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lunes, 12 de noviembre de 2018

MI DEUDA CON EL PARAÍSO en La línea del horizonte

Luis Amadeo de Saboya, Duque de los Abruzos, es uno de los grandes exploradores que ampliaron el espectro de la belleza del mundo, junto con personajes como Nansen, T. E. Lawrence o Mummery. Uno solo de sus días bastaría para avergonzar a quienes emplean la palabra aventura con ligereza.

Era el 18 de marzo de 1933. En Somalia. Ese día, el Duque vio el mundo por ultima vez. Puede que en aquel momento, entre las nubes balsámicas de la morfina, todavía aparecieran las siluetas afiladas del Karakórum y los Alpes, el blanco cegador del Polo Norte o las Montañas de la Luna. Unos días que, ahora, a Luis de Saboya –hundidos entre los recuerdos– le parecen imposibles… Sueños con tacto de terciopelo.


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GARNER


“Ay, Dios, que sea un accidente.”
La frase la suelta, sin rubor, Helen Garner (Geelong, Australia, 1942) al principio de su obra maestra La casa de los suspiros. La situación es muy comprometida y se propone llegar con la crónica allí donde no pueden llegar los tribunales ni el sistema al que están sometidos. La misión de los miembros del jurado será tomar una decisión ateniéndose a las pruebas, sin que les deba importar las consecuencias para el reo. La de Helen Garner es una disquisición ética, pues en ningún momento, y en contra de lo que cree la mayoría, acepta que un padre haya asesinado a sus tres hijos. La situación es comprometida: un coche que se hunde en una balsa de agua de siete metros de profundidad, por la noche, y del que consigue escapar el padre, abandonando a sus hijos a la suerte de las aguas. Se supone que el periodista debería ser imparcial, pero una mujer como Helen Garner, que siempre se ha identificado con los miserables, con los humillados y ofendidos, quiere poner su deseo muy por delante de la realidad, si es que las pruebas son la realidad. Al fin y al cabo, cuando escribe el libro ha cumplido sesenta años hace un tiempo y se ha asegurado, a lo largo de su carrera, de tener bien amortizada la credibilidad, incluida la del cronista. El desafío de la objetividad ha quedado al margen, como una experiencia innecesaria, como un trámite absurdo. Lo que importa es que el relato contenga un trozo de vida, por mucho malestar que eso le provoque, y que provoque también al lector. La vejez le está sentando bien, colocando arrugas minúsculas en un rostro de labios finos que sabe sonreír con la inocencia de un niño el día de su primera comunión.
Durante mucho tiempo seguirá el caso en los medios y en los juzgados, presentándose, con rigor, hasta el fallo del tribunal de apelación. “Con frecuencia, durante los siete años siguientes, me arrepentiría de no haberles rezado aquel día y haber seguido mi camino”. Pero el miedo confeso es demasiado extenso, es un miedo a la tristeza, tal vez el miedo más arrogante y oxidado al que nos enfrentamos cada día. La sensación que tenemos al leer esta larga crónica es que Garner siempre tiene presente, en su imaginación y en su memoria, la Oda a la inmortalidad de William Wordsworth: Aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la yerba, / de la gloria en las flores, / no debemos afligirnos / porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo
En un momento en que un miembro del jurado decide abandonar su función, confiesa que sintió pena por él: “Desde su anhelo del factor humano, limitado como estaba a la más restringida versión de las pruebas, debió de sentirse superado por la curiosidad. Como sus compañeros, como nosotras, se esforzaba por construir una identidad y un lugar significativo para cada persona implicada en la misteriosa trama de la historia”. Será ese “factor humano” lo que la lleve a seguir con ansia, sobre todo, las intervenciones del abogado defensor, un auténtico gato panza arriba, un hombre que debe olvidarse de cualquier esplendor en la hierba para intentar forjar un futuro alejado de la cadena perpetua a su cliente. Alguien que, como ella, se cuestiona el sistema jurídico, que es tanto como cuestionarse la justicia de esta sociedad que hemos construido, tan llena de deformaciones, tan irreal si uno es capaz de saltarse las normas de la conciencia, que son una imposición de reglas de convivencia, con frecuencia carentes de moral.
Apela Garner a la empatía, una y otra vez, frente a la contundencia de las pruebas y los testimonios. Construye un libro sobre las emociones, en el que a ella solo le cabe especular, en el que confiesa que le faltan demasiadas piezas y no comprende que quienes se sientan en los distintos banquillos del jurado no sientan idéntica agitación: “me embargaba un sentimiento para el que no tenía nombre, aunque, por extraño que parezca, se parecía a la vergüenza”, llega a pensar tras un intercambio de opiniones con la joven que la acompaña a lo largo del primer juicio. Su compañera está convencida de que desde el primer día los periodistas, también al servicio del sistema, tomaron partido, de que no es necesario el juicio, pues ya están servidos los inamovibles prejuicios: “Tienen que trabajar muy rápido”, la responde, “quizás por eso toman partido tan pronto. Nosotras somos diletantes. Tenemos tiempo para darle vueltas”. Y de nuevo nos enfrentamos a lo más horrible de nosotros mismos, que es el exceso de esa conciencia social, y de estar hechos de tiempo, una materia deleznable.
