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miércoles, 28 de marzo de 2018

MEMORIAS

Este librazo acaba de entrar en casa
Una maravilla.

Memorias. Mi vida con Marina

El libro que presentamos es un documento imprescindible para conocer a Marina Tsvietáieva y un gran fresco de casi un siglo de Historia



HERMIDA EDITORES
1210 páginas
En 1971 se publicó en Moscú la primera edición (antológica) de las Memorias de Anastasia Tsvietáieva, escritora y hermana menor de la poeta Marina Tsvietáieva, en las que ofrece un repaso asombroso no sólo por la atormentada vida de la gran poeta rusa, sino por la historia de Rusia desde principios del siglo xx, marcada por la Revolución de 1917.
Con una prosa concisa y fluida, rayana en el lirismo, Anastasía empieza relatando la vida cotidiana durante su infancia y adolescencia en el seno de su familia, perteneciente a la burguesía moscovita y con inquietudes intelectuales (el padre fundó el Museo Pushkin de Moscú). El libro es un viaje nostálgico a través de unas vidas ricas e intensas y de un mundo que naufragó después de la Primera Guerra Mundial.
Fueron unos años sacudidos por acontecimientos de enorme trascendencia dentro y fuera de Rusia, pero también por la eclosión de una literatura innovadora en la que brillaron con luz propia escritores de la talla de Anna Ajmátova, Gorki, Gumiliov,  Voloshin, Mandelstam o Pasternak.
Detenida en septiembre de 1937, Anastasía Tsvietáieva fue  deportada a Siberia y luego relegada, mientras que Marina se suicidó al comienzo de la guerra, en 1941, tras regresar del exilio europeo a la Unión Soviética en 1939. Después de años de trabajo e investigación, Anastasía logró que se creara el Museo Marina Tsvetayeva en Moscú, inaugurado un año antes de su muerte en 1993, a los 98 años.

domingo, 21 de enero de 2018

CUANDO ES DE NOCHE

Cuando es de noche

Liudmila Petrushevskaia

Traducción de Xénia Dyanokova y José Mateo
Marbot
2017
134 páginas

“Desconecté la nevera. Primero, para no gastar energía inútilmente. Segundo, era una madre rechazada, sola y ofendida”. El gesto nos sugiere todo lo que es la narradora, lo que hace y cómo vive lo que tiene que vivir, incluida el hambre y la dieta de presidiaria. La nevera está vacía. El momento en que la nevera esté llena, no solo podrá volver a ponerla en marcha, sino que se podrá permitir atender a ese sentimiento de madre rechazada, sola y ofendida. Cuando hay hambre, no existen las enfermedades burguesas. Nadie tiene depresión en la postguerra. Eso sí, las situaciones son límites. Abundan las enfermedades del sistema nervioso con todo su dolor y nada de su picaresca. En este caso, las enfermedades se ensañan en una familia en relación vertical, de padres a hijos y de hijos a padres.
Nos hallamos en una Rusia desnortada, dentro de una familia grande que conocemos a través de los ojos de una mujer dentro de la que caen las palabras como si se tratara de un agujero en el mar. Liudmila Petrushevskaia parte del costumbrismo para llevarnos al infierno de los vínculos humanos. Cada pequeña cosa sucede con tanta frecuencia que va cobrando más y más importancia, hasta que o se rompe la relación, o las personas se rompen por dentro. Pero nuestra narradora sabe en qué consiste la supervivencia y mantiene la guardia alta contra cualquier síntoma de alguien que pretenda aprovecharse de ella. Al parecer, las relaciones humanas se establecen en base a eso, a mantenerse vivo a costa de los demás, a ver a los otros como seres a los que robar una cama durante una noche o un mes, o el mendrugo de pan de la cena. Algo tan sagrado como la leche para el bebé no se respeta.
De esta forma Liudmila Petrushevskaia nos lleva a una sociedad enferma, en la que cada palo debe aguantar su vela frente a los tifones que son la presencia de los demás. Desnortados, lo que suceden son desencuentros. Las personas son escollos con forma de hombre, también el padre, la madre o el hijo y la hija. Solo la segunda generación, la hija de la hija, ofrece un consuelo. El egoísmo que sucede al perder la condición humana es el tema de este libro, que sucede casi todo dentro de un piso pequeño, superpoblado, metáfora del interior del cráneo de la narradora. Si la familia es sufrimiento, ¿cómo se puede confiar en el extraño? Frente a cualquiera, se parte del principio de culpabilidad: todos son unos parásitos en lo que no demuestren lo contrario. Al menos así es desde que tomamos la narración de la obra. Porque la narradora ha llegado a esta situación y a estas conclusiones a base de recibir hachazos. Lo que no está intoxicado por el alcohol lo está por el interés.
La gente lleva la capacidad de los otros al límite, como neuróticos que rozaran la psicopatía. Puede que por necesidad, pero el resultado es una sociedad en la que, de alguna manera, el mythos, la supervivencia a toda costa, se impone al logos, el reparto de la pobreza. Y mientras tanto, asistimos al miedo a heredar la locura, a los deseos frustrados y reprimidos, a toda suerte de neurosis reflejadas con una voz potente, que se merece un reconocimiento mayor del que ha tenido hasta la fecha.

