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lunes, 29 de julio de 2024

MAR EN CALMA Y FELIZ VIAJE

 

Mar en calma y feliz viaje

Bette Howland

Traducción de Esther Cruz

Tránsito

Madrid, 2024

435 páginas

 

 


El verdadero protagonista de esta recopilación de piezas breves es Chicago. Y más en concreto el Chicago de los años setenta. Bette Howland (Chicago, 1937 – 2017) no crea tramas ni argumentos: crea a la mismísima ciudad. Leer los relatos y las dos novelas cortas que configuran este volumen nos lleva a pensar que la imaginación consiste en saber observar. Howland es alguien para quien recabar información a través de los sentidos, sobre todo de la vista y el oído, debe ser una forma activa de estar en el mundo. No se trata tanto de registrar como de cuestionar lo registrado. Nos lleva a las plazas públicas y a los rincones privados, a las comunidades y a las familias, a los hospitales y a las calles, a las bibliotecas y a las bodas, remitiéndonos a la pregunta constante de qué se supone que es participar del mundo. No es casualidad que se la compare con Lucia Berlin, con quien comparte generación y agudeza, aunque Howland se permite más libertades formales que Berlin, deja, por momentos, que las palabras corran con más energía, con una libertad de movimientos artísticos mayor que las de su contemporánea.

Bette Howland mantuvo una relación en vida con Saul Bellow que tal vez fuera la razón que la llevó a tragarse un tubo de somníferos y de allí directa a un centro psiquiátrico. Pasó un año en ese hospital, que dio pie al potente libro El pabellón 3, también publicado en España por la editorial Tránsito. La religión judía, y la comunidad judía, está muy presente en esta obra, por ser la que conoció en vida, la que practicaban sus padres. Esta presencia, como todo lo demás que aparece, es crítica: como si cualquier hecho, cualquier sensación, estuviera a punto de superar a los personajes, a las personas, amenazando con mortificar o anunciando buenos tiempos. En realidad, nos está siempre llevando al límite emocional, porque la ciudad que ella recrea, de la que es testigo, está demasiado viva. Para ello es necesario recortar la ciudad, mostrándonos uno de sus límites: no estamos ante la gran pobreza ni ante las clases acomodadas, nos encontramos con los colectivos que forman parte de los perdedores, de los humillados y ofendidos, que buscan el mejor método para salir del filo en el que se mueven sin dejar de ser ellos mismos. Hay compasión por parte de Howland, pero también hay indicaciones acerca de la parte de nosotros mismos que debemos cuestionarnos. Un buen territorio de esa región entra dentro del ámbito de la familia. Cabe señalar que estas familias sobreviven con el síndrome de Ulises, el de los inmigrantes, el de los desplazados, con su estrés reactivo y con el intento de controlar el estrés que genera; con la dificultad de cerrar un duelo por una pérdida que no se puede considerar absoluta, porque la pérdida no implica la desaparición, sino que la impone la distancia.

La ciudad tan viva a la que nos lleva Howland implica cuestionarse, inevitablemente, la identidad. Pero Howland tiene claro que existe una identidad de grupo, ese en el que se encuentran quienes acuden en invierno a las bibliotecas públicas para pasar el día dentro de un edificio caliente. Howland sabe que no es necesario entregarse a lo desconocido para ir aprendiendo, para ir descubriendo, que basta con prestar atención al entorno y a quienes pueblan ese entorno. Ahí estarán las penas y alegrías, las vanidades y humillaciones, la cortesía y el descaro, los afectos y rechazos, todo lo que conforma, en definitiva, el material sobre el que construir una narración que nos importe.

miércoles, 18 de enero de 2023

PEQUEÑAS LABORES

 

Pequeñas labores

Rivka Galchen

Traducción de Inga Pellisa

Tránsito

Madrid, 2023

170 páginas



 

