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domingo, 25 de marzo de 2018

UN LUGAR PAGANO


Un lugar pagano
Edna O’Brien
Traducción de Regina López Muñoz
Errata Naturae
Madrid, 2017
250 páginas

Que exista algo parecido a un género llamado novela autobiográfica es de un rigor dudoso. Adjetivo y sustantivo son casi un oxímoron. Al lector le quedan demasiadas dudas en la cabeza si trata de encajar lo leído en el género. Como novela, no cabe discusión, esta obra contiene mucha, muchísima vida, lo cual le da valor suficiente. No precisa de otro encaje. Respecto a qué parte del contenido es autobiográfico, eso carece de importancia. Es evidente que el relato se sostiene sobre lo vivido. Lo vivido, en este caso, por Edna O’Brien. Aunque bien pudiera haber tomado prestada la memoria de otra persona para construir su obra. Para que fuera autobiográfica, los detalles se deberían corresponder con los de la vida de O’Brien. Algo que desconocemos, pero que ni añade ni quita valor. Aquí lo que se impone es el doloroso retrato de un pasado, escrito con una memoria que ha consagrado hasta el mayor pecado padecido. Como si la narradora, que habla de sí misma en segunda persona, se hubiera reconciliado no con su vida, pero sí con lo que es ahora. Y esto que nos relata fuera un auto de fe sobre cómo se construyó su personalidad. Hay algo terapéutico y hay algo cauterizante. Nada de ello se muestra con desmesura.
La primera parte de la obra narra una infancia rural, en la que la niña todavía no está en edad de cuestionar nada. Quedan en el aire lo vínculos y las consecuencias de los vínculos entre las personas, incluso el grado de alcoholismo del padre. Pero se trata de una niña a la que no se le escapa nada, alguien que va haciendo de todo memoria y la narradora, ya adulta, tiene a la memoria como algo tan bondadoso como triste. La intuición de la locura, de la falta de serenidad familiar, del mundo rural como un cautiverio, de hombre malhumorados y mujeres sumisas, el pudor, el exceso de pudor de una sociedad aislada, católica, machista en la que apenas asoma el sol, todo ello configura la infancia, en la que una hermana mayor no es suficiente consuelo.
Con el paso a la pubertad, la adolescencia y lo que viene después de la adolescencia, el aislamiento toma forma clara y el cerco, la distancia respecto al resto del mundo, es una maldición. El cosmos es la aldea. Pero surgen cambios de emociones, de interés y se asoma al mundo adulto ya con las preguntas a flor de sentimiento. Las leyendas, las tradiciones se cuestionan. Su hermana mayor huye a la gran ciudad y gracias a ello, gracias a que junto a su madre se acerca a visitarla, la protagonista conoce antes de vivir. La situación en la familia se había vuelto insostenible: un embarazo, un aborto, mil mentiras, la violencia física del padre. Todo es demasiado agresivo para la protagonista que, a pesar de ello, a pesar de narrar desde el dolor, no responde con la misma alevosía. El choque que en una chica de campo produce el tratar de interpretar la ciudad desde las leyendas rurales, marca la narración: saca a la luz los prejuicios con que se crio y los trata con cierto aprecio y cierto desdén.
Más adelante, entrada en la juventud, conocerá de primera mano la enfermedad y deseará morir antes que recibir el trato que dicta el tirano de su padre para una niña enferma. Recibirá una paliza de su padre a cuenta de una seducción, y hallará el mutismo de su madre, siempre sumisa, cuando pide ayuda. Se dará cuenta de quién es cada uno en ese hogar y en ese cosmos que se le va quedando estrecho. En el mismo día ha conocido el amor pasional y el desuello y su único refugio posible está en el campo que le rodea por todas partes, el mismo que aísla su hogar, el único sitio a su alcance y fuera del malestar de una familia de la que tendrá que despedirse. Debemos advertirlo: la despedida que relata nos araña el corazón. Pero no es esa la sensación que queda tras la lectura del libro. O’Brien es amable y sincera. Pero por encima de cualquier cosa es vital. Tal vez por eso se cataloga Un lugar pagano como una novela autobiográfica. Un error, porque en realidad es un trozo de vida. Y eso es mucho.

jueves, 21 de diciembre de 2017

CASA DE ORACIÓN Nº2

Casa de Oración nº2

Mark Richard

Traducción de Tomás Cobos
Dirty Works
Barcelona, 2017
191 páginas

Derrotados ya de tanto ver el mismo paisaje, o Manhattan o California o un lugar del centro de los Estados Unidos, a ser posible rural, Cara de oración nº2 es un libro de memorias en el que se reciclan todos ellos. La solución final tiene mucho que ver con el apoyo más importante de Mark Richard (Luisiana, 1955), Flannery O´Connor, convencido de que la mayor amenaza para el alma es uno mismo. El extraño título del libro proviene de un final que deberíamos desvelar, que, de hecho, cuesta esfuerzo sacrificar en la reseña, que es la recomposición de esa alma, el modo en que consigue Mark Richard colocar su puzle vital, su trabajo, su familia, su residencia y su anatomía, pues todo el libro está atravesado por la deformación de la cadera que marca su nacimiento y que le obliga a pasar terribles episodios de tortura médica, al margen de una infancia diferente. Parte del resultado de su resiliencia (¿no había un anglicismo mejor para diagnosticar la resistencia psicológica frente al acoso de la realidad?) es la fe. Siendo blanco y padre de familia, asiste con su madre a clases de lectura de la Biblia en la parte negra de la ciudad donde vive, y los domingos a una pequeña iglesia episcopal blanca, por la mañana, y por la tarde a la Casa de Oración nº2, que es la iglesia de los negros.
Entre la supervivencia a una infancia atado a la cárcel de su cadera y esa hombría que demuestra al final, ha sido un vagabundo, pendenciero, buscavidas, rodeado de una suerte de gente que él mismo enumera: un biólogo marino pluriempleado, el policía de paisano con la pipa de hachís, el mago que roba carteras, la recepcionista que se acuesta con el equipo de hockey, el sátiro que vende repuestos de automóvil, el marino, el corredor de apuestas, el dueño de un bar que tiene siempre los brazos rotos, los dos bármanes homosexuales que serán juzgados por asesinato, la enfermera yonqui, el viudo trágico y un larguísimo etcétera que tiene una presencia más o menos importante en el pasado de Mark Richard. Y siempre están los médicos y las muletas, las operaciones de cadera y la capacidad de sacrificio, casi sin darse cuenta, que requieren ciertos trabajos que sirve para fortalecerle y así evitar el deterioro de los huesos. Así es como va eligiendo lo que sucede cada día, sin poner la mirada en horizontes muy lejanos, pues los médicos que le han tratado desde niño le pronosticaron que a los treinta años estaría en silla de ruedas.
Cierto descaro, entre Huckleberry Finn y On the Road, caracteriza a este personaje, que se habla a sí mismo en segunda persona, como si no pudiera creerse su propia vida. En literatura testimonial, es un recurso que nos remite a la psicoterapia y al realismo algo sucio. De hecho, contagiado por la generación de literatos a la que pertenece, Richard ha reducido al mínimo las expresiones y su prosa funciona como un metrónomo en marcha. Así es como nos relata esta demostración de lo difícil que es encontrar tu sitio en el mundo. Hasta el punto de que termina por acogerse al ancla de la fe, porque de lo contrario tendría que seguir permitiendo que el azar gobernara, que es de lo que trata este libro, de cómo el azar ha decidido por él. Excepto cuando ya se ha consolidado como adulto, como escritor, previo paso por la redacción de informes para una agencia de detectives o documentos jurídicos. Previamente, los buenos recuerdos son escasos y siempre tienen que ver con la camaradería, aunque sea defendiendo una causa que vista desde fuera se nos antoje aberrante, en cuanto existe la amistad se da carta de naturaleza a la justicia de su actitud. Y, por suerte, esa segunda persona se sostiene a lo largo de toda la narración, ese  que mantiene a raya al costumbrismo americano y, así, consigue que esta no sea una obra más de la literatura que llena las mesas de novedades.

