Buscar este blog

Novedades recibidas

Novedades recibidas
Novedades cómplices

viernes, 19 de enero de 2018

LAS NIÑAS CLANDESTINAS DE KABUL

Las niñas clandestinas de Kabul

La vida oculta de las chicas afganas disfrazadas de muchacho.

Jenny Nordberg

Traducción de María Eugenia Frutos
Capitán Swing
Madrid, 2017
375 páginas

Recordamos en qué consistía el Macguffin: un recurso cinematográfico en el que la trama expuesta al espectador no supone la intención o implica el tema real sobre el que trata la obra. Por norma general, una historia de amor o desamor, de celos o de traición, está disfrazada como una obra de espías o aventuras, o de ciencia ficción. Pero también debemos recordar en qué consiste la metonimia, la transnominación, el designar el todo refiriéndonos a una parte. Si unimos ambos y encontramos un tema magnético, podemos construir una obra como este Las niñas clandestinas de Kabul, una obra de aspecto periodístico, pero que es un estudio etnológico. Una obra que se centra en unas pocas personas, pero en la que se contiene a la población total de un país, Afganistán. El trabajo de Jenny Nordberg (Suecia, 1972) supera lo encomiable. Parte de la maldición heredada, esa que llamamos tradición, y que supone que los padres que no engendran un niño varón son una deformación social, una familia marginal. El varón podrá salir a la calle solo, acompañar a las mujeres, aunque estas le quintupliquen en edad, negociar, resolver, en tanto que a la mujer se le anula el derecho de acción, hasta el extremo de anularle la intención de poseer voluntad.
Sobre ese país, esa tradición, esa maldad innecesaria, ese anacronismo, es sobre el que trata esta obra. Los ejemplos que sigue Nordberg son media docena y en ocasiones desaparecen del todo. De hecho, se trata, con frecuencia, de Bacha Posh (término con el que se designa a estas niñas disfrazadas) casi hasta populares. Los conocidos por supuesto, pero también mucha de la gente de alrededor mira hacia otro lado cuando les cortan el pelo para cambiarles el sexo. Así la familia dispondrá de un varón más, junto al padre, en ocasiones un bruto analfabeto, que custodiará a la familia. Este varón tiene los días contados. En cuanto llegan a la pubertad, con la primera menstruación, vuelven a cambiar de sexo.
Pero esto que pervive, que Nordberg conoce de primera mano pese a la decadencia de Afganistán, mostrándose casi temeraria, sigue siendo el resultado de un fracaso. Estamos inmersos en un país derrotado en todos los sentidos: bélico, social, humanitario, humanista, cultural… es un estado fallido. Pero un estado cuya situación no cabe achacarse a los afganos. Nordberg es consciente, y así lo va relatando, de la historia reciente del país y del fracaso de la política internacional. Un fracaso del que se ha beneficiado grandes corporaciones y ha dejado a los afganos hechos una piltrafa. Casi podría decirse que privados de su condición de personas, de su dignidad. Insultados, humillados y ofendidos. Las chicas clandestinas son una prueba más de ello. No es picaresca, porque los afganos no pueden permitirse la ironía. Es puro realismo social en un país sin cuartel. Lo que Nordberg aporta es ponerle rostro al país recurriendo al Macguffin, a la metonimia, casi sin darse cuenta de ello. Porque la dureza de la vida en Kabul se impone.
Y sí, existe una cosa que llamamos amor, algo que tal vez podría cambiar el aspecto de lo que presenciamos a través de los ojos de Nordberg. Pero en el constructo social de Afganistán, lo que se ha inventado y recuperado, la pésima tradición, el amor es una china en la sandalia. Sin embargo, no hay rencor en la forma en que se expresa Nordberg. Tratando de ser objetiva, no puede evitar la empatía y la compasión por las chicas disfrazadas y por sus madres y, también, por unos padres oprimidos bajo el peso de una forma de vida cimentado en un paradigma: cuánto daño ha hecho la expresión esa que defiende la permanencia de las cosas tal y como están bajo el argumento de “siempre ha sido así”.

jueves, 18 de enero de 2018

EL VIAJE DE SHACKLETON

El viaje de Shackleton
William Grill
Traducción de Pilar Adón
Impedimenta
Madrid, 2014
73 páginas


Al despertar, cada mañana, uno espera que el café mantenga el mejor aroma de los mejores tiempos, que las calles estén limpias y a ser posible con ese esponjoso tacto que queda en el aire tras haberse fregado. Uno desea que el desayuno caiga en su barriga para fermentar un placer alentador, que el vecino salude con amabilidad al cruzarse con él en el ascensor. Que la prensa esté bien ordenada en el quiosco, que ya haya abierto las puertas el frutero y las manzanas, por fin, huelan a manzanas. Que la mañana de trabajo sea cualquier cosa menos tensa, que no te ladre ningún perro, que el viento no anuncie tormenta, que el anticiclón sea un valor seguro. Como debería serlo el verde de los árboles, el amarillo de las fotografías que van quedando antiguas, el rojo del crepúsculo. Y el azul, presente en cada momento, en el cielo y en el fondo de pantalla del ordenador; en la camisa que utilizamos para agradar a los amigos y en el agua que sale del grifo transparente, pero queremos ver azul.
Y azul, muy azul, es este volumen, El viaje de Shackleton, un libro ilustrado que bebe de la aventura y de los recursos del cómic. La idea de William Grill no puede ser más honorable: poner al alcance de cualquiera, incluso de los que carecen de tiempo para sentarse a leer los titulares de los periódicos, una de las mayores odiseas de supervivencia de la historia. Sobre la aventura de Shackleton y el Endurance, su barco, en la Antártida se han publicado varias docenas de libros y se editaron unos cuantos documentales. Digno de mencionar es el trabajo biográfico de Javier Cacho, Schakleton el indomable (Fórcola), cuya lectura recomendamos. Como no podemos dejar de recomendar esta obra, en la que la ilustración pasa a ser la protagonista, protegida por un texto ajustadísimo.
William Grill reduce, también en sus ilustraciones, la consistencia del viaje y de la batalla, hasta hacer de las imágenes una enumeración que es, en realidad, la historia de supervivencia destilada hasta su mínima expresión. Y en este caso, mínima es un adjetivo elogioso. Las caracterizaciones son amables al tiempo que reconocibles, la composición una infinita variedad de recursos gráficos. De este modo la historia pasa a ser de interés desmedido no sólo por lo brutal de los sucesos, también por el agrado con que uno va pasando las páginas. El viaje de Shackleton es un lujo, uno de esos libros que si uno tuviera que vaciar su biblioteca por falta de espacio, y eligiera conservar una cantidad exigua de volúmenes, no sería capaz de renunciar a esta obra. Se trata de un volumen azul que a uno le gustaría que permaneciera siempre como el primer día que lo compró, como un valor fijo entre los buenos valores anhelados, como el aroma del café, la calle limpia, la amabilidad del vecino o el olor de las manzanas.