“Tranquilízate”. Se repite en alguna ocasión, y luego necesita poner las cosas en orden, saber cuál es su sitio para no caer en la tentación de la derrota, pues ese es el tema del libro: “Yo no era miembro del jurado. No había hecho ningún juramento. Solo era una observadora. Nadie me iba a pedir que alterase mi vida. Si estar ahí sentada se volvía insoportable, podía guardar el cuaderno y el bolígrafo, dirigirme a la puerta y regresar corriendo al mundo exterior, donde era primavera, donde brillaba el sol y ya despuntaban las pálidas hojitas verdes de los plátanos de Lonsdale Street”. La situación la lleva a preguntarse por los sueños que deben tener cada uno de los que participan en activo en el juicio. Si a ella se los están robando, no concibe cómo son capaces de dormir. Aunque la conclusión, como la de todo tipo de fracaso, pasa, a su entender, por un defecto de pensamiento, por un abandono de humanidad, del recuerdo del esplendor en la hierba y toda la belleza que nos ha legado, algo que ella ha reclamado a lo largo de toda su obra: “¿Era el meollo de todo el fenómeno un fracaso de la imaginación, la incapacidad de ver más allá de la fantasía de un golpe certero que acabase con la humillación y el dolor?”.
De hecho, mientras que en La casa de los lamentos nos habla del interés que despierta en su sensibilidad unos desconocidos, en su novela La habitación de invitados traslada la exploración sobre el alma a sus vínculos con su mejor amiga. Se trata de una novela breve con disparos autobiográficos, en la que la narradora, anciana, recibe en su casa a otra mujer, durante un periodo largo en el que se someterá a un tratamiento alternativo para superar un cáncer. Se ha hablado de cómo define los límites del cariño, de la presencia de la lealtad e incluso de las posibilidades que tiene arruinar una relación elegida por ambas mujeres, ya maduras. Pero el verdadero asunto del libro es la definición de la amistad. Y lo resuelve de una forma muy explícita: por nuestro mejor amigo seríamos capaces de darlo todo, incluida nuestra propia vida, excepto una sola cosa: la vida de nuestro mejor amigo. ¿Existe un tema más digno de la confianza de la humanidad? Sospechamos que no. En este caso, como ha hecho desde su primera novela, Monkey Grip, adapta sus impresiones sobre la gente que le rodea a la escena de ficción. Una estrategia que todo escritor incorpora, en la que la tensión entre la realidad y la ficción será la que haga de cada secuencia un lugar creíble, una habitación de invitados para el lector.
Los temas de sus escritos, tanto los de teatro como los de crónicas, levantan la piel casi sin quererlo. Revela que habló sobre educación sexual con adolescentes a principios de los años setenta, sin ocultar palabras, algo que supuso su despido. Pero también se destapa como gran cronista cuando trata sobre escándalos de acoso, también sexual, en la universidad. Se adelantó a películas como La vida de Adéle para tratar la tensión a que estamos sometidos, con gracia, y que tapó la conciencia de pecado universal con una hoja de parra, en un tiempo en que todavía el hombre no sabía que el dedo gordo servía para construir armas y herramientas. Es posible que su educación juvenil, cuando consiguió salir de un hogar sin muchos libros ni mucha conversación, en una vida comunitaria propia de los universitarios de finales de los sesenta, la liberara de cortapisas y su proyecto vital haya consistido en mantenerse en esa frecuencia. La literatura ha sido un instrumento, pues jamás ha ocultado quién era la persona que estaba tras el negro sobre blanco y, de hecho, considera que la mejor fuente para su literatura son sus diarios. A través de ellos consigue darle sentido a lo que sucede, y también que lo que piensa en mitad de la noche sea soportable. Luego recoge fragmentos y escribe intentando hacer que un patchwork parezca una obra consistente, razonable, única.
La periodista australiana Kate Legge ha dicho algo así como que Garner es una de esas escasas personas preparadas para revelar cosas demasiado íntimas, del tipo de asuntos que consideramos vergonzosos, cosas sobre las que la mayoría de nosotros no nos atreveríamos ni a toser un monosílabo si nos apuntaran con un arma en la cabeza. Garner ha escrito sobre educación, feminismo, amor, duelo, dolor, vejez, enfermedad, asesinato, traición, drogas, bipolaridad y moral, estos dos temas unidos en representaciones del bien y el mal. Como Hanna Arendt, parece pensar que el mal es intrínseco a ciertos individuos y está presente, casi por naturaleza, entre nosotros. Cualquier otro escritor se habría escondido más de lo que hace ella, se habría justificado aduciendo licencias literarias y los márgenes de la ficción. Ella, sin embargo, entrega sus manuscritos para que los lean las personas representadas, aunque oculte su nombre, antes de publicarlos. Y ahí están sus amigos y conocidos, camuflados, hablando sobre el deseo sexual y los traumas familiares, sobre el deseo y la estrechez que supone la conciencia de que la familia debe ser la propia de un anuncio de margarina. Entre su Geelong natal, un pueblo donde las calles eran de arena y no circulaban coches y donde se crio en el seno de una familia luterana, y la Melbourne de adopción, ha sido suficiente territorio como para entender todo lo que circula por el planeta. Y sobre el planeta ese sinsentido que es el comportamiento humano, tantas veces acobardado, dispuesto a actuar bajo la única premisa de lo que es más fácil. Por ese motivo tiende a identificarse con los supuestos malvados de las historias, porque desconoce la materia de la que estamos hechos y se pregunta hasta dónde somos capaces de llegar bajo presión extrema. Algo que el mundo sirve en bandeja todas las mañanas, al sonar el despertador y abandonar el confort de la noche.