Fuente: Culturamas

viernes, 8 de diciembre de 2017

EN ISLAS EXTREMAS

En islas extremas

Amy Liptrot

Traducción de María Fernández Ruiz
Volcano
Madrid, 2017
260 páginas
Del mito de Pigmalión existe una versión muy difícil, que ni siquiera el teatro más vanguardista, con monólogos apelmazados, ha conseguido fraguar: aquel en el que solo existe un actor. Escultor y escultura que cobra vida por intermediación de un dios, sin que exista dios. Ese es el reto del que Amy Liptrot sale con todas las medallas literarias en esta obra. A lo largo de su vida, solo ha existido ella para destruirse y construirse. Su padre era un maníaco depresivo, y su madre una fanática religiosa, que la llevaron a criar a uno de esos lugares, las islas Orcadas, donde nadie en su sano juicio elegiría vivir, aunque solo fuera porque el viento vuelve loca a la gente. Sin embargo, a lo largo de esta historia de desdicha y rescate, el regreso del viento será la metáfora de la terapia de sanación. Liptrot no tiene ningún reparo en desnudarse y narrar con pelos y señales sus años de alcoholismo en Londres. Pero entre lo que ofrece la ciudad y los acantilados, tenía bien claro que sus mejores opciones estaban en la ciudad: se reía más, follaba más, bebía hasta perder la noción de quien era, y aun así siempre había alguien dispuesto a darle una nueva oportunidad en un trabajo. Pero el alcohol es destrucción, por mucho que el borracho vea el arco iris. Liptrot se pierde emocionalmente y en un arranque de cordura, tras un par de años de vicio, se da cuenta de que lo que está haciendo es tapar una tristeza patológica. Y comienza su labor de Pigmalión esculpiéndose a sí misma, desde la terapia de desintoxicación al aprendizaje sentimental de los pequeños momentos. Un baño de unos segundos en el mar del Norte, será suficiente como para justificar un día de vida y purificarla de cara a la siguiente jornada.
En su regreso, Liptrot reniega de su infancia y no se arrima a sus padres, pero sí al cielo. Aunque sea gris y aunque llueva, es un cielo en el que el viento está presente, es armónico, da paz o, por usar una expresión de ella, es pura geometría líquida. Liptrot regresa para construir su granja, que derivará en agricultura y ganadería ecológica, aunque acepta trabajos de meses en los lugares más inverosímiles, los más alejados del resto de la humanidad, vinculándose siempre a la ecología. La astronomía, las auroras boreales, la música del mar, la luz, la geomorfología de la costa escarpada, los bosques de algas bajo las olas, toda una isla que puede recorrer libremente a pie o rodearla nadando, la liberan de su atadura al alcohol. Existen, sí, muchas frustraciones. Incontables, pero de todas ellas sale con la alternativa de reírse, no como en la civilización. La civilización, en buena medida, llena el tiempo que cubre una vida, pero no permite afrontar el vacío existencial, tan lógico, tan humano.
Y sí, lo humano también está presente en las islas. Son pocos los habitantes, pero no existen escalas generacionales, ni separaciones de casta ni nada por el estilo. Cualquiera puede ser tu compañero. En ese sentido, Liptrot se muestra como una voyeur o una etnóloga, no sabemos bien a qué carta quedarnos. Y de lo humano, también rezuma lo telúrico, lo arqueológico, algo fundamental en una persona en reconstrucción. Primero debe conocer sus propias ruinas, como va descubriendo las de las islas. Esta versión de Pigmalión representa al hombre o a la mujer como una isla. Cada encuentro con cada parte de la isla, es un reencuentro con una parte de ella misma. Y comprueba que se sostiene sin recurrir al elixir del olvido. Un ejercicio literario de mucha altura, puro aire fresco.
Fuente: Culturamas

sábado, 25 de noviembre de 2017

EL LOCO DE LAS ROSAS

El loco de las rosas
Mohamed Chukri
Traducción de Rajae Boumediane El Metni
Cabaret Voltaire
Madrid, 2015
183 páginas
17,95 euros