Fuente: La línea del horizonte


EL VALLE FELIZ

El valle feliz
Annemarie Schwazenbach
Traducción de Juan Cuartero Otal
La línea del horizonte
Madrid, 2016
173 páginas


“La luz ya está recorriendo el cielo, inmensamente alto, sin estrellas, sin campanas, sin incienso”. Ese es el recorrido de la literatura del ángel desolado, que es como Thomas Mann calificó a Annemarie Schwazenbach (Zurich, 1908 – Sils, Engandina, 1942). Ahí está presentes los tres sentidos sobre los que se construye casi toda la literatura: la vista con un cielo negro, el oído con su silencio, y el olfato que no percibe ninguna fragancia. Y ese será el tono que desplegará, como banderas al viento de la nostalgia, en esta obra, El valle feliz, donde la felicidad se identifica con la tristeza, con una despedida que se demora, que nunca termina de producirse: “¿O es que quieres contar tu dolor para conmover el corazón de la gente y conseguir una sentencia benévola?”, se interpela a sí misma hacia el final del libro, cuando no sabe cómo ponerle fin, porque el libro sucede en el tiempo de la memoria, y ese, bien lo sabemos, es una sucesión permanente de sensaciones. Como las que percibimos por la vista, por el oído y por el olfato. Aunque si uno tuviera que elegir, diría que Schwazenbach es en primer lugar auditiva. Pero detrás de la sensación vendrá la emoción, que se gesta como si brotara la lluvia en sus entrañas, para luego, por fin, remitirnos a la imagen. Al fin y al cabo, Schwazenbach recorre el mismo camino que los sueños: primero atraviesa nuestro cuerpo el sentimiento, y luego lo asociamos a una imagen onírica. De ahí que las enunciaciones de los sentidos, que no cesan, sean siempre presentimientos, premoniciones. Al igual que las evocaciones, traen aquí, al presente que es la escritura, lo lejano. Escribir es para ella una tortura y un alivio. Ambos se hacen presentes en nuestras vidas de múltiples maneras, así pues, debemos afrontarlos: “Unos debería elegir sus enemigos igual que sus objetivos: de acuerdo con las fuerzas de que dispone”, reflexiona.
Con el objetivo de facilitar los azotes de la memoria, pues El valle feliz no es el cuaderno de campo de su visita a Persia, a lugares de la actual Siria, sino un libro íntimo a partir de aquel viaje, Schwazenbach crea una segunda voz que aparecerá a mitad del libro. Es una voz que tiene algo de profeta, pues alude al amor perdido sobre una tierra en la que vertió sus sentidos, sus razones, sus creencias, sus ilusiones. Una tierra que se caracteriza por la paradoja inhumana de ser un lugar arqueológico, un oficio que ella desarrolla allí, sobre antiguos asentamientos, pero sobre la que viven pueblos en constante emigración. Así pues, de alguna manera Schwazenbach se refugia abrazando la nostalgia y un espíritu anárquico. Es una persona que rechaza lo que representa la ley y el orden. Una persona cuyo consuelo es la belleza. Y cuya maldición es el arrepentimiento. Vierte lágrimas en el desierto mientras pasa sed.
Existe algo de lirismo autocompasivo, sí. Posiblemente merecido y verdaderamente bien justificado, que impone el tono del texto. En ocasiones, cuando acude a lo más cotidiano de su experiencia, nos hace recordar obras como Los alimentos terrestres, de André Gide. Pero ese tono obedece a la tristeza que supone la búsqueda de su identidad, cuestionarse por qué fue más feliz allí que en ningún otro lugar que hubiera pisado. Y ella sabe que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, que por mucho que regrese, no recuperará ese sentimiento de plenitud.
De esta manera, a Schwazenbach le queda su prosa poética para seguir luchando contra su aliento. Lamenta la soledad en el desierto, que es precisamente el escenario simbólico de la soledad. Pero sabe que es allí donde debe someterse a un acto de bautismo, a una ceremonia en la que renazca. Aunque ignora cómo ejecutar dicha ceremonia. De hecho, lamenta esa difusa frontera entre la religión y la espiritualidad. No quiere encerrarse en la primera, pero ansía que cada célula de su cuerpo sea algo más que pura biología. Schwazenbach escribió un libro de viaje diferente, pues por encima de todo, está el alma. Hablar de otra cosa, es volver la espalda al universo.


