Novedades

martes, 18 de junio de 2019

CAZADORES EN LA NOCHE


Cazadores en la noche
Lawrence Osborne
Traducción de Magdalena Palmer
Gatopardo
Barcelona, 2019
343 páginas

Los efectos de la colonización no solo atañen, y atañen negativamente, al colonizado, también al colonizador. No es necesario recurrir a los grandes clásicos en África, Asia y América, que incluyen genocidios y, por tanto, asesinos, con toda la carga moral que nos mellará hasta el fin de los días, basta con mirar al entorno más próximo y lamentar el efecto del turismo. No nos atrevemos a mencionar el efecto pernicioso del viaje, dado el respeto al término que tenemos, y en el plural se incluye al mismísimo Lawrence Osborne. Sería inevitable empezar por el impacto medioambiental, pero la deducción que extraemos de esta novela no se refiere tanto a la naturaleza como a la ética, se atañe mucho a lo humano, al individuo, a errar en el doble sentido de la palabra: vagas y cometer errores.
Osborne nos guía al loadísimo mundo de los Backpackers: jóvenes que se resisten a aceptar que forman parte de la masa turista, que viajan durante unas temporadas más o menos largas, con bajo presupuesto y creyendo que la mochila es su casa, cuando su casa no deja de ser el dinero. Lo que para un europeo es un bolsillo casi vacío, en el sudeste asiático es riqueza. Estos vagabundos voluntarios tienen, a su vez, diversos estratos. La mayor parte de ellos elegirían quedarse en Camboya, en Laos, en Tailandia, en Vietnam, en Indonesia. La mayor parte de ellos no se atreven, a no ser que surjan otros lazos. Se limitan a sentirse vagabundos voluntarios y protagonizan unos viajes que empalidecen frente a su opuesto: el de los refugiados que recorren miles de kilómetros desde Asia para darse de bruces con la mala fortuna que les espera en el trastero del mundo desarrollado.
Osborne llena la novela del ambiente que tan bien conoce, al que añade esa sección de los Backpackers que, creyéndose vividores, entran en el mundo de las drogas, la tentación de la villanía y da lugar a algo que, por utilizar un eufemismo, llamaremos malentendidos. Cazadores en la noche esconde fatalismo, como los protagonistas esconden su pasado: es casi imposible que los personajes se estén labrando una buena suerte.
“En la implacable búsqueda de la felicidad no hay culpabilidad que valga, tan sólo búsqueda”, reza el narrador, ofreciendo la ruta a sus criaturas, sobre todo al antihéroe sobre el que ronda la acción, un tipo de veinticinco años, sin ambición y demasiado tranquilo. Alguien que no sabe si ha vivido, pero que con los kilómetros, las drogas, el dinero y el sexo, cree que sabe qué debe hacer para protagonizar su propia vida. Así se nos presenta esta novela que participa de una nueva forma de costumbrismo, todavía no demasiado explotada, en la que el sudeste asiático es ya el destino de nuestro descanso, como antes lo era el fin de semana en la sierra o los diez días en la playa. Hay una trama bien construida y unos seres bien atormentados que, como los viejos colonos, ignoran su tormento. Y luego está el tema del destino, tantas preguntas sin respuesta. El origen, tal vez, de la literatura.

lunes, 17 de junio de 2019

MI MADRE ERA DE MARIÚPOL


Mi madre era de Mariúpol
Natascha Wodin
Traducción de Richard Gross
Libros del Asteroide
Barcelona, 2019
307 páginas