El sedimento de los parias muertos

En busca de un héroe inocente que defienda la pobreza, la miseria, a los parias más atroces y a los resignados, a los supervivientes entre los desechos orgánicos, a los que apuñalan por tener un punzón envenenado en el bulbo raquídeo, a los acosados, a quien no tiene problemas en masturbarse en medio de una plaza pública, a quien le escuecen los higos que cuelga entre las piernas, a los indeseables en general y a los que poseen un aura de locura insana para sobrevivir, uno no puede por menos que acordarse de Mohamed Chukri (Beni Chiker, 1935 – Rabat, 2003). El azote que supuso su novela autobiográfica El pan desnudo (traducido recientemente como El pan a secas por la misma editorial que hoy publica esta colección de relatos), y su consiguiente autoficción en la misma línea –Tiempo de errores y Rostros, amores, maldiciones–, supuso uno de los escasos casos que se han dado en la literatura del siglo XX que nos hizo saber que todavía quedaban cosas por contar. Y que esas cosas eran importantes, contundentes, cegadoras de tan pasionales y crudas al tiempo que, paradójicamente, nos abrían las miras.
Chukri, a quien se le robó la infancia con desgarro, tuvo que experimentar lo más canalla para comprender la relación de las condiciones humanas. Hipersensible, su obra no cesa de recordarnos que a pesar de todo existe el afecto como rama a la que agarrarse para no caer al precipicio. De este modo, tras aprender a leer y escribir siendo adulto, negó cualquier artificio para adornar su obra, para dotarla de mayor elocuencia. No existe una sola frase pedante o preciosista en su literatura. Su literatura son hechos, no palabras, y las llagas de esos hechos en el cuerpo, que sabe que no va a existir un mundo mejor. Chukri, como los niños, no finge, afronta el mundo con la sensibilidad de la piel, que tiene una especial significancia en el sexo. Y así la realidad de las cosas es creíble no por el acto de fe que el lector se ve abocado a poner durante la lectura, sino porque sabe que es imposible tener sueños de ese calado.
Siendo esta la línea general de su obra, no deja de plantearse temas intrínsecos a cada relato, sin caer en el narcisismo de la repetición. Así el cuento Violencia en la playa versa sobre la existencia del mal porque sí, porque existe sin más. La red es un ejercicio del arte del gesto, de hacer del gesto de un niño un relato. En Los que vuelven se plantea la intolerancia al miedo de quien sabe que no comerá al día siguiente. Por su parte, La maternidad es un acercamiento al monstruo burgués. Y Los que ríen y lloran nos cuestiona esa banal costumbre de identificar la risa continua con la locura. En Shariar y Sherezade pone sobre la mesa las consecuencias de sustituir a la memoria por la obsesión por la belleza, hasta que deja de existir el presente. Prohibido hablar de las moscas demuestra que el vaticinio de la penitencia, que será dolor físico, es peor tortura que la propia penitencia. En Bashir, vivo y muerto, sus personajes subliman esa horrible idea de que la soledad del mendigo loco puede ser vista como un espectáculo por la muchedumbre. Con El vómito deja a las pinturas negras en pantomimas, porque refleja algo vivido, no imaginado. Algo semejante ocurre en la lectura de Árboles calvos, que nos transmite la certeza de que lo que para unos es onírico y bellaco, para otros es el día a día. En El ataúd une distintas versiones de la locura, porque si no eliges la locura no sobrevives. El último relato, El loco de las rosas, invita a pensar que ni siquiera la religiosidad salva a la pobreza de tener algo parecido a la dignidad, porque estamos acostumbrados a pensar que existe dignidad en la pobreza y Chukri, como en el resto de su obra, ha venido aquí para desengañarnos. Lo cual hace de él un autor imprescindible.


Fuente: Revista de letras

A TRAVÉS DE LA NOCHE

A través de la noche
Stig Saeterbakken
Traducción de Cristina Gómez-Baggethun y Oyvind Fossan
Mármara
2017
296 páginas

PUTA MIERDA DE LOS COJONES. Con perdón. Así es, con mayúsculas, como empieza este libro que es novela por la sencilla razón de que el autor ha puesto al protagonista un nombre distinto al suyo. Sorprende que se ande con menos tapujos que un macarra del Bronx con una botella rota en la mano, dispuesto a vengar la violación de su hermana, sobre todo porque a lo que más se parece esta obra, a la hora de la verdad, es a Virginia Woolf. Todo lo que sucede, sucede dentro de la cabeza del protagonista, narrador. Pero entre la cabeza y los ácidos del estómago hay una conexión tan directa como el hilo que unía los vasitos de Danone con el que construíamos nuestros teléfonos infantiles. Porque a la par que los sucesos, el autor conjura toda su vida para referirla en menos de trescientas páginas. En ese sentido, es inevitable que a uno le venga a la cabeza la obra río de Knausgard. Pero a la hora de cotejarlos, el más famoso, el más explícito, el más voluminoso, empequeñece. Knausgard se convierte en un autor, con demasiada frecuencia, al que le sobran páginas. Mucho de lo que cuenta importa poco, no es nada que no hayamos visto o leído anteriormente. Nos obliga a tener una paciencia de gran lector para despertarnos en los momentos más brillantes.
Pero, por otra parte, Knausgard es un nihilista que pretende escribir una obra nihilista por puro placer. Suena a paradoja, pero esa es la certeza: el placer del nihilismo. Sin embargo, en este A través de la noche el nihilismo es más falso que una escopeta de madera. En Knausgard existe una conciencia de poner orden en su pasado, como un borracho saldando deudas sin importarle llevarse por delante a lo que uno se supone que le debe amor divino, como es a los padres. Pero aquí no hay deudas. Aquí hay culpa. El narrador es un dentista, un hombre que conoce a la gente por el cielo de la boca y las caries de las muelas, que ha perdido un hijo. El suicidio del hijo echará por la borda su matrimonio. La mujer le culpará en abstracto, porque alguien tiene que tener la culpa y no consiente pensar que es ella. Y él afronta un luto en soledad por eso que decía Sartre, que en este caso se cumple, de que el infierno son los otros. No engaña a nadie, porque sabe que de hacerlo perdería ese sentimiento que le obsesiona, que se conoce como libertad. Que la libertad sea una obsesión es otra de las paradojas que aprendemos en este libro. Y lucha contra la autocompasión, sabe que no es un fracasado, en ese sentido, es un hijo de los tiempos que le tocó vivir, en los que el nihilismo se aparea con una mirada existencialista, para dar lugar a la ebriedad más propia del hombre del siglo XXI, que siempre viene en forma de neurosis. No hay consuelos para él, no lo hay en el viaje, que es el gran consuelo de los mediocres. Ni siquiera se permite el dolor, porque lo encuentra igual de cursi que la felicidad.

Así pues, ¿de qué trata este libro? Apenas hay trama, excepto en la resolución final, de obligada lectura metafórica. El libro afronta las relaciones humanas, en las que la que mantiene con su hija viva, más platónica que física, es la de mayor relevancia. Pero el libro trata sobre la imposibilidad de reinventarse. Y esa imposibilidad no viene por la incapacidad de crear una nueva vida, de largarse a otro lugar y encontrar otro empleo, o incluso de fundar otra familia. No. Lo que resulta imposible es desaprender. El narrador menciona aparecer de la nada como su sueño. Pero el problema es llegar a la nada. Y los demás se encargan de que no podamos alcanzar esa meta, desaprender, reiniciar cuando la única salvación del nihilismo, del existencialismo y de la vida, es nacer de nuevo.

