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jueves, 1 de marzo de 2018

SOLO


Solo
Richard Byrd
Traducción de Lidia Pelayo Alonso
Volcano
Madrid, 2017
280 páginas

La tarea que Richard Byrd (1888-1957) se impuso en la Antártida, leída a fecha de hoy, era una estupidez. Él mismo confiesa que se estaba dando cuenta de que era un hombre estúpido, perdido con una tarea estúpida, y que así es como sería juzgado. Fue a la Antártida como hombre de acción. Previamente había superado récords de aviación en una época en que los motores de los aviones se sujetaban con alambre y el fuselaje temblaba con la velocidad. Fue con intención de servir a la ciencia y se dio cuenta de que todo eso no valía nada, que era un reflejo en un espejo. Los meses que pasó en el campamento avanzado, solo, en condiciones invernales, muerto de frío, de hambre, tenían la justificación de mantener un registro de las condiciones climatológicas en el lugar más al sur que hasta la fecha se había vigilado. Estábamos en una época entre guerras, cuando el valor de una nación se medía por los desafíos que superaban sus héroes. Así era como se mantenía la mentalidad imperial y nacionalista, aunque en Estados Unidos, de donde Byrd venía, no hacía falta echar mucha leña al fuego para que este ardiera. Y lo hacía, también, en otros sentidos.
Tras narrar las jornadas de preparación de la base avanzada, hablarnos de sus compañeros de equipo, quienes pasarían el invierno acompañándose unos a otros y más al norte, con mejores condiciones, Byrd afronta las primeras semanas de una manera que nos sorprende. Uno espera encontrar a un narrador de la conquista polar en el que lo épico se impusiera. Pero Byrd resulta ser un hombre lírico, un hijo más de Thoreau. Más próximo a Muir que a Amundsen, a Annie Dillard que a Reinhold Messner. Y así saca partido a cualquier detalle, desde el cielo estrellado a la calidad de la nieve, para adentrarse en descripciones de un mundo bello, que solo puede disfrutar alguien con su valor. Byrd pertenece a la estirpe de los aventureros para los que la libertad es un deseo patológico, de los que, como Theissiger en el desierto, estaban dispuestos a pasar por las pruebas más duras con tal de vivir la naturaleza de una forma salvaje, extrema y hermosa.
Y así se muestra reflexivo, introspectivo, sentimental, frente a lo que presuponemos que es un desafío contra el terror. La emoción que busca, la define él mejor que nadie: a medio camino entre la paz y la euforia. Cualquiera que haya vivido una pequeña aventura en un viaje, en la montaña o en la naturaleza, sabe a qué se refiere. Mientras observa, se sabe parte del universo, es lírico y mantiene la cabeza en su sitio por el simple deseo de negarse a obsesionarse con la soledad, de negarse a que nada le perturbe. Hasta que un accidente, debido a una mala previsión, rompe la armonía sujeta con alfileres. A partir de ese momento, se impone la lucha y la debilidad para luchar. Deja de dormir y padece el frío. Apenas come, enferma y sabe que enfermar supone perder la paz interior. Siente que se ha podrido el alma y duda de sí mismo, de sus capacidades y de los motivos por los que seguir vivo. Se demora en exponer el episodio que dio pie a la supervivencia y que le obligará a abandonar la especulación sobre la soledad y la belleza de la soledad, a favor de la tenacidad animal de resistir. Y resiste.
Durante meses, aguanta contra el dolor de cada movimiento, viendo cómo su cuerpo se queda en los huesos, manteniendo un flaco hilo de comunicación con sus compañeros, apenas unos sonidos guturales en la radio, que le servirán de acicate para mantenerse a flote en un espacio cada día más comido por el hielo. Es la amistad lo que le rescata. Siempre será la amistad lo que nos rescate, no hace falta remitirse a un episodio infernal de una vida para saberlo. Byrd apunta que lo único que realmente importa es el cariño de la familia. Hombre afortunado por tener una familia normal, en la que el cariño se impone, allá, en su hogar, y por tener a una familia que le quiere en un campamento de la Antártida, del que le separan no mucha distancia, pero que en tractor apenas se puede recorrer a una velocidad de ocho kilómetros por hora. Pero un amigo nunca pierde la noción de lo que es querer y ser querido. A la postre, y con el homenaje que les rinde en las últimas páginas, eso es todo lo que tenemos. Y es mucho.