Lo peor de todo no es que no sintamos que la escritura del destino, del futuro, no esté en nuestras manos; lo peor de todo es darnos cuenta de que el destino también se escribe en dirección al pasado y que éste nos sobrepasa, nos aturde, nos condiciona. Ahí si que somos incapaces de modificar nada y solo cabe la aceptación, que viene en forma de relato: el éxito de las psicoterapias es la reconciliación con el relato del pasado, ya que nos resulta imposible reescribirlo y mucho más revivirlo, que es lo que en realidad deseamos. Pero conocer nos ayudará a estar en el presente, a comprender lo que nos sale al paso, todas las veces que demasiadas cosas nos muerden los tobillos. Las psicoterapias son personales, sí, pero también sociales. Toda sanación afecta a más personas que a uno mismo.
A ese género pertenece este Mi madre era de Mariúpol, una indagación propia de un detective moderno, que se propone revisar la historia personal, familiar y de tribu, desde hace más de cien años hasta la fecha presente. La trama, que es la investigación, es exhaustiva. Natascha Wodin (Baviera, 1945) nos habla de una época en la que la existencia era demasiado difícil, al menos para los que nacieron en Europa del este, o para casi todos ellos. Las historias en las que nos sumerge, las de los abuelos, los padres, los tíos, los hermanos, el árbol familiar al completo, son de una tristeza demoledora. Nos enfrentamos a personas que no tenían permiso ni siquiera para deprimirse, porque estaban enfrascados en la pura supervivencia. Hablamos de la gente, en una época en la que no existía ni siquiera clase media, de los humildes, de los que se aferran a cualquier forma de dignidad, con tal de que puedan sentir que lo único que les es propio, la dignidad, sigue intacta y se la llevarán a la tumba.
Wodin busca explicar todo. Describe mucho, describe las situaciones a las que se vieron sometidas, la imposición del destino sobre la voluntad. Y lo hace con un estilo que parece, por momentos, demasiado objetivo. Hay que comprender que una implicación más emotiva, más sentimental, en la narración, empujaría al lector a un exceso de tristeza que no dejaría ver la consistencia de la narración. Una obra que busca saldar cuentas, por el sencillo método de lograr que aquellos desaparecidos permanezcan con nosotros, y con nuestra memoria, al menos una pequeña temporada. La historia debería ser la historia de los humillados y ofendidos, y se encuentra en libros como éste, y no en las aulas, en las academias. Pero esta forma de conjurar el dolor suele estar abocada al fracaso: es un consuelo, y los consuelos están subvaluados, sí, pero no conseguiremos espantar fantasmas, librarnos de la soledad de la madre, que es el eje sobre el que gira el texto, alejar la melancolía. Aprenderemos a convivir con ella, pero será una parte de nosotros como lo es la miopía o el dolor de cabeza que nos acompaña al despertar.
Mi madre era de Mariúpol es una suerte de psicoanálisis de tribu, de una gente que vivió en su carne y en su alma, de forma muy dolorosa, ese tema tan esencial que es la dificultad de encontrar nuestro sitio en el mundo. Se trata de una obra que versa sobre los miedos, así, en plural, y los miedos siempre los sentimos hacia aquello que desconocemos de nosotros mismos, por eso es tan conveniente conocer, por mucho que la gente diga que prefiere mirar para otra parte cuando acosa la tristeza, la depresión, la melancolía. Siempre es mejor enfrentarse al miedo, como hace Wodin, para encarar el destino, ese que eligen los demás por nosotros, sabiendo que podemos hacer nuestra propia suerte: conocer quiénes somos, conocer cómo reaccionamos, conocer la condición humana, esa que levanta la espuma de los días.


domingo, 16 de junio de 2019

LAS ESTRELLAS, LA NIEVE, EL FUEGO



Las estrellas, la nieve, el fuego
John Haines
Traducción de Clara Ministral
Volcano
Madrid, 2019
250 páginas


