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viernes, 5 de enero de 2018

MALA YERBA

Mala Yerba

Jaim Royo

Tolstoievsky
Alicante, 2017
378 páginas

Al margen de todos los problemas sobre los que se cimienta la obra y los calificativos con que podamos destacarla, queremos hacer un inciso previo: estamos hablando de puro realismo, de ese que trata sobre algo tan elemental como que uno necesita ganar dinero para comprar el pan. De dónde viene ese dinero, el familiar, el del individuo, el de la subsistencia, es parte del problema con el que conviven los personajes de esta novela a tres bandas. Con el aspecto de un conjunto de trilogía, Mala yerba es, en buena medida, una expresión continua. Una expresión fragmentada y en nuestra cultura la fragmentación, la narrativa, la oral, la del pensamiento, se identifica con la demencia. En algún punto de nuestra biografía, todos nos hemos roto. En el caso de los personajes que nos trae Jaim Royo, los vínculos con las relaciones de pareja son evidentes. De hecho, el formato es éste: la condición humana en tanto que relación de amor, con sus diferentes grados, entre un hombre y una mujer. Así expresado, se parece mucho a los temas de Joaquín Sabina, que da la sensación de querer asomar en algún momento.
Los personajes, frikies, desnortados, que conocemos acompañando siempre al hombre, confunden el pasado con lo que son. Aunque se nos relate en orden cronológico, el peso de lo que vivieron, incluido en algún caso la reclusión en un sanatorio mental, late y para que lo reconozcamos Royo recurre a algo que, por utilizar una expresión inglesa, uno llamaría “Close Writting”. Conocemos el Close Reading, la lectura de proximidad, línea a línea, como estrategia de proyecto de algún crítico literario. Del mismo modo, Royo escribe palabra a palabra, frase a frase y da la sensación que sin un plan previo, pero sí con un propósito claro. Royo nos traslada al mundo de la depresión. La depresión no es siempre melancólica, no es siempre triste. La depresión salta cuando el instrumento desafina o el solista toca una canción diferente al resto de la orquesta, y además está borracho. Leemos Mala yerba sin evitar esa impresión de afán aforístico, pero también con unas actuaciones que llevan a la locura: el sexo, el accidente que troncha una pierna, la viudedad, las agendas escondidas, el trastorno obsesivo compulsivo, el maltrato, el empeño en hacer de una relación un problema, la soledad, la crisis de identidad, la borrachera y el contrabando, la ciudad neurótica y, finalmente, la psicosis: “Los psiquiatras dijeron que hilaba acontecimientos de forma delusiva”. ¿Qué es eso de delusiva? Engañar, lo que es engañarse a uno mismo y a los demás, es algo que la gente practica a diario. En el caso de esta gente, es patológico. Ser padre es lo único que les salva, junto con el mar Cantábrico.
Pero Jaim Royo no es solo eso. No podemos dejar de citar en extenso este párrafo, que resume muy bien todo lo que hay que poner en el fiel de la balanza cuando saltan a las noticias las historias de maltrato, porque esto es lo más frecuente: “yo no soy el que te ha abandonado, yo no soy el que te daba de puñetazos, yo no soy el que te rompió la nariz, yo no soy el que te explota, yo no te he dejado tirada, no te he pedido que seas tú los lunes y otra mejor el resto de la semana. Yo no soy el que te engaña, yo no soy el que volvía borracho, yo no soy tu madre, ni tu padre, ni aquel que te hizo un hijo y luego se fue de putas. Yo soy Harry, el que viene a buscarte, el que se sienta a tus pies en el metro, el que abraza tus rodillas, el que te besa mientras desayunas y dirime cada una de tus cuestiones y cada una de las nuestras, yo soy Harry, el que te dice lo poco que sabe, el que se confíe en ti, yo soy el que no duerme mientras trabajas, el que te espera con el corazón en penumbra, el que te escucha, yo soy el que te recibe cuando por fin te levantas, el que está contigo, el que te come a besos y el que se aguanta el hambre de ti, yo soy el que te pide compañía, el que te enseña el presente para borrar el pasado, yo soy el que te da lo que tiene, el que te hace llaves de casa y graba mientras te maquillas, yo soy el que convoca a Sabrina, el que se desnuda en tu presencia, yo soy el que te cuida y te defiende, el que se cansa y acude a tu regazo Yo soy el que te cuenta la verdad por más que la verdad te reviente. Dime, ¿todo eso no sirve de nada? Yo voy a darte la respuesta, princesa: todo eso es mi patrimonio”.

Fuente: Culturamas

domingo, 26 de noviembre de 2017

EL MAPA DEL TESORO ESCONDIDO

El mapa del tesoro escondido
Mo Yan
Traducción de Blas Piñero Martínez
Kailas
Madrid, 2017
111 páginas

