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martes, 28 de noviembre de 2017

A CIELO ABIERTO

A cielo abierto
Antonio Iturbe
Seix Barral
Barcelona, 2017
615 páginas

Antoine de Saint-Exupéry (Lyon, 29 de junio de 1900-isla de Riou, 31 de julio de 1944) escribió y dibujó El principito. Solo por eso ya deberíamos quererle. A pesar de que su mejor obra, la más sensible, la más humana, la más épica y la más lírica, sea Tierra de los hombres. Pero además de todo ello, uno está convencido de que Sain-Exupéry tenía dentro más humanidad que cualquiera de nosotros. Le faltaría tiempo para conmoverse, para enviar un contenedor de mantas a los países que sufrieron un terremoto, para convertirse por sí solo en un equipo de salvamento en una riada, para acoger refugiados. Saint-Exupéry no descansaría hasta reunir las siete mil millones de firmas, que se corresponden a los siete mil millones de humanos que pueblan la Tierra, a través de Change.org, para protestar contra la tortura, e incluso ofrecería cambiar su corazón por el del negro de Alabama condenado a muerte sin suficientes pruebas, porque no existen pruebas suficientes como para condenar a nadie a muerte. Ver el rostro de un sociópata de Wall Street le provocaría varias horas de fiebre, que solo se curaría recitando Los Versos del Capitán o El Cantar de los Cantares. Los libros eran sagrados, incluidos los de las religiones, en el altar de Saint-Exupéry, que contaba con una caja de lápices Alpino, la que utilizó para dar color a los dibujos de El Principito, porque sin esos lápices no hubiera podido inventar la cobra que se tragó un elefante.
Fue un hombre sensible, que se reconocía en el Renacimiento más que en cualquier otra época, y eso que su mirada de pez le alejaba de los retratos de Rafael tanto como el caparazón de una tortuga la aleja de la posibilidad de volar. No consentía las desdichas, y uno se lo imagina leyendo El Quijote sin dejar de soltar lágrimas, tantas como para inundarle los pulmones, porque era el tipo de gente que no lloraba frente a los demás, pero se tragaba la tristeza que le producía las desdichas de Alonso Quijano, que tanto han hecho reír a tanta gente. De hecho, si Saint-Exupéry paseaba por la calle esquivando las heces de perro, lo hacía por respeto al resto de vida que suponía el excremento, no por miedo a entrar en su casa, llena de refugiados, con las suelas sucias. Por suerte para la literatura, supo evitar que la metáfora de volar se convirtiera en su obra en pornografía sentimental, como hizo Richard Bach, que escribió la historia de una gaviota que disfrutaba volando en lugar de volar para sobrevivir, porque se creía mejor que las demás. La metáfora de Ícaro es algo terriblemente humano en Vuelo nocturno, por ejemplo, un relato estremecedor sobre sus pasos por los Andes, para llevar el correo desde Buenos Aires a Santiago de Chile, orientado por las estrellas y sorteando cumbres de siete mil metros. Pero en Tierra de los hombres, como en El Principito, volar coexiste con el desierto. Un accidente del vuelo solo puede terminar en el paisaje que es, a su vez, metáfora de la soledad. La gracia absoluta que no está permitida al hombre, excepto a través de las máquinas, que es volar, da con sus huesos en la supervivencia hostil. Es cierto que en el cielo no hay nada que no sea aire, como en el desierto no hay nada que no sea arena. Pero mientras en el cielo uno se siente libre, en el desierto se considera encerrado en una celda sin muros. Paradójicamente, que la línea del horizonte esté tan lejos, provoca claustrofobia.
En todas estas versiones de la sensibilidad era un especialista Saint-Exupéry. Por desgracia, Ciudadela, la que iba a ser su obra más poética y tal vez la más intelectual, quedó sin acabar y cuando uno la lee siente lástima porque se da cuenta de que le falta una revisión para igualar a El libro del desasosiego, por ejemplo. Pero a todo esto, y antes de que escribiera Ciudadela, una obra que comenzó con el primer vagido, aunque él no lo supiera, Saint-Exupéry practicó la costumbre de vivir. Su formación como piloto, a la par que la de dos de sus amigos o correligionarios, Jean Mermoz y Henri Guillaumet, coincidió con la época más dura de la historia de occidente, con el descanso que hubo entre la gran guerra que comenzó en 1914 y terminó en 1945. Una época en la que la industria de la aviación pasó del globo hasta alcanzar casi la velocidad Match 1, pasando por el biplano, que tal vez sea el único avión romántico de la historia. Pero para llevar el correo desde París a Senegal, o desde Buenos Aires a Santiago de Chile, fue necesario esperar a que alguien ideara cómo cerrar la carlinga. Mientras tanto, Saint-Exupéry y sus dos amigos se enamoraron y cayeron en las desgracias del amor. Conocieron la amistad y, lo que es casi imposible a estas alturas, la compartieron y la celebraron. Volar les privaba momentáneamente de las turbulencias terrestres y los príncipes de la guerra, que al final tuvieron que sufrir. Fueron bohemios, vividores sin necesidad de alcohol, pero fumadores empedernidos. Siguieron soñando con volar sin avión, algo que a lo que más se parece es a estar enamorado, aunque esto suene a tópico.

Sobre esto ha escrito una novela Antonio Iturbe (Zaragoza, 1967), A cielo abierto, con la que ha aterrizado en la pista del Premio Biblioteca Breve. Iturbe también está enamorado de Saint-Exupéry, de la metáfora del vuelo y de la lucha por lo imposible, tanto en el esfuerzo físico como en la pasión. La novela es extensa y ligera. Recomendada para los reos de insomnio o para las vacaciones en las que compartimos con los pilotos esa parte del cielo, que es un buen tumor al que llamamos sol.

Fuente: La línea del horizonte

miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL MUNDO CONOCIDO

El mundo conocido

Edward P. Jones

Traducción de Antonio Fernández Lera
Tropismos
Salamanca, 2004
366 páginas
20 euros



Cabe preguntarse, una vez más, por qué desde las primeras líneas de La Ilíada hasta el punto final de esta admirable novela, la dignidad humana es uno de los hilos, acaso el más conmovedor, con los que se cosen las costuras de la narrativa universal. El mundo conocido es una novela sobre la esclavitud, y por tanto sobre la libertad, sobre una dignidad superior al prudente conformismo.
El relato coral que nos trae Eward P. Jones aporta un tono de resignación y, paradójicamente, de sabiduría, ante la idea de que pertenecer al género humano es inevitable, de que en distintos grados, como reflejan las actitudes y temperamentos de los seres que pueblan la obra, la gente necesita que alguien les diga qué está bien o mal, que lo único parecido a moral a lo que pueden atenerse, de lo contrario, son las leyes que protegen la propiedad por encima de la vida, y la existencia de un Dios que no pasa de mostrarse como un mero observador. Al igual que el narrador de la novela, que contempla su obra desde la distancia, colocando al lector en el lugar en que un espectador enfrentaría a un descomunal mapa del ficticio condado de Manchester, condenado a percibirlo por partes, con la vista indagando de modo caprichoso, bailando de aquí para allá sobre sus dos dimensiones, descubriendo una vida y otra y otra, y en consecuencia construyéndolo puede que sin volumen, pero, milagrosamente, sí con la materia de la cuarta dimensión: el tiempo. Y el lector siempre comprende que se encuentra ante una unidad, siempre lee, aceptando cierto pasmo como premisa: Manchester, condado de Manchester, hombres abandonados sobre la tierra del condado, negros, esclavos, negros llaman amo a otros negros, hombres como mera propiedad que hablan como hablan los herederos de generaciones que han sobrevivido en el campo, trabajando, como si esto fuera lo que imponen las leyes naturales, como si lo terrible fuera que la vida sucediera, que el mundo no se interrumpa, dado que los presentimientos poseen más fuerza que las convicciones. Porque, con acierto, Jones elude lo truculento de la historia de la esclavitud, y se concentra, durante la mayor parte de la novela, en los cinco sentidos de sus personajes, en las pequeñas cosas que pueden no impactar al lector, pero que éste reconoce como vitales en la existencias que lee, de modo que ya no cabe hablar de personajes, sino, como en la mejor literatura, de personas.
Muy alejado de la narrativa en la que la ciudad nerviosa es dueña de la atmósfera, Edward P. Jones relata con una armonía que fluye despacio, nunca aburriendo, tomándose un tiempo necesario, pues en el condado de Manchester cada segundo pesa tanto como todo el espacio que media entre la desesperanza y la desesperación.