El mito de la última frontera es una realidad. Lo que sucede es que esta frontera no siempre está en la geografía, donde los lugares legendarios, los menos explorados, ya son tan inhóspitos como para preferir contemplarlos con distancia. Ahora están en el humo de la memoria, nuestro continente preferido para vislumbrar de nuevo lo que más hemos amado, los mejores tiempos, las fuentes de las que emana la poesía. Hacia allí viaja John Haines (Norfolk, 1924 – Fairbanks, 2011) en un libro en el que Alaska se nos revela como la última frontera de los mejores tiempos. El paso de los años ha transformado el lugar para convertirlo en un ambiente casi romántico tras superar los escollos casi extremos de la supervivencia. Fueron veinticinco los años que Haines vivió allí, en los bosques, en una cabaña, entre las estrellas, la nieve y el fuego, tal y como reza el título de la obra.
De esa experiencia destila retazos, fragmentos cuyo hilo conductor es el paso del tiempo regido por los ciclos naturales. No existe el reloj, pero sí la primavera. Al eludir la tiranía de la invención de las horas y los meses, Haines contribuye a salvar al mundo. Renegar de la materia deleznable de la que está hecho el tiempo ayuda a reservar la naturaleza. Vivimos, durante la lectura, en unos paisajes que nos recuerdan, de forma inevitable, a los cuentos de Jack London que suceden en el gran norte. Pero a diferencia de London, la forma que tiene Haines de vivirlo es amable, tal vez porque es real. Nos estamos refiriendo a un modo de vida elegido y por tanto una herida permanente en los recuerdos, una contribución al lado bueno de la melancolía, porque la tristeza es un sentimiento sano, como queda demostrado en este libro: hay admiración y hay belleza.
Haines medita mientras habla, para reproducir las sensaciones que tuvo meditando mientras vivía. Aunque no cesa de contribuir a la acción con reflejos de caza, paseos al límite y estampas de pureza, su espíritu le lleva una y otra vez a la contemplación y a celebrar lo que contempla: Haines da la bienvenida a las moscas cuando despiertan en primavera y comienzan a volar a su alrededor. Y su entorno carece vallas, de muros, de cercas y de otras fronteras que no sean los límites naturales: las montañas, el hielo, los osos, las tormentas. El libro nos habla de vivir todo como una forma de experiencia. No se puede vivir por inercia, pues lo que sucede nos exige actuar, poner motores en marcha, ser. La experiencia exige una entrega, un esfuerzo, que Haines lamenta sea tan poco atractivo para la mayoría de la gente. Es posible que de ahí surja esa nostalgia universal por la naturaleza perdida, una depresión que muchos sentimos pero que pocos reconocen. Si fuéramos más valientes, saldríamos más a buscar las últimas fronteras, nuestra Alaska, la geográfica y la ideal, las que conservamos en ese aspecto de la inteligencia que se llama ilusión y al que acudimos con demasiadas reservas. Y eso que acudimos muy poco.
“En el sentido con el que escribo, no existe el progreso, no existe un destino, pues la esencia de las cosas ya se ha conocido, al lugar verdadero se llegó hace mucho tiempo”, dice Haines. Pues eso, un lugar, este libro, que nos recuerda que debemos frecuentar más la ilusión que alguna vez hemos tenido.

Fuente: La línea del horizonte

viernes, 14 de junio de 2019

EL OTRO KIOTO


El otro Kioto
Alex Kerr y Kathy Arlyn Sokol
Traducción de Núria Molines
Alpha Decay
Barcelona, 2019
331 páginas

Cuando se quiere mucho algo, ningún enunciado es gratuito. Una selección es ya una valoración, porque sigue un criterio y el criterio tiene relación efectiva con el encanto que siente el que escribe. Es una de las formas como se delata la sinceridad, al igual que lo es el orden de las secuencias, que no conviene que desfallezca, pues de lo contrario parecía que la pérdida de potencia cuestionaría la veracidad del elogio. Bajo estas premisas Alex Kerr habla con Kathy Arlyn Sokol sobre lo que les va saliendo al paso en sus paseos por Kioto.
A las descripciones, eruditas y cultas en el sentido que pueden serlo las de alguien que las ha conocido desde fuera y las ha elegido para configurar su vida, les añade la doble valoración simbólica: por un lado la que se atribuye a un análisis filológico de la historia y el concepto visual, y por otro el significado que el autor deduce que tienen para él, lo que le provoca amor, de cada uno de los elementos tratados, que son una mera escusa para atender a aquello que, por regla general se escapa de nuestros sentidos. Las puertas, los suelos o la caligrafía son lo que son, con su utilidad y los códigos de acuerdos sociales, pero también son lo que parecen. De ahí la idiosincrasia de una cultura que nos presenta en contraste con otras asiáticas, que se han ido desarrollando a la par y de las que se distinguen, con frecuencia, por una exquisitez al alcance de todos.
El pensamiento de Kerr es contraintuitivo, no dejándose llevar por los lugares comunes, y atendiendo a las grandes y pequeñas cosas que afectan a la construcción de la personalidad. Porque todo el paisaje creado por la cultura japonesa está en relación con los japoneses, entre los que eligió vivir el propio Kerr hace más de cuarenta años. El paisaje construido podría ser un formato, pero para Kerr es mucho más, es un sentimiento a flor de piel y es una carga de profundidad. La relación que se va haciendo tiene cierta resonancia a enciclopedia, por lo cual tal vez sea aconsejable no intentar leer el libro de una sentada. De hecho, su elaboración llevó a los autores mucho tiempo, demasiado, tanto como toda una vida aprendiendo, emocionándose, y con ese respeto deberíamos afrontarlo. La sintaxis, como reconocen los autores, es oral, pero la construcción es una auténtica labor de ingeniería aeronáutica: no sobran piezas y son incontables las que se exponen. Estamos frente a un texto que explica por qué son inagotables las razones que nos llevan a enamorarnos de una cultura.

