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jueves, 19 de julio de 2018

HASTA LA FRONTERA DE MI SUEÑO (1)

Aparición el 24 de septiembre.
Apenas dentro de unas semanas...



Nueva novela de Ricardo Martínez Llorca, en donde el joven protagonista afianza su personalidad un verano en que descubre el alpinismo, la amistad y la lealtad.

Ilustrador:
Javi Gandaki

Novela de construcción de personalidad en la que el protagonista y narrador rememora un verano que pasó en compañía del mayor de sus primos, Adán, un guía de montaña, y de Bravo, el mejor amigo de Adán. Descubrimiento de la pasión por la montaña desde la enfermedad que dificulta los movimientos, pero también de la amistad y la lealtad, al tiempo que se desmitifica la familia. La novela se sostiene sobre la arrolladora y lírica personalidad de un narrador que impone una ley que empuja al lector dentro del texto; una novela con un tema de fondo: cómo construimos la dignidad.



MI DEUDA CON EL PARAÍSO (1)

A partir de octubre en librerías


Luis Amadeo de Saboya, Duque de los Abruzos, es uno de los grandes representantes de la generación de exploradores que ampliaron el espectro de la belleza del mundo, junto con hombres como Nansen, T. E. Lawrence o Mummery. El Duque de los Abruzos, hijo de Amadeo I de Saboya, por un breve periodo rey de España, tuvo una vida intensa donde la aventura y los ideales siempre estuvieron presentes. En 1909 intentó la segunda montaña más alta del mundo, el K2. No consiguieron llegar a la cima, pero aquella aventura fue el trabajo de exploración más importante llevado a cabo hasta entonces en el Karakorum, batiendo un récord de altitud que se mantuvo hasta las expediciones de Mallory al Everest en los años veinte. Como afirma Sebastián Álvaro, en su interesante texto sobre el Duque que completa esta novela, para este gran alpinista y explorador «… nada va a ser un obstáculo que no pueda vencerse con una mezcla de inteligencia, trabajo y audacia. Mar y montaña, regiones polares y tierras tropicales, exploración, ciencia y alpinismo, todo va a caber dentro de la organizada cabeza de Luis de Saboya».


Mi deuda con el paraíso es una novela que reproduce su última expedición africana, el único motivo por el que podría abandonar su proyecto altruista en Somalia, donde consiguió hacer crecer arroz en terrenos baldíos para alimentar a miles de personas. Narrada por quien fue su ayuda de cámara, que rememora los hechos ochenta años después, agonizando en una pensión de Madrid, intercala la ficción con la biografía del Duque y la representación de toda una época histórica. Es una obra de intriga, de desamor, de aventuras y del crepúsculo. Un lamento por un mundo al que ya no conoceremos virgen a no ser a través de homenajes a estos héroes de los confines del planeta.

http://www.edicionesdesnivel.com/libros/mi-deuda-con-el-paraiso/9788498294330/





DESENCUENTROS


Desencuentros
Edmundo Paz Soldán
Páginas de espuma
Madrid, 2018
248 páginas

La prueba de fuego que supone recuperar los primeros textos de un autor es un riesgo al que merece la pena someterse, aunque sea para recibir reproches. De este rescate de los dos primeros volúmenes de relatos de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967) se podría hablar en términos que nos llevan a engaño. Por ejemplo, la prioridad del ingenio frente a otras de vertientes de la inteligencia. Pero a medida que uno avanza en la lectura, el ingenio se aparta en la mente del lector y aparece con fuerza la capacidad de observación. Sobre la escritura no diremos nada: es sencillamente exacta.
Los primeros relatos, muy breves, son un compendio de recursos expuestos de forma enumerada: la prosa poética, el enunciado del titular de un periódico, el recuerdo autocompasivo de la infancia, las noticias frente a lo cotidiano, la sorpresa de la frase final, el ajedrez, una fiesta coral, la espera, encuentros, más encuentros, desencuentros, sadismo y fantasía, guiños históricos y guiños al realismo sucio, farsas, el voyeur, misterios y paranoias, el destino… El destino, que será la obsesión que se quedará instalada en el mundo literario de Paz Soldán, regido por la lógica de la sucesión de las palabras y sus significados, que no es la misma que la de la realidad y sus hechos.
De ahí pasará al análisis de las parejas: amantes, traiciones, venganzas, idilios, consuelos, ausencias, desamor, promesas, trampas o ilusiones. Y también a lo metaliterario o a lo literario como tema de los cuentos: divertimentos sobre la escritura, significados, derivaciones, fantasías, influencias, consecuencias, versiones, mentiras, bibliotecas, críticos, ambiciones, exhibiciones, la lectura y la interpretación y algún etcétera más o menos largo. Todo esto compone el primero de los volúmenes, Las máscaras de la nada, que es en el que se va fraguando el siguiente, Desapariciones, en el que el corte de los cuentos no es tan sesgado, aunque solo sea debido a la extensión. Incluye cuentos de un solo párrafo, pero también algunos de corte más clásico, con su presentación, trama y desenlace. Una de las primeras ideas que nos damos cuenta que está presente es el reconocimiento de la influencia de ciertos autores: Borges, Poe, W.W. Jacobs, Donoso, Onetti, Faulkner y en algún momento nos preguntamos si incluso Ovidio.
Luego vamos viendo que lo que se nos oculta de los sucesos no es debido a la demostración de ingenio, sino a la parcialidad que podemos presenciar de la narración. ¿Por qué se apaga la luz?, es una pregunta que se nos viene a la cabeza cuando la luz se apaga y cuya respuesta no se resuelve en los párrafos del relato. A la par que el misterio, Paz Soldán entra en la complejidad de las relaciones humanas y se pregunta en qué momento la vida pasa a ser simulación. Ese es el tema de este conjunto de relatos, que en ocasiones toman la forma de fábulas contemporáneas, de versiones de la literatura que dejan al lector la libertad de interpretar, de ser dueño del texto, con lo cual lo que consigue es que cada uno de sus relatos se multiplique. Eso es algo que solo se proponen los que conocen a fondo la literatura. Eso y la obsesión por el destino, que no es exclusivo de lo literario, componen este mundo de desencuentros que recupera con acierto Páginas de espuma.