Fuente: Lateral y Tribuna/Culturas

sábado, 4 de noviembre de 2017

LOS INTACTOS

Los intactos

María José Codes

Pre-textos
Valencia, 2017
182 páginas

La mejor terapia para el trastorno de estrés postraumático es irse a vivir a un cuadro de John Constable.
Esa es la decisión que toman dos mujeres, cuyos lazos no se irán explicando a pequeñas dosis a lo largo de la novela, para superar algo de lo que no se nos da referencia hasta mitad de obra, cuando se utiliza la palabra “masacre”. Será la más joven de las dos quien narre y quien opte por una actividad terapéutica: se dedica a la restauración de cuadros y en la aldea en la que aterrizan, pintada por Constable, recibe el encargo de recuperar unas tablas religiosas, pertenecientes a una iglesia muy dogmática. El cuadro representa algo así como el triunfo de la muerte sobre la peste. A la otra mujer, Alicia, la conocemos a través de los ojos de la narradora y sabemos que es tan anacrónica como seductora. Teniendo en cuenta que la histeria es muy sugerente, tanto como el cripticismo, Alicia nos dará juego a enervarnos por su inmovilidad. Sabemos, eso sí, que ha perdido un hijo y que oculta algún secreto. La relación de amor/odio está servida.
Pero aislarse en la campiña no significa que todo vaya a ser puro. En los cuadros de Constable los mulos trabajan duro, alguna de las nubes es demasiado oscura y el suelo de barro. Tampoco se reconocen a los personajes, amparándonos en la lejanía. Carecer de máscara es la máxima expresión del enigma en literatura. Ni siquiera en ese cuadro idílico, al que acuden a modo de sanatorio, se evitan los trastornos de sueño y la autocompasión. Dos variedades del menú de los desastres que suelen ser plato único. En cualquier caso, tanto en los cuadros del pintor como en la actuación de los personajes, la nostalgia se rumorea al fondo. Entre otras cosas, porque ninguno de los dos proyectos, y mucho menos el de quien nos narra, posee hechizo. Quedan los otros personajes, los habitantes de la región que rodea al lago, que o marcan distancias o buscan seducir. Hasta que la narradora encuentra algo de confort en los brazos de uno de ellos. Porque se trata de una psicología en la que se impone el deseo de un amor victoriano.
No falta la casa gótica al otro lado del lago, la ciudad de Londres que aparece con disimulo, elípticamente, y una serie de frases que hubieran hecho mejor a la obra si hubieran desaparecido. Paul Valéry no entendía que tuviera sentido escribir la marquesa salió del salón, de ahí que escogiera la poesía. Para que esta novela tuviera la poesía que pretende, sobran algunas marquesas saliendo del salón y acotaciones por el estilo. Por lo demás, hay que alabar la dosificación de pistas para mantener la intriga, que siempre aparecen integradas en la narración y no como un apósito para impresionar.

Fuente: Culturamas

jueves, 2 de noviembre de 2017

ISBRÜK

Isbrük

David Vicente

Pre-textos
Valencia, 2017
143 páginas

La pregunta sigue sin ser respondida, ni en ensayo ni en ficción: ¿Cuál es el origen de la soledad? Las hipótesis son tantas como almas, incluso las hipótesis propias, cuando uno la padece, se multiplican con el mismo horror con el que se multiplicarían las imágenes en unos espejos enfrentados. Pero como en los espejos, lo que observamos es un reflejo. La consistencia de la realidad no es la que aparece en el azogue. La consistencia de la realidad, que David Vicente lleva al extremo para dar a conocer su proyecto sin concesiones, es la de la vida en la costa donde habitan pescadores de mar abierto. La soledad del pescador, pero por encima de ella la soledad de la mujer que aguarda sin la dicha de Penélope, sin aduladores y sin la creatividad suficiente como para inventarse un tapiz que tejer y destejer. En este caso, cuando la pareja se traslada a la figurada población de Isbrük, de condiciones climáticas espantosas, ya son lo bastante mayores como para poder reinventarse. Él encontrará allí su música, aunque sea la de los tifones y la respiración por las branquias. Ella, infértil, no ve otra forma de vida que no sea la soledad. Tan solo los tomates que deja secar, a imitación de su madre, mata alguno de sus minutos. La metáfora es contundente: para comer un producto con mucha agua, hay que dejarlo secar. Si a eso debe uno atenerse para sobrevivir en Isbrük, nada es más duro que la realidad.
De ahí que la voz de ella, que ocupa la mayor parte de la novela, sea de aliento corto y dislocada. Sobre una idea, fluye el pensamiento de forma centrípeta. Sabe que los suicidios son casi norma en Isbrük, un lugar del que ha huido la gente, pero que a ellos, por una razón que se nos escapa, como se nos escapan las razones de los personajes de Kafka, les debería servir de refugio. Pese a que ello signifique despedirse de su única hija, que decide quedarse estudiando en la ciudad.
Ella piensa en él como un hombre pez, y considera que ha mutado. Un don que ella no posee. Él, de hecho, desaparece la mayor parte de los días, y la hija finge no tener padre. Como una ráfaga lírica, aparece otro hombre con quien mantiene una relación de segundos. Y él fallece en el mar, mientras que ella es la que queda enterrada en vida. A partir de aquí, David Vicente nos permite apuntar a conjeturas, no a certezas, con párrafos del cuaderno de notas de Andreas, el pescador, el marido. Nos descubre qué tipo de sensibilidad le caracteriza y si existe o no un impulso autodestructivo. Nos habla sobre la posibilidad de enamorarse por piedad, en casos extremos. Y de la fe en el amor para curar cualquier cosa. Pero no es cierto que el amor pueda más que otros sentimientos. La brutalidad se impone, como se impone el miedo.
Una novela breve debería ser una novela redonda. Sin embargo, Isbrük es fragmentada. Pero circular. Los fantasmas terminarán por regresar a su origen.

Fuente: Culturamas

domingo, 22 de octubre de 2017

LOS ENANOS

Los enanos
Harold Pinter
Traducción de John Lyons
Destino
Barcelona, 2005
223 páginas
17,50 euros

