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lunes, 20 de noviembre de 2017

EL HIJO DEL HÉROE

El hijo del héroe

Karla Suárez

Comba
Madrid, 2017
340 páginas

Si hablamos de fragmentos de vida cotidiana que sólo se vuelven importantes cuando descubrimos que se han ido, hablamos de ti, de mí, de él, de nosotros, de cualquiera que no precise de una esquizofrenia o un cociente intelectual de doscientos para destacar. Hablamos de un profesor de secundaria que tiene una familia, por ejemplo. O un enfermero. Cuidan a su mujer como ella les cuida a ellos y quieren a sus hijos, les riegan, les protegen de las plagas. Hablamos de una literatura que es buena porque no hace daño. Nada de jugar con el lector a un cuadro de Escher entre la estructura de la novela, ni de intentar que la llaga sea más tierna y carnosa que las de otras heridas. No. Hablamos de nosotros y del día en que tuvimos la mala suerte de que llamaran a nuestro padre, un reservista, para que defendiera una causa en el otro lado del mundo. Una causa justa, una causa noble. O al menos no para convertirse en un sicario de las finanzas o del IBEX 35.
Karla Suárez (La Habana, 1969) parte de una familia en la que el padre fallece en Angola, junto con otros militares cubanos, en una lucha en la que solo existe una idea posible de la gente, del desfavorecido. Jamás habrían apuntado a un enfermo, a un anciano, a un mendigo, como hacen los bancos y los accionistas de Monsanto. Esa Cuba sigue siendo una patria en Karla Suárez, pues a pesar de los años que lleva viviendo en Lisboa, no ha perdido el oído de la isla. Siempre imaginamos a la gente de Cuba con un cimiento en el ritmo y otro en la incertidumbre, siempre en una situación a punto de desplomarse y, por tanto, siempre aprendiendo. Como tantas novelas que han salido de ese país, esta es una bildugsroman. Una serie de tipos tan raros como creíbles que descubren el amor, la muerte y la faceta terrible de la muerte que es la desaparición, que viven como si no tuvieran planes y así inventan una memoria. Al menos esa es la sensación que transmite la novela, sobre todo en su primera mitad.
Vivir es tener vínculos con los demás. Uno utilizaría la palabra amor si no hubiera desgastado su sentido arrastrándose entre tanto manual de autoayuda. Pero eso es lo que practican los personajes de esta novela. Quererse. Y así, sabrán que es bonito haber vivido. Por ejemplo, el padre da la sensación de estar cada cierto número de páginas volviendo a marchar a Angola. Y la despedida es triste, pero es amor, es vínculo, es vida. De ahí que nuestro narrador sea crisálida. Sabemos que se transformará. Y en la segunda parte tendrá que demostrar que ha sido capaz de transformarse, cuando sus decisiones sean de adulto, cuando emigre a Lisboa y a Berlín, para acabar siendo alemán casado con una peruana. Esta crisálida tiene que aprender a dejar de vivir todo como si fuera un drama, a través de la desaparición de su padre, hasta el punto que esa emoción le oculta a sí mismo: todos le conocen mejor de lo que se conoce él. Incluido ese amigo autoexiliado en Lisboa, que cometió el crimen de enamorarse de una angoleña siendo soldado. Porque Angola, sí, ha sido un país o una guerra, o un hecho o unos años, que marcaron a Cuba y a su población mucho más de lo que hasta ahora nos habíamos imaginado. Karla Suárez viene para recordárnoslo. Y lo hace con mucha elegancia.

sábado, 20 de mayo de 2017

EL LADO FRÍO DE LA ALMOHADA

La de dolores de cabeza que me trajo en su momento el publicar esta reseña. Lo curioso es que, una vez expuse mi opinión en 'Lateral', otros muchos se sumaron a ella. Contra viento y marea, sigo queriendo, y mucho, a Belén Gopegui. Esta confianza se acrecentó en obras posteriores, como compartiendo el deseo de ser punk.