Acostumbrados a las novelas de Mo Yan, tan largas como para introducir toda la historia de China en el siglo XX mientras cuenta cómo madura y envejece una mujer, por ejemplo, acostumbrados a su creación de mundos, hasta el extremo de que pocos autores son tan capaces de hacerte viajar como Mo Yan al corazón de una cultura, acostumbrados a la obra maestra que es Sorgo Rojo, por ejemplo, sorprende encontrarse con un volumen que uno tiende a pensar que se trata de una Nouvelle. Y, sin embargo, a lo que más se parece es a un cuadro de una exposición, con un estilo aparentemente costumbrista, o a una obra de teatro en prosa. O, incluso, a un duelo de cuentacuentos, que en buena medida es el género literario más sincero, el que reconoce que la realidad se alimenta de la ficción y la ficción se alimenta de la realidad. Y en este caso, Mo Yan es especialista en la realidad y la ficción de China, de los callejones donde China todavía no está inundada de franquicias ni se ven las autopistas de ocho carriles. Este Pekín es tradición, sí, pero Mo Yan no entiende que por ser tradición sea mejor. De hecho, en algunos pasajes del libro la vemos como grotesca o macabra.
El libro presenta una situación muy sencilla: dos amigos se reencuentran y deciden comer en un restaurante tradicional, regentado por dos ancianos que suman más de doscientos años. El origen campesino y la adaptación a la urbe, está presente en los corazones de los personajes. Y junto a este tema, lo estará la riqueza y la pobreza, y la lucha de clases que no siempre es horizontal, porque hasta en Pekín han conseguido que el pobre se enfrente al pobre. Pero, eso sí, la novela contiene el único tema sobre el que, a la postre, merece la pena hablar: la dignidad. Se reflexiona, para el lector, no entre los protagonistas, sobre qué tipo de dignidad le concierne a cada hombre, a cada casta. Estamos frente a la dignidad atribuida socialmente, que se confronta con la del mero hecho de ser humanos. Una es local, la otra universal.
En lugar de elegir una forma de diálogo semejante a la del teatro, Mo Yan consigue confundir al lector que no esté muy atento. El texto sigue las conversaciones de corrido, pero es que, en realidad, quién hable, por momentos, no es lo que importe. Lamentamos los juegos de palabra perdidos en la traducción y agradecemos la labor de Blas Piñero en las notas a final de obra. Pero lamentamos perder el valor de ciertos referentes, porque se trata de un texto denso, mentados por los personajes. Como en las leyendas, por ejemplo, que pueden ser cotidianas o mitológicas, y que tanto unas como otras pueden ser creídas o no, porque son realidad y son ficción, porque el tigre mítico no es menos real, en términos literarios, que el mendigo o el oficinista. Pero entre ellos, entre los personajes, saben entenderse, incluso cuando se desencuentran. En el callejón de Pekín se conserva la dignidad de barrio, el sentido de comunidad, saber que se comparte lo común.

Y mientras tanto nos hablan de cirujanos patosos, de pelos de tigre, de milicias tan torpes que solo saben cazar conejos, de la ignorancia que Mo Yan consiga hacernos dudar sobre si se trata o no de un error. Todo es un tanto hiperbólico, de manera que, si lo traducimos a la vida que creemos real, solo confiaríamos en que es cierto la mitad de la mitad del pasado sobre el que divagan y que les ha transformado. En cualquier caso, estamos frente a la magia de la literatura, que son las licencias literarias. Mo Yan no pierde la idea de que su trabajo es escribir, pero tampoco el fin último que busca la obra, que es el de dejar una pequeña huella para poder marcharnos en paz de este mundo. La confrontación entre los ancianos y los comensales, de la que se sirve, es metafórica: la diferencia entre la adaptación y la conservación. En definitiva, Mo Yan vuelve a sorprendernos con literatura, con algo que nos azota desde unas premisas y unos referentes que nada tienen que ver con nuestro uniforme y patético mundo occidental.

Fuente: Culturamas

domingo, 12 de noviembre de 2017

EN EL CORAZÓN DEL PAÍS

En el corazón del país
William H. Gass
Traducción de Rebeca García Nieto
La navaja suiza
Madrid, 2017
275 páginas

Uno mira al corazón de lo que se supone representa los mejores tópicos del universo, y se encuentra con un lugar donde no desearía vivir. Ni él, ni nadie en su sano juicio. Las miserias más fáciles de conocer, son las de los lugares donde vivimos. A eso se le conocer, por norma general, como la suerte de tener raíces. Cuando tener raíces tiene tanto de beneficio como de maldición. De hecho, el único beneficio que tiene es el de presumir de pertenecer al lugar más hermoso o más libre o más lo que sea del mundo. Y ya sabemos que detrás de la presunción se esconde un miedo o un complejo, si es que son cosas diferentes. Si uno se aleja del lugar, por voluntad propia, y luego trata de describirlo, pensará que su pueblo es el mundo. Nada describe mejor en qué consiste la condición humana que el resumen de la vida en una aldea, como Comala, o un condado, como Yoktapanawpha. De ninguno de los dos lugares puede uno escapar, porque los ejidos son algo así como un infinito campo desolado que no puede atravesarse. Lo demás es yermo y vacío. Solo encuentra vida, y miserias, y por tanto sentido, en su territorio. En ese aspecto, el proyecto literario de William H. Gass (Fargo, Dakota del Norte, 1924), desarrollado poco a poco a lo largo de décadas, al que más se asemeja es al de Edgar Lee Masters. Un Sur de Estados Unidos semivacío, en el que habitan gente que tiene, tal vez, las características de los Snopes, la familia que popularizó Faulkner en su obra.
A diferencia de Faulkner, que sabía que personaje era cobarde y cuál era un loco o un alcohólico, y que en ocasiones no daba margen para otra cualidad en ninguna de sus creaciones, Gass comienza por intentar descubrir si uno a uno son tímidos o son desagradables. No levantar el sombrero cuando un macho se cruza con una dama, puede tener diferentes significados. En una década, Gass evoluciona desde saber lo que quiere expresar, a expresarse para intentar encontrar sentido. Desde la frase corta de un narrador semianalfabeto, al texto breve, la estampa que podría ser poética con otros criterios diferentes a los que nuestros prejuicios tienen acerca de la poesía. El libro se abre con una novela breve, donde el invierno demuestra que vivir duele. Escrita desde los ojos y la voz de un crío, que apenas sabe nada, es un relato sobre la costumbre animal de seguir respirando para justificar que uno ponga su vida por encima de la de los demás. El segundo relato, a caballo entre la novela breve y el cuento largo, lo monta un voyeur que vigila lo que sucede en la acera de enfrente. Su intención: demostrar que lo más feo es lo vulgar. En el tercer relato, cambia el estilo y las frases son más largas, subordinadas que empujan hacia la siguiente subordinada. Claro que también cambia el ambiente, de la miseria rural a la clase media de un vendedor inmobiliario muy incompetente. Antes de los magníficos cuadros que forman En el corazón del país, se nos presenta un relato en el que el asco a las cucarachas de un granjero provoca un efecto rebote, pues le lleva a enfermar de soledad y de fobias.