Mis amigos hablan


La promoción de este libro nos indica que se trata de la única novela que ha escrito (o al menos publicado) el último Premio Nobel de Literatura, Harold Pinter. Aquí se abren, a un tiempo, las expectativas y los temores. Expectativas porque, como ha quedado demostrado tras la divulgación de su obra y su militancia ideológica, nos encontramos frente a un idealista íntegro, un tipo sin miedo a morderse la lengua. Y eso, confiemos, debe traslucir de alguna manera entre las líneas de sus escritos. Y temores debidos a que la novela no parece ser su especialidad, y a que, como se nos aclara en la nota introductoria, Los enanos es una obra de juventud, revisada con el paso de los años.
El caso es que basta echarle un vistazo para comprobar que los temores se cumplen. La abundancia de diálogos, algunos planteados en secuencias en cascada, veloces y ágiles, convierte a esta novela en una pieza dramática, lista para ser representada sobre un escenario. Posiblemente, el resultado de Los enanos animó a su autor a definir su carrera con un acierto que el que firma esta reseña no está capacitado para calibrar, pero intuye como gozoso. Sin duda, se trata de un escritor dotado para el diálogo, como lo demuestra, por ejemplo, su ingenio:
“-Sí –dijo Pete-, pero tienes que pesar esa pizca de razón contra el caso en discusión. Y, en pocas palabras, lo encuentro insatisfactorio como concepto funcional para este caso en particular. ¿Tú no? Después de todo, un polvo es un polvo, pero no tiene lugar en el vacío. El contexto es concreto.
“-El polvo también.”
Pero no será el ingenio lo más importante, sino la evolución de esos personajes, esos enanos que Pinter maneja como si se tratara de una partida de ajedrez, en la que los cuatro amigos (tres varones y una mujer, compañera de uno de ellos), sortean casillas hasta caer en la decadencia de su propia labia, de sus propias trampas. Algo de la condena final a estar solos se debe a motivos sociales, a las razones de una ciudad y un país que constituyen el tablero de ajedrez sobre el que se mueven en diversas direcciones, a esas convenciones que conforman, muy a nuestro pesar, eso que llamamos conciencia. Estas vienen perfectamente planteadas por una división en dos partes, en la primera de las cuales cada escena se plantea entre dos de ellos, combinando todas las parejas posibles, y en la segunda en la que intervienen todos en la misma acción. Así, van desplegando unos diálogos en los que el narrador, un narrador que sí existe y que de vez en cuando se permite salir de la debacle conversacional para rumiar unas reflexiones posmodernas, son la herramienta de la que Pinter se sirve para ir explicándose quiénes son esos enanos que él mismo se ha atrevido a crear. Esa necesidad de explicarse la provoca cierta confusión, pues frecuentemente el lector puede pensar que en realidad estos cuatro enanos son el mismo, el mismo personaje con problemas de narcisismo, pretensiones culturales y que no termina de resolver sus problemas con el sexo en tanto que busca trabajo.
En cuanto a las expectativas, cabe señalar el dominio de la situación teatral, perfectamente aplicable a los momentos de diálogo de una novela, de manera que la acción o, para ser más concretos y refiriéndonos a la novela que estamos analizando, la evolución de la situación, progrese en tanto que ellos se embarcan en un bla, bla, bla desenfrenado, veloz y salpicado de juegos verbales que se pierden en la traducción para eludir un aparato de acotaciones de mayor volumen que el propio texto. Y ese aparato estropearía tanto el realismo como el humor con que está escrita esta novela que denota un aprendizaje en marcha.

Fuente: Tribuna / Culturas

martes, 17 de octubre de 2017

NOCTÁMBULOS

Noctámbulos

Cristina Cerrada

IV Premio Casa de América de Narrativa
Lengua de Trapo
Madrid 2003
160 páginas
13,50 euros

De los dieciséis relatos que componen el volumen pocos son los que se alejan de la ciudad como decorado narrativo, y cuando lo hacen siempre es de forma que esa ciudad ausente los justifique: es el caso de Tránsito, por ejemplo, que sucede en un autobús en marcha, y la carretera siempre puede considerarse como una prolongación de la materia urbana; y también está La cantera, que cierra el volumen, donde nos encontramos con los personajes en un ambiente casi rural que les aburre tanto como para que opten por rellenar su tiempo, se nos insinúa, con tramas y actos turbios. Y así, en un ámbito conocido, tomando como referentes unos autores de sobra visitados (se nos advierte sobre la influencia de los ubícuos Carver y Salinger), Cristina Cerrada construye un libro de relatos que bien podrían ser episodios de una novela de vidas cruzadas sin necesidad de ampliar la extensión del volumen, pues maneja los registros más conocidos, más divulgados, los que conviene matizar con imaginación para evitar caer en lugares comunes: los personajes actúan según los cánones previsibles (fuman, ponen la mano en el hombro, bajan la cabeza); los fenómenos meteorológicos representan los estados de ánimo que todos esperamos que representen, sobre todo la lluvia y el viento, símbolos de la melancolía; los decorados son reconocibles hasta para un lector dormido, como también lo son las descripciones físicas; los borrachos son perdedores... incluso anochece cuando todos esperamos que anochezca. De hecho, hasta los diálogos aparentan ser lugares comunes, si bien son un fiel reflejo de diálogos reales, voces creíbles, preguntas y réplicas cuyo acierto radica en la verosimilitud. Si a ésto unimos el abanico de estrategias de composición –acciones paralelas, resolución en diálogos, combinación de transcursos temporales, etc.-, cabe preguntarse qué aporta el libro de una autora que conoce bien la tierra que pisa. Sin que ninguno de los relatos sea dañino, cosa que, en los tiempos que corren ya es todo un elogio, lo mejor del volumen se encuentra en lo que no se nos dice en alguna de las historias, en esa segunda trama que aflora cada tres o cuatro párrafos, en ocasiones en frases muy breves, y que nos sugiere cuáles son las pequeñas tragedias de los protagonistas, por qué se ven obligados a considerar que no viven, sino que se sobreviven a sí mismos. Ahí está el caso de la coja que parece ser el segundo personaje en el excelente cuento que da título al libro, y cuya relación con el alcohol y con su pierna queda meramente esbozada, tan poco explícita como para obligar al lector a que sea él quien ponga su imaginación al servicio de la lectura; posiblemente, ésta sea la razón por la que también el lenguaje es reconocible, para evitar que sea un obstáculo en el trabajo del montaje especulativo en la mente del lector. Ahí es donde Cristina Cerrada demuestra su talento, cuando no apuesta por lo seguro.


Fuente: Lateral

domingo, 17 de septiembre de 2017

A FAVOR DE LA LUZ

Cuando uno tiene la anatomía llena de grietas, o deja que broten allí las flores o que pase la luz.

Este es el libro testimonial, vital, de viaje como realidad y metáfora, que más elogios ha recibido. Enhorabuena a nuestro colaborador, Ricardo Martínez Llorca, por desnudarse sin caer en la pornografía sentimental.