miércoles, 12 de junio de 2019

ELLAS TAMBIÉN MATAN


Ellas también matan
VV.AA.
Delito
Barcelona, 2019
203 páginas

Si hay un factor común al género negro, ese es la facilidad con la que la vida nos supera. No es posible dejarse llevar por la inercia, porque todos los asuntos, los grandes y los pequeños, nos arrollan. Vivir supone, en buena medida, vivir a la contra, nadar aunque sea para evitar que la resaca nos lleve mar adentro a una velocidad mucho mayor de la que deseáramos. En gran medida, el tema del cine y la novela negra es la mala suerte. Apenas Philip Marlowe pudo dominarla en las primeras novelas de Chandler, hasta que se supo arrojado a los vientos del destino en El largo adiós, la obra maestra del clásico americano.
Ese contenido está presente en los trece relatos que Anna María Villalonga recopila para la editorial Delito en este volumen, Ellas también matan. Los formatos varían mucho, desde el diálogo, algo muy tradicional en el relato negro, hasta un flujo que no es de conciencia, porque tenemos que atarnos a los sucesos, que son lo inexplicable, lo que se desenreda, pero que contiene una dosis de maldad que ignoramos a qué atribuir. De la misma manera, se manipulan los tiempos, tanto los narrativos como los que detallan la cronología de la acción. De forma que se nos permita asistir a los rodeos que se producen en torno a un cadáver manteniendo fija la atención, sin que se repitan fórmulas. Ni siquiera puntos de vista.
Aunque, eso sí, el volumen va tomando consistencia en la medida que asistimos a los juegos de la inteligencia, del ingenio o de la locura, todo igualmente metido dentro de la mollera de algún personaje. Y, sobre todo, al comprobar cómo se cumple una de las funciones que se le atribuye al género: el realismo urbano. Se habla de relato urbano cuando se reúnen una serie de personajes, propios de la ciudad, alrededor de un muerto. En cierta medida, da la sensación de que la trama sustituye al conflicto y lo que antes era un lugar que ocupaba la novela costumbrista, para dibujar una época, ahora lo ocupa la novela negra. En un volumen como éste, la impresión se incrementa, dado que pululan por sus páginas seres de muy diversa ralea: ciegos, inmigrantes, taxistas, médicos, espías, policías, ancianos, divorciados, exhibicionistas, periodistas y, como no, solitarios. Hay muchos solitarios, trece, uno por cada relato. Eso nos da la medida en la que este género está retratando la sociedad, si prestamos atención a lo que no sea la resolución del crimen: nada describe mejor las urbes contemporáneas que la presencia inmisericorde de la sociedad. En la ciudad moderna, la gente no se conoce. Y de ello dan buena cuenta las trece escritoras aquí convocadas, todas con su firme pulso narrativo para crear y resolver un misterio en unas pocas páginas.

jueves, 6 de junio de 2019

DIARIOS DEL AGUA


Diarios del agua
Roger Deakin
Traducción de Miguel Ros González
Impedimenta
Madrid, 2019
406 páginas