miércoles, 18 de julio de 2018

SALSA


Salsa
Clara Obligado
Entreambos
Barcelona, 2018
235 páginas

“Nada de comprometer los sentimientos: aflojar la tensión, expandir los pulmones, estirar los músculos, las vértebras, liberarse de la agresividad acumulada durante semanas, durante meses, durante siglos”. Claro que el narrador se refiere al sexo, pero igualmente serviría para cualquier otra tentación, para los siete pecados capitales. Muchos de ellos reflejados en un baile sensual, como lo son los que vienen del Caribe. Ese es el nexo de este libro de historias cruzadas en el que la fragmentación se compensa con la música, con el cuidado que se pone en el sonido de las palabras. El baile es el factor común en una ciudad, Madrid, de la que conocemos su parte más cosmopolita. Los protagonistas vienen de Guinea y se hacen pasar por cubanos, o de Argentina y su terapia es la huida y la escritura para salir del mazazo de la infidelidad del marido, o de Venezuela y se hacen llamar Jamaica, o de Grecia, la República Checa o son de origen judíos y polacos. Entre ellos, flota algún nacional en un mundo que se reúne en un bar nocturno donde se imparten clases de salsa.
El tema del libro podría ser el mestizaje. Sin embargo, tal y como lo leemos la sensación que da es que este es más una brega que algo actual. O está todavía sin brotar o resulta que seguimos sin hallar la fórmula que nos permita mezclar el agua y el aceite. Que un bebé nazca blanco, cuando la madre ha mantenido relaciones con más de una persona, es un alivio. Al menos es un alivio social. Se evitará tener que responder a preguntas, la incomodidad de las presiones de las miradas. Que la madre y la hija deseen a la misma persona, es algo que debe llevarse en las sombras. Al igual que en estos dos ejemplos, todo en el libro hace referencia al sexo, sin exponer el sexo de manera explícita. Porque no existen relaciones sin esa tensión. Porque todo el mundo, y algunos de manera concluyente, sobre todo a partir de cierta edad, quieren resultar atractivos. Y el atractivo se puede conseguir mediante cirugía, la risa o saber bailar salsa, unos movimientos que prenden fuego en el compañero de baile.
Aunque el local nocturno en el que se reúnen representa, por otra parte, cierta decadencia. La mayor parte de esta novela coral sucede fuera de él y dentro de la cabeza de cada uno de los protagonistas, saltando de uno a otro en un juego que propone al lector una actividad semejante a componer un puzle con piezas del tiempo. Así, durante la primera mitad del libro Clara Obligado pone las piezas sobre el tablero, antes de narrar su pasado. Es entonces cuando conocemos los submundos de los que proceden, de los que no pueden desprenderse, esos que los condicionan tanto como para no ser dueños de su propio destino. Será esa sucesión de decisiones las que nos mantengan atentos durante la lectura, unas decisiones que bien podrían ser las que están tomando, ahora mismo, nuestros amigos.

lunes, 16 de julio de 2018

OESTE


Oeste
Carys Davies
Traducción de Lorenzo Luengo
Destino
Barcelona, 2018
189 páginas

La rosa de los vientos sigue definiendo la suerte de los viajes. Si mencionamos todos los viajes al sur, sabemos qué tipo de felicidad, aunque sea pasajera, confiamos en hallar. Esto es solo un ejemplo, como lo es el viaje al oeste. La historia ha querido que un continente signifique el viaje al oeste, América, y aun dentro de ese continente, por las reglas del imperio, el viaje al oeste venga marcado por las Montañas Rocosas. Y también por una época, la que se corresponde a la conquista de un territorio de promesas para quienes ya estaban marginados en Washington o Boston. La colonización del norte de América ha dado pie a una mitología que ya forma parte de nuestra cultura con tanto significado como las leyendas griegas. El enfrentamiento entre Path Garreth y Billy el niño es comparable a la historia de Orfeo y Eurídice, que en un momento del libro menciona la propia autora, Carys Davies.
Consciente de las leyendas, Davies construye una fábula que prefiere dejar en los huesos para que alguien, tal vez el lector, tal vez la propia autora, tal vez un cineasta, se permita ampliarla. Fuera de todo ornamento, se nos refleja el periplo de un hombre que se despide de su familia para internarse en el Oeste americano, acompañado por un adolescente indio con quien se entiende por señas, a la búsqueda de algo así como un monstruo. El nombre de la bestia no se menciona, pero las referencias y el bosque nos remiten al Sasquatch, al monstruo mítico de las Rocosas, conocido como Big Foot, primo del Yeti. El joven confía en que el hallazgo de la bestia le suponga la suficiente fama como para pasar a la historia y que a su familia, a su mujer y a su hija púber, no les vuelva a faltar nada.
Nos enfrentamos a una novela de pocos personajes y sin apenas diálogos, con acciones paralelas en las que se sucede la supervivencia y el crecimiento de la hija. De esta segunda situación apenas cabe comentar todo lo que significa el trance de la edad y un costumbrismo rural que ya nos resulta familiar gracias al cine. Más interesante resulta el realismo de la supervivencia, lejos de cualquier manera de romanticismo, tan desnudo que deja al personaje que interpreta Leonardo di Caprio en El renacido en una caricatura. Con apenas unos botones y unos retales para intercambiar con los indios, resulta que la región en la que se interna está deshabitada y los inviernos suponen la muerte. A no ser que uno sepa mantenerse inerte, algo ajeno a los humanos. El empeño en su empresa no le permite estarse quieto y el protagonista va perdiendo vigor, pero no voluntad. Su vínculo con el exterior pasa por un comerciante, última forma de civilización, que debería enviar las cartas que escribe a la familia. Pero en el mundo de los solitarios, donde no llegan las leyes, se impone el egoísmo como forma real de sobrevivir. Los demás son obstáculos si suponen esfuerzos sin recompensa. Entre este Oeste y Las aventuras de Jeremiah Johnson, la película protagonizada por Robert Redford (de nuevo intervienen las referencias al cine), deberían existir puntos en común. Sin embargo, Oeste es el esqueleto de un drama. Narrado con una pulcritud que da envidia, nos reconcilia con la idea de que la narrativa todavía tiene mucho que aportar a una mitología que sigue en marcha.