El lado frío de la almohada

Belén Gopegui

Anagrama
Barcelona, 2004
236 páginas
15 euros

Para mantener el calor de los sueños




Creo recordar que fue Octavio Paz quien ante las imágenes del derribo del muro de Berlín exclamó: “Han caído algunas respuestas; quedan en pie las preguntas”. Seguro  que Belén Gopegui tendría algo serio que responder ante una sentencia que busca contentar tanto a los que creen que es lícito esgrimir el término democracia con el afán de los cruzados invocando a Dios, como a los que no han desesperado en la lucha por la justicia que sembró la filosofía de Marx. Y lo más digno de admiración en Gopegui es que alguien de su contundencia intelectual y su habilidad para la observación de los conflictos personales y mundiales, sea capaz de darse tiempo para reflexionar y exponer, cuando tantos otros en su lugar se arrojarían al cuello de aquellos que los descalifican acusándoles de defender el fracaso. Y lo consigue sin llamar a nadie a engaño, lejos de la bonhomía y de la caridad, pero sin abandonar la ternura; ahí están, para demostrarlo, las reflexiones que pone en boca de un personaje acerca de la tristeza que le producen los que acusan a la globalización de un reparto desigual de la riqueza y piden que los poderosos entreguen parte de su dinero a los necesitados. Al mismo tiempo, Gopegui enfrenta sus razones ideológicas a una voz lírica (recuperando un poco la compostura del narrador de su primera novela) que razona sobre las pulsiones de su vida y la conciencia de su fracaso, recurriendo a unas cartas que llegan a la novela desde el otro lado de la tumba.
Gopegui hace una exhibición de honradez ideológica sin echarnos a la cara fundamentos fáciles, eludiendo los datos con que se argumentan los logros sociales del gobierno cubano, como los referidos al desarrollo sanitario y a la alfabetización. Incluso se niega a mirar al futuro, y no otorga más victoria al caballo por el que apuesta que la posibilidad de que los servicios de inteligencia cubanos engañen –es decir, sean más inteligentes que- a los de Estados Unidos. El único augurio entrevisto es la inevitable pérdida del sueño que fue Cuba bajo la presión del capital que entra a través del turismo. El punto de vista político de Gopegui puede ser discutible, incluso aplastado, con frecuencia, bajo bloques de lugares comunes por la razón que explica Belén:
“-Las tiendas, vacías o llenas, están a la vista. Pero los que sufren se esconden.”
¿Le reprocharemos a Belén Gopegui que desconoce gran parte de la realidad cubana y bla, bla, bla? Creo que no procede por un motivo sencillo: esto es una novela cuya acción tiene lugar en un terreno casi neutral, Madrid, que funciona según el sistema económico neoliberal. Si la autora hubiera pretendido hablar sobre la realidad cubana, no podría haber elegido un escenario menos apropiado: no resulta posible leer tal cosa actuando los personajes sobre las calles de Madrid porque ni siquiera es un lugar opuesto al que le interesa: al fin y al cabo, sus habitantes comparten el idioma con los de Cuba, y es precisamente con el lenguaje con lo que se construye una novela.