Roger Deakin (Watford, Inglaterra, 1943) nos recuerda el adagio de W.H. Auden que reza que “una cultura no es mejor que sus bosques”, una idea que flota a lo largo de toda esta obra y que nos va resultado de un enunciado desconcertante a medida que nos adentramos en ella. Resulta extraño el uso del posesivo, como si diéramos por supuesto que los bosques, y con ello queremos decir toda la naturaleza, perteneciera a una cultura; como si partiéramos del principio antropocéntrico que supone que la Tierra está al servicio del hombre, que es el hombre quien crea la cultura. Es cierto que crea los nombres, no solo con los que se designa cada objeto natural, cada trozo de existencia con un espíritu latente, de los que Deakin va dando buena y bonita cuenta a lo largo de este libro, sino que incluso crea la propia palabra cultura tras gestar su concepto. Pero los bosques son anteriores al hombre y uno se siente tentado a asegurar que de pertenecer algo a alguien sería, más bien, la cultura a los bosques.
La sensación que da la lectura de estos Diarios del agua es que Deakin también sostiene esa impresión y nos transmite la sensación sin descanso. Su anhelo es el de convertirse en agua, ser parte del agua, habitar en el agua con idéntica naturalidad a la que proyectamos habitando en las ciudades, guardianes de una cultura bastante desnaturalizada, por otra parte. Para Deakin nadar es una meditación, en el mismo sentido en que puede serlo atender a las inhalaciones de aire. Nada en pozas, en ríos, en el mar, en lagos y en spas naturales, y en todos ellos destaca la presencia de la naturaleza, que va enunciando dato a dato, objeto a objeto, planta a planta, animal a animal, consiguiendo el efecto de convivencia con Gaia, el espíritu del planeta Tierra, que conocemos como armonía. Su objetivo es ser consciente de que somos naturaleza, nosotros también, y recuperarse de la mala nostalgia que su ausencia nos está provocando. Confiesa, en cierto momento, que le molesta sentirse un intruso cuando se acerca a las formas del agua y que pretende derribar esa sensación incómoda.
Y consigue derribar, también, la distancia que separa al lector del autor. No se trata de un viaje por Gran Bretaña de baño en baño, de rincón de naturaleza en rincón de naturaleza, en el que acompañamos al protagonista, al narrador; se trata de una inversión de los términos de comunicación narrativa, como si fuera él quien nos acompañara a nosotros, de tanta amabilidad con la que se expresa, de tanto cariño con el que actúa. Nos da paso a su mundo y nos reencontramos con un espíritu hippy a finales del siglo pasado, con un último reducto de resistencia frente a la civilización: “Nadar sin estar bajo techo se considera hoy día una actividad ligeramente subversiva, como tener un huerto o reivindicar el derecho a caminar por cualquier sendero o montar en bicicleta”. Es una rebeldía inocente, como lo era la del pintor Constable, que es la mayor influencia que se respira en estos diarios que reflejan hechos, pero también sueños. Porque las emociones de los sueños son tan intensas como las de la realidad o, para ser más exactos, son tan reales como las que nos sacuden de los contactos con entornos. Deakin elige, como deberíamos hacer todos, un ambiente nada hostil, excepto, como le recuerda alguna autoridad en algún momento, por los contaminantes que transporta el agua, fruto de una cultura que no solo es peor que los bosques, es que los ataca.
Por eso lo que pretende es aprender las mismas cosas que saben los delfines o las nutrias, las que no agreden. El agua significa volver a nacer. Venimos del agua y nacemos desde ella, pero es con agua con lo que se acostumbra a significar los segundos nacimientos, los bautismos. Es el elemento primario, el original, el cimiento, al que regresa para leer la naturaleza cuya pérdida vivimos con una neurosis excesiva, y somos tan absurdos como para no terminar de aceptar esta enfermedad, como para creer que ese es nuestro estado larvario. De ahí que Deakin vaya reflejando, a su paso por cada paisaje, un modo de vida que ya no conocemos, épocas pasadas, sin rencor, sin melancolía, hablándonos de las posibilidades que todavía tenemos de una vida más humana, de volver a las dimensiones, incluida la del tiempo, adecuadas a nuestro tamaño, a lo que somos. Como hacía Constable. Como hacen los documentalistas que se dedican al mundo animal, sobre todo al microcosmos. Como hace cualquier persona con una curiosidad sana, y la curiosidad o es sana o es una maldición. Y nos recuerda que todo nosotros podríamos hacer lo mismo que él: pasear, nadar, escribir. Eso sí, Deakin nos sorprende con una sencillez destiladísima en las cocinas de la sensibilidad: “Me sumerjo como el zorro que quiere deshacerse de sus pulgas. Dejo mis demonios en las olas”.

sábado, 1 de junio de 2019

ÉRAMOS INMORTALES


Éramos inmortales
Maurizio Zanolla
Traducción de Rosa Fernández-Arroyo
Desnivel
Madrid, 2019
271 páginas