Es un libro honesto y valiente (Luis Fernando Moreno Claros, Babelia)
Mientras tanto, el autor juega con el presente, la situación que lleva al narrador a afrontar este texto, esta carta de despedida, donde se desgrana la lucha por sobrevivir. Poco a poco se van imponiendo los diferentes relatos de viajes y montaña hasta centrarse en los más importantes episodios de su vida de aventuras. Esta nueva obra tiene un altísimo nivel literario. (Pilar Martínez, Culturamas)
Esta es la clase de obra que nos hace más humanos, porque nos da a conocer el dolor de otros. Es dura, hermosa, reveladora. Valiente: el autor llora el desamparo familiar. Y aunque con solo 50 años dice haber renunciado al éxito literario, Luz en las grietas debería alcanzar a muchos miles de lectores. (Román Piña, Revista de letras)
Leer este talento de las letras, Ricardo Martínez Llorca, brillante y creativo (Wishars, la web de arte)
Es un relato  especial, escrito a corazón abierto, por eso va más allá de las confidencias de un gran escritor y también un  gran amante de la montaña y los espacios abiertos. La vida siempre anda discreta en las grietas, en los pliegues de las cosas aparentemente importantes. Cuando se mira atrás, cuando el temor impide mirar hacia un futuro desdibujado, es cuando encontramos el valor de los recuerdos, y las emociones  que el tiempo superpone como las hojas pródigas del otoño. A veces la vida está hecha de pequeños instantes que nos traen la plenitud gracias a las cosas y las personas que amamos. Todo forma parte de la aventura de vivir. (Pilar Rubio Remiro, crítica literaria)
“El libro tiene palabras que viajan de la sombra hacia la luz para sumergirnos en el interior de su protagonista dejándonos hacer un recorrido vital doloroso, hermoso, aventurero”. (Pati Blasco, escritora y escaladora)
No soy de desear nunca el mal a nadie, pero tengo que reconocer que algunas veces he agradecido ciertos males que han sufrido escritores a lo largo de sus vidas porque gracias a estos han salido libros geniales. Eso me ha pasado con este libro: ‘Luz en las grietas’, de Ricardo Martinez Llorca. (Víctor González Molero, crítico literario)
Es realmente hermoso (Jesús del Campo, escritor)
Luz En Las Grietas, ha sido una experiencia sobrecogedora. Ha sido una lectura especial, con sobresaltos, pero, sobre todo, para mi muy enriquecedora y especial. No podía imaginar que este libro me haría descubrir y disfrutar de un narrador ejemplar. Cuando coges este libro, no puedes ni intuir lo que te vas a encontrar, y a cada hoja que pasas más trabajo te cuesta cerrar. Saber quién hay detrás de cada línea o palabra de este libro, a través de esta narración, te hace conocer la fuerza natural de Ricardo Martinez Llorca a través de sus, viajes, vivencias, escaladas, montañas y sobre todo su vida llena de grietas… llenas de luz. (Noel González, alpinista)
Aún no os habíamos recomendado el libro de Ricardo Martínez Llorca, lo hemos leído, paladeado, sufrido…LITERATURA con mayúsculas. Creemos que ni el propio Ricardo sabe el inmenso talento que tiene para la escritura.
Por favor no se lo pierdan (Charo Ruano, escritora)
Me ha hecho sentir, más que cualquier compasión, orgullo. (Juan Luis Conde, escritor)
Lo pierde, como tantas otras cosas, y lo cuenta con un baile excelso de oraciones que van y que vienen, que se alargan como laberintos borgianos y se reducen aforísticamente. Del aforismo al flujo de conciencia, de la sentencia a la oración. Y todo regido por unas leyes poéticas que convierten al relato en el solo de violín que busca ser Martínez Llorca en la vida. (Víctor G. Molero, Todoliteratura)
Igual que las palabras, cuando nacen, crean el silencio de la confusión, la memoria es un manto de niebla sobre el reflejo de nuestras vidas. Ricardo grita suavemente mientras pinta a trazos de un pincel de agujas las curvas de su vida. Que como las piedras de un pueblo abandonado de la sierra se resisten a las dentelladas del viento del puerto y los arañazos eternos de la hiedra. Pero el destino no es un sueño y es el que nos llama por el nombre cuando estamos solos en el rellano de la escalera. El autor es de aquellos hombres valientes que se visten día a día con la hoja del calendario para llevarse la vida puesta. De aquellos humildes y generosos que nos regalan su corazón desnudo en tinta. “Luz en las grietas” es el viaje de un valiente, de uno de aquellos que encuentra un rayo de luna en el fondo de una callejuela una noche de tormenta. Un viaje por la vida a través de las montañas, de los libros, de la música, de las emociones. No diría que es un libro de viajes sino un libro de vida. (Jordi Tosas, guía alpino)
Uno de los destinos que no quise, pese haber tenido como asturiano la tentación tan cerca, fue el de ser alpinista. No quise y no fue por no quererlo mucho: demasiada era la luz que me proponía la mano en el vértigo donde nacía, imposible, una flor nacida entre las rocas. Hoy me llega «Luz entre las grietas», de Ricardo Martínez Llorca, y lo leo conmovido en mi cabaña. Otros están arriba, desde donde se ve el fin del mundo: en mis dedos, sin embargo, está el paso difícil, la geografía mínima del tacto; de pastor, persiguiendo la cabra de la luna, mis pasos sobre la tierra. (Xuan Bello, escritor)
Con la duda del mañana, pero con la responsabilidad y la necesidad de ser contada, Martínez Llorca logra tejer un texto intenso y muy emotivo. Con una notable prosa, con un pulso directo pese a sentir cerca una posible despedida, y con el deseo de seguir soñando con la vida, Luz en las grietas conmoverá al lector que se deje llevar por las emociones, por el sentido de la amistad, por la soledad. (R.G., Másjerez)
Frente al acoso escolar y la defensa del débil, que le supondrá un derribo tras otro, Martínez Llorca nos abre una ventana en cuanto entra en la pasión. La vida sin pasión es menos vida. Y en su caso, tras una infancia forzosamente contemplativa, conoce el verdadero amor en la amistad al aire libre, en los grandes viajes que protagoniza, hasta que se rompe en uno de los episodios que da más temor leer, o en la montaña, donde perdió la vida su mejor hermano y sobrevive a situaciones límite. (Teresa Rivas, Quimera)
Y así continuamos luchando, “siempre en derrota, nunca en doma”. Porque la vida es lo único que tenemos, lo único que nos queda. (Koldo CF, Un libro al día)
Olvidamos en la mayoría de ocasiones en las que cogemos un libro que el que ha hilvanado esas líneas es alguien y no algo, pensamos que con poner la atención al producto ya bastará sin dejar ningún momento nuestro al artesano. Pues bien, si eso es lo que solemos hacer, con Luz en las grietas no nos quedará opción porque producto y productor se funden en un mismo relato. El relato es el relator, el cuento es el cuentista, lo escrito es el escritor. (V.G., Libres de lectura)
Acabo de terminar Luz en las grietas y ahora ya sé que no habrá una sola página que me ofrezca aunque sea una pequeña tregua, sino que todas y cada una de ellas no harán más que enfrentarme a verdades dolorosas. Sé que he alcanzado las últimas palabras, las últimas letras, casi con la lengua fuera, sin poder sobreponerme del todo a la profunda impresión que supone su lectura y de la que no es fácil recuperarse. (Jokin Azketa, La línea del horizonte)
El libro es estupendo. El autor, además, deja algunas frases en distintas páginas, que nos invitan a reflexionar tal y como lo hace él. Es por ello por lo que el libro necesita un momento de tranquilidad, un lugar en el que leer con sosiego. (Gabriel Ramírez, El Correo de Andalucía)
Una historia de superación que dura toda una vida dónde el protagonista se arriesga a vivir para superar sus miedos conmocionando al lector constantemente. (Nonstopes)
Porque Luz en las grietas es un canto a la vida. (Alberto Piernas, Actualidad literatura)
Gracias por obsequiarnos con esa “desnuda” confesión que es “Luz en las grietas”. La leí y no fui capaz de nada más. Ni un comentario en RRSS, ni decir que la había leído. He necesitado tiempo para “entenderte” y para digerir todo lo que transciende de esas 171 páginas. (J.J.D.L.)


“Una podría llegar a pensar que el oficio de escritor consiste en no 
correr riesgos innecesarios. Pero con este libro creo que los has 
corrido todos. Supongo que es esa alma de montañero que llevas dentro y 
que tanto me cuesta entender, pero no has dejado precipicio sin 
explorar, ni ha habido abismo al que no te asomaras… y eso es mucho 
para un hombre que elige el gesto de levantar el pie para no pisar una 
hormiga.” (M.C.L.)
Es un relato  especial, escrito a corazón abierto, por eso va más allá de las confidencias de un gran escritor y también un  gran amante de la montaña y los espacios abiertos. La vida siempre anda discreta en las grietas, en los pliegues de las cosas aparentemente importantes. Cuando se mira atrás, cuando el temor impide mirar hacia un futuro desdibujado, es cuando encontramos el valor de los recuerdos, y las emociones  que el tiempo superpone como las hojas pródigas del otoño. A veces la vida está hecha de pequeños instantes que nos traen la plenitud gracias a las cosas y las personas que amamos. Todo forma parte de la aventura de vivir. (Pilar Rubio Remiro)
Gracias por obsequiarnos con esa “desnuda” confesión que es “Luz en las grietas”. La leí y no fui capaz de nada más. Ni un comentario en RRSS, ni decir que la había leído. He necesitado tiempo para “entenderte” y para digerir todo lo que transciende de esas 171 páginas. J. D. L.
Poca gente, salvo los de mi círculo familiar más cercano, saben los problemas de salud que he padecido y que por ahí andan, agazapados esperando que me descuide un poco para saltar y condenar mi futuro..
Este libro es muy duro, es una lectura dura para quien ha padecido alguna dolencia grave que le ha condicionado la vida.. Yo comparto con el protagonista una enfermedad de esas que marcan una etapa de la vida tan importante, la juventud. Como el protagonista decidí que no iba a resignarme a ver como otros vivían su vida. Yo quise vivir la mía y con altibajos y mucha dedicación ahí andamos, haciendo cosillas…
Un libro que me ha provocado dolor pero que nada más acabar voy a releer, a coger un lápiz y a subrayar. Un libro que guardaré en un lugar muy visible de la librería, a mano para futuras lecturas.
(Julio Gómez, Montañero)

Luz en las grietas

Ricardo Martínez Llorca @rimllorca

Desnivel
Madrid, 2016
176 páginas

lunes, 10 de julio de 2017

LA HORA AZUL

La hora azul
Alonso Cueto
Premio Herralde
Anagrama
Barcelona, 2005
303 páginas
17,50 euros