Y luego viene esa obra maestra que, por definirlo de una forma breve, es lo contrario al libro del desasosiego: una serie de cuadros de una exposición en la que se reflejan las memorias de ese corazón del país, produciendo, al revés que el libro de Pessoa, desasosiego. “Obedece la ley, apenas habla, tan solo hace carambolas tranquilamente y vive en paz”. En paz o en un mundo gris en el que todo se enuncias desde el egocentrismo, como va desglosando párrafo a párrafo. ¿Se puede exigir más resignación? Cada semana asistimos al descubrimiento en medios del gran autor americano olvidado. Y cada semana nos llevamos un batacazo. Por suerte, la gente de La Navaja Suiza ha conseguido que, esta vez sí, encontremos lo que tanto estábamos esperando.

Fuente: Culturamas

jueves, 9 de noviembre de 2017

EN EL RÍO DEL AMOR

En el río del amor

Joseph Delteil

Traducción de Laura Salas Rodríguez
Periférica
Cáceres, 2017
130 páginas

El libro clave para conocer el progreso, y las regresiones, de la humanidad, al menos de los publicados en las últimas décadas, puede ser Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond (Debolsillo). No guarda ninguna relación con la historia que nos atañe, excepto por el hecho de que el aspecto básico, el que define los vínculos, es la verticalidad y la horizontalidad de los continentes. Es Eurasia donde con más facilidad se ha producido movimientos de armas, de gérmenes y de acero, dado que África o América, dos continentes en canal, para que los humanos o las bacterias, los inventos y las revoluciones prosperen, deben superar obstáculos geográficos del tamaño del Sáhara o la selva amazónica. El viaje horizontal a través de Eurasia ha quedado reflejado en líneas como la del Transiberiano, con mayor fuerza que la Ruta de la Seda o los océanos, por su rapidez. A lo largo de ese país inmenso y horizontal que es Rusia han podido suceder hasta la abducción de una etnia entera por los extraterrestres sin que tuviéramos noticia de ello.
Con lo cual, bajando a lo humano, cualquier historia de amor ha sucedido. Esta novela breve es una invención, sí, pero no cabe duda de que el juego cruzado de enamoramientos entre dos oficiales amigos de la infancia y una mujer reclutada del bando contrario, durante el periodo de la Revolución Bolchevique, ha sido más probable que posible. De todas las flechas de Cupido solo una no será platónica, la que enlace a uno de ellos con la mujer. Pero las demás serán las que marquen el sentido de los actos. Delteil (Villar-En-Val, 1894 – Hérault, 1978) construye una fábula en la que el romanticismo convive con el ambiente bélico en equilibrio precario. Cualquier otra opción no habría sido sincera. Con un estilo tan escueto como si se tratara de una sinopsis glosada, con la prosa que se corresponde más al amor que a la guerra, con una supuesta oralidad, un cierto manejo de recursos para dar la sensación de improvisar, los personajes viajan de los sueños a la realidad. Del algodón de azúcar a la carne viva. De granjas que se antojan palacios a un viaje atroz por Siberia, de este a oeste, cruzando Eurasia en horizontal y, por tanto, pudiendo conocer casi todo lo que ha creado el hombre. Y también lo que ha sufrido. Las armas, los gérmenes y el acero. Y los lazos de un amor que nace en China, los celos demasiado carnales y la extorsión afectiva. Ella les exige regresar a su patria y ellos le conceden el deseo, huyendo de la batalla de Pekín, que para unos es pintoresca y para otros una ocasión de hacer negocio, en uno de los mejores episodios de la novela.
Finalmente serán los gérmenes, la enfermedad, lo que comience a resolver el drama. Porque de drama se trata, de una lección de falta de humanidad a favor del embrutecimiento, por muy comprensible que este sea.