FANTASMAS DE LA CIUDAD


Fantasmas de la ciudad
Aitor Romero Ortega
Candaya
Barcelona, 2018
234 páginas

La tentación es muy grande: se llama Bolaño o Vila Matas. Es lo que corresponde, seguramente, a los jóvenes escritores, como en su momento todos intentaron imitar a Borges o, en un espectro mundial, a Kafka. Así pues, lo mejor es ser sincero. Y Aitor Romero Ortega (Barcelona, 1985) lo es desde el primer relato, una serie de confesiones en las que expone su proyecto sin cortapisas. Es todo un aprendizaje, sí, y tras leer esa introducción falta por comprobar si existe una voz propia. Pero, digámoslo a quemarropa, para disfrutar de la literatura no es imprescindible que el autor demuestre ser único. El propio Borges y el propio Vila Matas han hablado de sus obras en construcción permanente, siempre afectadas por lo que iban aprendiendo de su entorno, que en buena medida estaba construido por libros. En ese sentido, sustituían la literatura basada en lo real por la literatura cimentada en la literatura. Romero Ortega retoma lo real con lo literario por bandera.
En un primer relato se nos presenta una situación kafkiana: varias personas son sometidas a una espera interminable y sin razón en un aeropuerto. Kafka era el rey en construir relatos basados en la postergación de un hecho que jamás llegaba a suceder. Pero, ¿cómo serían esos cuentos si tuviera un fin, aunque ignoráramos desde dónde ha llegado la resolución? Romero Ortega escribe cómodamente, con una prosa certera, sin cometer errores y con el suficiente atractivo como para no entorpecer la lectura. Así es como nos lleva de la mano a la hora de intentar solventar aquello que el propio Kafka no se atrevió a definir.
En los cuentos, algunos de ellos lo bastante largos como para que los podamos considerar novelas breves, está presente el viaje. Está presente la huida y la juventud. Es decir, la confrontación entre los sueños individuales y la realidad multitudinaria. Todo ello en ciudades de sobra conocidas, que permiten al lector vagar por ellas con los personajes: Madrid, Barcelona, Roma, incluso Mostar, de sobra conocida por la intervención española en ese enclave durante la guerra de los Balcanes. A nadie se le escapa la imagen del puente de Mostar, al que se refiere en el cuento que cierra el libro, en el que un hombre adulto, lo bastante adulto como para ser profesor universitario, y una chica lo bastante joven como para estar preparando su tesis, viajan a Croacia para fotografiar puentes y estudiar historia. Al fin y al cabo, la historia de Europa se ha escrito en esa región, que ha sido puente por el que han cruzado imperios y culturas en una y otra dirección. El relato muestra en acciones paralelas el viaje y el inicio del romance. Es el que tiene una estructura menos redonda del libro, donde se rompe la estructura segura del relato como texto cerrado, completo.
Previamente, Romero Ortega ha explorado la bohemia o el síndrome de Ulises, los itinerarios grandes y el cine gore, el crowfunding y los amantes de lo gótico, todo ello dentro de una relación imposible. O la escritura de un diario para comunicarse con el padre, con el recuerdo del padre, recurriendo de nuevo a otro de los lugares comunes en el que los escritores se han refugiado en algún momento de su carrera: El oficio de vivir, de Cesare Pavese, una lectura que impresiona mucho durante la juventud. También habla sobre viajes temporales, sobre envejecer, sobre la transición a otro tipo de vida, algo que uno llama hacerse adulto pero que puede entenderse como decadencia. Y siempre con personalidades en fuga, entre las que está Bob Dylan, sí, el premio Nobel de literatura en una fantasía metaliteraria, ofreciendo consuelo a las caricaturas de los viajeros, a gente que tiene dificultades para gustarse a sí mismos. Y el relato que es casi un monólogo interior sobre el escritor que justifica su pereza con algo que uno no sabe si es vanidad o complejo. En cualquier caso, destroza la libertad del ideal del escritor y nos lo presenta como alguien más atado a servidumbres, como un esclavo más del sistema social. Lo más sorprendente de este libro es esa serie de planteamientos que fluyen por la cabeza del autor. Estaremos muy atentos a su trayectoria.