lunes, 19 de febrero de 2018

HIELO NEGRO


Hielo negro
Juan Luís Conde
Desnivel
Madrid, 2018
208 páginas
Prólogo de Ricardo Martínez Llorca

Esta es una novela que me hubiera gustado escribir. Ese fue mi primer pensamiento, la conclusión que extraje de la lectura de Hielo negro, la tercera novela de Juan Luís Conde, un escritor empeñado en demostrar que un proyecto literario es algo tan amplio como para dar cabida a los temas más versátiles sin perder su propia personalidad. Así, previamente había nacido El largo aliento, una novela de romanos protagonizada por Tácito, en la que todo sucede durante un banquete, en un lugar cerrado, y en la que la acción transcurre sin que los personajes se muevan; y a continuación Un caso de inocencia, que transcurre en su mayor parte en una clínica mental, e indaga en la extraña relación que negocian un paciente de personalidad abrumadora con una pusilánime psicóloga novata; y ahora nos regala este Hielo negro, una novela de aventuras con sabor clásico a viaje, protagonizada por alguien que se parece a Reinhold Messner, el ser más semejante a Supermán que ha salido de útero de mujer. Buscar lo común a este ciclo es labor más propia de un psicoanalista que de un lector, así pues, nos conformaremos con mencionar vinculación del carácter del hombre con el espacio, que culmina, como él mismo apunta seleccionando una cita de Robert Musil a modo de epígrafe, con la fantasía pasiva de espacios vacíos.
Hielo negro es una novela de aventuras y de ciencia ficción, con dosis teológicas no carentes de ironía, que termina tratando la cuestión de ser o no ser mientras sus protagonistas acometen una investigación casi policíaca sobre la hostil superficie de la Antártida. Tras la lectura de este relato de alpinismo horizontal es fácil interpretar que la forma más evidente de aventura es el viaje, pero no sólo el movimiento, sino también el viaje interior. Pues los protagonistas se ponen en marcha con intenciones de resolver sus luchas contra el sentido común, contra eso que en el mundo cotidiano se llama cordura y que ellos consideran lo más débil de nosotros mismos. Ahí están las debilidades que se conciben en el seno familiar, y, por otro lado, la debilidad más física que representan los probos funcionarios. Familia y funcionarios que, para aceptar al aventurero, tienen que poner, con infinita condescendencia, un nombre de enfermedad psicológica al afán del aventurero: dromomanía. Pero a éste le basta la curiosidad y un disgusto tan mundano como que un comerciante le engañe con una mezcla de cemento, para que se niegue a seguir dudando: sus motivos para anhelar la aventura han de ser, a la fuerza, nobles, por la sencilla razón de que él es él.
Y ahí está el aventurero viajando. Ahí está Ulises, ahí está Don Quijote. Porque Ordino (el protagonista de Hielo negro) comparte vitalidad con estos dos personajes: los tres son hombres que por momentos se sienten mayores, se saben acosados (con mayor o menor placer) por la resignación del hombre sedentario, sienten sus fuerzas mermadas, han acumulado tiempo, es decir, memoria. Don Quijote, envejecido, decide hacerse pastor, Ulises regresa junto a su mujer... pero ¿de verdad Ulises se quedó para siempre junto a Penélope?, ¿y de no haber hecho morir a Alonso Quijano para evitar que otro Avellaneda pudiera pergeñar una nueva aventura, Don Quijote se hubiera resignado a ser pastor? ¿Alguien como Ordino acumulará en vano inmovilidad? ¿De verdad podrá el nómada renunciar a su Arcadia?
Siempre ha sido un misterio para mí cómo se puede vivir sin cielo”, dice Ordino a modo de respuesta. Y este veterano montañero, que comienza a narrarnos la novela desde su retiro, es un hombre acostumbrado a mirar desde lo alto, a observar los espacios vacíos, a conciliar acción y contemplación. No en vano practica la aventura y la escritura, dos acciones opuestas: la del nómada y la del sedentario. Y en la novela él nos habla sobre el hielo negro y sobre el paisaje blanco, sobre un infierno de hielo, es decir, sobre lo que parecen conceptos opuestos. Esto me lleva a pensar que la aventura es en blanco y negro: la aventura es el deseo de vivir en situaciones límite: es la naturaleza en bruto y la mirada cruda: es la convivencia de los sabios con los borrachos: es la lealtad y es la soledad: es el mutismo y la comunicación: es lo oculto en el paraje vacío: es lo desconocido: es el misterio: es la muerte: es resolver preguntas de este tipo: ¿cómo hay que morir?; la aventura son las deserciones y las rebeliones, el sufrimiento o la visión heroica del sufrimiento que es la supervivencia, es el horror y la locura, y también es la consecuencia que tantas veces se ha sacado de estos temas, una consecuencia a la que se ha llamado, con frecuencia, Dios. Y la aventura es el alma, es decir, la memoria que nos mantiene vivos.
Me pregunto si la motivación de alguien como Ordino radica en que le cuesta reconocer los signos culturales propios de la época y reniega de ellos para buscar los de un pasado: Alguien como Ordino ¿huye o busca?
Conocer sus límites significa, para él, en conocer los límites de lo humano. Una forma de sabiduría muy aconsejable para cualquier lector que exija a los libros tanto emoción como inteligencia.