            Que nazca un bebé se asemeja bastante a crear el universo. En cuanto ves su rostro, da la sensación de que estuvo siempre allí. ¿Puede existir una paranoia salvífica? Tal vez sí, y tal vez tenga que ver con nuestra capacidad de crear vida. Nuestros días no transcurren en silencio, pero esos ruidos podemos interpretarlos como un conjunto armónico, a pesar de que sólo escuchamos fragmentos, piezas deslavazadas que reflejan distintos humores. Debemos repetirnos que en el caos, que es como nos llegan los sonidos, también hay armonía: lo podemos comprobar cada noche, con la experiencia visual que surge al levantar la mirada para ver las estrellas. Para mirar las estrellas debemos, eso sí, bajarnos de nuestro trono de oro y apartarnos de la contaminación lumínica. Así es como Rivka Galchen (Toronto, 1976) afronta la experiencia de reflejar la armónica convulsión interna que supone la llegada de un hijo, alejándose de los púlpitos intelectuales para buscar la armonía de la música, que llega en ese caos de emociones que intentamos siempre, en un intento que siempre fracasa, traducir a palabras, a sonidos, a música. En realidad, el cuerpo de estos textos es pura poesía.

            ¿Somos directores de escena o somos actores? La pregunta puede provocar resistencia o puede ser el origen de las dudas que nos llevan a buscar belleza. La duda es, posiblemente, el asunto que más ocupa a Galchen en esta obra. En realidad, la duda y la extrañeza van ligadas, y ser madre por primera vez puede ser muchas cosas, la mayoría buenas, sin detritus, pero nos lleva directos a un mundo extraño. El sol, eso sí, sigue saliendo por el horizonte cada mañana y nosotros sabemos que ese instante de pureza no se puede comprar en el mercado. Además, los cerezos florecen en primavera y esto nos remite a los grandes referentes literarios que aquí ocupan la cabecera de Galchen, que son El libro de la almohada y La novela de Genshi. La apuesta por intimar con la observación y con la delicadeza es patente, y Galchen consigue resultados soberbios en ese ámbito. Pequeñas labores es un libro que se le ha impuesto a su autora, una serie de textos breves que obedecen a necesidades y reflejan que las respuestas no están en la literatura, pero que la literatura nos acompaña en la búsqueda de respuestas. Es imposible no ser consciente, veinticuatro horas al día, de que la vida contiene mucho de absurdo, una sentencia que no nos deja a merced de ningún destino ni de ningún dios caprichoso, porque también sabemos que existe la moral del mar y la verdad de las flores.

La prosa de Galchen está al servicio de este tipo de pensamiento, de una construcción de filosofía en breves retazos y sin intentar construir impresiones aforísticas. Es difícil subrayar una frase concreta y es imposible no sentir la tentación de subrayar párrafos enteros. Iremos reconciliándonos con la idea de ser madre, que es una barbaridad y es un hecho natural, y en la idea de escribir para intentar hacer literatura, que a la hora de la verdad sólo sirve para facilitar el contenido de vivir que no es la felicidad, sino la búsqueda de la felicidad. Este es el carácter de estos textos de Rivka Galchen que con tanto acierto nos trae la editorial Tránsito.

lunes, 24 de enero de 2022

MARRANADAS

 

Marranadas

Marie Darrieussecq

Traducción de Regina López Muñoz

Tránsito

Madrid, 2022

125 páginas



 

Nos volvemos lobos o nos volvemos cerdos. O nos quedamos con lo que somos: una gente gris, que duerme en colchones de ceniza y no mira jamás ni al sol ni a la luna, con el aburrido afán de ganar un buen sueldo, confiando en que al llegar a la vejez uno no tendrá problemas para mear. En este feo mundo, quedan escasas gestiones de la dignidad, y una de ellas es el atractivo que sentimos hacia el perdedor, hacia la pobreza, hacia la melancolía, el mismo que llevó a Chaplin a crear a Charlot, por ejemplo. Como la protagonista de esta novela, Marranadas, que ahora recupera la editorial Tránsito, comenzamos tomando una pastilla para dormir y otra para estar despierto. Y todo sin dejar de presumir de los avances sociales y de lo bien que se vive en nuestro país y en nuestra época. Admiramos el sistema educativo de los países con más alto índice de suicidio juvenil. Sobre estos conflictos se cimentaron corrientes literarias y filosóficas, como el existencialismo: el hombre es una criatura débil y desprotegida ante su propia libertad de elección, que es fuente de angustia continua.