viernes, 13 de julio de 2018

IRSE


Irse
Esmeralda Berbel
Comba
Santander, 2018
185 páginas

El miedo a la soledad tal vez sea el factor común a los diarios. Más o menos escondido, más o menos expresado con más o menos intensidad, está latente, pues quien vive sabiendo que va a disfrutar siempre de la amistad, quien vive ocupado a través de los seres queridos, en raras ocasiones se propone escribir un diario. Diarios de seres felices son una rara avis. Irse no es una excepción y cuenta con la ventaja de la confesión por parte de Esmeralda Berbel (Badalona, 1961) de esas intenciones, de la escritura concebida aquí como terapia: “Tocar la dimensión de las dos partes, que la que escribe se encuentre con la que no escribe”, toma la iniciativa para expresarlo. Pero también lo enuncia a través de otros autores: “Como dice Clarice Lispector, ocurre que estoy cansada. Y así cierra el cuento”. En incluso algo de ello se puede reconocer en las escasas ocasiones en que nos refleja de una forma algo objetiva lo que está viviendo:
“¿Es ficción la poesía?, me pregunta una alumna.
“Sí.
“No lo creo, dice”.
¿Se puede resumir mejor la ambigua incertidumbre de la escritura como terapia? Si la poesía no sabemos si sirve para reflejar realidad o ficción, entonces nada que escribamos posee el don de la certeza. Todo es un reflejo de la incomodidad de vivir, expresado de forma más o menos lírica o más o menos narrativa. En Irse, que expresa el deseo profundo de hallar una vida mejor lejos de uno mismo, esa incomodidad participa tanto del deseo de un yo más consistente como del de unos otros que la anclen a una existencia grata. La gente no cesa de entrar y salir en este diario sobre “lo que quiero decir, lo que conozco y lo que descubro”. Sobre esos hermanos siameses que son los pensamientos y los sentimientos, hasta el punto de que en ocasiones parece escrito con la inteligencia de las entrañas. A ese efecto solemos llamarle sensibilidad. Berbel posee una buena dosis y sabe expresarla, sabe hablar de la tristeza del yo sin caer en el patetismo. Hay pérdidas sin el narcisismo del duelo.
Sobre todo si consideramos las versiones de la soledad como un formato más de las pérdidas que padecemos. Cansada de verse triste, Berbel se refugia en la literatura, en la escritura y en los libros de los otros. El diario, nada autocompasivo, habla sobre el desconsuelo y lo define de muchas maneras, porque no es posible generalizar, ni siquiera cuando el sujeto sobre el que trata el texto es uno mismo. Existe, eso sí, una serie de refugios: la hija, las amigas y la noche. Gracias a ellos podemos leer este diario sin sentir el peso del mundo encima. Hay un amante que llama X, cuya presencia es una ecuación y se queda, pues, en el mundo de las matemáticas. Pero será el ser una con las personas queridas, el estar cerca de ellas, lo que nos dicte que, al fin y al cabo, una vez asumido que no se puede ser feliz sin interrupción, haber vivido ha merecido la pena.

HOMBRES IMPRUDENTEMENTE POÉTICOS


Hombres imprudentemente poéticos
Víctor Hugo Mae
Traducción de Martín López Vega
Rata Books
Barcelona, 2018
262 páginas

Si uno no supiera que esta novela, o esta especie de estampas emocionales que construyen algo parecido a una hermosa novela, sucede en Japón, fácilmente se remitiría a África. Es cierto, como confiesa el propio autor en una acotación final que no es necesaria, que el sentido del suicidio, sus vínculos con el honor, es lo que hace de la muerte un ente diferente en Japón. Pero todo lo que hace referencia al momento en que pasamos a la otra vida y se sale de lo materialista, participa de lo mágico. Seguramente en Angola, de donde es originario Víctor Hugo Mae (1971), no exista esa poesía que rodea a la muerte, característica de Japón. Aunque dicha lírica solo atañe al suicida, no a los allegados, que sufren con igual dolor la pérdida en cualquier lugar del mundo. El consuelo es relativo, pero está ahí para que se sirva de él quien lo precise. Esa forma de pasar al otro lado de la tumba, es legendaria en Japón. En ese aspecto, también se une el país con África. La obra habla de un lugar rural, donde se crean sus propias leyes, su propia forma de convivencia, sus costumbres, sus odios singulares, como en las leyendas. Y de nuevo aparecerán término que se refieren a la magia.
En buena medida, Hugo Mae es un autor que nos recuerda a Mia Couto, con quien comparte idioma y continente. Hugo Mae es menos barroco, al menos en esta obra, que requiere depurar pues en Japón se impone la vida sencilla. Y al mismo tiempo sus inquietudes las traslada a otra parte del planeta, aunque los temas que trata sean igualmente universales. Pero esa distancia le permite una actuación literaria muy libre, musical, en la que se da vida a los mitos a la vez que a los personajes. Su capacidad para hacer de lo abstracto algo concreto es sorprendentemente grata. Cada individuo y cada grupo de individuos, unidos por la familia o por el oficio, unidos incluso por la enemistad, representan a su vez una idea. Por ejemplo, los mendigos son la forma física de la desesperación. Esta forma de referirse al mundo la traslada a los personajes, gente que cree conocer el alma, pero que en realidad están equivocados a la hora de interpretar tanto la propia como la de los demás.
Hugo Mae tiene presente que inventar el mundo o cambiarlo son términos indistintos. Eso es lo que sucede de manera involuntaria en los sueños, mientras dormimos. Las asociaciones o interpretaciones pueden ser evidentes o catastróficas. Pero en la obra de Hugo Mae pueden ser, además, parte de los trances por los que pasan los personajes. Ahí está la escena en la que uno de los protagonistas cae en una trampa y convive en la oscuridad con una ilusión que llega a obsesionarle tanto, que finalmente tomará cuerpo. Es entonces cuando podrá reconocer que no entiende nada, y eso no deja de ser una forma de sabiduría. Como la dedicación a actividades artísticas o artesanales, que practican los odiadores, a través de las cuales buscan algo que uno se atrevería a llamar iluminación a falta de otro término. Porque hechizo es demasiado medieval y el cuidado con el que escribe Hugo Mae es propio de un espíritu budista. Aunque, eso sí, de alguna manera seguimos reconociendo a África como el sustrato del que aprendió literatura Hugo Mae. Todo por la magia que contiene la belleza, hasta en los instantes en que somos más animales que hombres.