“Estoy interesada en gente aparentemente normal que, de repente, chasca y hace cosas realmente horribles”, ha confesado Garner, “pero que son una versión explosiva de las fantasías secretas de la gente ordinaria en momentos de gran estrés. Estoy interesada en la gente cuya autorepresión de pronto deja de funcionar”. Para a continuación explicar que, si se implica tanto, y así se reconoce dentro de sus textos, es por el intento de llevar la historia hacia ella, de darle su atención completa, tanto humana como psicológica, de respetar la integridad, la dignidad y el valor de las personas que participan del relato. “Hay formas de trasladar estos asuntos al papel sin caer en lo repulsivo y sentimental”, comenta, “las mismas que uno lee en la basura pulp”. Y luego habla sobre los miedos de los lectores a leer párrafos que les impacten, antes de dedicar su tiempo a otras de sus aficiones de mujer retirada: la jardinería o los partidos de cricket de su nieto. A sus setenta y cinco años cree haber olvidado cómo se escribe ficción, pero escribir es lo único que reconoce saber hacer bien. Es capaz de extraer una gran historia de un poco de casi nada, se sentirse como el gato que atrapó el canario, que es lo que confiesa que perseguía.
“Un lector de no ficción cuenta con que te mantengas fiel al mismo mundo real que habitan físicamente lector y escritor. En tanto que escritor de no ficción tienes, además, un contrato implícito con el tema y con la gente sobre la que escribes: debes encontrar un equilibrio honroso entre tacto y sinceridad”, dicta, para a continuación confesar los límites que, a su vez, siente el escritor a la hora de respetar ese pacto, marcados por la confesión de lo que no conoces y no ha sido capaz de averiguar. Y entonces saca a la luz su admiración por el documentalista Claude Lanzmann, el autor de la monumental Shoah: “No hay en el mundo nadie con menos ganas de decir la última palabra”. “La curiosidad es un músculo, la paciencia es un músculo”, y así revierte las supuestas intenciones del periodismo: la inmediatez y los lugares comunes. La no ficción de Garner es reflexiva y, por tanto, universal. Habla con gente que no se cree que alguien esté interesado en contar su historia, y así le van narrando más de lo que quieren que se sepa. Quizá consigue que, como los muchachos a los que dio clases durante seis años, la gente se desprenda de sus miedos. No hay nada de perverso en una pregunta tonta ni en responder a las cuestiones infantiles. “El que documenta no será perdonado”, escribe en su artículo Un álbum de recortes, uno de los incluidos en Historias reales, donde mejor descubrimos quién es Helen Garner, “soportado, sí; tolerado, aguantado, sobrellevado y aun así amado; pero no perdonado”. Pues para ella no es posible ser agradable si se es artista, dado que quien se dedica a tareas que suponen escrutar e intentar que alguna definición sana cuelgue del mundo puede ser muchas cosas, pero no está en condiciones de mostrarse agradable, no es una presencia cómoda para los demás. Denuncia el mal que supone tener los sentidos más desarrollados y afirma que lo agradable es no prestar atención, que los mansos ya dominan la Tierra.
De ahí su intención de hallar algo bueno en los supuestos canallas, o los calificados como canallas bajo el prisma de la conciencia y sus prejuicios. Garner se propone darle la vuelta al aforismo de Sartre, ese que dictaba que el infierno son los otros. Lo complejo es desenvolverse en un territorio, el de la escritura, que no ayuda a ser extrovertido. Los escritores, como dijo Joan Didion, son nerviosos organizadores solitarios: “Cuando los meten en un grupo con tres desconocidos al azar y lo llaman mesa redonda, después les dan un tema y les piden que lo debatan en público, les sale una suerte de extraña coraza térmica o cortina de humo”. De hecho, considera que cuando uno supera la crisis de la mediana edad, si acude a la literatura es en busca de sabiduría, entendiendo por sabiduría lo que se encuentra en el Antiguo Testamento: una conversación sin amargura. De esta manera, en constante transformación, reconociendo las etapas de la vida y del amor, si es que se tratara de etapas distintas, su vida laboral a lo que más se asemeja es a un ejercicio de surf, a “una serie de deslizamientos laterales, de adaptaciones más que ambiciones”. Aunque ya se sabe que uno puede ser un gran lector de la vida de los demás, pero le resulta complicado atinar en la propia. Y cuando lo logra, los resultados pueden ser casi una guerra entre las distintas células de su cuerpo. Cuando lo logra reconoce lo peor de sí mismo y de quienes supuestamente le deberían haber querido. Ese es el fracaso de las psicoterapias, que ella ha practicado despacio, a base de proyecciones sobre las personas de las que ha escrito. Garner se saca a sí misma para que le dé el aire en cada proyecto. Y a los setenta y pico años ya no caben las maldiciones ni las deudas pendientes. Su vida, al menos la literaria, o su viaje a Ítaca, está terminando con sosiego, la única forma de sabiduría palpable.

