz ha trabajado mucho para encontrar la forma, la estructura y que, por otra parte, tenía siempre presente el tema de la incomunicación o de la escapada, que en buena medida vienen a ser el mismo. El grueso de la novela breve sucede en el desierto, escenario simbólico de la soledad y del ascetismo. Hasta una aldea remota se dirige uno de los protagonistas, en busca de su socio perdido. Este productor de cine intenta localizarle para que termine un proyecto, un documental, con el que esperan ganar un premio importante en Los Ángeles, California. En teoría, su socio fue al Teneré con intención de rodar algo sobre el árbol de metal que sustituye a la encina, la única encina, que brotó en kilómetros a la redonda, contra la que fue a estrellarse un conductor borracho hace tiempo.
Entre ambos y una tercera persona, una mujer que trabaja con ellos, hubo en un tiempo una relación a tres bandas, con su amor y sus celos, que tal vez sea el verdadero motivo de la desaparición. Esta persona desaparecida, misteriosa como lo es el amigo al que busca en la India el protagonista de Nocturno hindú, de Antonio Tabucchi, tal vez fue buscando algo o tal vez huyendo de algo. En cualquier caso, al igual que en la obra de Tabucchi, quizá su mejor libro, el viaje le transformará, a la fuerza o por empatía, por necesidad, porque en buena medida hubiera deseado ser él, tendrá que regresar habiendo entendido al genio rebelde, a quien denunció lo frívolo que es la vida moderna con un ejemplo en propia carne.
Por otra parte, un psicoanalista con una hija de viaje por Nepal, para rodar una película, asiste en terapia a una mujer con síndrome de estrés postraumático. O al menos con un diagnóstico previo del mismo, a cuenta de algo que sucedió en el norte de África, quién sabe si en el mismo desierto donde se perdió el desconocido. La imposibilidad de una relación, tanto personal como profesional, es el paréntesis en la vida del psicoanalista que interesa al narrador, así como el regreso para atender a la mujer que tiene un hijo con parálisis cerebral. La tercera historia se refiere a una conserje de una residencia para adolescentes inmigrantes o sin hogar, que recorre el edificio vacío el día anterior a su jubilación. El silencio se impone y con él la nostalgia. También se insinúa algún vínculo con el Magreb y es así como se van levantando las sospechas del lector, hasta que todo termina por encajar en un ejercicio narrativo de altura, a través de alguien cuyo nombre callaremos, del documental, que resultará ser de un contenido diferente al esperado, de la transformación de algún personaje, que se sorprenderá a sí mismo, y del mensaje de que lo opuesto a la banalidad de la estúpida vida moderna, la verdadera rebeldía, está en lo sencillo. Uno siente la tentación de desvelar más sobre la obra, pero sabe que rompería el encanto del lector. Así pues, siguiendo los lugares comunes que poco nos gusta frecuentar, diremos que estamos frente a una de las mejores novelas del año 2017 y que será complicado encontrar en la literatura española algo de un valor equiparable. Y no, no estamos exagerando. Suerte, mucha suerte. Se la merece.

Fuente: Culturamas

lunes, 27 de noviembre de 2017

EL LEJANO OESTE

El lejano oeste

Bret Harte

Traducción de Elvira Cámara
Ilustrado por Adrián Manuel García
Traspiés
Granada, 2017
91 páginas

Lo interesante del oeste, es decir, del Oeste, es que la frontera no era una línea, sino un espacio inmenso, que abarcaba más allá del horizonte, mucho más allá, y en constante movimiento. Lo que se movía no era solo la colonización, el ganado y el pobre agricultor, el hijo de Abel, que escribió la historia, y el de Caín, que era analfabeto y además tenía el espinazo hecho cisco y con ese dolor era con lo que podía pensar. La frontera es también un momento sin reloj. No sabemos cuándo empezó ni cuando caducó, si es que ha llegado a caducar, como lo demuestran los libros de Cormac MacCarthy. Pero aquí estamos frente a una fuente casi original, unas ficciones casi de primera mano, las de Bret Harte (Albany, 1836 – Surrey, 1902), de las que se nos advierte, en el prólogo de Elvira Cámara, que una selección queda sesgada, pero no margina la esencia.
Las ilustraciones de Adrián Manuel García beben de Jean Giraud. Parece mentira que el Oeste lo dibujara un francés especializado en Ciencia Ficción. Pero la calidad de Blueberry es incuestionable y resulta imposible mantenerse ajeno a él. Imposible y un delito. Al igual que en la serie de Blueberry, en que los personajes aparecen y desaparecen, en que en cada tomo hay reflejos y guiños hacia otras historias, en que se crea un mundo de rizos, así sucede en los relatos de Harte, de los que ojalá algún día podamos leer un volumen de sus obras completas. La imaginación nos resulta familiar, como lo es el sentido de la amistad y otra serie de detalles: los fetiches, por ejemplo, desde el sombrero favorito hasta el reloj del abuelo. Está ese sentido moral que ha cambiado cuando uno regresa al lugar del que se despidió unos años antes, pero que nadie vigila porque la moralidad, como en la historia del mundo, es algo que se va improvisando. De ahí que la gente esté siempre yéndose o dé la impresión de que se puede largar en cualquier momento, con lo cual no se molestan en conservar las más mínima higiene.
De la higiene pasamos a la oscuridad, que es incertidumbre, y tal vez al autor más próximo a Harte, que es Ambrose Bierce, o el Bierce más fronterizo, más sureño. En ambos los personajes aprenden a golpes, son tipos incompletos a los que pillamos en un paréntesis de su vida que tiene algo de errabunda, por mucho que se hayan asentado: nadie desea quedarse donde se quedaron. Porque es un Oeste que no se ha formado y que tiende, así, a desterrar a quien pasa por allí. En manos de Harte, es un sitio hiperbólico. También cuando habla de la belleza, utilizando un lenguaje poético con algunos tópicos que llaman la atención, porque parece encontrarse más cómodo si se refiere a climas extremos, a personas que, al contrario que los héroes de La diligencia, la película de John Ford, no son una idealización: son un tanto más cutres, más sucios, más reales.

Fuente: Culturamas