La culpa de mi padre

Aunque La hora azul sea una novela que destaque, en la primera lectura, por el tono en que está escrita y una trama de intriga que seduce sin remisión, en realidad trata sobre un asunto más profundo, más incómodo, como es la posibilidad de heredar una culpa. En principio, esa parece la mejor manera de interpretar el interés del protagonista, un abogado que disfruta de una posición muy acomodada en la Lima actual, por encontrar a Miriam, la niña que secuestró, violó y tal vez dejó embarazada su padre durante un episodio cruel de la guerra que libraron Sendero Luminoso y el ejército peruano, en la que los verdaderos sufrientes fueron las personas más humildes. A partir del encuentro, una modalidad rarísima de amor, inexplicable e inexplicada por el narrador, que es el propio protagonista, redunda aun más en esta idea: ¿por qué quiso encontrarla?, ¿para qué quiere ayudarla? Y la interpretación más plausible es la de que trata de redimir la culpa que heredó de un padre sanguinario a quien no conoció. Y así, cicatrizando heridas que no deberían ser suyas pero que toma como propias en consideración a la memoria de su madre, que acaba de fallecer, el protagonista se lanza al vacío que es explorar para conocer a su padre.
La obsesión que muestra por encontrar a la muchacha, resuelta en una intriga bien deudora de la novela negra, bien construida y regada por unos seres secundarios que interpretan a la perfección su papel de serie negra traducido a los barrios bajos de Perú, es idéntica a la que muestra en el amor, y nos habla de un hombre incapaz de abrir dos frentes en su vida, que necesitará cerrar un episodio para proseguir con su costumbre habitual de trabajar, acompañar a sus hijas al colegio o convivir con una esposa. De ahí que se embarque en una investigación cuya conclusión auténtica no es la resolución de un capítulo de su vida que se restaña, sino la de que los marginados, los perdedores, tienen que seguir viviendo. Pues al tiempo que se va encontrando con torturadores brutales y extorsionistas, sacerdotes lenitivos o campesinos o pobladores de la periferia de Lima, el protagonista va descubriendo la esencia de un país que no conocía, hasta entonces oculto por los muros del dinero que circula en el bufete donde trabaja. El objetivo del libro, más bien, parece éste: denunciar que los que gozan de buena posición no conocen quiénes han sido sus progenitores ni cuáles son sus raíces. El resto, bien elaborado, bien narrado, no deja de ser una novela que ya conocemos.
Ese resto es una narración muy ágil, veloz, escrita en frases cortas, en párrafos cortos, en capítulos cortos, en la que los arquetipos vienen a facilitar la linealidad de la lectura, en la que la gracia de una prosa con dejes peruanos, con mucho ritmo y variedad expresiva, arrastra al lector hasta un final irrevocable. Además, los diálogos resultan deliciosos, justificados, sin afán de rellenar y perfectamente planificados para ir resolviendo la acción. Pero hay algo, en esta novela tan bien construida, que no termina de funcionar. Acaso sean los tópicos, esos seres brutales y esas denuncias de la guerra, o ese desarrollo de la trama bastante previsible –, el modo en que comienza a tener noticia de los sucesos, la forma de entablar contactos con unos u otros, de extraer conclusiones, de enredarse en chantajes, el viaje al origen de todo y a la autenticidad de la vida, la búsqueda con la impresión de que un jabón se le va escurriendo entre las manos, el encuentro y sus consecuencias, la crisis matrimonial…- lo que resta credibilidad a una obra que habría ganado si al autor le hubieran importado más los personajes que la trama que teje con mucha maestría. Aunque esta opinión, bien lo sé, no deja de ser orgullo de lector.


Fuente: Culturas/Tribuna

miércoles, 5 de julio de 2017

EL BAILE DE LA VICTORIA

El baile de la victoria

Antonio Skármeta

Premio Planeta 2003
Editorial Planeta
Barcelona
Octubre 2003
376 páginas

La ternura del planeta


Si el título de un libro es el rostro con el que se le conoce, podríamos preguntarnos cuál es el doble sentido que parece tener El baile de la victoria: por una parte hemos descubierto que ese baile de la Victoria se corresponde con unos episodios del relato, aquellos en que la adolescente protagonista, a quien gusta que a su nombre –Victoria- se le anteponga el artículo la para hacerlo más contundente y así compensar su frágil imagen, reclama o llora o lucha por su sueño de bailar en un teatro importante una coreografía basada en unos versos de Gabriela Mistral; pero, por otra, hemos de suponer que Skármeta ha pretendido confundirnos con una rúbrica que roza la metáfora política, pues al fin y al cabo nos encontramos en un Chile ya victorioso de la dictadura, que ha dejado una resaca infame, y que está adaptándose a eso que alguien llama democracia, un Chile en que cada persona tiene que luchar por ajustar su pequeña historia a las pretensiones de normalidad, a una calma que debe sobreponerse en lo cotidiano diez años después del final de los episodios sucios y oscuros. Y ese baile interior, en el que el individuo combate por seguir siendo él mismo, fiel a sus sueños que son los que les dan una razón para seguir viviendo (en el caso de Skármeta, fiel a la narrativa pura), roza constantemente con las cicatrices y asperezas con que la crueldad arañó el pasado de los habitantes del país. Porque dado que es imposible dejar de ser nuestra propia memoria, parece sugerir Skármeta, la auténtica victoria pasa por querer superar los desencuentros y ser capaz, por ejemplo, de escribir este libro; es muy probable que esa sea la función de esta novela, sobre todo si tenemos en cuenta que en la obra anterior del autor chileno ya se leían las pequeñas vidas de sus personajes incrustadas en momentos anteriores de la historia de su patria. Baste como ejemplo de este baile y esta victoria aquellos argumentos con que los ladrones se convencen de la bondad de su robo, al estilo Robin Hood, pues la producción del dinero del que piensan apoderarse surgió de alguna manera de las celdas de tortura. Si bien queda declarado y dibujado el escenario de la novela, Santiago de Chile, y el año reciente en que se desarrolla, estos datos se limitan a aparecer aquí y allá, respetando el universo de Skármeta, al igual que se mencionan los mimbres con que se tejió la mitología de la lucha social chilena: Víctor Jara, Violeta Parra, Neruda, el grito “el pueblo unido jamás será vencido”, la Cantata de Santa María de Iquique, y hasta Baltasar Garzón. Da la impresión de que todo esto es parte del mobiliario, porque lo verdaderamente importante es la historia de amor y maduración que tiene lugar entre los dos jóvenes protagonistas.
Para no complicarse la existencia y dejar el trabajo facilito al lector, Skármeta recurre a una estructura lineal y cronológica: comienza presentando a los protagonistas, poniéndolos en la situación que dará lugar a la trama, introduciendo poco a poco a los secundarios que en su mayor parte serán ayudantes del héroe, y recurriendo a capítulos de secuencias paralelas cuando las vidas de los protagonistas no coinciden en escena. Además, la forma de visualizar la acción se aproxima, tal vez en exceso, a lo cinematográfico, de ahí los perfiles de los personajes, tan estereotipados; se diría que Skármeta ha estado pensando en la adaptación de la novela a la gran pantalla, hasta el punto de llegar adjudicar a uno de los protagonistas el rostro de un actor: el ladrón viejo será Federico Luppi. Sin ningún recato, recurre a lugares comunes que sitúan al lector rápidamente frente a unos seres que no tiene necesidad de conocer, porque los reconoce inmediatamente; de ahí subterfugios como el de presentar al asesino acompañado constantemente por perros sarnosos, idea carente de novedad, pero que todos sabemos desde hace tiempo que funciona. Al igual que funcionan esos tópicos de caracterización psicológica, como el que nos encontramos de entrada en el primer capítulo, en el que para significar que el joven protagonista es muy inteligente se le enfrenta a una jugada de ajedrez.
Para continuar con su particular lucha por conseguir una lectura sencilla, con el fin de que nigún lector quede excluido de una pieza como ésta, la mayor parte de la novela está resuelta en diálogos, técnica en la que Skármeta demuestra ser bastante competente: los protagonistas hablan con naturalidad y de forma que ninguna de las frases parece contener información gratuita; las intervenciones son cortas, y cuando se alargan un poco más es para contar a medias algo referido al pasado, unas noticias que el lector irá conociendo y con las que podrá construir las pequeñas historias de cada protagonista; se utiliza una filosofía sentenciosa, de andar por casa; la acción avanza, dado que la situación al final de cada diálogo no es la misma que al principio, y la novela va leyéndose deprisa porque la escasez de acotaciones agiliza el texto. Por otra parte, el recurso al diálogo queda justificado por la proximidad del narrador con los protagonistas, incapaz de despegarse de su piel.
Ahora bien, resulta muy difícil no criticar este planteamiento de la novela, no atacar directamente su línea de flotación: el joven protagonista es un muchacho de veinte años del que conocemos su afición a pasear en soledad junto a la orilla del rio, antes de ser preso, que fue sodomizado por el alcaide de la cárcel y por alguna otra persona, y cuyo padre le odia; a la muchacha, de diecisiete años, la conoce en la calle, y vamos descubriendo que es huérfana de padre, que su madre depresiva no la echa de menos, que es aficionada a visitar cines porno y que ha sido expulsada del liceo; y de Vergara Grey, el ladrón viejo y sabio, se nos dice que está de vuelta de la vida, que lo único que le interesa es recuperar lo que le quitó la cárcel, es decir, su esposa, su hijo y su dinero. Ninguno de los tres tiene verdadera familia, y todos sufren alguna forma de repudio social y vital. La cuestión, entonces, es: ¿alguien podrá creerse que en realidad unos seres así de marcados, sufrientes, muertos de hambre a los que no les queda sino confiarse a sus perrerías o a la buena suerte, entablarían diálogos largos con desconocidos o gente que conocen hace bien poco, conversaciones en las que llegan a introducir confesiones personales, en las que ocasionalmente pugnan por sacar a su contertulio de escena a base de frases brillantes? ¿No temen a cosas como la traición? Mucho me temo que esta historia requiere otra construcción para que resulte verosímil, más pegada a la realidad, que es la forma en que el lector llegará a identificarse con los personajes. Tal y como se presenta, el lector asiste con frecuencia a una obra de teatro, y la diferencia entre leer una novela y una obra de teatro es que mientras que a la primera se le exige ser creíble porque es la realidad misma (afirmación válida incluso para géneros como la ciencia ficción), la obra del teatro no deja de ser una función, una representación de la realidad. Por eso, y por una trama fácil de prever, esta novela que trata sobre la impotencia, sobre la pelea contra la derrota, no produce la tristeza que cabría exigirle, esa que deja al lector con las ganas de seguir luchando por encontrar una razón para vivir cuando cierra el libro.
Es predecible que se achaque a Skármeta, no sin motivo, haber escrito una novela juvenil; los datos son claros: unos secundarios de buen corazón, nobles dentro de su miseria, que terminarán ayudando por lealtad; un asesino que se vende, en una referencia a la traición de Judas, por treinta días de libertad que le suponen poder echar treinta canas al aire (hay que ver cómo está degenerando el mal); una trama que no carece de agujeros como la velocidad con que la protagonista enferma y se recupera; golpes de efecto tan adolescentes como el contraste entre el amor a la poesía demostrado por la chica (con el que no se puede estar más de acuerdo), y la consiguiente secuencia en una sala X en lo que sin duda es el momento más intenso de la novela; una maduración, producto de la cercanía de la muerte, que lleva al muchacho a cambiar su concepto de dignidad, de la venganza pasa al perdón; los golpes de efecto con que pretende cerrar cada uno de los cincuenta capítulos; la búsqueda final de una lágrima fácil; un estilo que por evitar lo críptico cae en su contrario, lo evidente... Todo junto supone que el autor nos esté pidiendo un acto de fe en la consistencia de su narrativa propio de un lector inexperto. Y ése es el defecto de la literatura llamada, peyorativamente, juvenil.
Eso sí, Skármeta escribe con una sonrisa, y trata a sus personajes con toda la ternura del mundo.