domingo, 11 de noviembre de 2018

VIAJE A ÍTACA

Cansado de reseñar libros, creo esta entrada de domingo lluvioso. De nuevo Kavafis.

https://www.youtube.com/watch?v=o5YIxp_D9f8


Ítaca
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

jueves, 8 de noviembre de 2018

HASTA LA FRONTERA DE MI SUEÑO DE RICARDO MARTINEZ LLORCA

HASTA LA FRONTERA DE MI SUEÑO DE RICARDO MARTINEZ LLORCA

miércoles, 7 de noviembre de 2018

LA CASA DE LOS LAMENTOS

La casa de los lamentos
Helen Garner
Traducción de Alba Ballesta
Libros del K.O.
Madrid, 2018
300 páginas


“Ay, Dios, que sea un accidente.”
La frase la suelta, sin rubor, Helen Garner (Geelong, Australia, 1942) al principio de su obra maestra La casa de los suspiros. La situación es muy comprometida y se propone llegar con la crónica allí donde no pueden llegar los jurados ni el sistema al que están sometidos. La misión de los miembros del jurado será tomar una decisión ateniéndose a las pruebas, sin que les deba importar las consecuencias para el reo. La de Helen Garner es una disquisición ética, pues en ningún momento, y en contra de lo que cree la mayoría, acepta que un padre haya asesinado a sus tres hijos. La situación es comprometida: un coche que se hunde en una balsa de agua de siete metros de profundidad, por la noche, y del que consigue escapar el padre, abandonando a sus hijos a la suerte de las aguas. Se supone que el periodista debería ser imparcial, pero una mujer como Helen Garner, que siempre se ha identificado con los miserables, con los humillados y ofendidos, quiere poner su deseo por delante de la realidad. Al fin y al cabo, ha cumplido sesenta años hace un tiempo y se ha asegurado, a lo largo de su carrera, de tener bien amortizada la credibilidad, incluida la del cronista. El desafío de la objetividad ha quedado al margen, como una experiencia innecesaria, como un trámite absurdo. Lo que importa es que el relato contenga un trozo de vida, por mucho malestar que eso le provoque, y que provoque también al lector. La vejez le está sentando bien, colocando arrugas minúsculas en un rostro de labios finos que sabe sonreír.
Durante mucho tiempo seguirá el caso en los medios y en los juzgados, presentándose con rigor hasta el fallo del tribunal de apelación. “Con frecuencia, durante los siete años siguientes, me arrepentiría de no haberles rezado aquel día y haber seguido mi camino”. Pero el miedo confeso es demasiado extenso, es un miedo a la tristeza, tal vez el miedo más arrogante y oxidado al que nos enfrentamos cada día. La sensación que tenemos al leer esta larga crónica es que Garner siempre tiene presente, en su imaginación y en su memoria, la Oda a la inmortalidad de William Wordsworth: Aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la yerba, / de la gloria en las flores, / no debemos afligirnos / porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo
En un momento en que un miembro del jurado decide abandonar su función, confiesa que sintió pena por él: “Desde su anhelo del factor humano, limitado como estaba a la más restringida versión de las pruebas, debió de sentirse superado por la curiosidad. Como sus compañeros, como nosotras, se esforzaba por construir una identidad y un lugar significativo para cada persona implicada en la misteriosa trama de la historia”. Será ese “factor humano” lo que la lleve a seguir con ansia, sobre todo, las intervenciones del abogado defensor, un auténtico gato panza arriba, un hombre que debe olvidarse de cualquier esplendor en la hierba para intentar forjar un futuro alejado de la cadena perpetua a su cliente. Alguien que, como ella, se cuestiona el sistema jurídico, que es tanto como cuestionarse la justicia de esta sociedad que hemos construido, tan llena de deformaciones, tan irreal si uno es capaz de saltarse las normas de la conciencia, que son una imposición de reglas de convivencia, con frecuencia carentes de moral. Apela Garner a la empatía, una y otra vez, frente a la contundencia de las pruebas y los testimonios. Construye un libro sobre las emociones, en el que a ella solo le cabe especular, en el que confiesa que le faltan demasiadas piezas y no comprende que quienes se sientan en los distintos banquillos del jurado no sientan idéntica agitación: “me embargaba un sentimiento para el que no tenía nombre, aunque, por extraño que parezca, se parecía a la vergüenza”, llega a pensar tras un intercambio de opiniones con la joven que la acompaña a lo largo del primer juicio. Su compañera está convencida de que desde el primer día los periodistas, también al servicio del sistema, tomaron partido, de que no es necesario el juicio, pues ya están servidos los inamovibles prejuicios: “Tienen que trabajar muy rápido”, la responde, “quizás por eso toman partido tan pronto. Nosotras somos diletantes. Tenemos tiempo para darle vueltas”. Y de nuevo nos enfrentamos a lo peor de nosotros mismos, que es el exceso de conciencia de estar hechos de tiempo, una materia deleznable.
“Tranquilízate”. Se repite en alguna ocasión, y luego necesita poner las cosas en orden, saber cuál es su sitio para no caer en la tentación de la derrota, pues ese es el tema del libro: “Yo no era miembro del jurado. No había hecho ningún juramento. Solo era una observadora. Nadie me iba a pedir que alterase mi vida. Si estar ahí sentada se volvía insoportable, podía guardar el cuaderno y el bolígrafo, dirigirme a la puerta y regresar corriendo al mundo exterior, donde era primavera, donde brillaba el sol y ya despuntaban las pálidas hojitas verdes de los plátanos de Lonsdale Street”. La situación la lleva a preguntarse por los sueños que deben tener cada uno de los que participan en activo en el juicio. Si a ella se los están robando, no concibe cómo son capaces de dormir. Aunque la conclusión, como la de todo tipo de fracaso, pasa, a su juicio, por un defecto de pensamiento, por un abandono de humanidad, del recuerdo del esplendor en la hierba y toda la belleza que nos ha legado, algo que ella ha reclamado a lo largo de toda su obra: “¿Era el meollo de todo el fenómeno un fracaso de la imaginación, la incapacidad de ver más allá de la fantasía de un golpe certero que acabase con la humillación y el dolor?”.