Fuente: Culturamas

domingo, 12 de noviembre de 2017

EN MOVIMIENTO

En movimiento
Oliver Sacks
Traducción de Damiá Alou
Anagrama
Barcelona, 2015
447 páginas
21,90 euros

Adiós, maestro




La imagen de la ciencia como un laboratorio, una pizarra llena de fórmulas, unos fríos hombres de bata blanca, una disección, un cúmulo de enciclopedias con sus respectivos diccionarios específicos, una calle estrecha donde solo pasean los elegidos por el don del cociente intelectual, una biopsia, una recreación mineral que iguala en escala a los átomos o a las galaxias, algo tan aburrido como las matemáticas, consigue romperse cuando en medio de ese impulso científico abre brecha un narrador. Darwin o Freud son, tal vez, los dos ejemplos más clásicos. Oliver Sacks (Londres, 1933 – Nueva York, 2015) fue, sin embargo, uno de los pocos casos en que la balanza consiguió pesar más en la enjundia de la narración que en la de la ciencia. Sin dejar de aportar, eso sí, grandes avances en el mundo de la neurología. El primero, el más importante de ellos, es el de sacudir a los especialistas con la idea de que un médico no es un veterinario especializado en el cuerpo humano, en el cuerpo enfermo. Un médico es un humanista, un humanitarista, un tipo con conciencia holística y, sobre todo, alguien que es consciente de que el hombre enfermo es una persona con la dignidad caminando sobre el filo de una navaja. Y jamás debe perder de vista esa dignidad, porque trata con hombres enfermos, no con cuerpos enfermos.
En este libro de memorias, En movimiento, que comienza en la juventud de Oliver Sacks, pues en buena medida su infancia ya quedó reflejada en El tío tungsteno, asistimos a un constante despertar de la curiosidad de Oliver Sacks. La curiosidad es lo que hace que su vida esté en constante movimiento, de ahí que el libro se lea casi como un road movie, en el que no deja de entrar y salir gente. Esos que dan sentido a la vida. Esos que dan al relato una visión de la inteligencia del autor, que consiste en su constante estado de trance, convertido en un alumno con ganas de aprender, de sacar enseñanzas a cualquier detalle o a los grandes accidentes, a los errores. Sacks es un gran narrador, pues consigue que tengamos la impresión de que su vida mereció la pena ser leída. No hay párrafos de relleno, frases con sonoridad elegante pero que no hagan avanzar la acción. Va directo a las relaciones humanas, muchas veces sin saber el porqué, hasta que lo descubre páginas, días o años más tarde. En ningún momento se enorgullece de lo que le sale bien, ni muestra reparos en narrar una metedura de pata. Todo queda al mismo nivel, al nivel de la buena literatura, la que se centra en su formación como persona, que es su formación como terapeuta.
Oliver Sacks fue culturista, motero, homosexual… muchas cosas que le conducen al anciano que ha vivido. Muchas cosas que quedaron atrás hace décadas, y que dejaron paso a vivir con idéntica pasión el conocimiento de las debilidades y las fortalezas de los hombres, o, para ser más preciso, de cada una de las personas. Y sobre esas fortaleces y debilidades proyecta las propias. Pues en eso ha consistido su educación sentimental, ese es el tema del que trata esta estupenda autobiografía, el sentimiento de orgullo fraternal que supone pertenecer a la buena raza humana, esa que se sabe vulnerable. La invulnerabilidad nos separa de ser hombres y mujeres, de tener emociones y sensibilidad. Oliver Sacks nos comenta, a lo largo del texto, cómo nacieron sus libros, cómo al tiempo que científico fue escritor. Y demuestra que ambas facetas son creativas, sobre todo porque ambas, al menos en su vida, la del maestro que ahora reconocemos en él, poseyeron una unidad de tono en lo sensible. Para Oliver Sacks, vivir consistió en asegurarse que los demás estuvieran bien. De ahí que sólo quepa despedirnos de él leyendo estas memorias y repitiendo eso de “adiós, maestro”.

Fuente: Revista de letras

jueves, 19 de octubre de 2017

EL PERFECCIONISTA EN LA COCINA

El perfeccionista en la cocina
Julian Barnes
Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama
Barcelona, 2006
131 páginas
13 euros

Cómo leer un libro de recetas


Supongo que cabría aconsejar a quien no haya leído a Julian Barnes, que se dé prisa en comenzar con la tarea, y, si no se atreve a hincar el diente en novelas tan estupendas como Hablando del asunto o Amor, etcétera, puede atreverse con este libro sin género. De hecho, uno no sabe muy bien si situarlo como autobiográfico (sobre todo conociendo el sentido del humor de Barnes, siempre con el filo a tono para hacer saltar los resortes del ingenio), o como crítica de libros (que no literaria). Siendo fácil de describir, es imposible de estandarizar: Julian Barnes aprende a ser cocinero, con ímpetu de conseguir lo mejor de cada guiso y de cada ingrediente, a base de reproducir sobre las repisas y fogones de su cocina las sugerencias de los libros de recetas.
Tal vez deberíamos hacer una advertencia al lector no británico: nos encontramos frente a un tipo que se prodiga, mayormente, con recetas de su país, es decir, cosas como chuletas de cerdo que se asan por un lado mientras por otro se prepara una salsa con unos componentes que, a nuestro paladar, no la harán precisamente exquisita. Ya se sabe la fama de que goza la cocina británica, un país que, según se comenta, está tan lleno de gente amable que ningún emperador se decidió a invadir por miedo a que le invitaran a cenar. Una vez superado ese prejuicio (si es que alguien puede superar la idea de zamparse algo que contiene una papilla de mantequilla, jengibre, perejil, perifollo, estragón y pasas), se inician las verdaderas delicias de esta obra. Barnes nos introduce en los tópicos familiares para explicar su inclinación a la cocina, antes de comentar cómo descubre los recetarios cuyos primeros fracasos por seguir sus iniciativas le conducen a destronar cocineros endiosados. A continuación acomete una crítica de la imprecisión con que están redactados, tomando como ejemplo el tamaño de las cebollas. Después nos aclarará cómo se forma una biblioteca personal, pues él se ayuda de varios estantes colmados de libros, muchos de ellos clásicos. Es entonces cuando se decide a ejercer un poco de crítico literario, interpretando los consejos y comentarios de los cocineros que se dedican a redactar, su locuacidad o su implicación emocional. Más tarde se refiere a las cosillas que es mejor dejar para restaurantes, donde seguro que quedan bien, poniendo a los postres como principal ejemplo. Siguiendo con esta idea, arremete contra la paradoja de que los resultados jamás llegan a ser iguales a los que figuran en el libro, así pues, pasa a valorar que un libro no deja de ser un medio de comunicación y que, en consecuencia, lo importante es que comunique. Como buen cocinero, no se olvida de la compra y los encontronazos con su pescadero, quien no parece conocer las pautas de los manuales. Nos advierte de que es mejor hacer los experimentos con gaseosa, a no ser que se carezca de papilas gustativas, en caso de que uno se atreva a probar con una receta exótica. No se olvida mencionar los desencuentros provocados por las diferencias en la redacción de una misma receta explicada en dos libros, cuestiona la idea favorita de los grandes cocineros de que lo mejor es la comida “simple”, sortea las idas y venidas de ciertos ingredientes, como los tubérculos, que se sustituyen unos a otros en el rango de exquisiteces aristocráticas, y explica que es imposible que de la lectura de la misma receta cocinada por dos personas diferentes salgan dos platos idénticos. Aunque el capítulo más divertido sea, seguramente, el que dedica al inventario de sus útiles de cocina y la disposición de los muebles –“Lamento que no haya salido tan bien como me proponía. Pero es que un gilipollas puso la nevera justo al lado del horno”-. Un libro que transmite el entusiasmo por la cocina de una persona que pretende hacer de cualquier desaguisado una verdadera comedia.