No siendo uno un literato de altura, lo importante es no equivocarse al construir y al redactar. Maurizio Zanolla (Feltre, Italia, 1958), conocido como Manolo en los ambientes de escalada, es consciente de ello y se esmera en la sencillez: una sintaxis sin bucles y una serie de capítulos cortos, cada uno de ellos dedicado a narrar una anécdota, un hecho, un ladrillo en su construcción sentimental. Zanolla ha conocido el Manaslu, pero de esa expedición regresó decidido a redescubrir la belleza de las paredes alpinas, los lugares donde llegó a ser un especialista en solo integral. De ese regreso trata este libro. Y a ese regreso se refiere incluso antes de describir su viaje al Himalaya. Porque nos habla de la infancia, de la adolescencia, de la juventud, de la educación de las sensaciones, de sentirse vivo, de la música interior y la necesidad de vibrar a su ritmo, de escucharse a uno mismo y escuchar la inteligencia de las células del cuerpo que no forman la materia gris. Se trata de un libro en el que se nos relata cómo alguien va recomponiéndose, una y otra vez, porque la vida nos muerde en la nuca. Se trata de un texto sobre el equilibrio, que es eso de lo que nos olvidamos cuando la vida va bien, como nos olvidamos de que el equilibrio está a mitad de camino entre saberse compensado y saberse descompensado. Porque es imprescindible aceptar la locura propia y dejarla correr por el campo de nuestro cuerpo. Al fin y al cabo, es un órgano más de lo que somos, como el páncreas.
El tiempo que rige el relato de Zanolla es la melancolía. Pero sin estrépito, sin rencor, con esa única materia que es importante para mantenernos enteros y mantener enteros a nuestros seres queridos, eso que se conoce como dignidad. Durante la infancia, se representa en el afecto admirativo hacia los padres, por ejemplo, y durante la adolescencia en el imperio de la rebelión. De ello nos va hablando Zanolla, con unas anécdotas que van incrementando no ya la intensidad, sino el vértigo. El roce con la muerte va tomando una mayor presencia a medida que avanzamos en la lectura y, como si estuviéramos en medio de un bombardeo, vemos las explosiones caer a nuestro lado. Los límites de la vida no solo los expresa en la escalada, en la actividad de montaña, también en los riesgos en la carretera, pues aunque el consuelo pueda ser distinto, la muerte es igual de terrible venga como venga.
La aventura de explorar que emprende nuestro escalador tiene que ver con la ética, esa de la que tanto hablan los que trepan por muros de roca: la solvencia anímica y el terror del solo integral, la presencia de material en la pared condicionando la naturaleza, la competición frente a la experiencia de ser cada día mejor y mejor persona, es decir, el aprendizaje y, finalmente, la voluntad de volver. Eso es lo que concierne al hombre. El resto pertenece al terreno de lo efímero, al territorio ingrato del cambio, a la tiranía de lo imprevisible. Pero aceptar la falta de control sobre nuestro destino nos libera. La vida siempre te libera, pues lo que nos ata tiene que ver con la muerte. De ahí el espíritu de obras como estas, de autobiografías de hombres de montaña que confrontan la vida inconquistable con los deseos de conquistarla. El resultado puede ser la desdicha o el autoconocimiento. A esa conclusión le lleva su viaje a Nepal, donde descubre que la pregunta acerca de quién es uno mismo carece de respuesta, al menos de respuesta razonable.
La vida se representa con muchas metáforas: el río, la lucha, el mar, el viaje. Este testimonio contribuye a añadir una más, quizá la única sensata, la única que puede aportar alguien que ha conocido el equilibrio: la búsqueda. Es ese espíritu el que aporta este libro. Para leer a grandes literatos, siempre puede uno volver a Proust.

