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martes, 13 de febrero de 2018

MEMORIAS DEL MATO GROSSO


Memorias del Mato Grosso

Mónica Sánchez Lázaro

Premio Grandes Viajeros 2004
Ediciones B
Barcelona, 2004
254 páginas
16,50 euros



Resultaría muy sencillo censurar este libro centrándose en criterios literarios formales: la redacción parece apresurada, con limitados recursos de léxico, repeticiones de palabras, rimas involuntarias; la autora brega mucho, y eso se nota, a la hora de trenzar las historias secundarias que dan forma a un libro de viajes; las opiniones expuestas, y tal y como vienen expresadas, no dejan de ser tópicos bondadosos; los personajes aparecen bien descritos, con un solo rasgo que no se destaca por casualidad, pero no dejan de representar arquetipos; las denuncias que plantea quedan meramente enunciadas, sin que la descripción nos azote el entendimiento... En resumen, Sánchez Lázaro es una escritora joven, y eso se deja ver demasiado. A medida que uno lee este texto, no puede por menos que cuestionarse cuánto tiempo habrá tardado en escribir las doscientas cincuenta páginas, una distancia que se le queda bastante larga. Esta muchacha ha empezado una carrera de fondo acelerando. Pero, eso sí, cabe desearla que llegue hasta el final, porque a la hora de la verdad lo que ha hecho, lo que está haciendo, es algo mucho más sobresaliente que la literatura, o que la defensa de la literatura por la literatura. Nada importa aquí, salvo dar voz a los que no la tienen, y esta debería ser la misión privilegiada del que puede gritar un poco, ocasión que ella tiene catapultada por este premio.
Memorias del Mato Grosso pertenece a ese subgénero dentro de los libros de viajes que es el del narrador solitario e inmóvil, y cuyo ejemplo más representativo es Memorias de África, el hermoso libro de Isak Dinesen. En este caso Sánchez Lázaro, agnósitca convencida, se detiene en el corazón de Brasil, en una ciudad que, tal y como aparece representada, no deja de ser una aldea, para trabajar en la digitalización del archivo del obispo Pedro Casaldáliga, una labor que no deja de ser paradójica dentro de un viaje al mundo rural, al encuentro de la naturaleza, y también de la naturaleza humana. Allí convive con ese tipo de personas que, a juicio del conformista acomodado, pretenden vaciar el océano con un cubo, y que en este caso están vinculadas a la Teología de la Liberación (un término que cobra especial sentido si uno piensa en su contrario: teología de la opresión), aunque su faceta religiosa no es fundamental, pues igualmente consagrarían su vida a la justicia social aunque fueran ateos; pero, eso sí, todos ellos poseen un núcleo de espiritualidad muy poético, juvenil y rebelde. Y cabe diferenciar aquí estos tres adjetivos porque en los tiempos que corren han dejado de ser sinónimos. En esta tierra, que ella escoge como su patria porque si uno no puede seleccionar su patria, es decir, su vida, entonces no le queda nada más que la resignación, seres rocosos gracias a la fe en su lucha mantienen la dignidad del ser humano frente a la colonización neoliberal que se les avecina dispuesta a condenarles a la pobreza, frente a la amenaza del monocultivo y la deforestación.
La verdad es que aun seguimos necesitando gente que crea, como Sánchez Lázaro, que existen personas buenas y que merecen protagonizar un libro. Y dado que nos resulta imposible viajar hasta donde están ellas, nunca está de más que alguien nos traiga lugares así mediante la literatura, lo cual, a fin de cuentas, es mucho más vital que tonterías de otra raza tan a la orden del día como novelas infantiles de quinientas páginas o falsas hagiografías metaliterarias perfectamente redactadas.
Se la acusará de candorosa, de utópica, y de mandangas por el estilo, por gente a la que sólo cabe responderle que si conoce lo que está sucediendo, como así debe ser habiendo leído el libro, y ni siquiera se molesta en enfadarse, entonces ¿de qué lado está?

Fuente: Culturas/Tribuna