Fuente: Tribuna/Culturas

miércoles, 18 de octubre de 2017

YO MISMA, SUPONGO

Yo misma, supongo
Natalia Carrero
Rata Books
Barcelona,
160 páginas

Viaje al supermercado

Autoficción. Esa es la palabra que ha venido a salvar a este tipo de literatura, que la constituye en un género literario. Uno no puede dejar de recordar la anécdota de la conversación entre Juan Carlos Onetti y Eduardo Galeano. El primero le dijo al segundo que escribía para sí mismo. Galeano le contestó que entonces se enviara a sí mismo los manuscritos por correo para poderlos leer. Sabemos que lo que Onetti practicaba no era autoficción. Pero da la sensación de que la respuesta de Galeano se podría aplicar a esa literatura que, hasta la fecha, los más desconsiderados calificaban como onanismo mental. No seamos groseros. Ni desconsideremos el valor de esta literatura. Está bien que se catalogue como un género o subgénero, porque nos ayuda a ubicarla, pero el valor intrínseco de una obra se desprende de la lectura, no de un catálogo o un juego de imaginación entre amigos.
Yo misma, supongo, es algo así como un viaje al supermercado. Existe todo un mundo, cotidiano y hasta vulgar, que podríamos sonsacar si tomamos ese viaje como una metonimia. Estamos leyendo una novela de situación, repartida a lo largo de los años, pero en la que la narradora no parece avanzar hacia ningún lugar, como no parece avanzar la vida. Se plantea preguntas, pero no encuentra respuestas. De hecho, solo ocasionalmente las busca. Sin respuestas, es complicado modificarse. A pesar de la prostitución juvenil que practica para independizarse de la familia. ¡Ah! Sí, claro. La familia. Es algo inherente al viaje a un supermercado. Las relaciones filiales están presente en el carrito de la compra, como lo están eso que se conoce como leyendas urbanas. Un ejemplo de leyenda urbana: la música de Mecano sonando en los altavoces de ambiente del supermercado. Da la sensación de que son leyendas con propósitos muy pequeños.

En ese ambiente, lo normal es la asfixia. Así es como escribe Natalia Carrero, y como comenta sus pactos de pareja o la resistencia a hacerse mayor. Por momentos, utiliza la literatura para flagelarse. Eso es algo que nos recuerda, sin remedio, a Juan Goytisolo. Pero, a diferencia de este, Carrero no quiere equivocarse. Su intención es otra. Pretende que todos seamos ella, o la narradora. Si uno se pone estupendo con el análisis, ahora tendríamos que hablar de rizomas literarios y metatextos. Pero no. Se trata de un ama de casa que piensa como un ama de casa y escribe como un ama de casa. La literatura es otra cosa. No pretender hacer literatura, es la mejor forma de llegar a ella. Carrero escribe con la intuición, pues con eso debería ser suficiente para hablar de un viaje al supermercado. Aunque no le queda más remedio que sentirse sometida y desquitarse escribiendo. ¿Para quién? Para desahogarse. Pero desahogarse no es un lector. Es una inercia. La narradora misma reconoce estar lejos de la novela clásica, con conocimientos útiles para la convivencia. Eso es lo que hace interesante este libro: alejarse de la novela clásica. Viajar al supermercado.

Fuente: Culturamas

lunes, 9 de octubre de 2017

Más luz

Este es el enlace al clipping que Desnivel ha preparado sobre artículos y reseña de Luz en las grietas en distintos medios. Espero que os anime a seguir leyéndolo y ser parte del proyecto. Abrazos, amigos





martes, 26 de septiembre de 2017

AUTOBIOGRAFÍAS AJENAS

Fuente: Culturas/Tribuna

Autobiografías ajenas
Antonio Tabucchi
Traducción de Carlos Gumpert
Anagrama
Barcelona, 2006
143 páginas
14 euros