Marie Darrieussecq (Bayona, 1969) lleva todas estas dudas a una resolución sobre el cuerpo, dudando, a través de su creación, sobre quién es el dueño del mismo. Nuestra protagonista desconoce hasta si le pertenece, pues carece de cualquier dominio sobre él. De hecho, asistimos a una metamorfosis sin crisálida, a campo abierto, en la que la decadencia corporal sobreviene en dientes de sierra y llega al extremo de preguntarnos si no sería más sano dejarse llevar por ella. O al menos, si no sería mucho más natural. Y lo más natural, aunque resulte muy sucio, es lo más puro. Nuestra protagonista es una mujer sin estudios, de clase humilde, a la que le viene la regla cada cuatro meses. Este desajuste supone una barbaridad que no se arreglará con perfumes, por mucho que se rodee de ellos. Ni con un sexo rarísimo, del que no sabemos si se tiene para disfrutar o por costumbre, o por el mero hecho de que sucede algo posible, y ya.

¿En qué grado sentirá nuestra protagonista la indiferencia que parece caracterizarla? Esa indiferencia, que es una tabla de náufrago, un manual de supervivencia, la mantiene a flote frente a un destino lumpen que se impone de forma desbocada. Esta mujer parece no estar capacitada para la música de este mundo, si es que el ritmo al que gira se le puede llamar música. La armonía está por debajo del cero, lo absurdo se nos antoja demente y, sin embargo, no podemos dejar de reconocer cierta verdad en la exageración, como si Darrieussecq nos estuviera hablando de un síndrome al que todavía no hemos puesto nombre. Pero en nuestra intuición si cabe definirlo. Entre otras cosas, porque su primera característica es la misma que atosiga la vida de los demás humanos: la soledad. Se trata de una soledad que no es tan fácil de definir, a pesar de las intenciones tan potentemente expresadas por la autora: es una soledad impuesta desde el exterior, pero ¿por quién?; una soledad buscada, tal vez como refugio para no sentir; una soledad normal, siendo normal sinónimo de frecuente y por tanto un mal consuelo; e incluso es una caricatura de la soledad y, ya se sabe, las caricaturas nos permiten decir nuestras verdades, que de otra manera sostendríamos con eufemismos.

Y, además, está toda la crítica social que contiene la novela, la crítica a una forma de economía y a una forma de mando, a una estratificación que se produce en varias direcciones -económica, de género, sistémica-. Cabe preguntarse qué relación existe entre todo ello y eso que Edward O. Wilson calificó como lo más sufrido de nuestra era, la época de la soledad, que llevó a calificarla como Eremoceno. Son muchos los valores de esta obra, pero aunque sólo sea por gestar esta duda, no podemos dejar de recomendarla.

sábado, 2 de octubre de 2021

TRES TRUENOS

 

Tres truenos

Marina Closs

Tránsito

Madrid, 2021

150 páginas

 


Volver a las consecuencias de morder el fruto del Árbol del Bien y del Mal es regresar al diablo y regresar a la inocencia. En esta esencia sobreviven las tres narradoras de los relatos de Tres truenos, la obra de Marina Closs (Misiones, Argentina, 1990) que sigue los pasos de autoras como Sara Gallardo, llevando a sus protagonistas a lugares donde tener alma sería un privilegio. Expulsadas del paraíso, de un probable hogar, aunque jamás se hayan movido del mismo emplazamiento, y también cuando emigran a pie, nos obligan a preguntarnos por la metáfora de la expulsión del Paraíso: ¿Cuándo cometimos el error que nos condena? Y está, además, esa impresión de posible infierno en la Tierra, una sensación demasiado real, al preguntarnos dónde sucede lo que se nos relata, un lugar que se nos antoja escondido pero, tal vez, a muy escasa distancia. En realidad, somos inocentes. Eso pensamos mientras leemos episodios que nos hablan de un incesto muy ingenuo o de una infidelidad sin consideración por el duelo. También cuando confundimos tener sexo con amar. Es el sexo uno de los grandes desencadenantes del mal, parece decirse, uno de los motivos por los que somos seres perdidos. Y, sin embargo, consigue exponerse con una ingenuidad adolescente, con una sinceridad que nos empuja a perdonar cualquier pecado, o al menos a perdonarlo como hombres, pues ya habrá un dios que lo considere motivo para desalojarnos del Paraíso.