Fuente: Culturamas

miércoles, 6 de diciembre de 2017

BILLETE AL FIN DEL MUNDO

Billete al fin del mundo
La historia del Transiberiano el tren que cambió Rusia
Christian Wolmar
Traducción de David Paradela López
Península
Barcelona, 2017
303 páginas

Demasiado atareado por culpa del mecanismo de los relojes, cada vez más pequeños, por reducir el espacio en el que guardar información o por construir un nanomotor con tres átomos, demasiado ocupado por vigilar la velocidad de un electrón dando vueltas idiotas alrededor de un círculo y extraer una fórmula lo más exacta, lo más precisa posible, el hombre, demasiado ocupado, se ha vuelto un auténtico miope. Existe una rama de la crítica literaria que se conoce en inglés como close reading, que los lectores de formación ortofilológica confunden con la miopía. Demasiado preocupados por el mecanismo de la palabra, de la frase, del metatema, del metatexto o de la subordinada, resulta que se olvidan de que o hay herida, o estás muerto. Porque las heridas son privilegio de los vivos y la literatura debe versar sobre ellas, aunque sea de manera histórica. Pongamos por caso que el planeta es el cuerpo vivo y la línea más larga de ferrocarril, el Transiberiano, es la herida. Pero sabemos que el cuerpo sana, que las plaquetas y los antibióticos están actuando y que, si nos apetece, hasta podemos observar la herida con humor. Entonces sí, entonces es literatura, con mucha vida y poco, o nada, de metatexto.
Cuando uno agarra este volumen, este Billete al fin del mundo, puede echarse a temblar: un proyecto literario que abarque la historia de este tren, cada raíl, cada paraje, cada semana, cada invierno, es como para echarse a temblar. Demasiado ambicioso: una descripción de la Siberia anterior al ferrocarril y un vistazo a las primeras líneas férreas rusas; por qué el Transiberiano se convierte en un asunto político tan importante a finales del siglo XIX: protagonistas y detractores; el tipo que impulsó la línea de manera definitiva; el decenio clave en el primer transiberiano, las adversidades, las enfermedades, el clima, la corrupción, la mano de obra; experiencias de los primeros viajeros -terribles-, en ocasiones jugándose el tipo; la guerra ruso-japonesa y el transiberiano como eje alrededor del que se arma el conflicto; el impacto en Siberia y lo que significa Siberia tras la implantación definitiva del ferrocarril, la nueva tierra prometida, la industria y la agricultura; la remodelación del trayecto para evitar suelo manchú y que pase solo por Rusia; la sangría de la guerra civil, la revolución rusa, y qué implica el Transiberiano en su desenlace; el periodo de entre guerras y los gulags, la mala imagen y la propaganda; la industrialización alrededor de la línea del Transiberiano y la repoblación de Siberia; el daño medioambiental de la rama del Baikal Amur Magistral; breve repaso de la situación del Transiberiano tras la Segunda Guerra Mundial, hasta nuestros días, y su impacto en la historia del mundo.

Ahí es nada. Christian Wolmar (Londres, 1949) nos promete un ladrillo, y nuestro temor aumenta cuando confiesa su ideología proliberal. Pero el temor a un análisis geopolítico y una aburrida sucesión de datos se disipa enseguida. Wolmar es un escritor de primera clase. Sabe que más es menos y de ahí que ninguna frase sea calderilla. Este es, en realidad, un libro para perder el sueño. Escrito con un tono que pierde su desenfado cuando la tragedia se eleva, cambiando de registro en cada capítulo, de modo que el centro de interés varíe y así no tenga que apostar por la hipérbole para mantener al lector atento, consigue meternos tan de lleno en la obra, que al terminar uno tiene la sensación de que ha leído, de un tirón, la historia de la humanidad a lo largo de los últimos ciento cincuenta años. Pero no de la humanidad en general, no. Sino de todos y cada uno de nosotros. Billete al fin del mundo es un libro que uno se alegra de haber leído, porque se alegró de atreverse a leerlo.