El principio del final

Uno comienza a leer esta nueva entrega de Tabucchi, y se pregunta a qué se debe esta decisión editorial de publicarlo dentro de la colección destinada a narrativa, en lugar de ubicarla como un ensayo. Y uno termina el libro dándose cuenta de cuál es la razón, pues será al final, con un relato perfectamente artificioso dentro de su vestido de exposición reflexiva, a partir de una anécdota autobiográfica, titulado Historia de una imagen, cuando caiga en la cuenta de que es la ficción, o los tintes de ficción, o el deseo de hacer ficción, es decir, de vivir cabalgando entre dos realidades puramente compatibles, lo que impera en este volumen. Historia de una imagen es un texto inédito, que contiene una preciosa historia sobre el enigma de una fotografía –ciertamente intrigante-, que se cruza en la vida de Tabucchi para revelarle que no es preciso conocerlo todo, que apagar los deseos de saber demasiado es, en gran medida, un principio estético sobre el que comenzar a construir no sólo una obra literaria, sino también la mejor obra a la que uno puede consagrarse, que es la propia vida.
Así, Tabucchi dará por concluido su juego reflexivo, compuesto por textos de diversos orígenes: introducciones a sus novelas, transcripciones de conversaciones, recogidos de revistas, etc., en los que el factor común danza sobre la poética de la creación. De hecho, el subtítulo de este volumen explica bien a las claras las intenciones de su autor: Poéticas a posteriori.  Sin perder de vista la enseñanza del epígrafe de Conrad que Tabucchi ha elegido a modo de presentación –“Primero se crea la obra, y sólo después se reflexiona sobre ella. Y es una actividad ociosa y egoísta que no es de utilidad alguna y que a menudo conduce a falsas conclusiones”-, para evitar el error que un libro de esta índole podría presentar: el tomarse a uno mismo demasiado en serio, se reflexiona un poco a bote pronto, pero siempre con garantías de pensamiento sereno y maduro, acerca de esos tópicos de la creación que con tanta frecuencia aparecen en las entrevistas a escritores con problemas de narcisismo (generalmente, con problemas de exceso de narcisismo): la vida paralela que uno acarrea dentro del relato que escribe, la presencia indómita de un personaje que se impone, cómo se presenta lo que uno ha vivido en la historia que expone, lo lícito del uso de referentes traídos de la realidad y de los conocidos, la traición de todo escritor, esa deslealtad tan atractiva de confesar las confesiones que uno ha escuchado, la relación bidireccional entre autor y narrador, o los niveles de creación que abarcan desde el onírico al del rígido superyo.
Ahora bien, sucede que Tabucchi no aburre con teoría literaria, que sería de inédita arrogancia al venir suscitada por la revisión de sus novelas, ni con abusos metaliterarios, aunque no deja de sobrevolar la sospecha de la invención sobre muchos de los capítulos de este libro, con lo cual se transformaría en literatura que sustituye a la literatura. Tabucchi se limita a narrar un tanto a vuela pluma las ocurrencias, algunas extrañas hasta para él mismo, que le suscita la memoria, que no la relectura, de sus obras anteriores. Él mismo define como hipótesis vagabundas, nómadas, arbitrarias las que el lector ejecuta tras cerrar el libro, y califica el sentido a partir del valor de la mentira y de su utilidad al definir los confines de la verdad. Y así, ni llega a ninguna conclusión ni lo pretende. Sus divagaciones alrededor de la literatura, en completa libertad, más bien parecen demostrar que toda conclusión ha sido, es y será precipitada. Y para ello se vale de su memoria, la más importante herramienta de cualquier autor de ensayos que se precie. En definitiva: hay que leer a Tabucchi, incluso al que versa sobre sí mismo.


lunes, 11 de septiembre de 2017

POR EL MUNDO

Por el mundo
Maksim Gorki
Traducción de Enrique Moya Carrión
Automática
Madrid, 2012
456 páginas

Génesis de la literatura

Porque resulta imposible vivir todo, tener todas las experiencias, participar de la existencia de millones de seres, y compartir sus emociones consecuentes, se hace imprescindible la literatura. Porque así, gracias al oficio de leer, uno puede vivir a través de los demás, completar su educación sentimental con la de, por ejemplo, Mohamed Chukri o Cesare Pavese. Y también con la de Maksim Gorki (Nizhny Nóvgorod, 1868 - Moscú, 1936), quien, al igual que en las novelas del autor magrebí o en los diarios del poeta mediterráneo, demuestra en su biografía que desgajar literatura de vida es como pretender que un árbol crezca con las raíces al aire. Por el mundo es el segundo volumen en el que refleja sus días y sus noches de adolescencia. Primero vino Infancia (Automática, 2012), donde el narrador ocupaba un espacio al margen. El niño que relata lo que debería ser su existencia, se limita a reflejar cómo actúan los adultos a su alrededor. Se trata de un espectador desubicado, de un narrador que registra acciones que deberían significar algún tipo de principio moral, pero que desconoce si está reflejando un mundo con sus miserias sobre los hombros.
Al igual que en el primer texto, en este Por el mundo Gorki nos presenta un cosmos en el que cabe preguntarse si alguna vez sale el sol. Porque se trata de una tierra de barro y ceniza, el material con el que se construye buena parte de la humanidad que va conociendo. No se puede ser más directo narrando. No existe ninguna floritura en su estilo, ningún alarde, ningún recurso de lenguaje y sí muchos vinculados a la acción y al tiempo. Todo es como debe haber sido, sin trampas, sin máscaras. Cada descripción física de un personaje, relata un temperamento. Y Gorki se descubre aquí como un inspector de almas, como un voyeur de los demonios que cada uno llevamos dentro. Al mismo tiempo, va desnudándose como lector. De esta manera asistimos a su combate entre el bien y el mal, a un sentido de la bondad y de los buenos ideales que surge de los libros, en tanto que manifiesta unas ambivalentes sensaciones hacia la gente que se encuentra, algo que bailaría entre el amor y el odio si es que este narrador pretendiera que el lector amara y odiara. De este grupo de contrastes nace, finalmente, el realismo: “el malvado de los libros era eficientemente cruel y casi siempre era posible comprender el motivo de su crueldad mientras que yo, en cambio, estaba acostumbrado a presenciar una crueldad inútil, absurda”. Esa crueldad es la del adulto. Y él es un adolescente con escasas defensas, alguien lanzado al mundo de forma prematura, como los pícaros. Solo que en este caso, en lugar de los recursos para sobrevivir, lo que brota en él es un sentido de la justicia bajo un único imperativo: hay que defender al débil. Esa enseñanza surge de forma autónoma, pues apenas se trasluce en ninguno de los potenciales maestros con que se encuentra, en esos adultos que le achacan ignorancia y a los que pregunta ¿qué es lo que hay que saber?, sin obtener respuesta.
Aun así, él sabe que la única forma de obtener una educación moral, un sentido de la ética, radica en conocer la condición humana. Es un narrador que desearía huir si tuviera hacia dónde enfocar ese deseo: ¿cómo huir hacia lo que no se conoce? Lo importante es descubrir, crecer. Salir hacia adelante en busca de algo a lo que poder llamar dignidad. Y para eso se convierte en el mejor observador. Porque Gorki, al margen de debates ideológicos o de mala estofa política, es uno de los grandes observadores de la raza humana y, por tanto, alguien que nos enseña que cada hombre es una raza. Aunque para aprenderlo, tuvo que conocer la ética barriobajera, los principios y condicionamientos que sustituyen a la moral. Tuvo que conocer la materia de la que está hecha un trozo de vida, el incómodo, el desagradecido, en el que ni siquiera los justos son siempre limpios. Pero él sabe que todo eso debe estar sucediendo para algún día poder ser mejor. Y ese es el ingrediente idóneo con el que hacer literatura.