Publicado en Lateral



viernes, 30 de junio de 2017

VOLCANES DORMIDOS

Volcanes dormidos
Rosa Regás y Pedro Molina Temboury
Premio Grandes Viajeros 2005
Ediciones B
Barcelona, 2005
288 páginas
18 euros

Un poquito de América


Limitados por los confines de la propia literatura de viajes, cada día resulta más complicado encontrar un destino que sea atractivo por sí, un lugar cuya visita reclame la atención del viajero. En un primer vistazo, uno diría que todos los lugares de la Tierra ya fueron pisados para ser transcritos a libro, incluidos aquellos tan arriesgados como los que tienen los pies hundidos en el barro de la guerra. Quedaría, entonces, el recurso del viaje en sí, es decir, de un planteamiento narrativo que se justifique por lo aventurado de los desplazamientos, o si no aventurado, al menos con descaro o con una fina dosis de locura. Pero las estanterías de viajes también están llenas de marinos, y de marinos de agua dulce y de ciclistas y deportistas, y gente cuyas hazañas se registraron en documentales. Por otra parte, siempre estará el atractivo de lo ecológico, aunque esta partida la ganó hacer tiempo la fotografía. Y así, solo cabe confiarse a la mirada del viajero o, lo que viene a ser lo mismo, a su escritura, a su literatura. Por esa razón, uno abre este libro confiando en encontrarse con lo mejor de Centroamérica, porque tras los verbos y los sustantivos se encuentran dos escritores de sobrada solvencia. A su trayectoria, cabe añadir que la elección del destino tiene, como no, un afán humano. Su elección se debe a criterios sociales, culturales, históricos y políticos. Y así, el lector confía en que esta vez el Premio Grandes Viajeros, que con tanta frecuencia ha pasado por las librerías escondido tras los demasiados libros, presente la mejor cara posible.
Y así es como uno cae en el desengaño. Porque el libro Volcanes dormidos se queda a mitad de camino de lo que debe ser una obra literaria. Revisemos: la obra comienza con un planteamiento muy digno: Rosa y Pedro se deciden a visitar una región en vías de desarrollo, porque saben que el verdadero viaje es el que tiene por lugar las regiones menos beneficiadas del planeta. Su documentación es perfecta y no cesan de reconocerlo, trayendo constantemente a colación la historia de los desfavorecidos, desde los que sufrieron los rigores de la colonización hace quinientos años, hasta los que sufren los efectos de las decisiones de instituciones tan salvajes y poco humanas como el Fondo Monetario Internacional. La toma de partido de los autores, gente culta y sensible, es, inevitablemente, a favor de los perdedores. Pero sin considerar que la lucha está perdida. De hecho el título del libro es una alusión metafórica al potencial revolucionario de la zona, que a fuerza estallará nuevamente un día de estos. Hasta aquí todo va muy bien. Y mejora si tenemos en cuenta el interés que muestran por los poetas, los escritores, profesores y revolucionarios retirados que han tenido tiempo de meditar acerca del contenido social de sus países.
Pero llega el momento de poner en negro sobre blanco ese trabajo, y al parecer las prisas mandan sobre las intenciones. Una redacción apresurada, con disfraz de lenguaje periodístico, no consigue que el lector se interese por lo que están conociendo los autores. La impresión global es que el libro apenas contiene un viaje a todo trapo por tierras centroamericanas. El grueso del contenido está elaborado desde detrás de un ordenador. Son escasas las pinceladas de una aportación propia, que uno va lamentando cada vez más a medida que avanza en la lectura, pues lo mejor, sin duda, son los destinos de la gente que van conociendo personalmente o por referencias. Esos episodios, con finales tan insólitos e insospechados para quienes los vivieron, son los que merece la pena rescatar de esta obra. El resto, es un buen trabajo periodístico que cobra la forma de un libro de texto cuya asignatura es Centroamérica.

Fuente: Culturas/Tribuna


jueves, 22 de junio de 2017

RAZONES PARA LEER LUZ EN LAS GRIETAS









Uno de los mejores libros de los últimos doce meses.