El destino está en las filias de nacimiento de las tres narradoras: son perdedoras desde el minuto cero de su vida. Así es como poseen tanta libertad para hablarnos. Se trata de tres monólogos directísimos, pues hablan sin cortapisas con uno o varios interlocutores. Closs manipula el lenguaje para darle una forma oral que podríamos considerar poco literaria, si consideráramos que la literatura tiene que ser solemne. Por suerte, no lo es. De ahí que este tono de confesiones resulte tan depurado y tan natural, y, sin embargo, se trate de un ejercicio de estilo muy elaborado. De ahí que la inocencia se entrelace con el desgarro. La muestra nos habla de una soledad que nos atañe, pues cada cual somos protagonistas de nuestra vida, a pesar de que las decisiones no las tomemos solos, a pesar de que se nos impongan las consecuencias del pecado original. Hay algo de absurdo en los ambientes que recrea Closs, algo que con un poco más de impulso nos llevaría al humor, por las estúpidas costumbres impuestas que se reflejan, por ejemplo, o por la crueldad de las leyendas en las que crecieron las protagonistas. Pero se impone la imposibilidad de adaptarse. Se impone la sensación de que no existe la opción al descanso ni la alteración del placer. No se les dará ninguna satisfacción a las narradoras, a no ser que consideremos follar como una satisfacción. Son tres mujeres muy jóvenes, sin defensas elaboradas ante los acosos del planeta. Viven desconociendo que vivir puede entenderse como un regalo. Caminan por la selva brasileña o se alojan en una aldea endogámica. Cosen trajes para las bailarinas y entran a servir en la casa de un hombre con el espíritu tullido. Son seres que nacieron minusválidos y cuya confesión solo explica, no justifica nada, porque eso que conocemos como destino carece de justificación posible.

 Fuente: Revista de letras

miércoles, 28 de octubre de 2020

MESTIZA

 

Mestiza

Maria Campbell

Traducción de Magdalena Palmer

Tránsito

Madrid, 2020

251 páginas

 


La infancia contiene la deuda de la felicidad: si uno la alcanzó en su momento, si uno no puede recordarla como tal, en algún momento debería cobrarse ese saldo, solventar ese compromiso, superar el conflicto. En esta obra, Mestiza, Maria Campbell (Saskatchewan, Canadá, 1940) se rebela, sin pretenderlo, contra ese mito, así como contra el propio mito de la rebelión juvenil, porque en la juventud uno, se supone, posee el fuego. Habla de “las alegrías y las penas, de la angustiosa pobreza, de las frustraciones y los sueños”. Y lo hace con un lenguaje reducido al hueso. Se podría hablar de la musculatura del lenguaje, pero en este caso es tan apretada, que tiene la misma consistencia del esqueleto. La distancia que recorre, toda la memoria de su infancia y la adolescencia, incluso los primeros años de lo que debió haber sido una vida de adulto, lo hace de forma lineal y directa. Tanto que la potencia del texto proviene del núcleo de lo que debería poseer cualquier libro: que el autor tenga algo interesante, digno y noble que contar. Algo en la intuición de Campbell le asegura que así es en su caso. Y ese algo acierta.

Mestiza es un libro que desgarra e impacta, pero no aturde. Es tan magnético como inquietante y, sin embargo, se explica tan bien como cualquier narración neorrealista. Para aumentar el impacto, es puro realismo. Es un ejercicio de memoria sin terapia, un viaje a un planeta de patéticos y enfermos que es el mismo en el que nosotros pisamos, una inmersión entre los desfavorecidos, entre la gente humilde y los perdedores. Mestiza nos hace acompañar a los perdedores y a los olvidados en una de esas experiencias que deberíamos refrescar con frecuencia: conviene saber siempre dónde nos hallamos, qué territorio es la piel de este planeta, en el que la lucha por la dignidad cobra una relevancia de alto impacto cuando tratamos con la pobreza. Los personajes que pueblan el libro son tan sencillos como rotundos: se explicarían con pocos adjetivos, pero se catalogarían, sin remedio, como leyendas del submundo, si libramos a las palabras de cualquier connotación peyorativa. Se trata de seres vehementes que no saben fingir, como si el fingimiento fuera un privilegio burgués.