 Fuente: Quimera

domingo, 9 de julio de 2017

EL ESPECTÁCULO DEL TIEMPO

Fuente: Culturamas

El espectáculo del tiempo
Juan José Becerra
Candaya
Barcelona, 2016
525 páginas

Acogidos a la voz profunda del maestro espiritual, cualquier buen discípulo unifica su respiración con el universo. En ese momento, todo cobra sentido porque la sensación es la de que como partícula del cosmos, uno está bien sincronizado. Hace falta mucha relajación para poner en el mismo plano la mente, el diafragma, el intestino, las agujas de nieve, las espirales de la galaxia y los átomos de carbono que componen la materia orgánica. La experiencia dura un instante, porque al abrir la puerta de la calle acechan los atascos y los bandoleros de mano dura, así como los episodios que gritan los todólogos en la radio y la maldita lista de la compra que no conseguimos memorizar. Esas flores de loto que de vez en cuando conseguimos abrir y que, por mucho que se empeñe el príncipe Siddhartha, son imposibles de mantener activas segundo a segundo, hasta sumar el tiempo que uno vive, pueden surgir de las enseñanzas del maestro zen, sí. Pero también de una psicoterapia en condiciones, y aquí ya no existe un maestro. Puede que viva un guía que nos ayude, o puede que sean varios los guías, desde Jung a Proust solo hay un paso que se llama intención literaria. Y ahí, en ese punto medio, se encuentra esta obra magistral de Juan José Becerra (Junín, 1965), que empieza siendo más Proust y termina siendo más Jung, aunque conserve siempre una prosa de una calidad a la altura de, por ejemplo Alejo Carpentier. A diferencia del maestro Carpentier, Becerra sabe que esa calidad de su escritura es un obstáculo para completar una obra extensa, de ahí que apueste su punto fuerte a la distancia del párrafo. Los capítulos son cortos. Y cada vez más sexo y menos otras cosas, cada vez más Jung y menos madalena de Proust.
Debemos decir que en una experiencia psicoanalítica el sexo es fundamental, es imprescindible que salga a la luz. Y a ser posible en la verdadera forma que llevamos dentro: el sexo debería ser, cuando nos dejemos llevar, guarro. La única pega que cabe ponerle a esta obra autobiográfica o piscoanalítica es que los episodios del sexo se repiten. Las cosas más importantes debería bastar con mentarlas una sola vez pero, eso sí, saber cuándo uno se encomienda a ellas para azotar en la espina dorsal del lector.
Por lo demás, nos hallamos frente al viaje de la vida, a la aventura de vivir, desmenuzada, narrada. Al tratarse de una psicoterapia, en la que uno se reconcilia con el relato de su vida, pues es imposible reconciliarse con el pasado, no hay calendario. La literatura de la memoria es, en buena medida, dudar, de ahí esa estructura de viajes en el tiempo de apariencia caprichosa. Por otra parte, cualquiera que se haya puesto a escribir un diario, ha debido darse cuenta de que al narrar destruye lo que fue, porque lo da por finalizado. Esto es lo que he vivido tal día como hoy, o como el hoy de hace treinta años, o con la memoria prestada de mis padres o abuelos, pero el flujo de la vida continua y por tanto esto de lo que estoy dando fe, lo que me ha construido, no certifica nada. La maravillosa impresión que da cada capítulo de esta obra es que lo que narra es vísperas de alguna certeza. Pero a las certezas no llega nunca. En buena medida, no solo se construye a sí mismo, sino que también construye al personaje que da coherencia a su verdad. Tal vez Becerra sea a quien leemos, o tal vez este El espectáculo del tiempo es la obra en marcha de un mitómano: nos presenta a quien ha querido ser.

Ciencia o verdad, psicoterapia o autoficción, Becerra juega con la locura de vivir en el recuerdo. Existe un sistema mitológico de la memoria lleno de peligros. Alguien compra a Becerra con Knausgard en un símil sin sentido: Knausgad se mira al espejo y no cesa de verse. Becerra ve lo que queda detrás de él, otras imágenes que también están en el espejo. Una de las grandes virtudes de este libro es evitar el narcisismo. Y eso que cuenta con todo a su favor para elaborar una obra que impresione. Pero no hay intención de entrar en la didáctica moral. Becerra no huye de sentir lo propio como suyo, pero tampoco se detiene a amplificarlo, a darle volumen. La memoria no es, por tanto, ni un beneficio ni un problema. En realidad, las cualidades de la memoria para sorprendernos de forma agradable o con desasosiego dependen de lo que se le agregue. De ahí que por el tiempo, que viaja de ida y vuelta tantas y tantas veces, viajen razones o sentimientos como el deseo, la dignidad, los principios (que no es lo mismo que las ideas), las ideas, la felicidad y tantas otras cosas. El material con el que trabaja Becerra no son las personas, sino los huecos que dejan las personas, su rastro, el lugar que fue. Y, mientras tanto, escribe un libro que no organiza, pero sí da la apariencia que precisa para que lo expuesto tenga visos de realidad. En la realidad, sin ir más lejos, el tiempo no es una dimensión, es posible que lo hayamos inventado, pero sí existen los momentos. Por eso estas distancias cortas en las que narra, de ahí el vínculo tan estrecho con amar el cine y, sobre todo, la gran literatura.