Fuente: Culturamas

jueves, 9 de noviembre de 2017

EN EL RÍO DEL AMOR

En el río del amor

Joseph Delteil

Traducción de Laura Salas Rodríguez
Periférica
Cáceres, 2017
130 páginas

El libro clave para conocer el progreso, y las regresiones, de la humanidad, al menos de los publicados en las últimas décadas, puede ser Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond (Debolsillo). No guarda ninguna relación con la historia que nos atañe, excepto por el hecho de que el aspecto básico, el que define los vínculos, es la verticalidad y la horizontalidad de los continentes. Es Eurasia donde con más facilidad se ha producido movimientos de armas, de gérmenes y de acero, dado que África o América, dos continentes en canal, para que los humanos o las bacterias, los inventos y las revoluciones prosperen, deben superar obstáculos geográficos del tamaño del Sáhara o la selva amazónica. El viaje horizontal a través de Eurasia ha quedado reflejado en líneas como la del Transiberiano, con mayor fuerza que la Ruta de la Seda o los océanos, por su rapidez. A lo largo de ese país inmenso y horizontal que es Rusia han podido suceder hasta la abducción de una etnia entera por los extraterrestres sin que tuviéramos noticia de ello.
Con lo cual, bajando a lo humano, cualquier historia de amor ha sucedido. Esta novela breve es una invención, sí, pero no cabe duda de que el juego cruzado de enamoramientos entre dos oficiales amigos de la infancia y una mujer reclutada del bando contrario, durante el periodo de la Revolución Bolchevique, ha sido más probable que posible. De todas las flechas de Cupido solo una no será platónica, la que enlace a uno de ellos con la mujer. Pero las demás serán las que marquen el sentido de los actos. Delteil (Villar-En-Val, 1894 – Hérault, 1978) construye una fábula en la que el romanticismo convive con el ambiente bélico en equilibrio precario. Cualquier otra opción no habría sido sincera. Con un estilo tan escueto como si se tratara de una sinopsis glosada, con la prosa que se corresponde más al amor que a la guerra, con una supuesta oralidad, un cierto manejo de recursos para dar la sensación de improvisar, los personajes viajan de los sueños a la realidad. Del algodón de azúcar a la carne viva. De granjas que se antojan palacios a un viaje atroz por Siberia, de este a oeste, cruzando Eurasia en horizontal y, por tanto, pudiendo conocer casi todo lo que ha creado el hombre. Y también lo que ha sufrido. Las armas, los gérmenes y el acero. Y los lazos de un amor que nace en China, los celos demasiado carnales y la extorsión afectiva. Ella les exige regresar a su patria y ellos le conceden el deseo, huyendo de la batalla de Pekín, que para unos es pintoresca y para otros una ocasión de hacer negocio, en uno de los mejores episodios de la novela.
Finalmente serán los gérmenes, la enfermedad, lo que comience a resolver el drama. Porque de drama se trata, de una lección de falta de humanidad a favor del embrutecimiento, por muy comprensible que este sea.

Fuente: Culturamas

viernes, 22 de septiembre de 2017

DIEZ DÍAS QUE SACUDIERON EL MUNDO

Enamorados de las ilustraciones de Fernando Vicente para este clásico. Un libro perfecto para regalar a los amantes de la literatura, el periodismo, la historia y la deriva del planeta. Una obra maestra.













jueves, 21 de septiembre de 2017

DIEZ DÍAS QUE SACUDIERON EL MUNDO

John Reed

Diez días que sacudieron el mundo

Traducido por: Íñigo Jáuregui
Ilustrado por: Fernando Vicente
Capitán Swing y Nórdica




«Si el inglés E. H. Carr ha sido el mejor historiador, a mucha distancia, de la revolución bolchevique, John Reed ha sido su mejor periodista».
Manuel Vázquez Montalbán
John Reed fue testigo de la Revolución de Octubre, asistió en Petrogrado al II Congreso de los Sóviets de Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia y vivió los acontecimientos que cambiaron la historia del siglo xx. Ésta es la crónica diaria y exhaustiva del proceso revolucionario, con entrevistas a los líderes de las diferentes facciones, que supone un excepcional relato del hervidero político que se vivió en Rusia en 1917. Reed, que años atrás acompañó a Pancho Villa durante la Revolución mexicana como corresponsal y viajó a lo largo de todo el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial, ofrece aquí un apasionado relato de los acontecimientos vividos en Petrogrado mientras Lenin y los bolcheviques se hacían con el poder. Captura el espíritu de las masas embriagadas de idealismo y excitación ante la caída del Gobierno provisional, el asalto al Palacio de invierno y la toma del poder. Desde su publicación en 1919, este apasionante relato de un periodista occidental, se convirtió en uno de los grandes textos del periodismo norteamericano. Una obra maestra del reportaje que Lenin definió como «la exposición más veraz y vívida de la Revolución».

John Reed (Portland, 1887 – Moscú, 1920).
Fue testigo excepcional de los acontecimientos que cambiaron el rumbo de la historia en la primera mitad del siglo xx. Acompañó a Pancho Villa durante la revolución mexicana como corresponsal de guerra y viajó a lo largo de todo el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial.
En Petrogrado (hoy San Petersburgo) presenció el II Congreso de los Sóviets de Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia, que coincidió con el inicio de la Revolución de Octubre. Al regresar a Estados Unidos, fundó el Partido Comunista de Estados Unidos. Fue acusado de espionaje, se vio obligado a escapar de su país y a refugiarse en la Unión Soviética, donde murió el 17 de octubre de 1920.
Le enterraron en la Necrópolis de la Muralla del Kremlin, en Moscú, junto a los más notables líderes bolcheviques.