viernes, 31 de mayo de 2019

EL TIEMPO DEL VACÍO


El tiempo del vacío
Jokin Azketa
Desnivel
Madrid, 2019
248 páginas

Convencido de que la gente es buena, en el buen sentido de la palabra bueno, Jokin Azketa sigue elaborando un proyecto literario con el paisaje de la montaña como parte de la construcción de la personalidad. Incluso en un caso como el de El tiempo vacío, en que se nos presenta un caso de intriga con asesinatos que resolver, la bonhomía se impone: en la cortesía con la que se relacionan los protagonistas, que no puede ser una invención social, en la fragua de una nueva amistad entre dos personajes dispares, en las intenciones de buscar lo mejor para los desconocidos que, paradójicamente, existen incluso en la motivación del criminal. Porque éste se debate en el conflicto ético de la protección de los bienes comunes, la naturaleza, y es consciente del daño que a ella le provoca el exceso de gente, los descuidos de la humanidad, la basura que derramamos. Así pues, se plantea del debate sobre los límites de los círculos de protección de dos tipos de vida que parecen haberse alejado de forma irreversible: la humana y la natural. Tal vez la deriva del mundo termine con el exterminio de una de las dos, pero confiamos, en cualquier caso, que no sea a base de precipitar aleatoriamente a senderistas por los barrancos de Pirineos.
La novela se resuelve en varias voces, la de los dos personajes más importantes, que llevan la mayor parte de la carga narrativa, con ocasionales intervenciones del antagonista, que permanece siempre escondido, disfrazado, camuflado, invisible. Es alguien que observa, aunque se trate del impulsor de la acción. Una acción que tiene por caracteres a un directivo de la federación de montaña y un investigador privado. Ambos muy amigos de la charla, otro detalle que habla sobre la confianza en el ser humano de nuestro autor: los buenos hablan entre sí, mucho, con confianza, con ánimo, con optimismo, sin desfallecer, mientras que el supuesto asesino solo se descarga por monólogos interiores o con cartas. Unos representan lo mejor del ser humano, el compañerismo, el otro padece una soledad sin ninguno de sus privilegios, monomaníaca y sórdida a pesar de la montaña.
Buena parte de la obra está resulta sobre el diálogo, al menos la parte contemporánea, pues hay una suerte de investigación histórica en la que participa la legendaria figura del Conde Russell, el padre del pirineísmo, y unos soldados del ejército nazi, en unos episodios que mantienen el pulso narrativo con más contundencia, tal vez porque en unos episodios predomine los psicológico, la tarea de personajes, mientras que en otro la narración se permita comulgar con la crónica, aunque contenga dosis altas de ficción. En cualquiera de los dos momentos, la obra contiene un espíritu cartográfico: la representación de los Pirineos, sus mejores rutas, sus lugares emblemáticos, sus cumbres y sus valles, sus rincones adorables, y el respeto a cada una de las rocas y a cada una de las raíces y las nubes, navegan por las emociones de los protagonistas. Uno de ellos, el investigador privado, es un novato en el mundo de la montaña. Gracias a su ignorancia, podremos viajar por una de las cadenas montañosas más amables y agradecidas del mundo.
Y sí, están las intenciones de crear una obra de intriga, un relato que va cobrando interés a medida que avanzan las páginas. Al fin y al cabo, no somos inmunes a la suerte de unos protagonistas cuyas cualidades humanas nos van ganando muy poco a poco. De otra manera, la hipótesis de Jokin Azketa, la confianza en la bondad de los hombres, no se sostendría. Y es una hipótesis que nos interesa sostener, por mucho que la gente nos arroje ladrillos a la cabeza.

Fuente: La línea del horizonte

Recomendaciones de CULTURAMAS para la feria del libro

Comienza la feria del libro de Madrid y desde esta sección queremos sugerir cuatro títulos que no deben perderse. Vamos allá:

BUCAREST

Polvo y sangre

Margo Rejmer

Traducción de Ernesto Rubio y Agata Orzeszek

LA CAJA BOOKS
En la gran tradición de los cronistas polacos
Entre polvo y sangre. Así acabó el Padre de la Nación, el Genio de los Cárpatos, el Hijo más Destacado de la Tierra Rumana: Nicolae Ceauşescu, fusilado por su pueblo en la Navidad de 1989. Bucarest es un viaje a la capital que sufrió el hambre, el frío y los horrores de aquel comunismo personalista. Un sistema marcado por el delirio megalómano, la paranoia del espionaje y la delación, y el miedo a un dictador que anheló tener sus propias hormigas, sus propios hormigueros y su propio prado hor­migonado donde las hormigas bailaran en su honor.
Con las armas del mejor periodismo y una escritura desbordante que combina el lirismo con la fuerza de los testimonios, la reportera polaca Margo Rejmer traza el retrato caleidoscópico de una ciudad de neones y cemento gris que conserva la huella del totalitarismo. Un lugar donde los ideales han sido reemplazados por la vida prosaica del capitalismo en crudo. Una urbe donde las esperanzas que sembró la revolución se han tornado desencanto y resignación. Como dicen los rumanos, «asta e»: es lo que hay.
Rejmer pasea fascinada entre hordas de perros callejeros –rastro espectral del periodo socialista– y rememora el mosaico de la Bucarest de entreguerras: judía, griega, rural, burguesa, gitana, seudoparisina y caóticamente balcánica. La autora se sumerge en las historias anónimas de la Rumanía poscomunista y, en la mejor tradición de la Nobel Svetlana Alexiévich, escucha de cerca a sus gentes. Como las mujeres que sufrieron la desconocida atrocidad de los abortos ilegales en masa: un trauma colectivo manchado con la sangre del dolor íntimo y cubierto por el polvo de una Historia que se quiere olvidar.