martes, 10 de julio de 2018

LA LARGA CARRETERA DE ARENA


La larga carretera de arena
Pier Paolo Pasolini
Traducción de David Paradela López
Gallo Nero
Madrid, 2018
150 páginas

A finales de los años cincuenta, Pier Paolo Pasolini emprende un viaje alrededor de la costa italiana del que da fe en breves apuntes que luego publicaría bajo el título La larga carretera de arena. Es fácil imaginar, pues, que las paradas que más frecuenta son las playas por un doble motivo: allí es más sencillo encontrar alojamiento, un tema del que apenas habla, y lo natural resulta bañarse en esas zonas y no en acantilados. Pero lo que para otros es diversión o ejercicio, para Pasolini no pasa de ser un acto bautismal. Al finalizar el recorrido sigue estando blanco como un yogur, según sus palabras, y sus inmersiones son más rituales que un acto de vacaciones. El libro abunda en descripciones, porque Pasolini es, por encima de todo, un hombre atrapado dentro de sus cinco sentidos. Su sensibilidad le da a los textos un tono poético, junto a una inocencia que es propia de quien se considera uno más del pueblo. Puede que la ingenuidad que rezuma no se deba a la época en que traza el viaje, pues también denuncia la pérdida de lo auténtico en manos de las grandes corporaciones hoteleras, sino a su desconocimiento de tantas cosas, ese que precisa el artista, ese que impulsa la curiosidad.
El viaje ha de estar lleno de un encanto que invita a no dormir, a que la noche pase lo más deprisa posible, para poder seguir disfrutando de estar despierto al día siguiente. Esa es la intención confesa de Pasolini, que ya en El olor de la India había demostrado su talento para la literatura. Las invocaciones a seguir viviendo al día siguiente, con la misma intensidad con la que ha vivido el anterior, se repiten como algo necesario. Él sabe que todo es fugaz, desde los lugares a las sonrisas, de ahí que lo imprescindible sea el movimiento. Salta de una forma de felicidad instantánea a otra, siempre con el mar al fondo, siempre gracias a carreteras secundarias y a la posibilidad de encontrar gente que vive al margen de la actualidad o lo moderno. El libro es pura sensación: “Soy feliz. Hacía tiempo que no podía decir esto: ¿qué será lo que me transmite esta sensación tan íntima y precisa de alegría, de ligereza? Nada. O casi. Un silencio maravilloso me rodea: la habitación del hotel, en la que llevo cinco minutos, da a un gran monte, muy verde, con alguna que otra casa modesta y normal. Llueve. El murmullo de la lluvia se mezcla con unas voces distantes, densas incalculables. La terracita de delante brilla por la lluvia y sopla un aire fresco”. Así se expresa cuando lo hace con sencillez. Pero también es capaz de hablar de calles de un barroco que parece de carne, o de catedrales de una belleza inaudita y casi indigesta. Habla de encantos de origen desconocido en ciudades provisionales, incompletas, decrépitas, miserables. El misterio de la belleza que tanto le obsesionaba, ese que se escurre entre los dedos como la arena de la playa.

¡ABSALÓN, ABSALÓN!

¡Absalón, Absalón!