Fernando Vicente (Madrid, 1963). Comienza su trabajo de ilustrador a principios de los años 80 colaborando en la desaparecida revista Madriz. Gana el Laus de oro de ilustración en 1990. Colabora asiduamente con el suplemento cultural Babelia del diario El país desde el que muestra su trabajo más literario cada sábado y donde ha ido perfilando su actual estilo como ilustrador. Con este trabajo ha conseguido tres Award of Excellence de la Society for News Design. Para Nórdica ha ilustrado El juego de las nubes, La saga de Eirík el Rojo, El manifiesto comunistaEstudio en escarlata y Alicia a través del espejo.

https://youtu.be/x4N7hBMcwzM


Enlaces:


DIEZ DÍAS QUE SACUDIERON AL MUNDO






domingo, 17 de septiembre de 2017

LA CABALLERÍA ROJA

La caballería roja
Isaak Bábel
Traducción de Alejandro Gago
Renacimiento
Sevilla, 2017
230 páginas

La guerra es un fracaso. Y tener talento para demostrarlo sin pronunciar la palabra, demuestra que un jovencísimo Isaak Bábel ya era uno de los mejores escritores rusos del pasado siglo. Su misión era dar fe del valor de los cosacos, los militares, los soldados y el armamento ruso en la guerra contra Polonia para definir las fronteras. El territorio es sombrío y de una rigidez helada que da miedo perderse en él. Los soldados y toda la gente que no está armada, el pueblo, los ancianos, los niños, las mujeres, definen qué es ese valor que se supone Bábel va a demostrar. Valor es una palabra polisémica. En la guerra ni existe la valentía ni nada positivo que aprender. De eso tratan estas crónicas que, como comenta Juan Bonilla en el prólogo, son mejor literatura en conjunto que por separado. El conjunto tiene, esta vez sí, un valor mayor que la suma aritmética de los episodios, de las estampas, de las voces y las imágenes, de los perfiles y los gestos.
Bábel hace del gesto literatura, porque consigue que el periodismo sea humano, incluso humanista. Incluso podría llegar a ser, intuimos, humanitarista. Desde el principio comprobamos que en la guerra conviven las víctimas con la estupidez. Más aún en un territorio donde tanto en la paz como en la guerra hay crueldad y miseria. ¿Qué necesidad existe de oxigenar la hoguera? Porque eso es lo que arrojan a la batalla quienes vinculan el sentido del honor con la fuerza bruta, aquellos a quienes debería perseguir Bábel para constatar su arrojo. Sin embargo, Bábel prefiere quedarse en la periferia, allí donde están los que sufren sin un sable en la mano. Para él, los cosacos son extraterrestres, para Bábel, cada individuo es una raza y así lo refleja. Sobre todo cuando sigue el reguero que dejan tras de sí las batallas, cuando menciona los cadáveres y los disparos a bocajarro contra personas o animales indefensos.

Estamos en la época en que desde Moscú se empuja a todo el pueblo ruso a apoyar la revolución, y eso implica purificar: los judíos, por ejemplo, o las mujeres más débiles, son contrarrevolución, porque retrasan su avance. La convivencia entre los cosacos y los judíos es un intento de mezclar agua y aceite. Pero se persiste en purificar con las armas, en la ceguera ante algo tan inmundo que no hay ni siquiera lugar para sentir tristeza. Y en este caso la tristeza sería un consuelo. Para Bábel la ética de la guerra significa haber perdido el sentido del alma. Tras el teatro de la lucha, suceden coros de canciones indecentes o la desesperación que lleva a la bebida. Pero encuentra flecos de humanidad, gente, personas buenas en el buen sentido de la palabra bueno. A ellos confía el que exista, en alguna parte, una respuesta a la pregunta que pronuncia una de las personas que conoce: ¿Dónde está la dulce revolución?

Fuente: Culturamas

lunes, 11 de septiembre de 2017

POR EL MUNDO

Por el mundo
Maksim Gorki
Traducción de Enrique Moya Carrión
Automática
Madrid, 2012
456 páginas

