Geografía
escrita
Álex
Chico
Candaya
Barcelona,
2026
292
páginas
Todo
comienza, y todo va a seguir sin resolverse, con el mito que supone intentar
separar al turista del viajero. La definición ha ido cambiando, pero uno se siente
tentado a decir que ante una figura como Marco Polo, todos somos turistas. Tal
vez turistas sofisticados, en régimen de viaje barato, casual, pero turistas,
al fin y al cabo. Aunque si la diferencia está en los sentimientos, es posible
que el viajero sea aquel que cuando regresa prefiere que la gente piense que ha
estado tocando el piano en un burdel antes que recorriendo el mundo. Relatar el
viaje supone reconocer errores. Pero los errores son algo muy personal, como también
son personales las causas que uno defiende. De lo que se trata es de no
confundir la sensación de que te perforaba el estómago aquella comida en un
mercado de Bombay con una crisis económica mundial. Viajar implica hacerte
pequeño, no dar lecciones a nadie, y una cierta conciencia de antihéroe que no
te va a permitir presumir ni del viaje ni de la conciencia. Viajar debería ser
lo más parecido a desaparecer que pudiéramos lograr sin saltar al otro lado de
la tumba. En el viaje ni siquiera va uno a administrar la derrota, así pues, lo
que no hace el viajero es considerar su desplazamiento como una victoria. Para
hablar de lo que sabe, piensa el viajero, ya habrá tiempo, porque recorrer
mundo supone no terminar nunca un doctorado.
Estas
reflexiones vienen a cuento de la lectura de Geografía escrita, la
recopilación de artículos de Álex Chico (Plasencia, 1980) que con acierto
publica Candaya. Chico parece muy consciente de cuál es la posición del
viajero, la de la persona que desearía desaparecer, no estar presente, pero no
dejar de caminar por un planeta que tiene tantísimas cosas buenas que ofrecer.
Se llama aprendizaje, espíritu de aprendizaje, y Chico hace una buena
demostración de en qué consiste, sin dejar de atender a sus puntos fuertes como
lector de literatura y de parajes: es una personalidad inquieta. «Los nexos
entre lo que está fuera y lo que permanece dentro», es el leitmotiv del
autor, que va descubriendo despacito lo que es, lo que va siendo y lo que
habría podido ser de haber girado por la calle anterior. Reflexivo, sensato,
con el punto justo de presunción para no imponer sus pareceres, que quedarán
flotando como dudas, Chico va construyendo un mundo particular en el que lo
importante es que todo esté bien escrito, y con ello no nos referimos solo al
texto en sí: ojalá todo esto tenga sentido.
Cuando
pasa por Tánger recuerda las palabras de Eduardo Jordá (otro gran viajero y mejor
escritor): «patria moral que se han buscado todos aquellos que jamás podrán
tener una patria», antes de calificar a la ciudad como el lugar donde desearía
encontrarse. Ese lugar es, en cada capítulo, el lugar donde se encuentra —La
Paz, Berlín, Lisboa, su natal Plasencia—. En el capítulo dedicado a Lisboa
comienza diciendo: «Cualquier escritura corre este riesgo: el de no acceder al
objeto que designa, porque es imposible captar la avasalladora plenitud del
otro». De eso se trata. A la hora de reflejar el viaje uno debe ser consciente
de sus limitaciones y de las limitaciones del lenguaje. Así es como Chico
construye este yo desde el que nos habla, un yo que necesita para recordar que
ha viajado, aunque es, por otra parte, alguien con el que debatir si uno no
debería desprenderse de él a la hora de retratar el viaje. Por todas estas ideas
que brotan durante la lectura, Geografía escrita es un libro que se merece la
mejor de las suertes.

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