William Faulkner

NAVONA
640 páginas
El papel biblia ahuesado con el que el editor ha querido publicar ¡Absalón, Absalón! (1936) no es sino el guiño que le revela al lector el carácter sagrado de esta obra maestra de William Faulkner, del mismo modo en que la primorosa traducción de Martínez-Lage –la tercera, tras la argentina de Beatriz Florencia Nelson (whoever she was) para Emecé, de 1950, y la de María Eugenia Díaz para Cátedra, de 2000 (como el Ulises¡Absalón, Absalón! tiene ya tres traducciones al castellano)– y asimismo su vehemente Posfacio –muy juicioso pero con demasiada leña hecha del árbol caído de las dos anteriores (menciona sin miramientos la palabra “estafa”), por otra parte innecesaria, pues al lector versado no le pasa inadvertido el fino trabajo llevado a cabo por Martínez-Lage– muestran sin asomo de duda la trascendencia y el desafío literario que significa la tarea de emprender una nueva traducción de un texto clásico que alcanza a merecer el marbete de sagrado por razones que sobrepasan sobradamente los referentes bíblicos de la novela faulkneriana, y que atañen a la excelencia artística, una enfermiza voluntad de estilo o la poderosa influencia en autores posteriores de distintas lenguas, de Vargas Llosa a Lobo Antunes, de Manganelli a Juan Benet, de Joyce Carol Oates a Gabriel García Márquez, de Thomas Bernhard a Javier Marías.
Como no hay espacio suficiente aquí ni para la letra menuda de la condena de las dos traducciones precedentes ni para la de la alabanza de esta última, baste con decir que ningún lector avezado del original en inglés de ¡Absalón, Absalón! dejará de rendirse a la evidencia de que, de las tres traducciones con que cuenta el lector en español, es la de Martínez-Lage la más sólida y la más escrupulosa (y no con la lengua inglesa sino con la obra de Faulkner, que es en realidad de lo que se trata, como mandan los cánones de la ecdótica y del sentido común). Cualquier colación sensata de las tres refrendaría, a nuestro modesto juicio, la afirmación anterior, pero tanto la más solvente como la más grosera, mistificada o adulterada suponen de por sí un esfuerzo inmenso y un mérito no menor en una novela cautivadora (mesmeric) pero abstrusa como ¡Absalón, Absalón!, escrita por Faulkner para regresar a su universo de afanes dinásticos, aciagos patriarcados, atormentadas conciencias y atmósferas tan febriles como asfixiantes del condado de Yoknapatawpha, después de dejarse caer en la tentación del éxito comercial jugando a construir un bestseller y cargando las tintas en Santuario (1931). ¡Absalón, Absalón!, la historia de la perturbada ambición de Thomas Sutpen y de la tragedia con la que culmina la envenenada relación de ultrajes, incestos, ciegos prejuicios, honor corrupto, recelos racistas y sangre derramada entre Sutpen, sus hijos legítimos, Henry y Judith, y su hijo repudiado, Charles Bon, una trama laberíntica e inspirada en el episodio bíblico de Samuel, 2: 13-19 –que cuenta cómo Absalón, hijo de David, mata a su hermano Amnón por haber forzado a su hermana Tamara– regresa al estilo polifónico de las narraciones apócrifas contrapuestas en un texto convertido en palimpsesto, los monólogos interiores tejidos con anacolutos y una sintaxis desquiciada por las sinuosidades del pensamiento y la presencia de estructuras codificadas como versículos bíblicos, cartas, fórmulas de la novela negra o el folletín victoriano o sermones, las dilatadas elipsis y las subversiones temporales que desplegó de forma extraordinaria en El ruido y la furia (1929). Por el texto enmarañado de voces trenzadas en el tiempo por narradores confusos que hablan y piensan a la vez, que en ocasiones transcriben la oralidad y con frecuencia se abandonan a la verborrea y a una oratoria nacida de un doble mecanismo de digresión y contradicción, por ese texto hipertrofiado (“siendo así que la tía una noche se deslizó por el canalón del desagüe… de modo que asunto concluido: que luego su padre se encerró en el desván […], así que asunto concluido […]; así pues, que ella tenía también razón en lo referente al padre…”, p. 226), y trufado de jergas (“¿Susté Rosie Coldfield? Pos más vale que se venga pallá. Henry sacargao a ese menda, al cabrón del francés. Loa dejao más tieso cun filete”, p. 166), y de ecos que construye Faulkner aquí sólo cabe avanzar, como señala David Dowling (William Faulkner, MacMillan, Londres, 1989), “como avanzaríamos en la jungla, cortando la maleza con un machete mientras vemos que a nuestra espalda ya se cierra de nuevo el camino, sintiéndonos ahogados en un exuberante hábitat de modificadores, oraciones de relativo, frases parentéticas, perífrasis”, ambigüedades, yuxtaposiciones, cambios ortotipográficos que revelan otros tantos cambios de voz o de punto de vista, abruptas y laberínticas hipotaxis (“Y así lo que tal vez estaba haciendo a la hora del crepúsculo (pues supo que Sutpen había regresado […]) en el jardín mientras paseaba con Judith […] (y Judith pensando en todo ello como pensaba en aquel primer beso del verano anterior: Así que es eso. Eso es el amor […]); así, acaso lo que estaba haciendo era tan solo esperar, decirse Quizá todavía mandará llamarme […]”, p. 421), y otras violentas especies lingüísticas que nos asaltan cuando tratamos de recapitular y de hacernos con la trama de Sutpen, de su megalómana mansión, de los inhóspitos páramos del espíritu que atraviesan él y su infortunada familia (“la conciencia moral es la maldición que el hombre tuvo que aceptar de los dioses para que le dieran el derecho a soñar”, declaró Faulkner en su entrevista a The Paris Review), y del asesinato de Bon a manos de su hermano Henry, una trama urdida por los discursos amalgamados de la señorita Rosa, cuñada de Sutpen, de su vecino el señor Compson, del hijo de éste, Quentin, y de su compañero en Harvard, Shreve, que recuerdan, imaginan y conjeturan a un mismo tiempo, generando una espiral de distintas y equívocas versiones que dificultan el establecimiento de un relato avalado por algún principio de autoridad, pero que a la vez permiten que el lector penetre en el detectivesco e inquietante microclima moral creado por Faulkner en esta obra maestra en la que relato, acción, personajes, trama y peripecia parecen destinados a desaparecer por el desaguadero del lenguaje. Está aquí el mejor Faulkner del modernism, el que escribe pensando en el proceso de la escritura misma y no tanto en el producto de la historia que escribe. Disfrute el lector avanzando en la jungla textual sin miedo a no poder retroceder, pues es el placer de la aventura del trayecto, y no la satisfacción de la llegada, lo que Faulkner espera que experimente. ¡Absalón, Absalón! responde a una retórica circular en la que ni existe inicio ni existe final, y en la que de nada sirve esperar que las viejas leyes de la causa y el efecto y de la lógica acudan en nuestra ayuda. Como señala Vargas Llosa (La verdad de las mentiras. Ensayos sobre literatura, Seix-Barral, 1990) a propósito de la manipulación de los datos de la historia por parte de sus narradores en el estilo faulkneriano, “toda novela se compone de datos visibles y de datos escondidos. El narrador nunca nos lo dice todo, y a veces nos despista: revela lo que un personaje hace pero no lo que piensa o al revés. Así, la historia se va iluminando y apagando”. No traten de ordenar el texto para entenderlo, piérdanse en su maraña y lo entenderán de verdad, advierte Faulkner en imaginarias notas al pie. Háganle caso, lean así ¡Absalón, Absalón! y disfrutarán del texto sagrado y de su traducción.

lunes, 9 de julio de 2018

CARRETERAS AZULES


Carreteras azules
William Least Heat-Moon
Traducción de Gemma Deza Guil
Capitán Swing
Madrid, 2018
615 páginas