miércoles, 14 de junio de 2017

MOSAICO DE UNA VIDA

Mosaico de una vida

Claire Nicolas White

Traducción de Mónica Rubio Fernández
Sabina
Madrid, 2017
250 páginas

Que el mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones, es un verso del poeta Jorge Luis Borges que definiría este Mosaico de una vida, con todo el cariño que el libro se merece. Sabiendo que es imposible la autobiografía completa, la precisión como concepto, Claire Nicolas White (Países Bajos, 1925) se propone dictar con una memoria agradecida, aquellos recuerdos que se dibujan mejor entre las tiernas imprecisiones. De ahí nace este libro, amable, escrito en un momento en que entiende que la poesía de la vida puede existir y ha existido: la infancia en el jardín, la amistad ideal de los niños, el descubrimiento pudoroso del amor y otros conceptos de ese estilo, marcan los buenos fantasmas en que se han convertido los recuerdos, o al menos los recuerdos que Nicolas White quiere compartir. Porque en algún momento se intuye lo que debió ser un malestar prolongado, como el síndrome de Ulises, que sufrió durante sus primeros años como inmigrante en Estados Unidos, huyendo de la Segunda Guerra Mundial.
Hija de un padre vidriero, al que observa con cierta distancia, y una madre escultora, su vida infantil está marcada por el deseo de huir, como huyeron los niños de la película Stand by me. Porque al tiempo que convive con la alegría y la enfermedad que no te destroza, se iguala a sus amigas mediante los sueños. Y el de la aventura es el juego natural de la infancia. Sobre todo cuando se vive dentro de una sociedad de falso puritanismo. La huida sucede en tiempos de guerra, pero inmediatamente encuentra su lugar en los otros inmigrantes, en el primer amor y las lealtades y vínculos con nuevas amistades. Será esa tierna imprecisión, la de la amistad, la que marque la vida de Nicolas White, y la sugiera que el planeta Tierra no es un mal sitio donde estar. De ahí que cosechando recuerdos recolecte un mosaico y no unas ruinas. Y eso a pesar de ser consciente de haber vivido en tierra de nadie su momento de transformación, por ejemplo, pero agradecida, por entender que a lo que más se pareció esa tierra de nadie es a la rama de la que se agarra la crisálida. Vuelve a nacer y se encuentra a la mujer adulta, sobrina de Aldous Huxley y, por tanto, viviendo en un ambiente en el que podría considerarse una persona especial. Pero mantiene la sabiduría al considerar que el arte y el intelecto es humano. De ahí que el mundo fuera del mundo en el que participa le parezca loco y feliz.
Su matrimonio y su granja en Long Island, la reconciliación con sus padres ancianos al regresar a Europa, son tiernas imprecisiones que la ayudan a ordenar su memoria, su concepto de vida, amable, abierto, casi agua. Atender a su madre en la vejez, la ayuda a reconocerse, a ser consciente de lo que está a punto de ser y no mirarlo como desdicha. La distancia desde la que observa a su padre, que es la que, identifica, siempre guardó, también es un apoyo para sentirse bien. Porque en buena medida, este libro es una terapia que a Nicolas White le sirve para poner las cosas en su sitio, y a nosotros para entender cuál es la mirada que deberíamos guardar para no sentir amargura. El mosaico rinde cuentas con su marido, pero también, y muy especialmente, con una hija bailarina, una pasión que es un oficio, un trabajo bello que es fruto del sufrimiento. Es frecuente toparse con gente que admiró a sus padres. Es muy complicado conocer a quien admire a sus hijos como seres autónomos. Presumir de ellos, sí, eso está a la orden del día. Pero la sabiduría de saber que vinieron al mundo a través de ti, y no para ti, como hace la madura autora de estas hermosas memorias, es signo de sabiduría. Como ella afirma, todos deberíamos permitirnos que algunos de los nombres que se cruzaron por nuestra vida queden en la historia, pero otros deberíamos permitirles desaparecer en la borrosa textura del pasado.
Fuente: Culturamas

sábado, 6 de mayo de 2017

LA ANALFABETA

La analfabeta
Agota Kristof
Alpha Decay



Fuente: Revista de letras
Son escasísimos los autores cuya lectura nos hace pensar que comenzaron su obra en el año cero de la era literaria. Agota Kristof (Csikvánd, Hungría, 1935 – Neuchâtel, Suiza, 2011), pertenece a esa generación que se ha ido multiplicando, sin orden ni concierto, a lo largo de la historia y del planeta. Autora de una de las más desconocidas obras maestras del siglo XX, El gran cuaderno, obra que continuó hasta completar la trilogía Claus y Lucas, Kristof posee el mejor estilo desnudo de la frase corta, de la pegada larga, esa que deja al lector con resaca. Su estilo se debe, como cabe concluir de esta recopilación de breves apuntes autobiográficos, a que la lengua en la que escribe, el francés, le vino impuesta. Se debe a esa sensación exagerada de no ser dueños de nuestro destino, ni siquiera a la hora de escoger qué libro leer. Lo cual, tal y como desarrolla sus relatos, sin tomar partido, no es ni bueno ni malo. Como comenta Josep María Nadal Suau en el prólogo, el tono en que escribe delata a quién se dirige el escritor. Y en el caso de Kristof, esa elección, que es y no es voluntaria, nos lleva a concluir que se dirige a un vacío que es nuestro. Y, por tanto, si en nosotros hay vacío, tampoco existen las conclusiones morales.

El libro comienza con la infancia, con el despertar intensísimo de los sentidos, con la percepción del mundo que compagina con la perfecta inutilidad de la lectura, porque en ella los sentidos no nos desgarran. Posteriormente incorpora la imaginación, que es un beneplácito como oyente, pero también un arma cargada de crueldad a su disposición. Al llegar a la adolescencia, en un internado, consigue igualar la objetividad desnuda con cierta ferocidad, y el silencio con la escritura; consigue transmitirnos que en los peores momentos, la nostalgia de la memoria es un muro que ciega el futuro. Con la presencia en esos años de la pobreza, Kristof se da cuenta de que la risa es una evasión, pero que en las evasiones no todo es alegría. Para a continuación exponer lo que supuso para ella la primera impresión del exilio, ese cambio de lengua que desconoce si es una pérdida de identidad; suponiendo que la identidad sea la infancia.Pero siempre está presente el miedo como motor que mueve al mundo, por encima de cualquier otra sensación. La anemia de los capítulos así lo corrobora. Como también corrobora su falta de cobardía a la hora de afrontar cada episodio con una objetividad helada: “fiscaliza cada palabra para que nada resulte sentimental, fantasioso o inexacto”, escribe Nadal Suau. Kristof nació en Hungría en 1935 y tras atravesar la Segunda Guerra Mundial y el régimen prosoviético, con apenas veintiún años y ya siendo madre, dejó atrás su patria, que como va dejando expresado a lo largo de este puñado de páginas, se representa en su lengua. De esta manera, queda un poso a ignorancia de identidad en su obra, un deje de agonía sin llanto. No hay raíz, pero tampoco mentira. Todo es puro esqueleto.
La muerte de Stalin sugiere un capítulo en el que a través de la lectura de Thomas Bernhard, uno se pregunta qué clase de vida existe dentro de lo puramente literario. Después cruza la frontera, la tierra de nadie y por tanto una cosecha para el olvido. En su primera etapa como emigrante, las únicas certidumbres que la acompañan son la escritura y la conciencia del desarraigo. Porque aunque las cosas vayan bien en el exilio, este no deja de ser un desierto, y el desierto es el escenario simbólico de la soledad. Hasta que encuentra en la literatura algo que le reconforta, aunque siempre con esa impresión de momento de agonía congelada que existe en todos sus libros, con esa verosimilitud sin lógica y tal vez sin equilibrio ético. La única vía de fuga que hasta ahora había dejado al lector la literatura de Agota Kristof, era la de salir del cuadro para reflexionar que aquello era una ficción de una aspereza onírica. Mientras que ahora, en esta puerta abierta a su vida, ya no cabe esa distancia. Kristof calificó La analfabeta como una serie de redacciones escolares. En esta ocasión, y en contra de lo que viene siendo la educación formal, acudimos a la escuela para aprender.