Fuente: Culturamas

sábado, 4 de noviembre de 2017

LOS INTACTOS

Los intactos

María José Codes

Pre-textos
Valencia, 2017
182 páginas

La mejor terapia para el trastorno de estrés postraumático es irse a vivir a un cuadro de John Constable.
Esa es la decisión que toman dos mujeres, cuyos lazos no se irán explicando a pequeñas dosis a lo largo de la novela, para superar algo de lo que no se nos da referencia hasta mitad de obra, cuando se utiliza la palabra “masacre”. Será la más joven de las dos quien narre y quien opte por una actividad terapéutica: se dedica a la restauración de cuadros y en la aldea en la que aterrizan, pintada por Constable, recibe el encargo de recuperar unas tablas religiosas, pertenecientes a una iglesia muy dogmática. El cuadro representa algo así como el triunfo de la muerte sobre la peste. A la otra mujer, Alicia, la conocemos a través de los ojos de la narradora y sabemos que es tan anacrónica como seductora. Teniendo en cuenta que la histeria es muy sugerente, tanto como el cripticismo, Alicia nos dará juego a enervarnos por su inmovilidad. Sabemos, eso sí, que ha perdido un hijo y que oculta algún secreto. La relación de amor/odio está servida.
Pero aislarse en la campiña no significa que todo vaya a ser puro. En los cuadros de Constable los mulos trabajan duro, alguna de las nubes es demasiado oscura y el suelo de barro. Tampoco se reconocen a los personajes, amparándonos en la lejanía. Carecer de máscara es la máxima expresión del enigma en literatura. Ni siquiera en ese cuadro idílico, al que acuden a modo de sanatorio, se evitan los trastornos de sueño y la autocompasión. Dos variedades del menú de los desastres que suelen ser plato único. En cualquier caso, tanto en los cuadros del pintor como en la actuación de los personajes, la nostalgia se rumorea al fondo. Entre otras cosas, porque ninguno de los dos proyectos, y mucho menos el de quien nos narra, posee hechizo. Quedan los otros personajes, los habitantes de la región que rodea al lago, que o marcan distancias o buscan seducir. Hasta que la narradora encuentra algo de confort en los brazos de uno de ellos. Porque se trata de una psicología en la que se impone el deseo de un amor victoriano.
No falta la casa gótica al otro lado del lago, la ciudad de Londres que aparece con disimulo, elípticamente, y una serie de frases que hubieran hecho mejor a la obra si hubieran desaparecido. Paul Valéry no entendía que tuviera sentido escribir la marquesa salió del salón, de ahí que escogiera la poesía. Para que esta novela tuviera la poesía que pretende, sobran algunas marquesas saliendo del salón y acotaciones por el estilo. Por lo demás, hay que alabar la dosificación de pistas para mantener la intriga, que siempre aparecen integradas en la narración y no como un apósito para impresionar.

Fuente: Culturamas

jueves, 2 de noviembre de 2017

ISBRÜK

Isbrük

David Vicente

Pre-textos
Valencia, 2017
143 páginas

La pregunta sigue sin ser respondida, ni en ensayo ni en ficción: ¿Cuál es el origen de la soledad? Las hipótesis son tantas como almas, incluso las hipótesis propias, cuando uno la padece, se multiplican con el mismo horror con el que se multiplicarían las imágenes en unos espejos enfrentados. Pero como en los espejos, lo que observamos es un reflejo. La consistencia de la realidad no es la que aparece en el azogue. La consistencia de la realidad, que David Vicente lleva al extremo para dar a conocer su proyecto sin concesiones, es la de la vida en la costa donde habitan pescadores de mar abierto. La soledad del pescador, pero por encima de ella la soledad de la mujer que aguarda sin la dicha de Penélope, sin aduladores y sin la creatividad suficiente como para inventarse un tapiz que tejer y destejer. En este caso, cuando la pareja se traslada a la figurada población de Isbrük, de condiciones climáticas espantosas, ya son lo bastante mayores como para poder reinventarse. Él encontrará allí su música, aunque sea la de los tifones y la respiración por las branquias. Ella, infértil, no ve otra forma de vida que no sea la soledad. Tan solo los tomates que deja secar, a imitación de su madre, mata alguno de sus minutos. La metáfora es contundente: para comer un producto con mucha agua, hay que dejarlo secar. Si a eso debe uno atenerse para sobrevivir en Isbrük, nada es más duro que la realidad.
De ahí que la voz de ella, que ocupa la mayor parte de la novela, sea de aliento corto y dislocada. Sobre una idea, fluye el pensamiento de forma centrípeta. Sabe que los suicidios son casi norma en Isbrük, un lugar del que ha huido la gente, pero que a ellos, por una razón que se nos escapa, como se nos escapan las razones de los personajes de Kafka, les debería servir de refugio. Pese a que ello signifique despedirse de su única hija, que decide quedarse estudiando en la ciudad.
Ella piensa en él como un hombre pez, y considera que ha mutado. Un don que ella no posee. Él, de hecho, desaparece la mayor parte de los días, y la hija finge no tener padre. Como una ráfaga lírica, aparece otro hombre con quien mantiene una relación de segundos. Y él fallece en el mar, mientras que ella es la que queda enterrada en vida. A partir de aquí, David Vicente nos permite apuntar a conjeturas, no a certezas, con párrafos del cuaderno de notas de Andreas, el pescador, el marido. Nos descubre qué tipo de sensibilidad le caracteriza y si existe o no un impulso autodestructivo. Nos habla sobre la posibilidad de enamorarse por piedad, en casos extremos. Y de la fe en el amor para curar cualquier cosa. Pero no es cierto que el amor pueda más que otros sentimientos. La brutalidad se impone, como se impone el miedo.
Una novela breve debería ser una novela redonda. Sin embargo, Isbrük es fragmentada. Pero circular. Los fantasmas terminarán por regresar a su origen.