Fuente: Revista de letras

Sal&Roca RECOMENDACIONES DE ENERO

Toda la aventura en cinco libros

Óscar Cadiach i Puig en 2011
Óscar Cadiach i Puig en 2011
separacion
Entre-alisios-y-emociones



Entre alisios y emociones
Ana Claver y Joan Bassols
Nova Casa
254 páginas





Por encima de todo, este libro es un canto al derecho a soñar. Que una familia se embarque en un velero por los mares del Caribe, recuerda todo lo que a las generaciones anteriores nos revelaron como los mejores deseos, la aventura más intensa: el viento y navegar, el mar sin horizontes, los lugares que poblaron los piratas, las islas paradisíacas, el amor entre los hombres o eso que se conoce como fraternidad, la poesía épica y la poesía lírica. Al viaje no le faltan deseos y es con ellos con los que está editado el libro. Sí, porque la realidad y el deseo a veces se entonan en la misma frecuencia y así es como brota la emoción. El problema de este libro es la envidia que sentimos los lectores, a quienes nos pusieron demasiado plomo en las alas como para atrevernos a imitar a estos autores, incluida la pequeña de seis años, de un libro editado con el cuidado con que se pone en la maquetación de una revista de viajes.
Este libro es la historia de un sueño vivido en el mar, de días bajo el cielo, entre alisios y emociones; de horas llenas de olas, fáciles y difíciles, de aventuras inesperadas; de noches sin luna, de noches brillantes; de risas, conversaciones y silencios.
Es la historia de un viaje transoceánico en familia, un paseo por las islas del Caribe a bordo de un mítico velero. Un relato narrado desde la voz de una mujer que abandonó su trabajo, su rutina y su rincón junto al fuego para vivir un tiempo en el mar, con su marido y su hija de seis años, sin ducha y sin zapatos. Cuenta el vacío que se siente al soltar amarras, los miedos, la fuerza que impulsa a los navegantes a hacerse hombres, mujeres y familias de mar, la alegría de navegar con niños, cómo cocinar y bailar cuando todo se mueve bajo tus pies. Incluye una colección de canciones compuestas a bordo durante las travesías, melodías que expresan los sentimientos que surgen al contemplar la fuerza y la inmensidad del océano.
Pero, ante todo, este libro es una invitación a la vida, a la Vida con mayúsculas, porque atravesar un océano es atravesar la conciencia, conocerse a uno mismo, comprender a los demás; aprender a dejarse llevar, sea cual sea el viento que sople, haya buena o mala mar.
Que-mi-gente-vaya-a-hacer-surf


Que mi gente vaya a hacer surf
Yvon Chouinard
Traducción de Rosa Fernández Arroyo
Desnivel
270 páginas




Las memorias, o parte de las memorias de Yvon Chouinard, vienen avaladas nada menos que por Naomi Klein. Chouinard fundó la empresa Patagonia, Inc., no solo para hacer dinero, también para participar de la conservación del planeta. Ese viaje, el del planeta hacia su destrucción, hay que conseguir que decelere. Y luego, si estamos a tiempo, darle la vuelta y rebajar la huella ecológica por debajo del 1. Dado que existe una potente conexión entre el hecho de tratar a nuestras cosas como objetos de usar y tirar, y de tratar a la gente que las fabrica como personas de usar y tirar, las palabras de Chouinard, destinadas a la gente de naturaleza, en todas sus expresiones, a la gente de mar y de montaña, se dirigen a incitarnos a salvar aquello que amamos. Este libro es un intento de desafiar a la cultura de consumo que está en el corazón de la crisis ecológica global, la que llevará el planeta al colapso. Chouiard es capaz de ofrecer la reparación gratuita de sus chaquetas para evitar que la gente compre una nueva. Y se enfrenta, en campañas promocionales, contra acuerdos comerciales entre estados. Un espíritu tan poco frecuenta como necesario.
 «Tres magníficos libros en uno: una autobiografía emocionante, la historia de una empresa singular, y un detallado anteproyecto para la esperanza.» Jared Diamond, autor de Armas, gérmenes y acero, Premio Pulitzer en 1998.
Este libro es una auténtica declaración vital de Yvon Chouinard, legendario escalador de Yosemite y fundador y propietario de una de las compañías más innovadoras del mundo: Patagonia, Inc. Una interesante lectura que te demostrará que la conservación y la defensa del medio ambiente puede ser compatible con los negocios. La historia de un empresario que ha desafiado la cultura de consumo que subyace en la crisis ecológica global con fórmulas verdaderamente originales, comprometidas y responsables con los valores naturales y personales.
Que mi gente vaya a hacer surf en ningún caso es otro de esos relatos de empresarios de éxito. Es la historia de un hombre que ha incorporado su pasión por la aventura y su empeño por ser mejor persona en el corazón de su empresa. Eso le ha permitido disfrutar todavía más del éxito de su negocio, un éxito que trasciende mucho más allá de las cuentas de resultados. Patagonia, Inc. es una empresa referente que ha conseguido, en estos últimos cincuenta años, tener una enorme influencia en el mundo de los negocios norteamericanos, y la prueba de que pocos líderes han tenido más poder de inspiración que YvonChouinard.
caviar-dioses-y-petroleo


Caviar, dioses y petróleo
Luis Pancorbo
Renacimiento
418 páginas




A este hombre le queremos demasiado. Tal vez no sea el mejor literato. Tal vez no sea el mejor escritor viajero o el mejor viajero que escribe. Pero su labor de divulgación, su forma de traernos al mundo a casa, a través de los documentales de televisión, su demostración de que viajar es viajar, sobre todo, a los países en desarrollo, su cariño hacia los desfavorecidos, esa forma de poner a la gente por delante de los paisajes, hacen de él un hombre a quien no nos queda más remedio que querer. Con mucho oficio, el de tantos años gastando suelas, esta vez nos lleva a la única parte del mundo que parece seguir siendo un desconocido en el occidente de Europa. ¿A quién se le ocurre largarse de viaje a Calmuquia, Dagestán o Azerbayán? ¿Qué demonios hay allí para que ese viaje merezca más la pena que una travesía del Sáhara o una incursión en la selva amazónica? La respuesta está contenida en estas páginas y en las propias preguntas: si uno no siente curiosidad, es mejor quedarse en casa. Pero la vida sin curiosidad es mucho menos divertida.
Luis Pancorbo empieza su periplo en el delta del Volga, el gran río ruso que desemboca en el Caspio. Un lugar donde florecen los lotos y vuelan los cisnes salvajes. Pero su viaje le ha llevado en los dos últimos años a un pormenorizado recorrido por todos los países ribereños del Mar Caspio, es decir, cinco repúblicas independientes (Rusia, Irán, Azerbaiyán, Turkmenistán y Kazajistán), y dos repúblicas autónomas (Calmuquia y Daguestán) dentro de la Federación Rusa. Todo un mosaico de pueblos, culturas, y paisaies, desde las estepas kazajas o los desiertos turcomanos que van a morir en un mar de petróleo, como el Caspio. Cuna también de los esturiones que han dado fama al mejor caviar, aunque ahora haya más de estos peces en las granjas. Mar fronterizo asimismo donde confluyeron los mitos y las religiones orientales y occidentales. El fuego de Zaratustra hoy es evocado en un monte junto a Bakú, la capital azerí, donde se quema día y noche gas natural. En Calmuquia, donde la mayoría es budista, adoran las salchichas de carne de caballo.
En-el-reino-del-hielo