Lo primero que se cuenta es que algo huele a prodrido en Madrid: un accidente que encierra un asesinato que encerrará algo más de lo que resulta difícil sospechar a no ser por el carácter melancólico de la protagonista, Laura Bahía. De ella sabemos que tiene veintiocho años, que utiliza su energía para luchar por cambiar el mundo con un idealismo romántico, y que en su pasión amorosa por un hombre maduro se compagina el fuego carnal y la búsqueda de la calidez de otra piel. El otro actor es un estadounidense maduro, espía de espíritu práctico que rehúye toda ideología, que se limita a trabajar para los que le pagan (un país reducido a un grupo de corporaciones pisando fuerte), que se enamora de una mujer más joven como un profesor se enamora de una alumna, y que es tan conservador que no aspira sino a conservar la que considera que es su última adquisición: Laura. A grandes trazos, así es como cabe describir a los personajes. ¿Le reprocharemos a Gopegui el no haber sabido dar unas dimensiones menos comunes a estos personajes? Esta vez sí cabe hacerle el reproche, porque ya sí entramos en lo puramente novelístico. Cualquiera sabe que esa relación sólo puede ser incómoda. Para sortear el riesgo de que el lector caiga en el tedio, Gopegui recurre a uno de sus puntos fuertes: las maniobras con las distancias entre las personas, la catalogación y descripción de los espacios y contactos entre amigos o amantes. En otras ocasiones se deja llevar por lo más evidente en una novela de espías, como la muerte en el portal o la conversación en lo oscuro que sostienen dos espías. A una escritora tan creativa como para imaginar la novela Tocarnos la cara, cabe exigirle más personalidad.
Al tiempo que se narra la historia de amor supuestamente desesperada, se va desplegando, aquí y allá, la trama de una intriga, como si no diera mucho de sí y se hubiera decidido reservar la emoción para las cincuenta últimas páginas. Ni la historia de amor ni la trama de intriga consiguen que el lector despegue de su asiento. Algo no parece estar trabajado con el rigor con que Gopegui construyó y escribió La conquista del aire, su novela más compacta. El interés prestado a lo político obvia el formato narrativo que debe tener la novela. Algunos pasajes parecen estar redactados sin la atención debida, como ciertas transiciones en que el personaje está aquí y de pronto está allí, como si en una película un paso del tiempo que requiere un encadenado estuviera resuelto con un cambio de plano. Otros defectos de la prosa nos hacen pensar que al texto no le hubiera venido mal una revisión. Odio tener que apuntar estas cosas, pero encuentro que una frase como “rompieron el hielo muy despacio, como si sólo tuvieran para romperlo cosas romas, caramelos, bufandas, gomas de borrar” (p.33), aturde nuestro entendimiento si tenemos en cuenta que ni siquiera metafóricamente se puede romper el hielo con una bufanda, y que esta ruptura es también una metáfora; me resulta complicado entender qué lleva a la asociación “El whisky era la melancolía, pensó Laura, como salir a la calle y saber que no la habían seguido”(p.35); ante el enunciado “Arrieta unió en un segundo la mirada al espejo derecho y a Hull” (p.79), el lector recurre a reconstruirla para descifrarla; en esa misma página la palabra esperabilidad es un bache en la fluidez de la prosa, como algunas rimas involuntarias, cacofónicas, y un puñado más de errores que se pueden censurar en una escritora de la que conocemos sus virtudes manejando formas literarias. Aunque estos tropezones no son fundamentales en la sustancia de la novela, no dejan de estorbar. Puede que hubiera merecido la pena esperar un par de meses antes de presentar una novela en la que la textura nos impide saborear su consistencia. Para cerciorarse acaso merezca la pena volver a leer la novela de Belén. Claro que quizá merezca más la pena volver a leer alguna de sus excelentes obras anteriores.