Campbell va dejando que su memoria se desarrolle sin bullicio, aunque es, al mismo tiempo, una memoria plural: sus recuerdos bien podrían ser similares a los de cualquiera de los seres que pueblan el libro. La historia no puede ser más demoledora, desde la pérdida de la madre a la boda adolescente, desde la separación de los hermanos pequeños a las experiencias con hombres, desde los hijos a los que les robaban el calor de la piel de la madre a la drogadicción. De hecho, a medida que pasamos las páginas nos resulta complicado asimilar que alguien haya podido vivir tanta realidad y resultar lo bastante ileso como para mostrar la lucidez que muestra Campbell, la lucidez de enseñar sin remordimientos, como si hubiera, por fin, hallado la paz que la vida le debe. El sustrato sobre el que suceden los acontecimientos que la atraviesan es la ira. Y su forma de combatirla ha sido trabajar hasta que las manos se le llenaran de ampollas. Campbell jamás se ha rendido, a pesar de todas las invitaciones a bajar las manos, a agachar la cabeza, que le ha deparado la suerte. Se ha manejado en un mundo maniqueo, en el que, para nuestra sorpresa, no cataloga a la gente como buena o mala, sino que intenta explicarse qué ha construido a cada uno de ellos.

El aprendizaje de Campbell se produce a contracorriente, sin dios, pero con fe. Es valiente en el sentido más funcional y humano, que consiste en maldecir la cobardía y enfrentarse a los hechos. Bajo estas premisas, que son las que edifican un alma, nos ofrece un texto en el que no sobra nada, que evoluciona a una velocidad de vértigo, que camina en la frontera de lo inhumano:

“De modo que Ellen y Bob optaron por ofrecernos ayuda, como ropa y comida, y dijeron que podíamos compartir todo lo que tenían. También que algunos vecinos estaban buscando ropa y hortalizas para nosotros. Se me hizo un nudo en el estómago y sentí vergüenza y odio. Nadie se había relacionado nunca con nosotros, jamás nos habían visitado ni invitado a sus casas. Se habían reído de nuestra ropa y de nuestro comportamiento, “como potros salvajes”, y ahora querían darnos cosas”.



lunes, 4 de febrero de 2019

PRIMERA PERSONA


Primera persona
Margarita García Reboyo
Tránsito
Madrid, 2019
208 páginas

Desnudar y secretos son dos palabras que unidas forman un oxímoron que, al menos hasta la fecha, solo se resuelve en los confesionarios (cada vez menos), en el diván vienés (cada día con más frecuencia) o en alguna de las formas que se sostienen sobre la creatividad, formas que dan salida a los peores, y mejores, de nuestros monstruos. La otra opción es acostarse con ellos y debatir contra los secretos en los sueños, algo que no sirve para gestionar un buen exorcismo, algo que solo es útil para que la industria farmacéutica venda más Lorazepam. Uno puede negarlos y hasta creerse esa negación, pero hasta las barreras son otro laberinto de la memoria, y entre los meandros en algún lugar anidan los instantes perdidos, los minutos que no comprendemos. Ante ellos es inevitable, si uno está en su sano juicio, preguntarse al menos una vez al día si uno está loco. De eso trata esta Primera persona, de la cordura o del imperio de la cordura, de las necesarias fugas hacia lo que la conciencia social calificaría como demencia, más o menos patológica, de esa pregunta tan necesaria, pues no existe el loco que no es dañino, acerca de la salud mental. “No hay tal cosa como un loco inofensivo”, nos comenta Margarita García Robayo (Colombia, 1980) en uno de los momentos más propios de la terapia que sobrenadan el libro.
Dotada de un oído exquisito para la prosa, estas confesiones de García Robayo mitifican la memoria y desmitifican los recuerdos. Todo comienza con el mar, ese destino soñado de adultos, el viaje al mar de la infancia y la juventud. En su evocación, García Robayo se pregunta, como lo hará en cada página, por el sentido de las cosas. Pero las cosas no tienen por qué poseer ese sentido que solo es propio de las intenciones, de la gente. “Soy alguien con tendencia a la desdicha, me quejo y me lamento”, nos descubre en las primeras páginas. La fórmula para atender a la propia desdicha será la rabia. Esos minutos de rabia que son tan sanos, son, por otra parte, la herramienta imprescindible para la literatura. La memoria se quedará en los pulmones, su expresión saldrá con el aire, sí, pero un tanto viciado tras atravesar nuestro organismo y las calderas de nuestro organismo. Solo los amigos nos salvan.
Entre las páginas circula el dolor de crecer, las dificultades de hacerse mayor, proyectadas en los hombres, por ejemplo, en las parejas o en la frágil y lejana figura del padre. También en la lactancia, una etapa en la que la madre se ve obligada a recordar que vivir no es fácil y que, incluso, puede ser peligroso. El libro va atravesando distintas etapas de la tristeza, pero sin odio. Al fin y al cabo, se limita a ser un registro, eso sí, un registro audaz. García Robayo se cuestiona hasta la libertad o el sentimiento de libertad sin fin, no la sensación, pues no deja de ser una idea abstracta aunque se trate de un sentimiento claro, sino al que la defiende y pretende aventurarse en ella: “alguien que se muestra como un ser libre y audaz puede esconder el terror de quien se fuga de un suplicio, de una reclusión, de una vida indeseada, de un depredador”. Une libertad y fuga, antes de enhebrarse con el feminismo a cuenta de las entrevistas de tantos periodistas que la preguntan por la condición femenina en la literatura, o de embriagarse de recuerdos adolescentes plenos de tensión sexual. García Robayo escribe palabras como disparos para recordarnos que ella, y nosotros con ella, no pidió venir aquí. Se trataría de un libro existencialista si no pretendiera ser tan cercano, esclarecer en vez de llevarnos a las nubes con preguntas: “me hace preguntarme dónde quedó la que fui allí, la que empecé a ser y se truncó por la fuga, o si en verdad nunca fui esa que recuerdo y esta extrañeza me acompañó siempre”.