En el reino del hielo
Hampton Sides
Traducción de Miguel Marqués
Capitán Swing
560 páginas




Esta gente, estos periodistas americanos, no dejan de sorprendernos. No solo son capaces de encontrar la historia inédita de una aventura perdida en la memoria de la historia, sino que con apenas cuatro datos, porque de los registros anteriores al siglo XX apenas se conserva nada, son capaces de armar un aparato narrativo de altísimo voltaje. Nadie como ellos para atraparnos en un grueso volumen que terminaríamos de una sentada si no se hiciera de noche. El relato es tan escalofriante como magnética la construcción de la obra. A mayores, la aventura de supervivencia de los navegantes del USS Jeanette por el Ártico, se adelanta a toda la parafernalia propagandista nacional de la lucha por la conquista de la Antártida, caracterizada por los fracasos. Este libro roza la perfección de El peor viaje del mundo, de Apsley Cherry-Garrard, aunque, obligado por la documentación, se detiene bastante en lo que estaba sucediendo antes, durante y después en Nueva York o Washington. Con todo, la preparación y la espera, como demostró Shackleton y como demostró Penélope, también son parte de la aventura. Apresúrense a pasar frío y disfrutar de él.
La era de la exploración estaba llegando a su fin, pero el misterio del polo norte permaneció. Los contemporáneos describieron el polo como el «objeto inalcanzable de nuestros sueños», y el impulso de llenar este último gran espacio en blanco en el mapa creció irresistible. En 1879 el USS Jeannettezarpó de San Francisco con multitudes animando y en medio de un frenesí de publicidad. El barco y su tripulación, capitaneados por el heroico George De Long, se dirigían a las aguas inexploradas del Ártico, llevando las aspiraciones de un país joven que quería ser la primera nación en alcanzar el polo norte. Dos años después de la terrible travesía, el casco del Jeannette resultó roto por una impenetrable franja de hielo, obligando a la tripulación a abandonar la nave en medio de torrentes de agua. Horas más tarde, el barco se había hundido por debajo de la superficie, dejando a los hombres a mil millas al norte de Siberia, donde se enfrentaron a una caminata aparentemente imposible, a través del infinito hielo, con los suministros mínimos. En todo momento, ante la ceguera de la nieve y el asedio de los osos polares, ante tormentas feroces y laberintos de hielo, la tripulación se rebeló ante la locura y la hambruna mientras luchaban desesperadamente por sobrevivir.
Llena de emocionantes e imprevisibles giros, En el reino del hielo es una fascinante historia de heroísmo y determinación en el lugar más brutal de la Tierra.
los-14-ochomiles-de-oscar--cadiach

Los 14 ochomiles de Óscar Cadiach i Puig
Francesc Joan i Matas
Lectio
167 páginas

No podíamos eludir nuestra responsabilidad con el gran formato: un libro bellamente editado, con espectaculares fotografías de las expediciones de Óscar Cadiach al Himalaya. Tampoco podíamos eludir nuestra responsabilidad con las grandes alturas: este año se han sumado dos nombres a los alpinistas españoles que han alcanzado las catorce grandes cumbres. Tras Juanito Oiarzábal, Edurne Pasabán y Alberto Iñurrategui, Ferrán Latorre y Óscar Cadiach, ambos catalanes, se añaden a la lista casi sin habérselo propuesto. Se trata de dos veteranos que poco a poco habían ido sumando conquistas, en principio sin el propósito de encadenar la gran serie, hasta que de repente se dieron cuenta de que apenas les quedaban dos o tres cimas. Y entonces sí, entonces emprendieron el proyecto de cerrar ese ciclo que había comenzado en los años ochenta. Mientras tanto, a lo largo de varias décadas, al margen de este éxito nos han regalado algunas de las líneas más bonitas de escalada en grandes alturas. Enhorabuena, Óscar. Pero más que felicitarte quisiéramos darte las gracias. El libro pasa directo a la estantería de nuestros favoritos.
Òscar Cadiach i Puig se ha convertido en el primer alpinista catalán en alcanzar las 14 cumbres de más de 8.000 metros de la Tierra, sin la ayuda de oxígeno adicional, después de la ascensión del Broad Peak principal el 27 de julio de 2017. Este libro, acompañado de magníficas fotografías, es testimonio de las grandes aventuras del montañero tarraconense (1952) en los gigantes del Himalaya.
Desde su primera gran ascensión, el Nanga Parbat (1984), donde realizó una variante en la travesía del Rupal hacia el Diamir, Cadiach ha protagonizado destacadas gestas: fue el primer occidental en escalar la cara NNW del Everest y el segundo escalón en libre (1985); y abrió nuevas rutas al Broad Peak central, la Fem Tarragona per la vertiente del Xinjiang chino (1992), y el Cho Oyu, la Free Tibet, por la arista NNW (1996). En 2012 inició la carrera para culminar los seis ochomiles que le faltaban: el Annapurna, el Dhaulagiri, el K2 -los tres conseguidos ese mismo año-, el G-I, el Kangchenjunga (ambos en 2013) y el Broad Peak (2017), que culminó después de cuatro expediciones consecutivas. Es guía de alta montaña UIAGM y técnico superior de Deportes en la especialidad de Montaña. Cuenta con la Creu de Sant Jordi que otorga la Generalitat de Catalunya.