miércoles, 31 de enero de 2018

SOLO

Un apunte sobre un libro al que volveremos en profundidad. Merece la pena.

Solo

Richard Byrd

Traducción de Lidia Pelayo Alonso
Volcano
Madrid, 2017
280 páginas

Tras narrar las jornadas de preparación de la base avanzada, hablarnos de sus compañeros de equipo, quienes pasarían el invierno acompañándose unos a otros y más al norte, con mejores condiciones, Byrd afronta las primeras semanas de una manera que nos sorprende. Uno espera encontrar a un narrador de la conquista polar en el que lo épico se impusiera. Pero Byrd resulta ser un hombre lírico, un hijo más de Thoreau. Más próximo a Muir que a Amundsen, a Annie Dillard que a Reinhold Messner. Byrd pertenece a la estirpe de los aventureros para los que la libertad es un deseo patológico, de los que, como Theissiger en el desierto, estaban dispuestos a pasar por las pruebas más duras con tal de vivir la naturaleza de una forma salvaje, extrema y hermosa.
Y así se muestra reflexivo, introspectivo, sentimental, frente a lo que presuponemos que es un desafío contra el terror. La emoción que busca, la define él mejor que nadie: a medio camino entre la paz y la euforia. Mientras observa, se sabe parte del universo, es lírico y mantiene la cabeza en su sitio por el simple deseo de negarse a obsesionarse con la soledad, de negarse a que nada le perturbe. Hasta que un accidente, debido a una mala previsión, rompe la armonía sujeta con alfileres. A partir de ese momento, se impone la tenacidad animal de resistir. Y resiste.
Cuando el almirante Richard E. Byrd partió en su segunda expedición a la Antártida, en 1934, ya era considerado un héroe por haber pilotado los primeros vuelos sobre los polos Norte y Sur. Su plan para esta última aventura era pasar seis meses solo en el continente helado recopilando datos meteorológicos y, sobre todo, complacer su deseo de «saborear la paz, la tranquilidad y la soledad lo suficiente para descubrir lo buenos que son en realidad».
Pero pronto todo comenzó a ir mal. Aislado en su cabaña, en medio de la omnipresente noche antártica, soportando una temperatura media de 50º bajo cero, y sin esperanza de ser rescatado hasta la primavera, Byrd comenzó una lucha agónica por salvar su vida. Solo es el estremecedor relato, en primera persona, de aquellos días.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Shackleton, el indomable