lunes, 19 de noviembre de 2018

LA MEMORIA DEL AIRE


La memoria del aire
Caroline Lamarche
Traducción de Raquel Vicedo
Tránsito
2018
308 páginas

Lo importante no es lo que uno vive, sino aquello que nos distingue, aquello que uno siente sobre lo que uno vive. El acto puede ser el mismo, incluso el impulso recibido, la emoción, pero en la transformación de ésta en sentimiento es donde nos distinguimos. Y vivir casi cualquier suceso, por muy cotidiano que resulte, no tiene por qué ser sencillo. Vivir supone un esfuerzo, transportar una carga. Tal vez sea cierto, como apuntan los maestros de meditación, que el pasado no exista, pero de algún lugar venimos, algo nos ha construido. No todo lo que somos viene de serie. Sobre el humus en el que se ha sembrado y las semillas que cayeron, trata este libro, La memoria del aire, de título tan significativo: el aire o se está quieto o es viento, que es la forma más palpable de reconocerlo. En cualquier caso, lo respiramos sin percibir qué materia está entrando en nuestro cuerpo.
Es fácil suponer que nos encontramos frente a un libro introspectivo, de intenciones hasta cierto punto poéticas. Sobre todo a lo largo de la primera parte del volumen, en la que la narradora parece dispuesta a relatar, pero no aparece un hilo narrativo. Sí uno sentimental, en el que se convive con la propia muerte y con el sexo, en el que se apunta hacia la tentación suicida, pero en ningún momento llega a asomarse a ese abismo. Son prosas en la que se vive y se come ceniza, por utilizar la expresión de Caroline Lamarche. “No estoy hecha de mármol ni de goma ni de jabón ni de nube”, llega a expresar, reconociendo la dificultad para conocerse a uno mismo, por encima de las convicciones sobre lo que somos. Hacia el final de esta primera parte se comienza a mencionar más de cerca lo que ha supuesto en ella una relación de pareja, con un hombre al que ella juzga por los vínculos con su madre. No haber soltado amarras con el puerto de la madre, parece ser, condiciona su forma de estar en el mundo y, por supuesto, sus relaciones de pareja.
Así es como ella entra en el hábito de la tristeza, que llega a confesar como inapelable por un suceso traumático que ha callado. Su condición básica es la de la duda. No cae en el victimismo y sin hacerlo explícito se pregunta hasta qué punto ella no tiene culpa por no haber resuelto nada de su pasado, o al menos de los traumas de su pasado. Y así aguanta porque “no se presenta una denuncia contra un hombre frágil, desde siempre los seres excepcionalmente inteligentes y sensibles han sido violentos”, se dice, antes de mencionar el drama del niño superdotado, un drama del que, por otra parte, ella no es responsable ni tiene por qué sufrirlo. Pero de nuevo surge la dicotomía acerca del amor que expresó Cernuda: es una tensión entre la realidad y el deseo. Y Lamarche en este libro desea mucho, quiere mucho y convive, por tanto, mucho con la tristeza de la realidad.