miércoles, 17 de enero de 2018

EL TURISTA DESNUDO

El turista desnudo
Lawrence Osborne
Traducción de Magdalena Palmer
Gatopardo
Madrid, 2017
275 páginas


En el último libro de Paul Theroux, El último tren a la zona verde, se dedican cuarenta páginas, las últimas, a una especie de epifanía: la transformación, la revelación del viajero que de repente entiende que ya ha viajado. Lo complicado, sobre todo en el caso de Theroux, es comprender eso por encima del condicionamiento. Al fin y al cabo, sus viajes y sus libros de viajes han sido su vida, su pasión, su alegría. Durante esas páginas, da cuenta de una rendición, y a los setenta y cinco años se repite a sí mismo que tiene que haber otras vidas, otras pasiones, otras alegrías. Tal vez sean las páginas más interesantes de la obra de Theroux. Pero en ese sentido, un escritor como Gabi Martínez, que también comenzó liándose la manta a la cabeza para emprender viajes y convertirlos en literatura, ya se había adelantado: Voy es una obra algo vanguardista que versa sobre esa epifanía. Theroux decide no amarrarse más al deseo de no envejecer. Gabi Martínez nos explica que después de sumar muchos miles de kilómetros, viajar es una repetición y cambia de proyecto literario. En este libro extraordinario, El turista desnudo, Lawrence Osborne parte de viaje tras sufrir o iluminarse o lo que sea que le sucede, tras ese cambio: “El mundo entero es una instalación turística y el desagradable sabor a simulacro se eterniza en la boca”. Sí, viajar es siempre, a su juicio, una forma más o menos sofisticada de turismo. Porque ya no queda nada exótico.
Es cierto que, al margen de los polos y las grandes alturas, donde apenas viven bacterias en estado catatónico, el resto del planeta ha sido cartografiado por los viajeros y luego por los turistas. Ya solo quedan los turistas: “Queremos una experiencia nueva…, pero también queremos que esté mercantilizada, que pueda comprarse con dinero…”. Y así llega a la misma conclusión que los otros escritores: “en la vida del pacífico cronista de viajes (…) se produce un punto de inflexión, cuando el mundo que se ha pateado durante media vida empieza a parecerle irreconocible. Quiere marcharse, pero no sabe a dónde”.  Ese punto de inflexión equivale a lo que los religiosos llaman epifanía. Pues bien, al contrario que Theroux, Osborne coloca esa premisa en el prólogo. Y armado con ella se lanza a un viaje que sigue el trazado de los primeros Grand Tours ideados por los británicos: Dubai, Calculta, Islas Andamán, Bangkok, Bali y Papúa Nueva Guinea.
Papúa Nueva Guinea es el único rincón donde él considera que sigue existiendo algo de exotismo. Y será lo exótico lo que distinga al viajero del turista. De aquí surge un maravilloso libro de viajes, que contiene todos los prejuicios de la mejor anglofilia, incluida la intromisión antropológica. Pues los antropólogos fueron, en conclusión de Osborne, los últimos viajeros. Margaret Mead o Claude Levi-Strauss no cesan de aparecer mentados en el libro. Los antropólogos, como él, pretenden viajar al mundo perdido a la par que viajar al pasado, algo que, explica Osborne, se reconoce por el sabor a sordidez que uno siente. Osborne parte de una clásica estructura de relato de viajes: la cronológica. Pasa por un Dubai absurdo, grotesco, cómico, un derroche de estupidez. De Calcuta apenas puede sentir otra cosa que no sea el caos, que desdibuja hasta los edificios coloniales. En las islas Andamán no consigue entenderse con nadie, las conversaciones flotan como si cada palabra contuviera un concepto diferente entre los interlocutores. En Bangkok busca el turismo sexual, pero no el clásico, ese que se asemeja a la prostitución, sino el filón de una nueva forma de turismo que se está explotando allí, como es el cambio de sexo a bajo coste; sorprende, por ejemplo, que sean iraníes quienes más lo practican: hombres que se operan para ser mujer. Bangkok, lo reconoce, es hortera, pero también es una ciudad con más posibilidades de ser libre que las que se les supone a las europeas. De Bali refleja la Disneylandia hindú y, finalmente, se instala en Papúa Nueva Guinea, junto con tres acompañantes, para encontrar, por fin, la sorpresa, paisajes que no formaban parte de su mentalidad.

La mentalidad de Osborne, todo hay que decirlo, es muy británica. Los británicos fueron quienes conquistaron Egipto para el turismo y quienes inventaron el ecoturismo, por ejemplo, o al menos eso asegura. Por otra parte, lo confiesa en más de una ocasión, es un gran hedonista, amante de los placeres que se hallan en las ciudades. “Puta naturaleza”, llega a exclamar cuando las olas del mar no le dejan dormir. Esa mentalidad es romántica, reaccionaria (en el sentido de que piensa que las cosas estaban mejor antes que ahora) y un tanto rebelde. Así es como se siente: como si siempre llegara tarde a lo que debería haber llegado. Excepto en las últimas páginas, donde relata a forma de dietario su estancia entre la etnia escogida en Nueva Guinea, los Kombai, de la que deduce que el estudio de campo de los antropólogos es un fastidio. No podía ser otra la conclusión del hedonista. Pero antes y durante esa etapa, con cierta semejanza a El antropólogo inocente, nos ha dejado un puñado de uno de los mejores libros de viajes que se han publicado en la última década.

