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domingo, 11 de febrero de 2018

MANHATTAN 45


Manhattan 45
Jan Morris
Traducción de Esther Cruz
Gallo Nero
Madrid, 2016
268 páginas

Hace apenas unos meses que leíamos el extraordinario viaje de Jan Morris (1926) acompañando a la expedición que culminaría la primera ascensión al Everest. Entonces Jan Morris era un muchacho con unas dotes extraordinarias para la escritura, que pensaba consagrarse a la crónica periodística, porque el periodismo, al parecer, o era crónica o generaba artículos que solo servían para envolver pescado. Pero Jan Morris fue mucho más allá que eso, sin cubrir ninguna otra hazaña en el Himalaya, pero sí en su vida. Cambió de sexo y su visión romántica, que en La coronación del Everest necesitaba expresarse en una inmediata primera persona, pasó a ser la de la reconstrucción de una memoria colectiva, a ser posible lírica. Venecia, Londres, París, Berlín… ciudades en las que buscar la fecha exacta en que destacaran por su romanticismo. Ese era su objetivo como viajera: indagar en el alma, olfatear en el aire hasta encontrar el humo de memoria de las ciudades.
Hoy es el turno de Manhattan. Y aunque sus viajes a la hecatombe neurótica del ombligo del mundo tuvieran lugar en las décadas de los setenta y de los ochenta, lo que ella quería reconocer era el espíritu de 1945, cuando el Queen Mary atracó en los muelles de Nueva York para que desembarcaran miles de soldados en su Homeward Bound, supervivientes de lo peor que ha dado la humanidad en la historia. Los esperaban las novias con sus primeras minifaldas, los buggy- buggy en locales nocturnos, los rascacielos asumidos como expresión de un país, con su Skyline tan característico; la cafetera cultural a punto de estallar, una economía disparada por su expansión mundial, mucha excitación y una gloria anónima, que es un oxímoron, sí, pero refleja la memoria de los vencedores tomados uno a uno.
La visión de la ciudad no será solamente la de una urbanización y unos edificios. Jan Morris no teme responder a preguntas sobre los estratos sociales o las diferencias de raza, sobre la industria y los efectos de eso que llamamos progreso, cuando queremos decir confort, sobre el hedonismo o sobre lo que existe detrás de cada puerta de un comercio. Manhattan, epítome de Nueva York y en buena medida de la costa este de Estados Unidos, estaba en transformación, y lo siguió estando durante los años que transcurrieron entre 1945 y la escritura de este libro. Pero no todos los cambios han sido iguales. Años después, para una nueva edición de Manhattan 1945, Jan Morris preparó una breve introducción, que no eluden los editores de Gallo Nero:

 Este libro ofrece una descripción de la ciudad-isla de Man­hattan en el ápice de su esplendor y ahora, más de medio siglo después, viene acompañado por la tristeza. En 1945, en un mun­do tan recientemente devastado y empobrecido por la guerra, los neoyorquinos se veían a sí mismos como habitantes únicos y afortunados de una ciudad que se alzaba, sin lugar a duda, en la brillante cumbre de la civilización occidental. Era inmensa­mente rica, estaba llena de gente con talento, tenía poder, era divertida y era, además, el talismán de una nación que podía ha­cer cualquier cosa.
Desde entonces, el estatus de Nueva York en el mundo ha decaído. Los Estados Unidos de América ya no son la única su­perpotencia del planeta, y la isla de Manhattan ya no es única en su brillo y en su orgullo. En 2001, varios extranjeros hostiles estrellaron deliberadamente unos aviones contra sus edificios más altos, matando con ello a miles de ciudadanos. Para la ciu­dad, esto no supuso solo una tragedia, sino también una humi­llación. Por desgracia, probablemente sea acertado decir que el espíritu cívico nunca ha vuelto a ser tan boyante después de eso, mientras que las torres gemelas del World Trade Center —los dos edificios más altos del mundo en otros tiempos— han que­dado superadas por estructuras superiores en ciudades menores y lejanas.

Así pues, este libro, pese a que albergo la esperanza de que transmita con su aroma, y como es debido, el estilo exuberante de la Manhattan de 1945, tiene un irremediable tono elegíaco: todos sabemos lo que habría de ocurrirle a la ciudad. No obs­tante, a estas alturas, Manhattan ha recuperado ya gran parte de su serenidad, y también gran parte de su alegría. Quiero pensar que aquellos de entre nosotros que amamos este viejo y mag­nífico lugar tanto en su orgullo como en su patetismo, cuando leamos sobre el carácter de una Manhattan no tan lejana en el tiempo, tendremos la sensación de estar leyendo sobre su per­sonalidad actual.
Jan Morris
2011

Fuente: Culturamas