MI DEUDA CON EL PARAÍSO (Culturamas)

Mi deuda con el paraíso

Ricardo Martínez Llorca

Desnivel
Madrid, 2018
240 páginas

Por Teresa Rivas
Muchos pensamos, entre otros quien firma este artículo, que Luz en las grietas era el adiós a la literatura de Ricardo Martínez Llorca. Nada más lejos. Acabamos de leer Mi deuda con el paraíso y ya se anuncia la aparición de otra novela. Si Luz en las grietas era un desgarrador texto de despedida, una obra testimonial, tal vez la única española que podría jugar en una liga internacional junto a El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, Esta salvaje oscuridad, de Harold Brodkey, y algunas páginas de Niveles de vida, de Julian Barnes, la vida ha permitido a Martínez Llorca terminar uno de esos proyectos para los que se requiere mucha paciencia y mucho sacrificio. Mucha ilusión, aprendizaje y un alarde imaginativo sorprendente. Un escritor de oficio, un novelista puro. Si bien, al igual que en su libro anterior, el hecho de que aparezca en una editorial de género le perjudicará. Ojalá una de las grandes editoriales recupere algún día estos textos para que figuren en un estante diferente en las bibliotecas. Mi deuda con el paraíso cobra el aspecto de novela histórica. Y en ciertos puntos lo es, pero el conjunto es una novela de ambientación histórica. Se debería tratar de una obra sobre uno de los grandes exploradores, el que ideó la ruta de ascenso al K2, por ejemplo, pero no es literatura de montaña. Mi deuda con el paraíso es una rara avis en el panorama literario. Es una novela de aventuras al estilo más clásico.
Dos son las fuentes de las que bebe, como espíritu literario, esta obra: en primer lugar, Robert Louis Stevenson; el narrador es un hombre centenario cuyo cuerpo agoniza, pero su memoria se conserva intacta. Durante su estancia en una pensión de Madrid, recuerda su única aventura, la exploración en busca de las fuentes del Uebi-Schebeli, en la actual Etiopía, como ayuda de cámara del Duque de los Abruzos. En esta ocasión, el Duque, pues con este nombre es con el que se le denominará, ejercerá de protagonista, sí, pero también de la figura paterna que ayuda al narrador a descubrir el mundo. Detrás de esa voz se esconde una novela de iniciación. Pero la textura no es la del depuradísimo estilo de Stevenson; Martínez Llorca no renuncia a uno de sus puntos fuertes: la descripción. En nuestra lengua pocos son capaces de construir las frases que él utiliza para describir un paisaje a vista de pájaro o el brote repentino de un sentimiento. Nada se le escapa al ojo de la memoria de nuestro narrador.
Y mientras tanto, ¿qué es lo que sucede? Sucede que esa es una expedición en la que el Duque no cuenta con sus amigos de toda la vida, su Hércules particular, Umberto Cagni, o su fotógrafo leal, su confidente, Vittorio Sella. Aunque sí aparecen a lo largo del texto. La edición, por otro lado hermosa, aunque cabe reprochar el abuso de caracteres por página que dificulta un poco la legibilidad, ha dispuesto una serie de flash-backs dentro del gran recuerdo. Cuando la ocasión salta, el narrador cuenta lo que ha conocido a través del Duque o de sus amigos: sus exploraciones polares, por el Himalaya, por el Ruwenzzori, en Alaska. Y también se ciñe a unos guiños a otros exploradores contemporáneos del Duque, cameos que en algunos casos fueron reales, como los encuentros con Nansen o con Peary, aunque desconocemos si se produjeron en tales términos, o más fantásticos, como la aparición de T. E. Lawrence en un episodio delirante. Con el mismo peso, está la historia de un amor imposibilitado por un primo enano, rey de Italia, un dato real, pues fue él quien no suscribió el matrimonio entre el Duque y una heredera de fortuna americana. Y están las figuras africanas, siempre dignas, a las que se trata con un respeto reverencial, igualado al que se contempla hacia los amigos de aventuras.
Entre ellos, entre los miembros de la expedición, se esconde un secreto. A la hora de la verdad se esconde un doble secreto: el verdadero objetivo de la expedición, que no es geográfico, y unas acciones que parecen indicar sabotaje, pero que se sortean con facilidad. Como si el saboteador fuera un principiante. A pesar de la extensión del texto, que otro editor habría optado por fabricar un volumen de quinientas páginas, a los lectores de la literatura de piscina sentimos lastimarles: no hay una palabra barata. La novela se lee con tensión, pero a la par con facilidad. De hecho, es uno de esos libros en los que nada sobra, en los que uno piensa, cada vez que pasa una página, que ojalá se prolongara más. De haber caído el proyecto en las manos de otro escritor, así habría sido. Un profesional de la novela histórica al uso se habría extendido gratuitamente. Un escritor que se vende al peso, habría descrito hasta el más mínimo detalle las otras expediciones, que aquí se nos presentan, en contraste con la novela, como crónicas extensas. En definitiva, este podría ser uno de los mejores libros del año. Rogamos que nadie se acerque a él con prejuicios. Es pura novela, literatura científica y poética.

martes, 6 de noviembre de 2018

EL ALA IZQUIERDA


El ala izquierda (Cegador, 1)
Mircea Càrtàrescu
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
Impedimenta
Madrid, 2018
422 páginas

