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martes, 7 de mayo de 2024

ELIZA

 

Eliza

Myriam Ybot

Itineraria

Las Palmas, 2024

258 páginas

 



Todo soñador se ha quedado corto. La historia es esencialmente transgresión, o al menos así desearíamos que fuera. De ahí nuestra debilidad por Richard Burton (el viajero, no el actor), David Livingstone, Francis Younghusband, el Duque de los Abruzos, Amundsen y Nansen, Mungo Park, George Mallory, Shackleton y toda esa enorme lista de exploradores que encabezan una más enorme, la de los que los acompañaron, en una época, principios del siglo XX, en que el planeta estaba todavía virgen para los occidentales. Pero transgredir no quiere decir protagonizar una travesía por el Himalaya con un calzado de suela de esparto, o internarse en las selvas de África armado con un cuchillo de untar mantequilla. Uno transgrede cuando el viaje es interior, cuando el viaje le transforma. No hace falta mucha hormona, pero sí mucha sensibilidad para caminar e ir aprendiendo.

Eso es lo que le ocurre a Eliza Drake, la protagonista de esta novela, una mujer británica que el 1910 se embarca sola rumbo a las islas Canarias. Ahí está la soledad como sinónimo de aventura, en lugar del riesgo, y el contraste con todos los grandes expedicionarios que estaban cartografiando el mundo, para definir que no es necesario ser excesivamente bravo a la hora de sentirse protagonista de la propia vida. A nuestra disposición está todo lo que pueden registrar los sentidos, que son miles de millones de matices. En buena medida, esta obra de Myriam Ybot (Madrid, 1965) es un homenaje a una época, aquella en la que a uno le era todavía posible reinventarse por el sencillo hecho de alejarse de sus raíces. Pero también es un homenaje a un lugar, a unas islas de las que es posible enamorarse, y más sencillo, más puro, resultaba en una época en la que las noticias del exterior nos llegaban de guindas a brevas.

Yobt compone un texto amable que tiene lugar entre Tenerife y Lanzarote. La obra se lee con facilidad, y en el momento en que vamos descubriendo que tal vez se centra en un estrato social con el que sentimos una afinidad muy limitada, la alta burguesía, nos descubre que esta gente no está sola: «el pueblo canario, del que forman parte los sirvientes, los agricultores y pescadores, los tenderos y los trabajadores de la exportación, parece muy diferente. Hay quien los tilda de desfachatados, irrespetuosos o arrogantes, pero yo prefiero considerarlos orgullosos y libres», dicta en una de las cartas que encabezan cada capítulo. Será esta relación, el impulso a conocerles, además de a conocer los paisajes, lo que haga avanzar en la lectura con mayor interés que cuando los encuentros son entre gente de otra cuna. Los homenajes que mejor valoramos serán siempre estos, en los que la mirada más afectuosa se deposita en los que tuvieron peor suerte que uno mismo.

martes, 27 de febrero de 2024

UNA CASA EN LA ARENA

 

Una casa en la arena

Pablo Neruda

Fotografías de Luis Poirot

Itineraria

Las Palmas, 2024

120 páginas

 



Hubo un periodo de tiempo en que el hombre se alimentaba de nueces y la fruta que caía de los árboles. Si esa época hubiera perdurado, seríamos felices aguardando a que el coco caiga de la palmera. Sin embargo, no nos quedamos a gusto hasta que no hemos completado el trance de firmar un contrato en una notaría. En buena medida, la poesía nació para deslizar que todavía tenemos opción para esa inocencia, la del comedor de nueces, o al menos la poesía de algunos de estos tipos que escribieron versos de amor para todos. Leerles es querer estar enamorado. Porque el enamoramiento más auténtico, el que nos gustaría, el inocente, no contempla morder carne. Es una verdad, no una necesidad. Ese ha sido siempre el espíritu que ha acompañado a la obra de Pablo Neruda (Parral, Chile, 1904 – Santiago de Chile, 1973). «Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera», sostenía el poeta chileno.

Una casa en la arena es un homenaje, casi elegíaco, a su vivienda junto al mar. Y decimos casi elegíaco porque leído ahora, cuando el poeta ya no está, nos resulta melancólico: nos habla de las cosas que echaría de menos si se fueran, porque han ido llegando a su vida como las olas a la playa, poco a poco, balsámicamente. Son textos de prosa poética, y un par de poesías, en los que se detalla líricamente lo que forma parte de un entorno acogedor. Es posible que en otro lugar los mascarones de proa que allí se acumulaban fueran un decorado para una película terrorífica, pero aquí, conforme los va describiendo Neruda, son tan hogar como lo sería la lumbre de la chimenea. Estamos frente a un libro acogedor, amable, cuidadoso, una recuperación oportuna, que nos habla de humanidad, que es todo lo contrario a la historia, eso que construyen los generales.

 

Pablo Neruda, nacido y muerto en Chile ha sido sin duda una de las voces más altas de la poesía mundial de nuestro tiempo. Desde el combate directo o desde la persecución y el exilio valerosamente arrostrados, la trayectoria del poeta, que en 1971 obtuvo el Premio Nobel, configura, a la vez que la evolución de un intelectual militante, una de las principales aventuras expresivas de la lírica en lengua castellana, sustentada en un poderío verbal inigualable, que de la indiscriminada inmersión en el mundo de las fuerzas telúricas originarias se expandió a la fusión con el ámbito natal americano y supo cantar el instante amoroso que contiene el cosmos, el tiempo oscuro de la opresión y el tiempo encendido de la lucha. Una mirada que abarca a la vez la vastedad de los seres y el abismo interior del lenguaje: poeta total, Neruda pertenece ya a la tradición más viva de nuestra mayor poesía.

sábado, 20 de enero de 2024

EL PRINCIPITO HA VUELTO

 

El principito ha vuelto

María Jesús Alvarado

Fotografías de Teresa Correa

Itineraria

Las Palmas de Gran Canaria ,2024

81 páginas



 

El desierto puede ser el escenario simbólico de la soledad, del olvido, de la pureza y hasta de la muerte por abandono. Se trata de un lugar en el que nadie desearía vivir, o al menos nadie que esté en eso que la condición media de la sociedad llama su sano juicio (escrito así, en cursiva). Todos queremos largarnos a una isla del Pacífico, donde la primavera sea eterna, la alegría una constante, la mala leche no haya llegado todavía, como no han llegado los misiles ni la corrupción económica. Pero todos esos males sí aterrizaron en los atolones del océano que figura ser el paraíso. A donde no llegan es al desierto, por eso lo eligieron los anacoretas, Paul Bowles. Por esa razón Antoine de Saint-Exupéry lo escogió como escenario para el encuentro con su Principito, a pesar de haber atravesado uno de los episodios más complicados de su vida como aviador sobreviviendo en uno de ellos. En realidad, el desierto es calma y es observación.

El desierto es, como bien indican las autoras de estos apuntes que están trazados con frescura, el lugar en el que sentimos que estamos forjando el mundo con nuestra respiración, con la mirada, con el oído o con el silencio, que ahí vienen a ser lo mismo. El principito ha vuelto es un libro lírico en el que se explora qué tiene en común el desierto con la persona que lo está conociendo. La sensación continua de espera, el misterio que uno no quisiera resolver o el reconocimiento de la sencillez que debe tener un hogar se deducen del texto, de los textos, que culminarán con lo que más merece la pena en las jornadas que pasamos en este mundo chingón, que es la amistad. Lo demás, como lo saben bien los habitantes del desierto, es escribir en la arena garabatos que más tarde se llevará el viento.