Génesis de la literatura

Porque resulta imposible vivir todo, tener todas las experiencias, participar de la existencia de millones de seres, y compartir sus emociones consecuentes, se hace imprescindible la literatura. Porque así, gracias al oficio de leer, uno puede vivir a través de los demás, completar su educación sentimental con la de, por ejemplo, Mohamed Chukri o Cesare Pavese. Y también con la de Maksim Gorki (Nizhny Nóvgorod, 1868 - Moscú, 1936), quien, al igual que en las novelas del autor magrebí o en los diarios del poeta mediterráneo, demuestra en su biografía que desgajar literatura de vida es como pretender que un árbol crezca con las raíces al aire. Por el mundo es el segundo volumen en el que refleja sus días y sus noches de adolescencia. Primero vino Infancia (Automática, 2012), donde el narrador ocupaba un espacio al margen. El niño que relata lo que debería ser su existencia, se limita a reflejar cómo actúan los adultos a su alrededor. Se trata de un espectador desubicado, de un narrador que registra acciones que deberían significar algún tipo de principio moral, pero que desconoce si está reflejando un mundo con sus miserias sobre los hombros.
Al igual que en el primer texto, en este Por el mundo Gorki nos presenta un cosmos en el que cabe preguntarse si alguna vez sale el sol. Porque se trata de una tierra de barro y ceniza, el material con el que se construye buena parte de la humanidad que va conociendo. No se puede ser más directo narrando. No existe ninguna floritura en su estilo, ningún alarde, ningún recurso de lenguaje y sí muchos vinculados a la acción y al tiempo. Todo es como debe haber sido, sin trampas, sin máscaras. Cada descripción física de un personaje, relata un temperamento. Y Gorki se descubre aquí como un inspector de almas, como un voyeur de los demonios que cada uno llevamos dentro. Al mismo tiempo, va desnudándose como lector. De esta manera asistimos a su combate entre el bien y el mal, a un sentido de la bondad y de los buenos ideales que surge de los libros, en tanto que manifiesta unas ambivalentes sensaciones hacia la gente que se encuentra, algo que bailaría entre el amor y el odio si es que este narrador pretendiera que el lector amara y odiara. De este grupo de contrastes nace, finalmente, el realismo: “el malvado de los libros era eficientemente cruel y casi siempre era posible comprender el motivo de su crueldad mientras que yo, en cambio, estaba acostumbrado a presenciar una crueldad inútil, absurda”. Esa crueldad es la del adulto. Y él es un adolescente con escasas defensas, alguien lanzado al mundo de forma prematura, como los pícaros. Solo que en este caso, en lugar de los recursos para sobrevivir, lo que brota en él es un sentido de la justicia bajo un único imperativo: hay que defender al débil. Esa enseñanza surge de forma autónoma, pues apenas se trasluce en ninguno de los potenciales maestros con que se encuentra, en esos adultos que le achacan ignorancia y a los que pregunta ¿qué es lo que hay que saber?, sin obtener respuesta.
Aun así, él sabe que la única forma de obtener una educación moral, un sentido de la ética, radica en conocer la condición humana. Es un narrador que desearía huir si tuviera hacia dónde enfocar ese deseo: ¿cómo huir hacia lo que no se conoce? Lo importante es descubrir, crecer. Salir hacia adelante en busca de algo a lo que poder llamar dignidad. Y para eso se convierte en el mejor observador. Porque Gorki, al margen de debates ideológicos o de mala estofa política, es uno de los grandes observadores de la raza humana y, por tanto, alguien que nos enseña que cada hombre es una raza. Aunque para aprenderlo, tuvo que conocer la ética barriobajera, los principios y condicionamientos que sustituyen a la moral. Tuvo que conocer la materia de la que está hecha un trozo de vida, el incómodo, el desagradecido, en el que ni siquiera los justos son siempre limpios. Pero él sabe que todo eso debe estar sucediendo para algún día poder ser mejor. Y ese es el ingrediente idóneo con el que hacer literatura.

 Fuente: Quimera

RECOMENDACIONES DE LITERATURA Y DE VIAJE

Abrimos capítulo solo para pronunciar una palabra de apoyo a estos libros, sobre los que iremos dando noticias aquí y en distintos medios. Un aplauso antes de apagar la luz esta noche







viernes, 8 de septiembre de 2017

EL SOL DE LOS MUERTOS

El sol de los muertos
Ivan Shmeliov
Traducción de Marta Sánchez-Nieves
El Olivo Azul
Sevilla, 2008
272 páginas