Fuente: La línea del horizonte

EL ÚLTIMO TREN A LA ZONA VERDE

El último tren a la zona verde
Paul Theroux
Traducción de Maía Luisa Rodríguez Tapia
Alfaguara
Madrid, 2015
356 páginas



En los libros de viajes de Paul Theroux (Medford, Massachusetts, 1941) parece haber una dedicación esmerada por enunciar al tiempo que por hablar libremente. Pero esta enunciación va desenrollándose como un estilo propio y como una toma de partido, pese a que borre los perfiles de cualquier ideología, pese a que pueda aparentar una necesidad de no sentirse extremadamente literario, entendiendo por literario el exceso de estilo, o el imaginarse moderno o nocturno o poeta. Sus libros son largos para que podamos beberlos con lentitud, porque con lentitud se realizó el viaje. Carecen de los párrafos más hermosos o del atrevimiento de la exploración; del ingenio que engaña a través de la textura de la prosa o de las estructuras complejas. Son un relato de un viaje, y el viajero no es un corresponsal de guerra, pero tampoco un mochilero al uso. Son viajes con el punto exacto de azúcar y de sal para que se despierte el alma dormida de quien los lee un domingo por la tarde, mientras llueve sobre el asfalto, sabiendo que al día siguiente regresará a su puesto de trabajo a la espera de poder disfrutar de seis meses de vacaciones para imitar a Paul Theroux. En buena medida, nadie en la historia ha escrito con tanta conciencia de hombre normal que viaja. Es posible que ninguno de sus libros de viajes alcance la matrícula de honor para los más exigentes, aunque Tren fantasma a la Estrella de Oriente sea una obra maestra. Pero también es seguro que ninguno de ellos bajaría de un notable. Porque sorprende la capacidad del autor para encontrarse y establecer relación con tipos extraños en donde otros veríamos a alguien pintoresco o un detalle de realidad propio de los documentales. No importa si estos personajes son sus compañeros de vagón en el recorrido por la India, o el mismísimo Jorge Luis Borges, cuya entrevista, narrada en El viejo exprés de la Patagonia es un capítulo que no hubiera imaginado casi ningún autor de ficción.
Hasta ahora, hasta este extraordinario volumen, El último tren a la zona verde, los libros de Theroux se cerraban con el clarísimo deseo de regresar a la región visitada. De hecho, Tren fantasma a la Estrella de Oriente cobra una relevancia especial dentro de su obra por reproducir su primer gran itinerario, El gran bazar del ferrocarril, pero ya con menos urgencia, con menos ansia por abarcar el mundo. Con una paciencia que raya con la sabiduría. En El último tren a la zona verde, Theroux retorna a África. Anteriormente había recorrido la región este, relato recogido en El safari de la Estrella Negra. Pero mucho antes de sus experiencias literarias en los viajes, Theroux vivió seis años en Malawi. Puede decirse, pues, que todo su gran proyecto comenzó en África y que en África debería terminar el círculo que cierra un itinerario que, revisando su obra, sus libros de viajes, cabe calificar como vida. El último tren a la zona verde pretende recoger el viaje por la costa oeste de África, de sur a norte. Durante semanas y a lo largo de muchas páginas, Theroux vuelve a ser el viajero que cualquier hombre corriente desearía ser. Aunque ahora ya mucho más humanizado a causa de la gota que padece, de una edad que le obliga a postergar los paseos más dañinos para su anatomía y a mirar el mundo como un paisaje.
Partiendo de Ciudad del Cabo, atraviesa Namibia y alcanza Angola. Siempre buscando alejarse de las ciudades. Y dándose de bruces con la dificultad que esto supone en el territorio africano. Cuando pisa Angola, vemos que ya no es el Theroux de siempre. Hay algo de apocalíptico en su visión del país, de tierra arrasada por la explotación, de carencia de vida natural. Un deterioro contra el que, a su edad, ya no puede hacer nada. Pues aunque esté inscrito en el sector de denuncias, los frutos de las mismas, si es que llegan a existir, no podrá llegar a verlos. De ahí que las mejores líneas que jamás hayan salido de la pluma de Theroux las encontremos en el último capítulo de este libro. Bajo el tópico título de ¿Qué hago yo aquí?, Theroux reflexiona hasta perdonarse el abandonar un viaje a mitad de proyecto. Se acabaron los saltos en el vacío, al tiempo que lamenta que se haya ido exterminando la vida rural, que era un consuelo. De seguir viajando, lo haría por un territorio ya conocido: el de las masas hambrientas, los jóvenes depredadores y la gente para la que el extranjero es alguien a quien sacar dinero. Preguntarse “¿qué hago aquí?” no es un lamento, sino una idea confusa. Seguir camino es un esfuerzo temerario sin un “para qué”. El resto del viaje sería repetir cosas ya aprendidas sin nada que redimiera la experiencia. Recorrer la miseria y el caos de las ciudades, un lugar cuya principal característica es que la gente no se conoce, es tarea para otro tipo de escritores, para gente entregada a las incomodidades, para corazones tal vez más nobles, tal vez más temerarios. Tras una vida de viajes durmiendo en camas extrañas y comiendo alimentos siniestros, porque lo normal es que un viaje sea incómodo o incluso ridículo, llega a la conclusión de que no verá nada nuevo, sería un viaje sin revelación. Y un viaje sobre el que nadie querrá leer será un viaje sin sentido. Reconoce que su temperamento le impide escribir la crónica de una vida infernal, esa que supone tragar un sapo en cada desayuno, para que la fealdad y la deformación posterior no sean tan estremecedoras. En buena medida, no sería un viaje feliz: los lugares visitados no se acercarían, ni por asomo, a esos sitios donde uno hubiera deseado vivir. Porque el gran incentivo para viajar, al menos para el hombre contemporáneo, es descubrir un posible nuevo hogar. Y para Theroux, por fin, el consuelo del hogar está en otro sitio.

