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miércoles, 5 de julio de 2017

GIMNASIO

Esta reseña es inédita. Lateral no la publicó, por suerte.

Gimnasio. Emanaciones de una rutina

Juan Abreu

Poliedro
Barcelona, 2002
137 páginas

Cuando uno termina de descifrar esta novela, vuelve a pensar que el mejor escritor de la historia es Stevenson. Uno vuelve a desear leer una narración en condiciones, para así compensar la experiencia de esta lectura. Y eso que Gimnasio es una obra sincera en el sentido en que confiesa directamente, y desde el principio, cuáles son sus intenciones: presentarnos fragmentos del mundo que un voyeur, obsesionado por lo pornográfico, conoce o ha conocido. La obra se divide en cuarenta y siete fragmentos breves, escritos con frases breves, sin diálogos y con una prosa en la que destaca el esfuerzo del autor por conseguir una sonoridad rica en tonos, intensa, pegadiza, en ocasiones próxima a la poesía; su descubrimiento más digno de valorar es la incorporación de palabras pertenecientes a las láminas de anatomía de la facultad de medicina, que aportan su musculatura al texto, y su acierto mayor son un par de descripciones bastante meritorias. Pero ahí se acaba todo. En una novela de flujo de conciencia, como es el caso, importa sobre todo el paseo por la cabeza del personaje, el interés que despierta ese personaje; y el nuestro, que carece de nombre, es tan pobre como ésto: Si estoy deprimido el tetarium me cura (p.22). Un buen culo es mucho más perfecto... que una escultura de Rodin (p.71). Para combatir la presencia de la muerte siempre me he hecho pajas (p.87), y un largo etcétera. Como se puede suponer, nos encontramos frente a una conciencia sicalíptica. Y es que la mayor parte de los fragmentos suceden dentro de un gimnasio y parten de la observación que el narrador hace de alguno de los visitantes, con quien imagina o practica alguna forma de sexo. A modo de contrapunto está el pasado de este exiliado cubano, la evocación de sus inicios sexuales o de los pecados de un régimen que expulsó de su patria a los disidentes. Como es frecuente en la voz de un exiliado, el narrador reivindica su condición de nómada y de apátrida de manera tan hiperbólica como para hacerse increíble, tan llena de un resentimiento confeso, característico del verdadero patriota, como para desplazar a la nostalgia de su ubicación natural, cayendo en tópicos como el victimismo o la presunción de ser diferente. Al igual que cuando reflexiona sobre su pasado, cualquier parecer del narrador está lleno de tópicos, a no ser que se deje llevar por el mal gusto: Pienso en mi padre. Hace años que nadie se la chupa. Va a morir sin que se la vuelvan a chupar (p.128).
En algún momento el narrador confiesa que se escribe para uno mismo, y el lector entonces se pregunta que qué va a ser de la literatura si se anula el espíritu de comunicación. Porque escribir pensando en uno mismo es una práctica que tiende al autismo literario, al onanismo mental. Por eso voy a volver a leer a Stevenson.

sábado, 20 de mayo de 2017

PROUST-FICTION

Proust Fiction
Robert Juan-Cantavella
Poliedro
Barcelona, 2005
190 páginas
14 euros





Tal vez el único terreno del planeta en el que se considera que uno es joven hasta que cumple los cuarenta, sea el mundo literario. Suponemos que eso se debe a ideas tan tópicas como que difícilmente nadie escriba una buena novela con menos de esa edad, lo cual por un lado restringe el concepto de escritor al de novelista, y por otro se antoja tan poco convincente como la de afirmar que los grandes poetas lo fueron con menos de treinta años. En fin, que si nos atenemos a ese lugar común, al hablar de Robert Juan-Cantavella puede asegurarse que este escritor joven está en plena fase de maduración, o de investigación o de construcción de personalidad. Hace unos años se presentó al público con la novela Otro, un proyecto ambicioso, propio de un escritor inquieto, en el que mostraba toda una pléyade de recursos verbales al servicio del virtuosismo literario, tras los que después de una ardua lectura se podía descubrir la mirada del tipo que escruta hasta las manchas de grasa en los tiradores de las puertas. Ahora nos facilita un poco más la tarea con un conjunto de ocho relatos en los que no renuncia a manipular el lenguaje hasta un dominio en el que se impone una precisión más convincente que en su obra anterior, pero en los que predominan otras suertes de inquietudes. Por un lado está la que afecta al terreno formal, rompiendo los límites y reglas que se suponen al género de extensión breve, fragmentando o sacando la mitad del contenido a las notas a pie de página, y por otro está la indignación que produce el sentido de la existencia que se impone, lo absurdo y risible de los mitos que se han ido creando en los últimos cien años, casi todos basados en la cultura de cine barato americano del cual, sin concesiones, se burla para mostrar su falso rostro intelectual, su anticultura. De ahí que estos escritos que nos trasladan a nuestro propio mundo, vacío y estereotipado, sean, en lo fundamental, una reacción de venganza.
Dotado de un sentido del humor que nos acerca al de Boris Vian, tan disparatado como serio, tan exigente como incómodo, Juan-Cantavella carga su libro de guiños y menciones en los que la erudición no deja de ser una herramienta que se critica a sí misma. De ahí, para empezar, un título, el del relato más extenso, que nos remite al mismo tiempo al autor de En busca del tiempo perdido y a Tarantino, es decir, al escritor más litúrgico y reposado y al director de cine con más energías y menos ideas que ha surgido en los últimos tiempos. “El recuerdo de las excursiones del instituto funciona como la magdalena de Tarantino”, dice, y también: “Tarantino parte de las ideas de Schopenhauer y no de las de Bergson”. O sea, que Juan-Cantavella parte de la ironía. De ahí la creación de un enfrentamiento sin confrontación entre dos personajes, en el cuento que da título al libro, uno de ellos de nombre Marcel, misántropo, autoexiliado en su propia casa y agobiado por la comunidad de vecinos a la hora de escribir ceremoniosamente, y otro nieto del futurista Marinetti, practicante de la escritura automática y el plagio, en un duelo en el que la existencia se reduce a lo cotidiano, y se reflexiona sobre los límites de la creación, sobre la cocción literaria dentro de la misma literatura. En El deslumbrado, la locura dentro de las trincheras alcanza hasta a los muertos, y lleva a los hombres bien al asesinato, bien al quijotismo, y todo sin que la fábula concluya con una aseveración moral. Badajoz es un relato en el que retoma el pulso a esos narradores cínicos y alcohólicos, dándole una vuelta de tuerca de modo que la única explicación posible a lo que sucede esté fuera de la voz del narrador. Escalera mecánica es un batiburrillo de demasiada realidad y excesivas cosas ocultas, y en otro cuento un tipo se especializa en pescar coches con cuerdas de piano.
Aunque cabe leerlo con mucho interés, lo mejor de este libro es saber que nos encontramos frente a alguien consciente de que se ha embarcado en una carrera de fondo, que debe progresar poco a poco, y que ha decidido que debe ir ligando su obra a las patas de la mesa de la vitalidad para conseguir que sus palabras hablen de lo que de verdad importa a la gente que vive en mundos distintos al literario.