Este proyecto literario, esta trilogía de la que recibimos la primera entrega, firmada hace veinte años, la leemos como una suerte de rebelión contra Solenoide, la obra maestra de Càrtàrescu. Escrita antes del realismo triste y fuertemente sosegado por la personalidad del narrador, y del autor, que es Solenoide, El ala izquierda nos ofrece una visión metafórica y rebelde de una Rumanía que ha pasado por años de oscurantismo, del que le resulta imposible despegarse. Así es como se puede entender esta obra, que ofrece una poesía oscura y durísima, más próxima a un retablo de El Bosco que a cualquier otra experiencia narrativa. La lucha entre los atisbos de luz y la inmensa oscuridad, un existencialismo en el que se impone el extrañamiento de uno mismo, tal vez sea el tema de la obra. Decimos tal vez, porque la obra no puede ser más abierta. Se trata de uno de esos libros en los que cada lector hará su propia interpretación y todas serán válidas. En realidad, enriquecerán a la obra.
Lo que comienza como una melancolía de Proust, se despega de la realidad incluso en los momentos de monólogo, que son los más referenciales, los más pegados al planeta. Pero son aquellos en los que se refleja una mente humana intrincada en rizos y sinapsis, para no llegar a ninguna parte. Tal vez porque la vida sea eso: divagar sin término. Porque vivir no es un viaje cerrado, una narración completa. De hecho, el realismo se va perdiendo a medida que uno avanza en la lectura, hasta el punto de verse, cuando aparece, como otra deformación. Lo que aparece como imágenes, son representaciones sensoriales guardadas en la memoria. Y la memoria trabaja por igual el último segundo que el primer recuerdo. De hecho, da la sensación de que Bucarest y el narrador son el mismo personaje. Y desde ese personaje, que ocupa las primera páginas, el narrador regresa a la leyenda de su madre o viaja a Nueva Orleans donde conoce a personajes de baja estofa.
Pero no estamos frente a una novela, o al menos no frente a una novela de escuela de escritura. Es una obra que contiene mucho de onírico, sí, pero también de ensayo. Las asociaciones dan la sensación de ser de escritura automática, y, sin embargo, responden a un plan. Este es la reclamación de la  libertad, del caos como fuente de creación, de sacar a paseo dioses y monstruos sin necesidad de pedir permiso. En buena medida, es reclamar un derecho a la infancia, cuando uno debería haber podido decir lo que no se debe decir. Por eso hasta la figura de la madre aparece despegada del resto de la realidad, es un viaje a lo irreal. Y la realidad está condicionada por unos seres algo paranormales, o que nos parecerían paranormales si no conociéramos la suerte que corrió el país de Càrtàrescu. De ahí ese punto grotesco que por momentos adquiere la obra, y que es una metáfora de una posguerra que es, a la hora de la verdad, otra forma de guerra.
El ala izquierda es una obra coral en la que se suceden caricaturas. Aunque las caricaturas están demasiado pegadas al retrato, por mucho que esto pueda parecer un oxímoron. Es una narración acumulativa, donde no cesan de sumarse detalles y datos, hasta que el edificio se desmorona sobre el lector. Se trata de una experiencia narrativa intensa, en la que el autor se permite derrochar erudición, en la que se ambiciona meter a todo el mundo o a toda una vida, lo cual no deja de ser lo mismo. Un libro que exige atención y devuelve impacto. Una lectura que nos atornilla al suelo, por mucho que aparente intentar despegarnos de él.

PARA HUIR

Para huir

Hoy hablaremos un poco sobre Mi deuda con el paraíso.
Ricardo Martínez Llorca vuelve a la carga con su capacidad de descripción,
esta vez valiéndose de los recuerdos del ayuda de cámara del
Duque de los Abruzos,
un joven que le atendió durante su última aventura en África.

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Mi deuda con el paraíso
Ricardo Martínez Llorca
Desnivel
Madrid, 2018
240 páginas