Fuente: Culturamas

viernes, 27 de octubre de 2017

MORIR

Morir

Arthur Schnitzler

Traducción de Berta Vías Mahou
El Acantilado
Barcelona, 2004
147 páginas
12 euros

La enfermedad invisible


Desde hace años la editorial El Acantilado viene recuperando las obras de autores fundamentales, en ocasiones valiéndose de traductores tan cuidadosos como Berta Vías Mahou. Y uno de sus favoritos, uno de los más sugestivos, es Arthur Schnitzer, que ya había dado muestras de sus conocimientos de los laberintos y retortijones de las pasiones humanas, así como de la tipología femenina, en obras como Teresa o La señorita Else, a las que viene a añadirse Marie, la verdadera protagonista de Morir, pese a que no es ella, sino su pareja, quien está condenado a morir. Dos datos ocultos confieren a esta novela corta un grado de extrañamiento que aporta cierta intriga: el primero que no se confiesa el vínculo de compromiso que ata a la pareja, apuntándose cierta ligereza característica de una burguesía caprichosa, con lo cual suponemos que no son nada más que novios juveniles, pues tampoco se define la edad de los protagonistas, aunque sí cierta falta de madurez sentimental; y el segundo es la naturaleza de la enfermedad que acosa al egoísta Felix, un tipo en el que no queda más resquicio de dignidad a la hora de hacer frente a su destino que ciertas dudas sobre el trato a su amada, sujeto a cambios de humor infames por culpa de su victimismo.
La auténtica enfermedad que inunda la novela no es la que, desde la primera página y sin ocultar la fiebre psicológica de los personajes, provoca las reacciones de compasión o miedo, de esperanza (“alevosa y aduladora”) o dolor, de envidia y tristeza, de los personajes, sino la tortura de la relación. Schnitzer, quien parece haber leído bien a Spinoza pues interpreta los sentimientos antes enumerados como cargados de una tristeza opuesta a la razón y por tanto causante de infelicidad, hace actuar a sus personajes ante nuestros ojos, partiendo de los detalles de sus actos, de sus gestos, movimientos, del brillo de sus ojos o del sentido que cobra cualquier expresión, todo hipertrofiado porque no deja de pasar desapercibido el horror de un augurio: el de saber cómo será la muerte de uno mismo. Aunque el narrador acompaña a los personajes principales todo el rato, son escasos los momentos en los que se ve obligado a recurrir a penetrar en el interior de sus almas para que nos pueda explicar cuáles son los sentimientos que Schnitzer, un médico a quien Freud consideraba su alter ego, manipula con desenfado y acierto, como por ejemplo en esas ocasiones en que Felix azota hasta el llanto a su amada maldiciendo su suerte, escenas que terminan con los dos acostados bajo las mismas sábanas. Así, cada frase que cada uno de ellos pronuncia, cada uno de sus actos, buscan provocar un tipo de reacción en el otro, más meditadas las de ella, sujeta a la tortura de saber que se sentiría culpable en caso de abandonar a un moribundo, más viscerales las de él, preso de “un miedo sin nombre” que le convierte en un tirano capaz de recordarla a ella su desdicha en los momentos en que la ve alegre.
La novela transcurre a lo largo de un año, desde que Felix conoce su suerte y, sin perder tiempo, se dirige al encuentro de Marie para, en una actuación autocompasiva de una falta de entereza lamentable, compartir con ella su lástima. A partir de entonces, a estos dos miembros de una sociedad burguesa y, vista a fecha de hoy, decadente, se les desordenan los instintos, se debilitan de modo que, como un péndulo, se debaten entre el amor y la muerte, y, en el caso de Marie, entre recuperar la alegría de vivir y afligirse por la fatalidad.
En muchas ocasiones, durante la lectura de esta loa a la contradicción del ser humano, el lector siente la tentación de meterse dentro de la novela y arrastrar a Marie fuera de ella. No cabe mayor elogio.


Fuente: Tribuna/Culturas

miércoles, 25 de octubre de 2017

EN LA OSCURIDAD

En la oscuridad
Friedrich Glauser
Traducción de Carlos Fortea
Mármara
Madrid, 2016
162 páginas