Aquí algunas de las razones 


Es un libro honesto y valiente (Luis Fernando Moreno Claros, Babelia)
Mientras tanto, el autor juega con el presente, la situación que lleva al narrador a afrontar este texto, esta carta de despedida, donde se desgrana la lucha por sobrevivir. Poco a poco se van imponiendo los diferentes relatos de viajes y montaña hasta centrarse en los más importantes episodios de su vida de aventuras. Esta nueva obra tiene un altísimo nivel literario. (Pilar Martínez, Culturamas)
Esta es la clase de obra que nos hace más humanos, porque nos da a conocer el dolor de otros. Es dura, hermosa, reveladora. Valiente: el autor llora el desamparo familiar. Y aunque con solo 50 años dice haber renunciado al éxito literario, Luz en las grietas debería alcanzar a muchos miles de lectores. (Román Piña, Revista de letras)
Leer este talento de las letras, Ricardo Martínez Llorca, brillante y creativo (Wishars, la web de arte)
Es un relato  especial, escrito a corazón abierto, por eso va más allá de las confidencias de un gran escritor y también un  gran amante de la montaña y los espacios abiertos. La vida siempre anda discreta en las grietas, en los pliegues de las cosas aparentemente importantes. Cuando se mira atrás, cuando el temor impide mirar hacia un futuro desdibujado, es cuando encontramos el valor de los recuerdos, y las emociones  que el tiempo superpone como las hojas pródigas del otoño. A veces la vida está hecha de pequeños instantes que nos traen la plenitud gracias a las cosas y las personas que amamos. Todo forma parte de la aventura de vivir. (Pilar Rubio Remiro, crítica literaria)
“El libro tiene palabras que viajan de la sombra hacia la luz para sumergirnos en el interior de su protagonista dejándonos hacer un recorrido vital doloroso, hermoso, aventurero”. (Pati Blasco, escritora y escaladora)
No soy de desear nunca el mal a nadie, pero tengo que reconocer que algunas veces he agradecido ciertos males que han sufrido escritores a lo largo de sus vidas porque gracias a estos han salido libros geniales. Eso me ha pasado con este libro: ‘Luz en las grietas’, de Ricardo Martinez Llorca. (Víctor González Molero, crítico literario)
Es realmente hermoso (Jesús del Campo, escritor)
Luz En Las Grietas, ha sido una experiencia sobrecogedora. Ha sido una lectura especial, con sobresaltos, pero, sobre todo, para mi muy enriquecedora y especial. No podía imaginar que este libro me haría descubrir y disfrutar de un narrador ejemplar. Cuando coges este libro, no puedes ni intuir lo que te vas a encontrar, y a cada hoja que pasas más trabajo te cuesta cerrar. Saber quién hay detrás de cada línea o palabra de este libro, a través de esta narración, te hace conocer la fuerza natural de Ricardo Martinez Llorca a través de sus, viajes, vivencias, escaladas, montañas y sobre todo su vida llena de grietas… llenas de luz. (Noel González, alpinista)
Aún no os habíamos recomendado el libro de Ricardo Martínez Llorca, lo hemos leído, paladeado, sufrido…LITERATURA con mayúsculas. Creemos que ni el propio Ricardo sabe el inmenso talento que tiene para la escritura.
Por favor no se lo pierdan (Charo Ruano, escritora)
Me ha hecho sentir, más que cualquier compasión, orgullo. (Juan Luis Conde, escritor)
Lo pierde, como tantas otras cosas, y lo cuenta con un baile excelso de oraciones que van y que vienen, que se alargan como laberintos borgianos y se reducen aforísticamente. Del aforismo al flujo de conciencia, de la sentencia a la oración. Y todo regido por unas leyes poéticas que convierten al relato en el solo de violín que busca ser Martínez Llorca en la vida. (Víctor G. Molero, Todoliteratura)
Igual que las palabras, cuando nacen, crean el silencio de la confusión, la memoria es un manto de niebla sobre el reflejo de nuestras vidas. Ricardo grita suavemente mientras pinta a trazos de un pincel de agujas las curvas de su vida. Que como las piedras de un pueblo abandonado de la sierra se resisten a las dentelladas del viento del puerto y los arañazos eternos de la hiedra. Pero el destino no es un sueño y es el que nos llama por el nombre cuando estamos solos en el rellano de la escalera. El autor es de aquellos hombres valientes que se visten día a día con la hoja del calendario para llevarse la vida puesta. De aquellos humildes y generosos que nos regalan su corazón desnudo en tinta. “Luz en las grietas” es el viaje de un valiente, de uno de aquellos que encuentra un rayo de luna en el fondo de una callejuela una noche de tormenta. Un viaje por la vida a través de las montañas, de los libros, de la música, de las emociones. No diría que es un libro de viajes sino un libro de vida. (Jordi Tosas, guía alpino)
Uno de los destinos que no quise, pese haber tenido como asturiano la tentación tan cerca, fue el de ser alpinista. No quise y no fue por no quererlo mucho: demasiada era la luz que me proponía la mano en el vértigo donde nacía, imposible, una flor nacida entre las rocas. Hoy me llega «Luz entre las grietas», de Ricardo Martínez Llorca, y lo leo conmovido en mi cabaña. Otros están arriba, desde donde se ve el fin del mundo: en mis dedos, sin embargo, está el paso difícil, la geografía mínima del tacto; de pastor, persiguiendo la cabra de la luna, mis pasos sobre la tierra. (Xuan Bello, escritor)
Con la duda del mañana, pero con la responsabilidad y la necesidad de ser contada, Martínez Llorca logra tejer un texto intenso y muy emotivo. Con una notable prosa, con un pulso directo pese a sentir cerca una posible despedida, y con el deseo de seguir soñando con la vida, Luz en las grietas conmoverá al lector que se deje llevar por las emociones, por el sentido de la amistad, por la soledad. (R.G., Másjerez)
Frente al acoso escolar y la defensa del débil, que le supondrá un derribo tras otro, Martínez Llorca nos abre una ventana en cuanto entra en la pasión. La vida sin pasión es menos vida. Y en su caso, tras una infancia forzosamente contemplativa, conoce el verdadero amor en la amistad al aire libre, en los grandes viajes que protagoniza, hasta que se rompe en uno de los episodios que da más temor leer, o en la montaña, donde perdió la vida su mejor hermano y sobrevive a situaciones límite. (Teresa Rivas, Quimera)
Y así continuamos luchando, “siempre en derrota, nunca en doma”. Porque la vida es lo único que tenemos, lo único que nos queda. (Koldo CF, Un libro al día)
Olvidamos en la mayoría de ocasiones en las que cogemos un libro que el que ha hilvanado esas líneas es alguien y no algo, pensamos que con poner la atención al producto ya bastará sin dejar ningún momento nuestro al artesano. Pues bien, si eso es lo que solemos hacer, con Luz en las grietas no nos quedará opción porque producto y productor se funden en un mismo relato. El relato es el relator, el cuento es el cuentista, lo escrito es el escritor. (V.G., Libres de lectura)
Acabo de terminar Luz en las grietas y ahora ya sé que no habrá una sola página que me ofrezca aunque sea una pequeña tregua, sino que todas y cada una de ellas no harán más que enfrentarme a verdades dolorosas. Sé que he alcanzado las últimas palabras, las últimas letras, casi con la lengua fuera, sin poder sobreponerme del todo a la profunda impresión que supone su lectura y de la que no es fácil recuperarse. (Jokin Azketa, La línea del horizonte)
El libro es estupendo. El autor, además, deja algunas frases en distintas páginas, que nos invitan a reflexionar tal y como lo hace él. Es por ello por lo que el libro necesita un momento de tranquilidad, un lugar en el que leer con sosiego. (Gabriel Ramírez, El Correo de Andalucía)
Una historia de superación que dura toda una vida dónde el protagonista se arriesga a vivir para superar sus miedos conmocionando al lector constantemente. (Nonstopes)
Porque Luz en las grietas es un canto a la vida. (Alberto Piernas, Acualidad literatura)
Gracias por obsequiarnos con esa “desnuda” confesión que es “Luz en las grietas”. La leí y no fui capaz de nada más. Ni un comentario en RRSS, ni decir que la había leído. He necesitado tiempo para “entenderte” y para digerir todo lo que transciende de esas 171 páginas. (J.J.D.L.)