El cadáver después de la batalla

En la película Roma, de Adolfo Aristaraín, se describe una alegoría de la catarsis a través del poder de limpieza de los ríos. El padre del protagonista le susurra, en su infancia, que la mejor forma de exorcismo para los males es presentárselos a la corriente de un río; pero el protagonista va descubriendo, según crece, que el conjuro no funciona, hasta que ya en la senectud cae en la cuenta de que su error es temperamental, pues siempre se ha visto incapaz de expresar sus angustias, sus miedos, sus dolores, en voz alta. Que para superar un mal es preciso invocarlo, verbalizarlo, es un principio conocido por cualquier psicoterapeuta. Que sea suficiente con la expresión es una duda conocida por cualquier persona que haya afrontado un mal trance, incluidos aquellos que le confesaron su desengaño amoroso a un barman.
Y así, con una intención de denuncia que es cómplice de la catarsis, en un estado de alucinación febril descrito y analizado por Gabriel Soler en el prólogo de la edición, Ivan Shmeliov escribió esta magnífica obra, este texto sin concesiones que nos demuestra un malestar infinito, el que resulta de la certeza de que tanto amor no puede hacer nada contra la destrucción de la guerra. Tras el fusilamiento de su hijo sin juicio previo, traicionado por los dirigentes de la revolución bolchevique, y después de unos meses de exilio en París, Shmeliov afronta la escritura de unas páginas que vienen a ser algo así como un dietario de la locura. El mundo que conoció, el territorio siempre romántico del campesinado, se transforma en el paisaje después de la batalla. La descripción física de los terrenos, de los animales, de la gente, son metáforas de un páramo moral, baldío, al borde de la muerte. Shmeliov nos invita a visitar el círculo que Dante no pudo reflejar, porque todavía se encuentra en esta Tierra, envolviendo al infierno. De esta forma, Shmeliov se plantea un texto cartográfico en el que nos va desvelando lo que conoce de forma directa, de ahí que sea una obra lírica, pues impera el sentir sobre el pensar y sobre lo narrativo. El texto se va desarrollando en cuadros que abarcan lo que abarca la mirada humana, limitada por el sol y por el mar, que son los pocos rescoldos de la belleza que están sobreviviendo a los estragos de la guerra. Las secuelas de la destrucción han dotado al mundo creado por Shmeliov de unas leyes propias, fruto de un explosivo cóctel de amor y dolor: ya no hay leyes naturales y se ha finiquitado el pasado, es decir, la cordura; lo terrible puede llevarnos a hablar con las piedras, a reventar nuestra imaginación en el conflicto entre los sueños y la realidad, a ser robinsones en nuestro propio hogar, en un territorio donde todo es un ser vivo porque todo posee el don de padecer.
Este territorio de la desesperación se sucede en capítulos enlazados. La estructura no puede ser más sencilla: cada episodio es un eslabón de una cadena. Y esta cadena gira para encerrar a los habitantes en una desolación claustrofóbica. Cada episodio va aportando más y más humanidad: a medida que se avanza en la lectura las gentes, o lo que queda de las gentes (unos vagabundos olvidados, vacíos de ilusión y de melancolía), cobran un mayor protagonismo. Y, sin embargo, hay poesía. Shmeliov no se complica con un lenguaje rebuscado, con tropos o adjetivación sorprendente; permite que sea el propio discurso el que imponga un estilo depurado, destilado, que permita a las imágenes vagar a nuestro alrededor. Pues el narrador de esta obra, relatada en primera persona, no es un personaje, sino una voz; de ahí ese dirigirse a nosotros de tú a tú, esa libertad para convertirse en un ser plural, para colocarse dentro o junto a cualquier presencia que aparezca en El sol de los muertos.
Nos encontramos, sin duda, ante una obra maestra, ante un libro más complejo de lo que su sencilla apariencia dicta. Y ante una obra que deberían leer todos aquellos que han optado por la batalla como resolución de conflictos; por fin hemos aterrizado, emporcándonos, en medio de las consecuencias de tanto crimen. Ojalá “ellos” leyeran El sol de los muertos. Ojalá fueran capaces de entenderlo.

 Fuente: Culturas/Tribuna

martes, 5 de septiembre de 2017

EL ABUELO

El abuelo
Aleksandr Chudakov
Traducción de Yulia Dobrobolskaya y José María Muñoz Rovira
Automática
Madrid, 2016
539 páginas

Muerto y enterrado en año 2016, uno lamenta que el entierro haya sido tan temprano. La costumbre mundanamente humana de hacer listas, ha precipitado a los suplementos y revistas culturales, hasta el punto de darlas por cerradas recién estrenado diciembre. No parece ninguna exageración decir que la mutilación es voluntaria. De hecho, es imposible razonar por qué se han olvidado de El abuelo en todas las esquelas. Cuando se nos remite a la gran literatura rusa, al mencionar esta obra, no se está exagerando en absoluto. Ahora bien, no es Tolstoi, porque la estructura cronológica aquí es arcilla en las manos de un extraordinario escritor, Aleksandr Chudakov (Schuchinsk, 1938 – Moscú, 2005), porque la continuidad se ve truncada. No es Chéjov, porque cada capítulo, que tiene entidad narrativa suficiente, no termina de ser un cuento cerrado, sino que es una pieza de un engranaje. No es Dostoievsky por carecer de la potencia, y de cierta impericia del autor de Crimen y castigo, la semilla de su estilo, que aquí se sustituye por el gusto del trabajo bien hecho. De hecho, a lo que más recuerda es a Varlam Shalamov y sus Relatos de Kolimá. ¿Por qué?
En primer lugar, por ser un proyecto que abarca todo un mundo. Lo que en Shalamov era espacio, la Siberia asesina, aquí es tiempo, los años de la República Soviética. Pero también es espacio, un lugar de la Siberia Kazaja que es una región de exilio. Lo que ocurre es que aquí los personajes no son presidiarios políticos o civiles, son presidiarios del azar, que es el dios que autorizó que nacieran en esa tierra. En segundo lugar, por la composición en mosaico. En tercero, por la apertura que supone cada uno de los capítulos, pues nos hace conscientes de estar asistiendo a una parte y un censo del mundo, limitado por una frontera. Y, por último, por la ingenuidad del narrador, o por su esperanza en ser un hombre libre. En este caso, en el abuelo, el narrador acompaña al nieto, que será quien unifique y dé consistencia al relato. El abuelo no es el tema del libro, es el eje. El abuelo es una figura fuera de lo común, el arquetipo del adulto que todos nos imaginamos que cuida de nosotros: una moral recia, una fuerza de superhombre, un pedagogo con talento y una biografía extraordinaria, que se trunca cuando, pasados los noventa años, le amputan una pierna.
Estamos frente a una obra costumbrista, sí, pero que nos lleva de viaje, pues ese costumbrismo hace innecesario desvirtuar la realidad. El arranque tiene lugar cuando el abuelo reúne a sus hijos para repartir la herencia. Pero para el narrador la herencia la recibió en vida: la generosidad, la voluntad, el amor por las raíces y el aprendizaje de eso tan complicado de manejar que es la nostalgia, corre por las venas del nieto. A su vez, asistimos a la evolución, lenta, lentísima hasta el último momento, de la vida rural en un lugar fuera del tiempo, es decir, fuera de la Historia. El aprendizaje impuesto de los paradigmas soviéticos o la repoblación con contingentes de rusos pobres, son parte de la necesidad de expresión de las raíces. Frente a ellos, está la vida auténtica, cierto síndrome de Peter Pan del nieto. Y una serie de personajes, que salen poco a poco, capítulo a capítulo, a los que calificaríamos de pintorescos si no es porque debería haber una palabra singular para referirse a ellos cuando no son imagen, cuando son narración. Lobos, bandidos, locos, analfabetos, ganaderos y gente de principios no desfilan, pues no pasan uno a uno por la obra; más bien, comparten escenario y, de vez en cuando, se ocultan tras las cortinas.