Hace poco más de veinte años Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) apareció en el panorama literario con una novela Tan alto el silencio (Debate) que hoy es casi imposible de encontrar. Se trata, muy probablemente, del más deslumbrante debut literario de la década de los noventa, junto a gente como Antonio Orejudo. Era una obra de un lirismo desconcertante, épica en su fundamento, pero sobre todo una elegía brutal, pura poesía, que venía avalada por Constantino Bértolo, uno de los lectores más exigentes de este país. Bértolo supo ver que no se trataba de una novela de género montaña, aunque la montaña, como en casi toda la obra de Martínez Llorca, tiene su recorrido a lo largo de las páginas. Son muchos los lectores que aman la montaña que no han tenido ocasión de leerla y desde aquí reclamamos, ya, que alguna editorial la recupere.
El recorrido posterior de Martínez Llorca pasa por un libro híbrido, entre el viaje y la novela, Cinturón de cobre, de una belleza inusual, un retrato perfecto de un país fragmentado como es Zambia y una forma de jugar con la literatura en forma de falso diario. Otra obra que debería recuperarse. Como El paisaje vacío, escrito bajo la influencia de Paul Bowles, y sin duda con un extrañamiento impactante que le valió el prestigioso premio Jaén de novela. A esta le sigue un libro de perfiles, El precio de ser pájaro (Desnivel), sobre la gente del mundo del alpinismo a los que echamos de menos y, sobre todo, sobre quiénes son los que tanto les echan de menos; es un libro valiente. Durante los años posteriores, su carrera estuvo un tanto diluida: alguna pequeña novela en editoriales pequeñas y sus colaboraciones como crítico literario, que le han llevado a ser considerado una voz de peso en el panorama de la literatura de viajes. Así hasta que reaparece con dos títulos de pequeño formato, pero grandes propuestas, como son Hijos de Caín (Xplora) y Después de la nieve (Desnivel). En realidad, se trata de un díptico en el que retorna a la aventura, a la epopeya, a la épica, y lo hace con una propuesta muy original. El planteamiento es el mismo que sería si los personajes existieran y un periodista hubiera ido a entrevistarles o se hubiera cruzado por su camino. El resultado es de una madurez creativa que da la razón a Alejandro Gándara, otro lector implacable, cuando dice que la capacidad de descripción de Martínez Llorca hace de él el Joseph Conrad español.
¿Qué más puede aportar a la literatura nuestro autor? Queda el territorio testimonial. Luz en las grietas, con la que extrañamente gana el premio Desnivel, es una confesión de una altura literaria que iguala a las obras de Joan Didion y su El año del pensamiento mágico, o Anatole Broyard con Ebrio de enfermedad. En cierta manera, tal vez el hecho de estar publicado por una editorial de género, ha afectado a esta obra a la hora de su divulgación popular y su repercusión entre la crítica literaria, aunque los amantes de Desnivel han salido ganando y algunos lectores han descubierto la línea narrativa de la editorial. Se nos ocurre compararla con la celebradísima Ordesa, de Manuel Vilas, otro libro sobre la resiliencia, sobre la dureza de vivir, sobre la proximidad de la muerte impactando en cada latido. Pero Ordesa, con el debido respeto, es una bonita carta juvenil comparado con Luz en las grietas, una lectura de la que todavía estamos recuperándonos y que, supusimos, sería el adiós de Martínez Llorca a la literatura y, tal y como él lo ha expresado, puede que a la vida. Sus enfermedades le han llevado al límite y así es como recuerda su infancia y adolescencia.
Por fortuna, nuestro autor se ha recuperado. Se anuncian dos libros que salen a la luz casi a la par. Hoy hablaremos un poco sobre Mi deuda con el paraíso, un sorprendente giro en la carrera de Martínez Llorca. Vuelve a la carga con su capacidad de descripción, esta vez valiéndose de los recuerdos del ayuda de cámara del Duque de los Abruzos, un joven que le atendió durante su última aventura en África. El narrador tiene ahora cien años y se sirve de toda su cultura para hablarnos de aquella expedición, sin olvidar la biografía completa del Duque ni sus otras expediciones. De hecho, la estrategia de referirse a ellas utilizando la cursiva, nos permite, si lo deseamos, leer la novela sobre la expedición de una sentada, y las crónicas reales de otra. Aunque estas se insertan en los momentos en que es necesario ir explicando, poco a poco, quién es el personaje protagonista de la novela. El título lo pone en boca de Umberto Cagni, quien fue el mejor amigo del Duque, durante el paso en barco del estrecho de Magallanes, cuando eran adolescentes, una travesía en plena tormenta. Ese será el paraíso del Duque: la parte de la naturaleza que a algunos puede resultarles aterradora y a otros un imán. Se trata de una novela que será catalogada como histórica, y es cierto que la labor de investigación histórica, y la geográfica, ha debido suponer un gran trabajo. Pero lo que nosotros leemos es de nuevo la necesidad de la épica para huir de la vida cotidiana que nos ata. De ahí que el anciano narrador quiera que su último sueño sea rememorar la aventura, el amor por la aventura, lo desconocido, el enigma, un mundo todavía limpio, sin plásticos y con desiertos de tinta en la cartografía. Podríamos extendernos sobre la obra, pero dejemos que sea el lector quien la descubra. Si le pusiéramos el termómetro de la literatura histórica y de aventuras, el mercurio explotaría antes de terminar el primer párrafo. No sabemos si es una obra maestra. Pero nos gustaría pensar que sí, al menos nos gustaría pensarlo durante y después de la lectura. Veremos que dicta la historia.
Texto: Carlos Rivas (profesor para poder dedicarse a leer y a viajar)

Sobre HASTA LA FRONTERA DE MI SUEÑO y MI DEUDA CON EL PARAÍSO

RICARDO MARTÍNEZ LLORCA: MANUALES DE LITERATURA PARA CRECER

escrito por Suso A. 24 septiembre, 2018, Oculta Lit
Ricardo Martínez Llorca: Manuales de literatura para crecer