Recuperamos esta reseña publicada hace tiempo en Quimera


Shackleton, el indomable

Javier Cacho

Madrid, 2013
508 páginas



En una entrevista que concedió mientras preparaba la expedición del Endurance a la Antártida, Ernest Shackleton (Kilkea, Irlanda,  1874 - Georgia del Sur, 1922) describe los criterios con que se rige a la hora de elegir a los hombres que le acompañarían en una de las mayores hazañas de supervivencia de la historia del hombre: por orden riguroso, su prioridad era el optimismo, seguido de la paciencia; a continuación colocaba la fuerza física, después el idealismo y, por último, el valor. Y luego explicaba que todo hombre es o puede ser valeroso, pero que el optimismo contrarresta la desilusión, la impaciencia lleva al desastre y la fortaleza física no basta para neutralizar las desdichas del ánimo. Al margen del análisis psicológico sobre la tesitura del hombre que pasa por apuros, lo que hace Shackleton, en buena medida, es buscar a Hércules. O transformarse él mismo en Hércules, en un tipo cuya fuerza radica no tanto en su musculatura como en su certeza de la amistad, la lealtad, la bondad, la desesperación entendida como la necesidad de luchar contra el destino que parecen haber escrito para nosotros los dioses. Y la convicción de que la victoria no es derrotar al adversario, sino mantener la dignidad en la lucha.
Con este espíritu es como Shackelton protagoniza un episodio de la exploración que transforma la epopeya en una de las bellas artes. Atrapados en el hielo, con su barco, el Endurance, destrozado y devorado por el océano Antártico, un grupo de hombres se dispone a regresar a casa. Para ello cuentan con unos botes que deben arrastrar, el equipamiento básico, algunos perros y trineos y, sobre todo, un capitán capaz de transmitir la convicción de que ni siquiera la muerte es una derrota, de que si nos caemos es para aprender mejor que nos podemos levantar. Shackleton se nos presenta, en esta biografía escrita por Javier Cacho (Madrid, 1952), como un hombre poderoso, obstinado, puro, un tipo de principios, gran lector, muy religioso, generoso, sincero hasta la hecatombe, testarudo, consciente de su propia fuerza, sabedor de que hay algo especial dentro de él y, por encima de todo, pasional, muy pasional. El debate que nos deja la lectura de este Shackleton, el indomable, se refiere a la cualidad y el tono de la ambición del explorador irlandés.
Para presentarnos o volver a introducir en nuestras vidas a alguien que mereció no salir de ellas, Javier Cacho recurre a una estrategia sencilla, a una presentación cronológica de la vida del protagonista. No hay vaivenes temporales, como tampoco alardes prosísticos. Se trata, en definitiva, de convertirse en un buen divulgador. Anteriormente lo había hecho con el duelo entre Scott y Amundsen (Amundsen-Scott, duelo en la Antártida. La carrera al Polo Sur, Fórcola, 2011), en un programa como escritor que rinde tributo a su propia experiencia científica en la Antártida. Y para cumplir con su proyecto, se embarca en un minucioso estudio documental. Y pasa a ser exhaustivo cuando los personajes participan de las rutas antárticas. Y siempre manteniendo la distancia del narrador que reconoce, pero que no pretende transmitir la emoción con su estilo, dado que la emoción ya la puso Shackleton con su actuación sobre la Tierra. Una actuación que nos lleva a plantearnos la necesidad de este libro. Se trata, al parecer de Javier Cacho, no ya de reivindicar una épica, un lugar donde el sufrimiento físico y el terror, donde pasar hambre, sed, frío y sentir la mugre en la piel alcanzan cotas que bailan de un lado a otro del umbral de lo hermoso, sino de mostrarnos que hay un mundo que ha desaparecido que merece la pena leer. A la espera de que nos llegue la gran obra, posiblemente en forma de película, sobre Shackleton, no está de sobra pasar unas horas en su compañía a través de obras como la de Javier Cacho.