Todo ello compone un cuadro que observa desde la memoria el abuelo, cuyo relato reproduce, junto al del nieto, el narrador, que en ocasiones cede la palabra a la memoria del superviviente. Pues de supervivencia se trata, en una tierra de exilio en la que las comunidades que el gobierno soviético agrupa, a fuerza de complicar la dura vida de la gente del lugar, son impermeables. Pero siempre está el abuelo: “en el Tarzán de Weismuller había una preciosa idea nostálgica: la fuerza y agilidad del hijo de la naturaleza vencen a la técnica, los elefantes resultan más poderosos que las máquinas, y el hombre que habla a los animales en su lenguaje es invencible”. Y eso otro que sí es común a los grandes clásicos rusos, a Tolstoi, a Chejov, a Dostoievsky, ese valor a la baja, sustituido por el trasnochado postmodernismo que ya está de regreso sin haber partido nunca, y que se llama humanidad.

Fuente: Culturamas

lunes, 4 de septiembre de 2017

DIARIOS DE LA REVOLUCIÓN DE 1917

Diarios de la revolución de 1917
Marina Tsvietáieva
Traducción de Selma Ancira
Acantilado
Barcelona, 2015
223 páginas
14 euros

El alcance de las fracturas

Si uno se dispone a hablar de un país fracturado, de un tiempo fracturado hasta la extenuación, forzosamente le saldrán escritos en los que la fractura se puede llegar a convertir en la belleza de un estilo. Eso es lo que sucede con la lectura de estos diarios de la poeta Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892 – Yelábuga –Tartaristán-, 1941). En algún momento, da la impresión, gracias también a la traducción de Selma Ancira, de estar sobre todo preocupada por la formulación de frases. Pero Tsvietáieva siempre estaba componiendo un poema, en el que la desgracia, la conciencia de formar parte de los humillados y ofendidos, estaba siempre presente. Antes del infortunio del exilio y de la pobreza extrema que la empujó a resguardar a su hija pequeña en un orfanato, donde moriría de hambre, Tsvietáieva sobrevivió a los años de revolución, escribiendo retazos que forman algo que definiremos como diario, por ser la fórmula más cómoda de encajar este libro en algún género. Aunque si existiera en los libros de texto, en los manuales de literatura, el género al que pertenece bien podría ser catalogado como estupor.
Hay frescura en la escritura que aparenta ser espontánea, pero también elaborada desde el sótano del sentimiento. Y al mismo tiempo, hay violencia. Una violencia idéntica a la del hombre que lleva años tratando de completar un puzle de miles de piezas al que le faltan cientos de ellas. Un enfado y un desgarro. El que se corresponde a la época que le toca vivir, ese tiempo de bisagra mal engrasada que chirría cargándonos de acidez la cabeza. Hay saltos temporales y desencadenamientos, porque existe la necesidad y la obligación del movimiento en lo retratado. Y lo retratado es algo así como canjear el mal por el mal, o la impresión de que se le están escurriendo las cosas de entre las manos constantemente. Como si pretendiera apresar el conjunto, mientras que habita en la periferia, que es el peor sitio para estar en tiempo de lucha. De ahí el puntillismo en el detalle, la dificultad de encontrar su sitio en el mundo habitado por un aura surrealista. En el surrealismo de Tsvietáieva cabe lo grotesco, pero también la sinrazón voluntaria, lo miserable y hasta lo ultrajante, y lo más caprichoso de la gente que se rige por un olfato que solo atiende a las veleidades.
Obviando lo político, de los diarios se destilan las consecuencias que la Revolución tuvo entre la población civil, comenzando por el día en que decide regresar de Crimea a un Moscú devastado por el hambre. Acaso sea el hambre lo que le obliga a ese estilo escueto, casi telegráfico, fugaz y en ocasiones aforístico, sin análisis. Meras presentaciones que, gracias a la poesía que destilan, transmiten una intimidad quebrada, un temperamento que brega por mantener la consistencia. Porque ese espíritu es una denuncia del terror, de la indefensión, algo que está a su alcance por la buena educación que pudo recibir durante la infancia, antes de pasar al mundo de los desahuciados. Su orgullo la ayuda a mantenerse siempre independiente, hasta el punto de que no existe nada semejante a la autocompasión ni al deseo de venganza. Llega al extremo de ser una suerte de poeta sin lírica. En este caso, bastan los hechos, aunque obligue al lector a poner en su lectura lo mejor de sí mismo, porque no se recrea en estampas. Sus palabras no forman imágenes, forman palabras. En ese sentido son un golpe directo a la sien del lector, al que le cuesta componer la idea de que exista alguien con tanta capacidad de observación y tan consciente de la lucidez que supone conocer la materia con la que está trabajando.
Tsvietáieva propone acompañarla en un viaje sin cartografía ni cámara de fotos, pero colmado de sensaciones. Un viaje sin Dios pero con espíritu. En el que la gente sabe rezar cuando hay que rezar. Otra cosa es que sea preciso inventarse las oraciones. O la religión, para luego esconderla. Aunque, en realidad, lo que estén deseando sea tener una pistola y disparar. En definitiva, uno llega a ignorar si debe conmoverse o no ante lo que está leyendo. Lo cual es un fenómeno que conmueve hasta la estupefacción.