“Una podría llegar a pensar que el oficio de escritor consiste en no 
correr riesgos innecesarios. Pero con este libro creo que los has 
corrido todos. Supongo que es esa alma de montañero que llevas dentro y 
que tanto me cuesta entender, pero no has dejado precipicio sin 
explorar, ni ha habido abismo al que no te asomaras… y eso es mucho 
para un hombre que elige el gesto de levantar el pie para no pisar una 
hormiga.” (M.C.L.)

Luz en las grietas

Ricardo Martínez Llorca @rimllorca

Desnivel
Madrid, 2016
176 páginas

Luz en las grietas nace como un libro maldito.
Sufrirá la primera maldición, la clásica, la de pasar desapercibido de cara al lector. Porque el tipo de poesía que destila es la poesía de los malditos. Si tuviéramos que emparentar el bellísimo trabajo de Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) con alguien, sería más con Rimbaud, con Shelley, con Claudio Rodríguez, que con los escritores de su época. De hecho, cualquier párrafo de Luz en las grietas transforma las obras de sus contemporáneos en escritura plana. Muy plana. Delante tendremos lo que es un testimonio, pero también un testamento, una narración sincera y brutal, de una lírica desconcertante, que a lo que más nos recuerda es a Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard, o a Esa salvaje oscuridad, de Harold Brodsky. Solo la proximidad de la muerte da sentido al texto, que leemos con el corazón encogido, a la par que con el deseo de que no se termine nunca. Pocas veces se siente tanto como aquí el impulso de volver a leerlo, una vez cerrado el libro.
Pero el hecho de haberse publicado en una editorial de género, del género más respetable, que es la épica y por tanto la resiliencia, hará que se catalogue mal en las librerías y en los prejuicios del lector. Desde aquí sugerimos a quien nos escuche que se acerque al libro sin prejuicios. Se sorprenderá. Por poner un ejemplo con el que comparte cierto espíritu, se sorprenderá como se sorprendió con Hermano de hielo, de Alicia Kopff. La familia y las expediciones son ámbitos comunes a las dos obras. Lo que sucederá es que, Hermano de hielo, que es un libro producto del ingenio y de un buen oído, un libro estupendo y muy digno, empalidece ante el acoso y derribo de honestidad y valor de Martínez Llorca. Porque está escrito con la última sangre y el último aliento, saldando deudas. Por supuesto con los viajes y la montaña, que aparecen reflejados como una metonimia de la ilusión de vivir. Pero también con la familia, un tema recurrente en la obra de Martínez Llorca, que hasta ahora nos había sorprendido por ser el escritor que mejor describe, al menos entre los que hemos leído en mucho tiempo, y su creatividad. Basta echar un vistazo a ese díptico que es Hijos de Caín y Después de la nieve, sus obras anteriores.
Luz en las grietas también será un libro maldito porque el autor sigue viviendo. Y aquí cierra heridas, que quedarán abiertas para otra gente. Los hermanos aparecen en primer término, como ya lo hicieron en Tan alto el silencio. El buen hermano y el hermano canalla son una metáfora ética, del sentido de la ética que tiene Martínez Llorca. Pero hay algo más. El autor nace con un corazón destrozado, deforme, un demonio que le obliga a tener presente a la muerte en cada aliento. Y mientras tanto, la elipsis de los padres en su vida y en el libro es de lo más significativa. Uno no pretende jugar a ser un buen psicólogo, pero se deduce que sus padres sufrieron durante años y años la enfermedad de su hijo, a la que dieron la espalda creyendo que eso era tratarle como a una persona normal. Pero, en realidad, los padres no superan esa barrera y el dolor que sobrellevan es superior a sus fuerzas. Así pues, la relación entre padres e hijo está sobrevolada por una maldición, que consiste en que alguien tiene que tener la culpa de lo mal que lo pasan los adultos, del malestar que ocasiona esa enfermedad. Dado que a los padres no les cabe la idea de culparse entre sí, pero niegan la mutilación del hijo, solo cabe una solución: la culpa del sufrimiento de los padres la tiene el bebé. Y la ha seguido teniendo durante cincuenta años.
Pero todavía nos queda, eso sí, comentar el libro: el libro no es una autobiografía, sino un texto sobre lo vivido con un corazón defectuoso, que ignora que guarda entre las costillas, mientras poco a poco, y a pesar de ello, ganan terreno las pasiones: la literatura, los viajes y la montaña. El autor refiere sus dificultades para no rendirse, en un libro acerca de las memorias sensoriales. Es una historia de dignidad, es una historia sobre la imposibilidad de olvidarse de la vida, que está siempre ahí, clavándose como un punzón en los riñones y que es lo que hacemos cuando todo va bien. El narrador cuenta lo que le pasa, con mucha más fuerza que compasión, y la sinceridad se impone.
Martínez Llorca ejerció de ángel de la guarda de sus hermanos pequeños en casa y en el patio del colegio, donde salía siempre derrotado en las batallas. Sobrevivió a un coma tras un accidente. Se impone la obligación de mantener el tipo, a costa de lo que sea, en los peores momentos que vive su familia, como tras el fallecimiento de su mejor hermano. Y a medida que avanzamos, la prosa se vuelve más reflexiva y el tiempo se vuelve más cercano. El narrador supera la adolescencia, llega a la universidad, se convierte en un adulto. Por fin encuentra un ritmo en el que sus pasiones puedan desatarse sin que peligre el corazón: la soledad y la literatura, la soledad y los viajes, los compañeros de cuerda en la montaña y el reconocimiento de la amistad. Será la amistad la tabla de salvación del náufrago, la representación generosa de la ética de Martínez Llorca, que se desnuda, identificando todo aquello que le transformó en un ser tímido, tal vez por la férula de un hermano mayor incapaz de superar el síndrome del príncipe destronado. La inmovilidad se convierte así en la única defensa frente a cualquier tipo de ataques de quienes son más fuertes que él. Y mientras tanto, el presente, la situación que lleva al narrador a afrontar este texto, que es a la vez una confesión y una carta de despedida, se describe la lucha por sobrevivir, a merced de una medicina más preocupada en controlar una enfermedad que en sanarla.
De alguna manera, la parte de la vida que uno no puede elegir le orienta hacia unas veleidades que ha podido extraer del tiempo libre, del aire libre. Aquí ya no se ocultan las filias y fobias que no llevan a ninguna parte. Aunque lo que predomina sigue siendo esa lucha por la vida, frente a unas enfermedades invisibles, crónicas, congénitas, que se han terminado por imponer y, definitivamente, modelan su temperamento. Pero ya a medida que se avanza en la lectura, se imponen los relatos de viajes y montaña. La sensación final es que se ha de ir librando batalla tras batalla, aunque seamos conscientes de que las posibilidades de derrota son superiores a nuestras fuerzas. Sin perder la orientación ni la conciencia de canto de cisne que implican las enfermedades, la última parte del libro, se centra en las narraciones de los más importantes episodios de su vida de aventuras: los momentos en que la muerte tocó de cerca a las cordadas de las que formaba parte o los agradecimientos a los grandes hombres del mundo de la montaña, que le apoyaron en sus primero pasos en la carrera literaria.
Y ya solo queda menciona a los autores que aparecen a lo largo de la obra, que son nuevos referentes vitales, pues leyendo Luz en las grietas uno conviene en que literatura y vida son sinónimos: Conrad, Montaigne, Whitman, Tolstoi, Pessoa.
Luz en las grietas es un libro híbrido, sin necesidad de aturdirnos con los fuegos artificiales que practican los autores tan en boca de todos hoy en día. Aquí no se lucha contra la complejidad de niveles textuales, metatemas y guiños cultos. Aquí nos sumergimos en relatos reales y reflexiones reales, que hablan de la aventura de vivir o de la intención de hacer de la vida una aventura, pese al tormento de la enfermedad. Huyendo del sentimentalismo, el miedo a la muerte queda vinculado a una vida que comparte pasión y aflicción. El resultado es un libro que consigue una hondura y una belleza que en lugar de iluminar, esclarecen. Una obra maestra, una obra maldita.