El egoísmo de los otros

En el mito cristiano del génesis, Dios crea el universo a partir de unas palabras. Dice “Hágase la luz”, y se separa el día de la noche. Con palabras va creando el mar y la tierra, las montañas, los ríos y las plantas, y también a todos los animales. La creación es obra de un milagro. Sin embargo, al hombre lo crea a partir de la arcilla, es decir, de una materia que ya existía, que ya había creado con sus milagros. El hombre no es un milagro. En el mito cristiano, el hombre es una obra. No existe obra sin defectos. Ni las que pudo hacer Dios, ni las de Caravaggio o las de Tólstoi. No hay obra de arte sin partes oscuras. Y el mito del génesis no aclara si el hombre es una obra de arte. Ni siquiera a eso podemos agarrarnos. Antes del pecado original, eso sí, Adán y Eva eran unos seres tan puros como un colibrí, una lechuza, una oruga o un cerdo. Todos ellos preocupados por salir adelante en lo que llamamos armonía con la naturaleza, durante los mejores momentos, o la ley de la selva si en lugar de espectadores tenemos que participar de esa creación.
Pues bien, sobre esta parte oscura, que es el egoísmo obligado por la supervivencia, es sobre lo que trata este breve libro testimonial de Friedrich Glauser (Viena, 1896 – Nervi, 1938), que sí es una obra maestra. La imperfección de la memoria contribuye, y no poco, a conquistar ese grado mostrando sin rencor la miseria. El libro presenta dos etapas en la vida del autor, cada una de ellas marcada por su compañero de trabajo. En la primera, Glauser trabaja fregando platos en un hotel. En la segunda, suda y se entinta en los pozos de una mina de carbón. Si alguien pretende elegir dos oficios que simbolizan mejor que ningún otro donde se sitúa la clase baja y por qué la lucha de clases es casi sinónimo de la realidad, no encontrará tarea más representativa. A ello cabe añadir que fuera del hotel o de la mina es donde encuentra la libertad que disfrutan los otros: una noche con luna, la orilla del río, los árboles, los niños o el ambiente de un bar. El tercer lugar donde transcurre su vida es en la hospedería donde se aloja, que bien puede ser un albergue de acogida o una posada de camas calientes. Aunque el malestar de la noche no viene presidido por la incomodidad, sino por las pesadillas relacionadas con los dos años que pasó en la Legión Extranjera. Por otra parte, y de forma voluntaria, tal vez como contrapeso y para poder seguir respirando, de vez en cuando recuerda la época feliz de la juventud, previa a la Gran Guerra, idealizando la vida rural o aprendiendo a tocar el piano.
Al margen de sus dos amigos, Marcel, un militante comunista y Otto, con un pasado que le obliga a estar en perpetua huida, los demás personajes que desfilan por la obra tienen un factor común, que es el egoísmo, algo que el narrador califica como la bestia interior y que llega a ser tan poderosa que si se topara con alguien que no fuera egoísta, sería esa cualidad, de todas formas, la que lo adjetivara. Este hecho, junto con la potencia del relato, es lo que consigue el efecto de atrapar al lector. En algún pasaje, él mismo reconoce que todos creemos que lo que nos concierne a la fuerza tiene que interesar al prójimo. Eso marca por un lado nuestro egoísmo. Y por otro su conciencia como narrador para conseguir que nos interese una vez más una historia de perdedores, de agotamiento, de un personaje que reniega de la ayuda que le ofrece alguien, una enfermera, porque no se cree digno de ella. Lo único que ha aprendido es la necesidad de adaptarse a lo que se le venga encima. Por muy oscuro que sea.
Cuenta Glauser con otra ventaja, para la que bastan dos ejemplos: “Y las calles se iluminan, una luz de un violeta blanquecino sale de la fachada del cine y corta cubos de luz en la niebla”. “A la sombra de los árboles callan luminosos dioses”. Unas metáforas ajustadas, escasas y hermosas.


Fuente: Culturamas

EL TENIENTE GUSTL

El teniente Gustl
Arthur Schnitzler
Traducción de Juan Villoro
Acantilado
Barcelona, 2006
60 páginas
8 euros

El rostro interior

¿Qué aspecto tendrá este teniente Gustl que nos hace acompañarle a lo largo de una nouvelle tan interesante? Escrita en el año 1900, al abrigo de una literatura europea que comenzaba a experimentar nuevas estrategias para conocer la psicología de los personajes, que no perdían su rumbo humano pero erraban por la superficie de este planeta, la propuesta que nos hace Schitzler, ese gran autor vienés de quien, en buena hora, se acordaron los editores de El Acantilado, se enmarca en lo que más tarde se llamará flujo de conciencia, o monólogo interior, o de cualquier otra manera que, al parecer, Schnitzler no se planteó mientras creaba esta obra, como se deduce de la naturalidad con que está escrita.
Nos encontramos, de entrada, encerrados en el interior del cráneo de un teniente errático, que ha perdido la capacidad de concentración, y del que no llegaremos a tener una imagen, cosa que terminaremos deseando. El individuo en cuestión, se preocupa en exceso por el paso del tiempo, y dicha ansiedad provocará que su atención divague entre lo conocido, lo posible, sus pareceres sobre cualquier cosa, la aparición en su vida de un nombre… Todo expresado en tramos muy cortos, separados por puntos suspensivos que invitan a pensar en la dificultad de llevar a ningún puerto una serie de ideas, o a considerar que lo que le acontece en ese instante interrumpe el rumbo de un pensamiento transformándolo en incoherente. Y así, le resulta quimérico concentrarse en la música que está oyendo en el interior de una iglesia, a la que ha acudido, en solitario, porque… Al igual que en solitario abandona la iglesia y se dirige a su habitación, y se despierta varias veces durante la noche y se levanta y se dispone a desayunar. Sin que en ningún instante deje de expresar dudas acerca de sí mismo, pues sabemos, eso sí, que tanta inquietud se debe a la obligación de acudir a un duelo al día siguiente.
Este militar, este mequetrefe, cobarde hasta para plantearse el suicidio de una manera paradójica, genialmente trazada por Schnitzler, certificando al lector que el personaje será tan incapaz de cometerlo como de evitar pensarlo, en realidad nos orienta hacia la pregunta imponderable de en qué piensa uno cuando piensa que debe saberse muerto. Y lo comienza resolviendo, maravillosamente, con unos párrafos que de manera inevitable se inician con una exclamación o con una interrogación, para dar paso a una actuación que coordina tanto los movimientos del individuo como la espiral de su obsesión que, también, a su modo, no deja de ser otra actuación, un teatro dentro del cráneo de un majadero capaz de sorprenderse a sí mismo de estar vivo, y de tener que pensar para sí para corroborarlo: “El órgano… los cantos… Mmm… ¿qué es eso? Me estoy mareando… ¡Oh, Dios, Dios mío, Dios mío! Quisiera hablar con alguien antes de que ocurra… ¿Qué pasaría si me confesara?... Al padre se le saltarían los ojos si finalmente dijera: “Reverendo, voy a matarme”… Lo que más me gustaría es acostarme en el suelo de piedra y llorar sin remedio… No, ¡Uno no debe hacer eso! Pero a veces es tan bueno llorar…”.
Estos son los peligros de entender mal el honor, de un concepto rancio y peyorativo que, no por casualidad, Schnitzler coloca en la cabeza de un militar de finales del siglo XIX. Dada la brevedad de la obra, uno espera una sorpresa en las últimas páginas, al estilo de los mejores relatos, y esta radica no en la resolución del problema del teniente, aportado por el destino, sino en la explicación de la visita a la iglesia con que comienza el libro. Es una buena idea leerlo para descubrirla.