Fuente: Quimera




DESPUÉS DEL BAILE

Después del baile
Lev Tolstói
Traducción de Selma Ancira
Acantilado
Barcelona, 2016
91 páginas

Si se trata de elegir entre la diversidad de la oferta televisiva y la solidez de Tolstoi, no lo dudes. Tras nuestra muerte quedarán vagando por el espacio las ondas electromagnéticas y todos los pulsos electrónicos que guardan la estupidez viajando a la velocidad de la luz. Es posible que en planeta ya no quede ni una sola bacteria viva, que esto sea un puro territorio mineral, pero cualquier alienígena podrá escuchar el parloteo imbécil con la suerte de no poder descifrarlo. Sin embargo, nuestra reválida no está ahí, sino más cerca de la conciencia o de la parte natural de la conciencia. Es decir, la reválida moral que nos atañe tiene que ver con el bien y el mal y si se nos ha dado la opción de elegir entre uno y otro. No podremos triunfar en un programa basura o en la NBA, porque nuestra condición natural y nuestros límites sociales lo impiden. Pero sí sabremos escoger entre dos opciones la más generosa. O negarnos a actuar cuando nuestro acto provoca daño. Sobre esa conciencia natural es sobre la que Tolstói creaba universos enteros. Y decimos universos pues al planeta le pertenece toda la red social y las castas, cualquier forma de vínculos entre personas y con la naturaleza o lo artificial. Pero Tolstói no se conformaba con el régimen terrenal. El alma queda dentro y fuera del planeta. El problema es que las almas no se traducen a ondas electrónicas que vaguen por el espacio para confundir a los seres de otra galaxia dentro de millones de años.
Y para ello, Tolstói no necesita recurrir al ruido y la furia. Le basta con un sencillo relato en el que haya sueños y naveguen deseos. Después del baile es el que abre este sencillo volumen que contiene tres cuentos del maestro ruso. En él, un aristócrata, intrigado por la aseveración de sus contertulios en la que se niega al hombre el libre albedrío, porque el hombre no entiende lo que está bien y lo que está mal, narra su encuentro y su enamoramiento en una noche de baile. Como dictaba Aristóteles, reconoció ese amor sincero por la intensidad de sentimientos a que le condujo, por una embriaguez que le hacía saberse mejor persona. Sin embargo, esa misma noche una visión atroz le provoca arcadas. La asociación entre el flechazo y la barbarie, inevitable por ser protagonizadas por los mismos personajes, le obliga a enfermar buscando una explicación. Trabado en la disociación cognitiva, sin que él lo pretenda, las consecuencias serán inevitables y se sucederán poco a poco. Tolstói certifica con esta obra maestra que sí, que sabemos distinguir entre el bien y el mal. Otra cosa es la manía de engañarnos para justificar el egoísmo o la pereza.


De muy distinto carácter es Tres muertes. Aquí, con un excelente manejo de la luz por parte de Tolstói, en un entorno lúgubre, donde nadie desearía vivir, se certifican las muertes de gente que, como es inevitable, muere sola. Aunque todos los seres queridos nos estuvieran dando la mano, morimos solos. Pero en estos casos, dada la tibieza de los demás personajes, la muerte podría entenderse como una liberación. Así ocurre con la maldición con que el Diablo estigmatiza al campesino de ¿Cuánta tierra necesita un hombre? Escrita como una fábula, siguiendo el esquema del cuento de la lechera, un campesino siente que no debe ceder a la envidia para ser tan rico como el más poderoso de los habitantes de la ciudad. Inevitablemente, nos preguntamos si la experiencia de Tolstói no está llevándole a criticar al alma de los campesinos, a su avaricia, a su inconformidad, a sus celos. Aunque la verdadera maldición, si hacemos una lectura metafórica del cuento, a la que invita su formato de fábula, es la de sentirse pobre. Como siempre, otra lección del mejor novelista de la historia.

Fuente: Lateral