Roger Deakin

Diarios del agua

Traducción de Miguel Ros González
IMPEDIMENTA
En la gran tradición del Nature Writting británico
Un día de 1996, inspirado por «El nadador» de John Cheever, Roger Deakin emprendió el sueño de su vida: recorrer las islas británicas a nado. El libro que escribió se convertiría en un clásico de culto.
Como buen inglés, Roger Deakin adoraba el agua. Así que un día de 1996 se lanzó al foso de su casa en Suffolk y se propuso recorrer las islas británicas a nado. Playas, pozas, ríos, estanques y lidos. Acueductos, canales, cascadas y canteras inundadas. Deakin recorrió su país contemplando la vida desde la perspectiva de las ranas, y fue interceptado por guardacostas, confundido con un suicida e incluso estuvo a punto de ser engullido por un remolino en las Hébridas.
Una vibrante oda al inconformismo, a la imaginación y a la voluntad de actuar con libertad plena. Un viaje inolvidable y una audaz celebración de la atracción que el agua sigue ejerciendo en todos los seres vivos.

EVA EN LOS MUNDOS

RICARDO MARTINEZ LLORCA
LA LÍNEA DEL HORIZONTE
Un brillante desafío al conocimiento y la identidad
Aquí hay un libro escrito desde la admiración. Habla de ese territorio sutil donde conviven sueño y verdad, pues la realidad suele ser una suma de insinuaciones que deslumbran nuestra percepción en un juego de espejos. La observación abierta de esos destellos, su reflejo y escritura, habría sido territorio de varones de no ser por la presencia de algunas mujeres, brillantes todas, testigos de los ordenadores de última generación y de las perplejidades humanas.
En Eva en los mundos reunimos los perfiles de trece escritoras y cronistas, verdaderas maestras en el arte de esclarecer tiempos de tormentas. Pertenecen a cinco océanos y a momentos históricos diferentes. Sus vidas, y la lectura de sus obras, forman un mosaico que aquí se recompone con la misma pasión literaria con la que escuchamos sus voces. Evas que no ponen las cosas fáciles, porque sus biografías son océanos en los que rescatar peces de todos los colores. Esta recopilación de autoras nos permite ver a través de su mirada e imaginar sus sueños y verdades; mujeres hechas de palabras cuyo factor común tal vez sea el sentido de la justicia.
SVETLANA ALEKSIÉVICH, SOFÍA CASANOVA, CARMEN DE BURGOS, JOAN DIDION, HAYASHI FUMIKO, HELEN GARNER, MARTHA GELLHORN, LEILA GUERRIERO, JANET MALCOLM, EDNA O’BRIEN, ANNEMARIE SCHWARZENBACH, MARINA TSVETAIEVA, REBECCA WEST

Cuba

Viaje al fin de la revolución

Patricio Fernández

DEBATE
Un emocionante reencuentro con la realidad y las ilusiones
¿Cómo narrar el final de uno de los procesos políticos más relevantes ocurridos en Latinoamérica? ¿Qué registrar cuando se visita una isla donde se cede lentamente el paso a la modernización? Ambas preguntas remiten a una cuestión innegable: un capítulo en la historia contemporánea está terminando. Por esta razón, durante los últimos años, Patricio Fernández ha viajado a Cuba para relatar los hechos que han acontecido en la isla antes y después de que Fidel Castro dejara el poder en maos de su hermano Raúl.
Tomando el pulso de la vida cotidiana y describiendo sus pormenores, a la vez que recogiendo testimonios de personajes centrales y de cubanos tan anónimos como singulares, Cuba. Viaje al fin de la Revolución relata el histórico restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos, las visitas del papa Francisco y de los Rolling Stones, la muerte de Fidel y el proceso de paz entre Colombia y las FARC mediado por la isla, entre otros hitos.
Este libro es, en suma, el retrato de una sociedad o, como señala su autor, “lo que ha quedado de ella: lo bueno, lo malo y lo inclasificable de uno de los proyectos sociales más ambiciosos de la historia humana, llevado a cabo en esta pequeña isla que hoy habita en compás de espera, aunque sin esperanza”.