Desde la partida de su lugar de origen, que como casi todo en Estados Unidos es el centro de la nada, William Least Heat-Moon (Kansas City, 1939) construye un libro de viajes depuradísimo, en el que todo lo que sucede lo vive para ser transformado en narración. Que le acompañe la lluvia en los primeros kilómetros no es casualidad. O si lo es, coincide plenamente con el valor simbólico que adjudicamos a la lluvia a la hora de despedirse, de huir, de bautizarse, de renovar, de limpiar o de deprimirse. Porque por todo ello atraviesa Heat-Moon para necesitar este viaje que se inventa, a bordo de una furgoneta, por carreteras secundarias, recorriendo el borde del país. Es inevitable referirse a Viajes con Charley, de John Steinbeck, como hace el propio autor y alguno de los personajes que se encuentra. El espíritu de ambos libros comparte muchos anclajes: transformar a las personas en personajes y mostrarles un respeto afectuoso, pero incidir en aquellos puntos en que no nos gusta mucho reconocernos, que son los que les garantizan su pervivencia literaria. O la curiosidad infinita: “¿Las cosas nuevas generan nuevas maneras de mirar?”, se pregunta Heat-Moon. Y para que ello sea posible, predica con la austeridad. Viaja con lo imprescindible, no carga equipaje, que es la forma de desprenderse de prejuicios. Algo necesario cuando uno va a intentar hacer un patchwork de su propio país.
Debemos avisar que aunque el libro llegue ahora a España, su publicación y el viaje tuvieron lugar en los años ochenta. Es una época de cambios, como todas, pero en la que Estados Unidos iba a la vanguardia de la transformación global a la baja. Es decir, según Heat-Moon, todo el planeta estaba en trance de perder lo local para transfigurar su cara en un compendio de franquicias. Es a esos restos de lo local a los que acude, lo que busca en las carreteras azules, algunas de ellas repletas de baches y que terminan en punto muerto. En ese sentido, hay algo del buen reaccionario, el que lamenta la pérdida de un modo de vida que tenía algo especial: entonces se recogían a los autoestopistas sin miedo y la gente pobre te invitaba a compartir su cena. Esa es la esencia cuya pérdida denuncia y de la que tiene la suerte de disfrutar. A pesar de lo pintoresco de algunos de los tipos con los que comparte viaje: un volador en ala delta, un veterano piloto de Vietnam, un iluminado, un fanático proamericano, una adolescente que huye de un padre maltratador, inmigrantes de segunda generación que recuerdan la pobreza, pescadores rudísimos o ancianas memoriosas. A cualquiera de ellos le permite que se exprese con una libertad que uno solo encuentra en los amigos íntimos y en los ocasionales.
Mientras tanto, Heat-Moon lee lo que ve. Las descripciones de los parajes son uno de sus puntos fuertes. Sirven para que la continuidad narrativa no desfallezca entre punto y punto de parada, donde encuentra a un pueblo cerrado sobre sí mismo, paradójicamente chauvinista a la par que acogedor. Es un país de anfitriones buenos, en el buen sentido de la palabra bueno. Se aloja con monjes trapenses o convive con el racismo tan arraigado en el sur, y en todas las ocasiones se pregunta qué hay dentro de los otros que no hay dentro de él. Es un viajero que nos invita a acompañarle a un viaje muy especial, a una travesía en la que busca no se sabe qué, pero que es algo que le falta y desea integrar. Heat-Moon es una persona, pues, que vive para dentro, de ahí que sienta tanto que le falta algo. En su paso por el desierto, donde reconoce algo tan indefinido como místico, lo expresa mejor que en ningún otro lugar. Lo más inhumano resulta ser lo más magnético. El sentido de paso del tiempo es diferente al de las ciudades y admira todo lo mexicano que pervive allí, en la frontera, donde la gente no se amarra a la autocompasión, como sucede entre los habitantes de las neuróticas ciudades, que esquiva por cualquier costado.
Y no deja de reconocer el silencio de lo que una vez hubo allí donde para. Es pequeña la parte del libro en la que desarrolla una labor documental, pero busca en el pasado la explicación de lo que le parece reconocer. Para ello se sirve, por otra parte, de un libro interminable como es Hojas de hierba. Withman como maestro condiciona su mirada, sí, por suerte para nosotros. Heat-Moon no pretende que su libro sea poético, solo que lo sea el referente. El relato es narración pura. Y las dudas siguen y seguirán quedando en el aire. Porque este viaje, que leemos casi de una sentada a pesar de las seiscientas páginas, pretende responder a la pregunta de si tiene sentido intentar darle sentido a lo que sencillamente es. Así pues, se puede ser existencialista y a la vez formar parte de la gente normal, no escribir para tratar de transformar el mundo. Ese es el gran mérito de esta obra. Y es mucho.

MARTHA GELHORN

Que Martha Gellhorn fuera mujer de Hemingway ha tapado todas las grandes cualidades de esta viajera y reportera de guerra. Era valiente y se pasó toda la vida en combate contra el aburrimiento. Capaz de atravesar cualquier infierno, sus mayores armas fueron las crónicas y la risa.

Que el título más representativo, al menos en lo que se refiere a literatura de viajes, de Martha Gellhorn(St. Louis, 1908 – Londres, 1998) sea Cinco viajes al infierno, o Five Travels from Hell, es una paradoja. Sobre todo si pensamos en que la preposición inglesa from se traduce, literalmente, como desde. Esos cinco viajes desde el infierno que selecciona hacia el final de su vida, que narra con mucha más memoria que cuaderno, no hacen referencia en ningún momento a la guerra. Aunque lo que esté presente sin descanso sea la supervivencia y, por supuesto, la metralleta con la que arremete contra lo que la invita a dejar de vivir, esa arma que se conoce como autoestima. En este libro, una incansable corresponsal de guerra, oficio que siguió practicando hasta cumplir más de siete décadas en canal desgastándole los huesos, se olvida por fin de su monomanía tan justificada, la defensa de los perdedores, para plantearse los destinos de viaje en función del ego propio como centro del universo. La memoria se convierte aquí en un revulsivo contra la desmoralización.