Lamentaremos perder sus siguientes libros de viajes. Porque la suma de su producción hace que Paul Theroux haya sido, acaso, el mejor escritor de libros de viajes de los últimos cien años. Lo cual supone tanto como decir que debería encontrarse cada año entre los finalistas al premio Nobel de literatura. Posiblemente para no ganarlo nunca. Pero sí para reconocer la dificultad que entraña escribir un libro de viajes atractivo, pues en realidad se trata de un género con las manos más atadas que la novela. Y Paul Theroux siempre ha salido ileso y más sabio de cada experiencia. Por nuestra parte, nos queda una ventaja sobre él: quizá Theroux no pueda regresar al viaje. Nosotros sí a la lectura.

Fuente: Quimera

EL USO DE LAS RUINAS

El uso de las ruinas
Retratos obsidionales
Jean-Yves Jouannais
Traducción de José Ramón Monreal
Acantilado
Barcelona, 2017
136 páginas

Hubo un tiempo en que todos quisimos ser Borges. Contra el viento de la maldición, ese que le denunciaba por preferir el orden a la justicia, quisimos escribir como él, hablar como él, saber todo lo que él sabía. Y además ser justos. Al fin y al cabo, Goethe fue quien premio enunció esa predilección por el orden. Y Borges apenas mostraba otra opinión política que no fuera la de que creía en las personas, no en los estados. Galeano contestó que nada hay más ordenado que un cementerio. La pregunta, aquí y a ahora, frente a este libro que nos hará disfrutar de la lectura como no lo hacíamos desde aquella Historia universal de la infamia, es si las ruinas, incluidas las del cementerio, son orden o caos. Son justicia o tristeza. Porque la tristeza no es, necesariamente, un mal sentimiento. Sobre el sentido de las ruinas, sobre su significado, se asienta ese punto de moral que hace de este sucesor de Borges, Jean-Yves Jouannais (Montluçon, 1964) un autor con más literatura que el maestro. El razonamiento surge de una aporía. La obra literaria de Borges, como la de Bolaño o la de Vila Matas, a quien se le rinde tributo explícito en este libro, se asienta sobre la literatura. Antes de él, había bebido directamente de la vida. Borges, o Bolaño, sustituyen a la literatura por la literatura: beben de quienes bebieron de la vida.
Jouannais retoma el pulso a la apuesta y confiesa su tributo a las ruinas. Una vez que en literatura todo está creado, parece decir, prestemos atención a las ruinas de la literatura, a lo que queda de ella, que es el terreno no explorado. El uso de las ruinas es un libro meditado, con la intención expuesta desde la primera línea, y tan exquisito como fue la obra que ahora es ruina. Y José Ramón Monreal se está convirtiendo en uno de los traductores que mejor reescriben en nuestro país.
Las ruinas son una metáfora de la nostalgia por el tiempo que nos hubiera gustado vivir. En este caso, eso sí, desde la platea, dado que en su mayor parte son paisajes después de la batalla. Son un hermoso cadáver: “una promesa de resurrección ligada a un sustrato (…) un sueño violentamente desvirtuado del romanticismo, consistente en manipular (…) a los espectros de una gloria desvanecida en el escenario de un teatro futuro, teatro esperado, casi deseado, que sólo podrá edificar la muerte”. De este modo, Jouannais nos obliga a repensar las ciudades o los monumentos que conocemos y se mantienen en pie por su potencial como ruinas. Frente a la costumbre del turista o del viajero de reimaginar las ruinas, pensando en su pasado, cuando estuvieron entero, se nos empuja hacia la paradoja de imaginar lo que se imaginaría uno que sería la ciudad si contemplara las ruinas. Un fabuloso juego de engaños y espejos: las ciudades serían más bellas si las recreáramos. Serían un espectáculo equívoco.

Jouannais no deja espacio de la historia por recorrer: Babilionia, la Alemania de la postguerra y Londres bombardeado, el paso de las tropas de Napoleón, las increíbles historias de la China clásica, la tercera guerra púnica, el imperio otomano, Tombuctú y su leyenda, Polonia como tierra de paso y conflicto, los castillos franceses y cualquier delirio de grandeza que se ve expresado no en la obra que construyeron los personajes que aparecen en el libro, sino en la obra que destruyeron. Y cada uno con distintas motivaciones para transformar un hábitat en ruinas, desde la resistencia numantina al romanticismo idiota; desde el uso (o antiuso) militar hasta la sangrienta historia de Stalingrado o Cartago; desde la autodestrucción hasta el lucimiento de ingenios bélicos; desde la fuerza que hace falta para desviar un río que diluya una ciudad, hasta la Zona Cero de Manhattan. Los personajes son tan intrigantes como magnéticos. Ahí está Julio César montando una guerra para poder escribir sobre ella, Víctor Hugo paseando o Klemperer, un filólogo, prestando atención al detalle de los papeles de plata con que los aliados engañaron a los antibombarderos alemanes, tal y como lo describe en su obra maestra LTI. La lengua del tercer imperio. Y todos ellos, el adivino y el especialista en reconstrucción, el destructor y el nostálgico, llenos de unos complejos de los que Jouannais no se atreve a dar fe. Eso es materia para intelectuales, no para la literatura.

Fuente: Culturamas

EL TESORO DE HERR ISAKOWITZ

El tesoro de Herr Isakowitz
Danny Wattin
Traducción de René Vázquez Díaz
Lumen
Barcelona, 2016
250 páginas