Fuente: Tribuna/Culturas

lunes, 16 de octubre de 2017

LOS BOSQUES IMANTADOS

Los bosques imantados
Juan Vico
Seix Barral
Barcelona, 2016
220 páginas

Desde un refugio en el que siempre brilla la lumbre exacta, esa que nos permite narrar cualquier historia, verídica o de ficción, a ser posible de ficción, seguimos sintiendo la presencia de autores que nos han regalado los momentos más felices de nuestras lecturas. Son muchos los mejores escritores de la historia, pero apenas un puñado los que habitan esa cueva donde nunca falta el vino, la sonrisa y la camaradería. La enumeración es parcial y no siempre exacta, pero allí estaría Stevenson, Chesterton, Mark Twain, a veces Borges y algún que otro espadachín de primera fila. Y, sin duda, Wilkie Collins. Sus novelas nunca tenían la pretensión de llegar a cimas sobreculturales, algunas tan aburridas como Finnegans Wake, pero estaban pensadas para que el lector, todo tipo de lector, disfrutara. La piedra lunar es uno de los libros que más noches en blanco ha debido provocar a lo largo de la historia.
Siguiendo la tradición que nace con Wilkie Collins, Juan Vico (Badalona, 1975) nos presenta unos bosques imantados que son dignos herederos del encanto del autor británico. Una trama que implica a los personajes poco a poco, sin que ellos apenas se den cuenta de qué es en lo que están participando, una intriga basada en un misterio que no sabemos si se resolverá por la magia, unos perfiles bien trazados para que sepamos reconocer los motivos que guían a cada personaje dentro de la actuación, y una construcción que parece pensada en su traducción a guión cinematográfico, que supone manterse fiel a la época en que está escrito, tanto como la historia es fiel al siglo XIX. Un coro de voces dicharachero, variado, que da lugar a diálogos en los que no sobra una coma, y son imprescindibles para el desarrollo de la acción, y una serie de referencias textuales, como la lectura de Julio Verne, hacen de esta obra una novela técnicamente intachable.
Pero Juan Vico da un par de pasos más, los justos para que Los bosques imantados estén por encima del mero entretenimiento. Por ejemplo, no nos permite ver los personajes completos, filtra lo que hace que la historia se ponga en marcha y deja que supongamos que todavía queda algo de ellos en la sombra, que será lo que nos muestre el final de la trama. Y, por otra parte, la intriga se sostiene sobre el magnetismo, cuando la ciencia todavía no había resuelto en qué consistía, pero ya estaba enfrascada en las primeras investigaciones. Al mismo tiempo, la gente alejada del mundo científico observaba los efectos del magnetismo como si se tratara de magia. Y es aquí donde Juan Vico da ese segundo paso. Por norma general, se sostiene que eso que a lo largo de la historia se conocía como magia era ciencia todavía no resuelta. Pero en esta novela el deseo del narrador, el deseo del autor, es que todavía quede magia que la ciencia jamás pueda llegar a explicar. De ahí que el personaje que convoca en un bosque a una multitud para que contemplen el milagro del magnetismo sea un personaje ausente. Porque una magia que jamás pueda resolverse a base de ciencia supondría que todavía queda un residuo para las hipótesis románticas… Y sí, luego está todos los recursos estilísticos, la buena prosa que nos mantiene en el ambiente histórico y la estructura de novela policiaca. Pero ese oficio, ya lo sabíamos, es un oficio que Juan Vico interpreta muy bien.