Lo dicta en los títulos de los dos libros que se publican, como hermanos siameses, de Ricardo Martínez Llorca(Salamanca, 1966): el posesivo mi delata cuánto quiere reflejar lo que lleva dentro, y no solo en un aspecto literario. La formación de Martínez Llorca, como ha demostrado en sus libros anteriores, viene determinada por el amor al aire libre, expresado con frecuencia en la montaña, y en una lectura propia de un hombre que huye del existencialismo: en los libros, todo cobra sentido. Sobre todo, en los libros épicos. Disfruta de la literatura de aventuras, aunque las forma de expresarse de sus narradores posee un extraño lirismo, elegíaco, a veces, testimonial en otras ocasiones. En ese sentido, su última obra, Luz en las grietas, era magistral, la obra más valiente, y mejor escrita, a la hora de poner el corazón al desnudo de la literatura española contemporánea. Solo una editorial como Desnivel se atrevió a apostar por ella. La misma editorial que publica ahora Mi deuda con el paraíso, que se anuncia como próxima a la literatura histórica. En tanto que Hasta la frontera de mi sueño aparece en El Desvelo, una editorial a la que cada día se respeta más, y con razón. Ambas expresan los deseos y los sueños del autor. Porque, dejando aparte cualquier análisis de género, dejando a un lado la diferencia de voces, de unas descripciones impactantes en el primero, de una limpieza destilada en el segundo, las dos obras tienen un factor común: son, también, novelas de iniciación.
Puede sorprender a quien lea ambas, cosa que recomendamos. Pero después de un tiempo, cuando la lectura ha reposado, uno se da cuenta de que las dos voces reflejan un momento de inflexión en la vida del narrador. En ese momento, el narrador decide que aunque solo sea por haber vivido una expedición o un verano en Pirineos, siendo adolescente, siendo púber, la vida ha merecido la pena. Hasta ahora se había cotejado la literatura de Martínez Llorca con el mismísimo Conrad, sustituyendo el mar por la tierra, dada la capacidad de describir, de enumerar, de adjetivar, de crear metáforas o comparaciones sorprendentes. Hasta la frontera de mi sueño nos obliga a releer toda su narrativa, pero especialmente Mi deuda con el paraíso. Los chicos que crecen junto a un gigante, un gran personaje literario, son algo propio de Stevenson. A la hora de la verdad, es muy posible que éste sea el manantial literario con el que sueña Martínez Llorca. Digamos que en ambas, el narrador admira a dos personas. En el primer caso se trata de alguien real, alguien que existió, el Duque de los Abruzos, un explorador de la época de Nansen, T.E. Lawrence, Richard Burton y un largo etcétera. Gente a la que admiramos, gente que rellenaba los mapas sufriendo enfermedades y alejándose de su hogar durante años. En el segundo caso es Adán, el primo del narrador que, para incidir en la sensación de buen sueño, tiene por apellido Llorca; Adán, por otro lado, es el nombre del primer protagonista del Génesis, el que puso nombre a los animales y a las plantas, a los valles y a las cimas.
Para sugerirlo de otra manera, el Duque de los Abruzos y Adán vienen a ser algo así como Long John Silver en La isla del tesoro. Aunque en estos casos no se muestran como el famoso pirata, con un conflicto entre la empatía y la codicia. En el caso de Mi deuda con el paraíso, el Duque conserva enigma. En la otra obra, Hasta la frontera de mi sueño, Adán es pura bondad, entrega, generosidad. Ambos reflejan lo mejor del ser humano. El Duque de los Abruzos, tal y como se expresa al principio de la novela, quiso dedicar sus últimos años a un proyecto solidario en la actual Etiopía: allí construyó aldeas, canales de agua limpia; plantó arroz y legumbre y, tal vez, tulipanes; vivió para los humildes, para los olvidados, una entrega que no quiso vocear, pues él también aparece como un personaje humilde. Adán es puro amor por su primo pequeño, el narrador de Hasta la frontera de mi sueño; es un guía de montaña que está ayudando a su mejor amigo, Bravo (un apellido escogido no sin intención, pues ser valiente es para Martínez Llorca la gran virtud a la que tiene acceso el ser humano) a preparar el examen para ser, a su vez, guía de montaña. Y ambos narradores están en ciernes, presentan sus discapacidades. El primo de Adán padece un asma severo, condición que da más valor a cualquiera de sus actos, a un paseo por los bosques, a superar un desnivel de trescientos metros en la montaña. En el caso del ayuda de cámara del Duque, es la pura ignorancia; arrancado de un barrio donde no había nada, se prepara para afrontar una expedición en una enigmática búsqueda de las fuentes de un gran río, y desconoce si está preparado para el reto: se ve a sí mismo demasiado verde para saltar de la vida en la aldea al gran viaje. Será el Duque quien, más con silencios que con palabras, le anime en la ruta.
Todo este espíritu subyace en común entre ambas obras, éste y el de la memoria. En un caso, el narrador recuerda la expedición africana contando casi cien años, viviendo en una habitación de una pensión de Madrid, cuando el mundo se ha transfigurado y ya no lo reconoce. En el otro, el narrador tiene dieciocho años y está a punto de examinarse de la PAU, la prueba de acceso a la universidad; en lugar de estudiar, como si quisiera liberarse de la presión, recuerda ese verano mágico, a partir del cual la vida cambia de sentido. ¿Qué sucede alrededor de estas dos novelas de crecimiento? Mi deuda con el paraíso tiene una muy documentada labor de investigación histórica y geográfica, cameos de otros exploradores, crónicas de viajes al Polo Norte, al K2, a Alaska, intriga, narra un amor imposible y nos da a conocer a los grandes amigos sin los que no hubiera podido llevar a cabo sus aventuras, es decir, a la amistad; el final, por otra parte, es sorprendente pero, si lo pensamos, dado lo que oculta la expedición, no podía ser otro. En tanto que Hasta la frontera de mi sueño nos habla de la farsa que es la familia, pues la familia debería ser algo que vamos construyendo a lo largo del tiempo, a medida que aprendemos a querer y descubrimos que somos dignos de ser queridos. Allí está el padre empeñado en construir con sus manos un embalse para pescar carpas, un guiño a Carpas para la Werhmacht, ese delicioso libro de Ota Pavel; y una madre autocompasiva que se borra del ejercicio de la maternidad, y un hermano mayor que quiere ser un intelectual, como lo es Lawrence Durrell en Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell; y está, por fin, un trozo de familia que es esta corporeidad mortal y rosa / donde el amor inventa su infinito, que rezó Pedro Salinas, y que es el vínculo entre el narrador y su hermana pequeña, pues es él quien realmente la cuida, a pesar de sus enfermedades.
Conrad, Stevenson, Durrell, Salinas, Pavel… si indagamos, muchos más, muchas más lecturas. Pero no debemos equivocarnos. En una época en la que las novelas se construyen a partir de lo leído, en la que surgen tantos autores que intentan hacer con la novela lo que Borges hizo con el cuento, literatura sustituyendo a la literatura (ahí está el sobrevalorado Bolaño como mejor ejemplo), que alguien haya sabido leer toda la vida que contienen las lecturas, y que la comparta junto a lo que está aprendiendo, porque la literatura es móvil, es un soplo de aire libre. Martínez Llorca es un escritor que no se atiene a corrientes, que no cree en los géneros, que va por libre, como iba por libre Henri Rousseau en pintura, al margen de las corrientes impresionistas, expresionistas o fauvistas. Es un escritor que convoca todo lo que es en cada frase y nos regala obras de peso, capaz de llevarnos casi hasta las lágrimas, como en Luz en las grietas o en Tan alto el silencio, y de engañarnos con una imaginación de una madurez sólida y versátil en Hijos de Caín o Después de la nieve. Es, posiblemente, uno de los cuatro o cinco mejores escritores de su generación. Y aquí vuelve a demostrarlo.