miércoles, 17 de mayo de 2017

CUBA EN EL CORAZÓN

No tuve tiempo de despedirme de Manuel Talens. Buen escritor, mejor amigo.

Hasta los días de mi vida
Un comentario sobre el libro Cuba en el corazón, de Manuel Talens



Por Ricardo Martínez Llorca


Que la imparcialidad es un mito burgués no es sólo una afirmación que esgrima el propio Manuel Talens para justificar el tono de este libro, se trata, además, de una certeza que le ha venido acompañando desde que comenzó su obra literaria, una valoración que ha plasmado en todos sus libros hasta alcanzar su máxima cota en esa novela militante titulada La cinta de Moebius, una obra que pretende despertar al lector, recordarle que tanto los Reyes Magos como El Ratoncito Pérez son los padres, aunque los padres no terminen de creérselo.
En esa línea está este ensayo, cuyo título obedece al mismo impulso que le empujó a escribirlo, esas razones del corazón que la razón no entiende. Ni falta que hace. De ahí esa pasión que no oculta, pero que, como el gran escritor que es, la contiene con un estilo limpio, el mismo que ha ido depurando a lo largo de su obra, en el que las frases nos resultan transparentes, pues considera que nada resulta más digno que elaborar un texto intelectual que pueda ser comprendido por todos.
Este ensayo se compone de siete capítulos, dedicados a la serie de siete DVD reunidos bajo el título Cuba: caminos de la revolución, preparados por el Instituto Cubano del Arte e Industria. Cada capítulo contiene una descripción y una valoración de un documental y de sus extras. Aparentemente, el lector se encontrará con unos textos a mitad de camino de la divulgación y la crítica narrativa, pues, a fin de cuentas, la diégesis de un documental también debe funcionar como artefacto narrativo, algo de lo que es muy consciente Manuel Talens en sus comentarios. Y aquí podría terminarse la glosa acerca de la obra, de no ser porque las virtudes de Talens como escritor rezuman de las páginas al resultarle inevitable expresar su compromiso con la literatura, que en su caso no sustituye a la vida, pues, parece considerar, vienen a ser lo mismo.
De ahí que en el primer capítulo, el dedicado a la figura de Che Guevara, detrás de los pormenores y parabienes que destaca en los documentales sobre el personaje, esté algo tan humano como el lamento por no haber conocido a la persona, por no haber trasnochado junto a él o viajado por la misma carretera, ni haber contemplado juntos una puesta de sol mientras liabas el último cigarrillo del día.
En el comentario sobre el documental titulado Antes del 59, en el que se maldice la desfachatez de los gobernantes de Estados Unidos, su demagogia, su ambición y su incultura, sobrevuela la sensación de que la Revolución ha sido el resquicio abierto por el que entra la balsámica brisa de aire fresco. Parecido planteamiento subyace en la interpretación de Los 4 años que estremecieron al mundo, si bien en este caso lo que se pretende transmitir no es la sensación de un alivio, sino la de la fortaleza, el valor de enfrentarse con reformas sociales, agrarias o educativas a la política militar del agresor, de un enemigo que es Goliat armado con la honda de David.
Por el contrario, al hablar sobre Una isla en la corriente, el apartado en el que se trata el asunto de los balseros y la emigración hacia Estados Unidos, Talens se dedica a reivindicar el pensamiento activo, algo que no es muy distinto de la inteligencia; sin recurrir a medios de información alternativos, limitándose a estudiar los mensajes de propaganda, una mente crítica percibe que los mensajes que nos transmiten no se sostienen, que pretenden engañarnos por el burdo sistema del bombardeo, pues es imposible ser hospitalario con las puertas cerradas.
A continuación se revisa la relación que la Revolución ha tenido con la cultura, el arte y sus agentes, analizando el documental Entre el arte y la cultura, y, sin rabia, Talens maldice la visión burguesa del arte por el arte, la que no deja el poso humano en la condición del hombre, y todo el mundo es hombre, todos los que configuran el pueblo son humanos y poseen espíritu.
Antes de terminar el libro con una apología de la figura de Fidel Castro, el hombre que pese a dirigir un país sabe que el mundo es uno y para salvarlo hay que concebirlo como tal, Talens se detiene en las estrategias solidarias del régimen cubano, incitando al pensamiento del lector a comparar esas fórmulas geopolíticas humanitarias con la labor de nuestros gobiernos y tantas ONGs que existen únicamente para que algunos comisionistas reciban dinero.
Este libro nos reconcilia, definitivamente, con la utopía, con esa idea que tanta gente da por muerta porque ignoran que no es que sea imposible, sino que alguien se empeña en trabarla, en partirle las piernas. Y ya está bien, coño.

Cuba en el corazón
Manuel Talens
Alcalá Grupo Editorial

130 páginas