viernes, 6 de julio de 2018

CÁDIZ

CADIZ
PUEBLOS CON ENCANTO Y LAS MEJORES RUTAS DE SENDERISMO

MUNILLA, DAVID

Súa edizioak


Cádiz siempre ha sonado a mar, y no sólo por ser la provincia andaluza con mayor extensión de costa de Andalucía, sino por su vinculación marinera a lo largo de la Historia. Sin embargo la belleza está en la mezcla de otros condimentos que determinan su identidad: la costa, la campiña y la montaña. La costa no son sólo las maravillosas playas. Diseminados por ella hay pueblos con tanto encanto que uno se enamora fácilmente de sus rincones. La campiña, una geografía de suaves lomas puede recorrerse por las rutas del vino o la del Toro... ventas típicas de carretera y pueblos con fuertes sellos de identidad histórica y, por fin, la montaña donde se dan la mano una buena parte de las mejores rutas de senderismo y pueblos de extraordinaria belleza.

jueves, 5 de julio de 2018

LAS PUERTAS TEMPLARIAS

Las Puertas Templarias
Javier Sierra
15-25 de agosto
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Un viaje único a través del tiempo.

Templarios, Griales, Leyendas y Mitos.

Guiado y supervisado por Javier Sierra.


SALIMOS EL 15 DE AGOSTO





Tratado de geología personal

Posiblemente sea un instinto humano (o animal) el que nos lleva a volver a nuestros orígenes para tratar de encontrar respuestas. Eso es lo que hace Amy Liptrot en su último libro: regresar a las Orcadas, las islas salvajes del norte de Escocia, en las que la autora pasó la infancia.

En Irse de casa, una de las últimas novelas de Carmen Martín Gaite, su protagonista volvía muchos años después a la ciudad de provincias donde creció para buscarse a sí misma. Lo mismo hace la protagonista de Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro, y las de tantas y tantas novelas. Se trata en realidad de uno de esos temas universales en la literatura, porque posiblemente sea un instinto humano (o animal, quién sabe) el que nos lleva a volver a nuestros orígenes en busca de algo que nos falta, a tratar de encontrar respuestas, a sanarnos de algún modo, y eso es lo que hace Amy Liptrot en su En islas extremas.
En su caso, su enfermedad es el alcoholismo y una espiral de conductas autodestructivas que le lleva a tener cada vez un menor control sobre su propia vida. El libro, en este sentido, es de una gran crudeza y honestidad. No nos oculta episodios que con el tiempo llegarán a avergonzarle profundamente, ni disimula esa sensación de fracaso que se instala en ella cuando su novio, después de recaídas constantes, la deja por imposible y finalmente la abandona. A partir de ese momento, Amy entra en caída libre...


“En los momentos grandiosos, ebria del aire fresco y la libertad de la colina, estudio mi geología personal. Mi cuerpo es un continente. Hay fuerzas que actúan por la noche. Como sufro de bruxismo, cuando estoy dormida aprieto los dientes como si fueran placas tectónicas. Cuando pestañeo, el sol parpadea, mi respiración empuja las nubes por el cielo y las olas rompen en la orilla con la cadencia de mis latidos. Cae un rayo cada vez que estornudo y cuando llego al orgasmos se produce un terremoto. Los promontorios de las islas se elevan sobre el mar, como mis extremidades en la bañera; mis pecas son lugares emblemáticos y mis lágrimas, ríos. Mis amantes son placas tectónicas y catedrales de piedra”

miércoles, 4 de julio de 2018

A LA DERIVA

Penelope Fitzgerald, una escritora a la deriva
Publicado en El Cultural
Impedimenta recupera «A la deriva», la novela que encumbró a Penelope Fitzgerald y supuso su consagración literaria haciéndole ganar el Booker Prize en 1979
Nenna James, una joven canadiense sin medios para alquilar una vivienda en el Londres de principios de los 60, vive con sus dos hijas en una barcaza anclada en el Támesis. Ninguna de las tres «pertenece ni al agua ni a la tierra firme», y comparten su existencia con unos vecinos que se encuentran, como ellas, a la deriva: Willis, un artista que intenta vender su decrépita nave a pesar de su pésimo estado; Richard, que vive a bordo del Lord Jim con su mujer, Laura, aunque ella preferiría mudarse a otro sitio, o Maurice, que ni siquiera protesta cuando su barcaza empieza a llenarse de objetos robados. Todos ellos van a contracorriente, en un espacio en el que podrían primar la sencillez y la libertad de la vida excéntrica, pero que se ve salpicado por los pequeños reveses cotidianos de cualquier existencia humana.
Inspirada en la vida real de Penelope Fitgerald, pertenece a su ciclo de inspiración autobiográfica, al igual que The Golden ChildLa librería (recientemente llevada al cine por Isabel Coixet) o Human Voices, A la derivarinde homenaje a quienes en los años sesenta emprendieron una azarosa aventura personal, una nueva forma de vida, pero terminaron por ser arrastrados por la corriente. Penelope Fitzgerald, ganadora del Man Brooker Prize y del National Book Critics Circle Awrad, goza de un bien consolidado crédito en Inglaterra, donde su trayectoria literaria, emprendida muy tardíamente, además de respeto y admiración despierta en general cierta perplejidad, debida a la dificultad de concretar su encanto tan peculiar.
Como comentaba hace tres años en su columna Ignacio Echevarría, «Julian Barnes destaca su sentido del detalle, resultado muchas veces de una documentación concienzuda, combinada con una asombrosa concisión. El mismo Barnes cita una frase de Sebastian Faulks que entretanto se ha hecho célebre: "Leer una novela de Penelope Fitzgerald es como salir de excursión en un automóvil impecable, en el que todo -el motor, la carrocería, el interior- inspira confianza, hasta que, recorridos unos pocos kilómetros, va uno y tira el volante por la ventana"».