Fuente: Culturamas

viernes, 13 de octubre de 2017

JUGABAN CON SERPIENTES

Fuente: Culturamas

Jugaban con serpientes
Francisco Solano
Minúscula
Barcelona, 2016
150 páginas

“Después de la lluvia, si aún podemos respirar, se respira mejor”.
De eso trata este cuento largo. Ha pasado el otoño de una relación, con sus días de lluvia, y luego el invierno de las primeras reflexiones con demasiada conciencia y proyección de la conciencia de los demás. Y por fin, sin primavera, sin nada, solo con algo de olvido, llega la liberación.
Jugaban con serpientes es una historia de un triángulo amoroso en el que el protagonista es la persona que falta. El narrador siente intriga por ese marido al que engaña su amante. Un tipo sin atributos, pero que resulta ser quien sostiene su estatuto de amor. Los vínculos entre amantes dejan de tener certezas sexuales en el momento en que desaparece el hombre sin atributos. En apariencia, el narrador es alguien con el deseo de permanecer siempre en condición de amante. Pero el hecho de que se cuestione constantemente si la mujer piensa dejar al marido para proponerle una relación familiar, es una presunción y por tanto un miedo. Desde el inicio, la sensación que tenemos es que ese gusto por el adulterio es anacrónico. Sin embargo, poco a poco ese amante se ve impulsado por otro deseo, que se llama curiosidad. Quiere saber más de ella, pero preguntando lo menos posible. Interpretando gestos. Este proceso de adaptación culmina con cierta necesidad de ella. Tal vez por la curiosidad o el morbo de la ausencia de ese marido que se refugia en un no ser, cuyo único beneficio es que así no duele la vida. O tal vez por la mera ruptura de la rutina.
Esta situación ocupa la mayor parte del relato. Pero el acierto de Francisco Solano (Burgos, 1952), lo que hace de este juego con serpiente un libro tan especial, es la aporía que ella le plantea al amante tras el divorcio: si gracias a su exmarido le eligió, con su pérdida también pierde a la alternativa al marido.
A partir de aquí comienzan unas reflexiones sobre los vínculos humanos en los que el narrador se somete a un tour de forcé, debido a que se da cuenta de que no es ni ha sido dueño de su destino. El exceso de razonamiento emparenta al amor más con el ajedrez que con el cariño. “Nuestro tiempo parece regido por la difuminación; las relaciones no se terminan si no se rompen, pero se dejan desgastar”. Ese es el tema de este relato largo: durante el tiempo del desgaste, la memoria y el deseo son máquinas que se ocupan de deliberar a la vez sobre la relación. “Gente que sospecha de sí misma. En esa fatalidad nos entregamos a la imaginación para dar curso al delirio”. Y esta es la explicación que hace necesario este relato, en buena medida psicoterapéutico. Ese tiempo en que las olas baten entre dos momentos de vida, en que reflexionamos porque no actuamos y, por tanto, somos crisálida. Porque en realidad preferimos sentirnos protagonistas y de ahí que nos llame la atención alguien que elige no ser: “nadie quiere no ser visto y todos prefieren la arrogancia a la moderación”. Todos menos ese marido que incumple la norma. Que protagoniza el cuento largo sin haberse hecho presente en él.

domingo, 8 de octubre de 2017

TODA UNA VIDA

Fuente: Culturamas

Toda una vida
Robert Seethaler
Traducción de Ana Guelbenzu
Salamandra
Barcelona, 2017
139 páginas

Si en Seda, de Alejandro Baricco, la expresión de libertad venía representada por el viaje, el viaje lírico, en Toda una vida, que comulga en buena medida con Seda, son las montañas, paisaje que simboliza el aire libre y también el misticismo. A lo alto de las montañas han subido monjes, profetas y Jesucristo para pronunciar su sermón de las bienaventuranzas. En los valles florecieron monasterios y pagodas, y en las laderas, en las cuevas, se refugiaron los anacoretas, los gurús y mucho antes los hombres de las cavernas, que dejaron su impronta en las paredes. Esa es la montaña en la que vive Andreas Egger, la montaña por excelencia, la montaña alpina, la de los bosques y cimas nevadas, el protagonista de esta bella novela. A lo largo de las breves páginas que ocupa el relato, no solo asistimos a su vida, en una sucesión de apuntes, seleccionando los momentos más significativos en nuestro paso por el mundo, aquellos que nos distinguen de los peces: la amistad, el cariño, la pérdida, la guerra, la transformación, la destrucción, la adaptación y, por encima de todo, el tiempo. Junto a Egger, el protagonista de la fábula es el tiempo, que corre a una velocidad a la que nos resulta imposible adaptarnos.
Enamorado del paisaje, Egger, lisiado desde niño, se convierte en un experto conocedor de la montaña y el valle donde habita. No precisa de más mundo, porque en cada amanecer, en cada paseo, encuentra un detalle precioso que justifica seguir viviendo. Ama y se casa, trabaja en una empresa que tala el bosque, sin saber lo que está destruyendo, y luego construye los teleféricos para una estación de esquí. Deja de ser cazador para ser un empleado. Y parte de la montaña se deforma, hasta el punto que una anomalía creada por el hombre destroza su vida. La imposibilidad de regenerarse le lleva a querer alistarse en los batallones nazis para ir a combatir al frente ruso. Su edad y su físico le impiden acudir en primera instancia pero, ya sabemos, el ejército del Reich tuvo que utilizar a todo lo que tenía dedos suficientes para apretar un gatillo. Pasó meses en un campo de concentración y regresó a su tierra. El entorno sigue siendo rudo, muy rudo, pero las condiciones van mejorando a medida que va llegando el dinero del turismo. Sus habilidades le sirven para ganarse la vida ejerciendo de guía, pero reniega de la otra parte que podría conseguir: la sensación que da es que no quiere soltar esa parte de su pasado, en la que se alumbraba con velas y dormía sobre lechos de paja. Y así se produce el contraste entre lo que desea ser y el mundo, que no entiende.

Para el lector, la dificultad de adaptarse a unos tiempos que corren vertiginosos es una metáfora de su mejor momento. Todos tenemos un instante precioso del que no nos gustaría haber salido. Egger fue maltratado en su infancia en los Alpes, cuando le adoptó su tío. Pero recibió la bendición de un breve amor, lo suficientemente fuerte como para conservar la ilusión de que algún día regresará ese sentimiento tan intenso. En cierta medida, ese instante es una maldición, porque sabemos que jamás retornará algo semejante. Pero la costumbre animal de seguir respirando nos obliga a vivir con el deseo, no con la realidad. De eso trata esta breve novela.