La demostración más empírica de que existe una realidad es que cada uno de nuestros actos tiene unas consecuencias. Por lo demás, la realidad puede ponerse en cuestión de mil maneras, desde la caverna de Platón hasta el realismo mágico de Juan Rulfo. Si es que Comala es una creación que pueda integrarse en el realismo mágico. Pero esto es lo que atañe a cada individuo y su entorno inmediato. Porque nadie puede negar los hechos más atroces de la historia, como las extinciones de etnias en América durante los siglos de colonización, la masacre del Congo Belga o los pogromos. Y de los pogromos y sus consecuencias trata esta novela que aporta sus dudas de que exista una realidad absoluta a base de mantener activo el sentido del humor.
El tesoro de Herr Isakowitz se mueve en dos planos paralelos. Por una parte, esa resistencia numantina frente al horror que es la sonrisa, y por otra la historia del pueblo judío en el siglo XX, marcada, a sangre y fuego, por la Segunda Guerra Mundial y los intentos de naturalizar Israel como nación o, para ser más exactos, como estado. La primera de las líneas del tiempo nos conduce por una novela itinerante en la que Danny Wattin (1973) se tranquiliza para manejar a tres personajes que reflejan tres generaciones de judíos suecos de origen polaco. El más anciano es un superviviente de la guerra obsesionado por el antisemitismo de los polacos, pues hacia Polonia se dirigen para encontrar el supuesto tesoro de un antepasado, una herencia que debería sacarles de los apuros. El más joven es un niño que apenas asiste a los diálogos absurdos entre el padre y el abuelo mientras mastica chicle. Wattin, que da la impresión por momentos de resistirse a crear una novela humorística, tiene siempre presente el reflejo de los diferentes miedos de cada generación y de cada edad. Esta novela no solo itinera en el espacio, también en el proceso de maduración y envejecimiento. Cada edad tiene sus propios cadáveres enterrados en el jardín.

Sin embargo los tres protagonistas se reconocen como seguidores de una religión a la que respetan con bastante laxitud en sus hábitos. Para ellos los rituales religiosos son automatismos, por lo que prefieren inventar los propios. Así pues, cuando asistimos a la segunda línea narrativa, la que nos relata la historia del pueblo judío en el siglo XX, Wattin plantea cuáles son los principios que nos dan identidad, cuál es el peso de las raíces y qué éxodo pesa más en la balanza personal: si el de pertenecer a un pueblo que los ha sufrido, o ese individual que retrata el principal tema de esta novela, que es la dificultad de hacerse entender y por tanto de encontrar nuestro sitio.

Fuente: Culturamas

martes, 16 de enero de 2018

EL TAO DEL VIAJERO

El Tao del viajero
Paul Theroux
Traducción de Ezequiel Martínez Llorente
Alfaguara
Junio, 2012
388 páginas



He aquí un libro feliz. Paul Theroux (Medford, Massachusetts, 1941) nos regala una obra de reflexiones, propias y ajenas, sobre el viaje, que constituyen uno de los textos mejores que puede leer quien pretenda huir de la cárcel de la vida cotidiana. Este libro es un regalo para la inteligencia y una desmitificación de la versión legendaria del escritor viajero o del viajero que escribe. Es posible que Theroux no sea un gran novelista, a pesar de los aciertos que contiene La costa de los Mosquitos, pero es, sin duda, uno de los escritores de libros de viajes con más tablas y que mejor valora la distancia que debe existir entre el viajero y lo viajado. Siempre contenido, siempre observando, siempre aprendiendo, siempre a la búsqueda del desplazamiento en tren, donde no aparece la fiebre de la carretera ni el apagón espacial que suponen los aviones. Y ahora, por fin, tratando de colocar en orden las tensiones de tantas terapias. Porque el escritor viajero debe conciliar los dos extremos de la vida humana, el del ser sedentario enfrascado en una labor intelectual, con el del nómada. Y ambas, confiesa, las ejecuta por motivos bastante poco prácticos, que son los que, finalmente, nos distinguen de los animales.
En este libro, Theroux resume su forma de mirar, que es pensamiento. Porque en los ojos encuentra todo un ideario, el que refleja su estilo sin exceso de estilo, limpio y explicativo. Entre las versiones que puede tomar la prosa, Theroux, un lector estupendo, elige la del narrador frente a la del poeta. No concentra sus ideas, sino que se toma su tiempo para explicarse. De ahí que elija la enumeración como forma de desarrollar sus aclaraciones, en veintisiete capítulos que configuran el poliedro del viaje y las preocupaciones del autor, las que llevan a distinguir al viajero del que practica otra forma de desplazamiento por el planeta, especialmente la del turista.
El libro se inicia con extractos de sus obras en las que pretende definir el viaje, para pasar a intentar detallar el espíritu del viajero que se considera el ombligo del mundo. A continuación busca retomar la idea del tren como desplazamiento embaucador con una aclaración que nos remite a Ana Karenina: “Todos los vuelos son iguales; todos los viajes en tren difieren”. Después se centra en la sinceridad del viaje y en las razones para narrarlo. Para explicar que el tiempo del viaje es diferente y que por tanto el tiempo no es una dimensión, ofrece una relación de viajeros escritores a los que admira. Menciona la conveniencia de viajar ligero, antes de centrarse en las monomanías que nos colocan al filo de la cordura. Luego habla del miedo a la soledad, porque viajar no es divertido en el sentido en que es divertida la risa. Pasa a comentar la pasión sin límites, reflejada en distintas odiseas, la sensación de ser extranjero en su propia tierra, la dificultad de no sentirse turista cuando es inevitable saberse forastero. Elogia el ritmo del caminante y también las grandes hazañas y la excentricidad del retiro voluntario. No se olvida de la fantasía ni de la gastronomía repulsiva, ni de los reporteros de guerra. Recomienda leer viajes en los que los viajeros sufrieron el encuentro. Se enamora de los monstruos y las exageraciones sobre seres que no se han conocido y lugares que no se han visitado, porque necesitamos la fantasía. Comenta la fascinación de un cierto enclave, el viaje sin movimiento que es el conocimiento interior, y que proviene de la disección del destino. Desaconseja guiarse por nombres sugerentes y refleja que, con todo, siempre queda algo por ver. Por último relata alguna anécdota, momentos de plenitud, y resume en diez puntos su personal Tao del viajero, del que cabe destacar el último: haz algún amigo. Porque es la gente la que da sentido al viaje. Es de la gente, del otro, de quien aprenderemos la liturgia del viaje, el respeto. Y así el viajero obtendrá lo que todos, en definitiva, estamos deseando obtener para el resto de nuestros días: unas pequeñas dosis de reposo.



Fuente: Quimera