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viernes, 12 de octubre de 2018

HASTA LA FRONTERA DE MI SUEÑO en NONSTOP

Una novela con estilo literario y temática montañera aunque hay mucho más que una historia de montañeros dónde en casi sus 200 páginas no se cuenta una historia real de un alpinista que consigue un reto o vive una tragedia sino que se basa en un personaje que descubre la montaña pero también sentimientos profundos o valores a veces olvidados en la actual sociedad.


Cómo apasionada a la montaña me siento identificada con el delirio transitorio que nos produce estar en medio de la naturalezao montaña practicando algunos de nuestras actividades outdoor preferidas pero también siento y comparto aquellos valores que me gusta encontrarcomo la amistad, la fidelidad, el pacto, el deseo por conseguir un reto, compartir momentos con las personas que quieres en el mejor escenario. Hay que pararse a mirar en nuestro interior y sacar lo mejor que tenemos dentro para poder ser más felices en la montaña, con la lectura de Hasta la frontera de mi sueño permite esa pausa necesaria en el camino para tomar consciencia de lo que nos rodea.

Reseña completa AQUÍ

viernes, 5 de octubre de 2018

LA CANCIÓN DE LOS VIVOS Y LOS MUERTOS


La canción de los vivos y los muertos
Jesmyn Ward
Traducción de Francisco González López
Sexto Piso
Madrid, 2018
256 páginas

El mundo de la literatura no es el mismo desde que uno leyó a William Faulkner. Tal vez el otro, el mundo fuera de los libros, no hubiera sido mejor de no haber existido Faulkner, como no hubiera sido mejor de no haber existido Shakespeare. De hecho, poco hubiera cambiado y el mismo Faulkner no parecía interesado en escribir para cambiarlo. Y, sin embargo, a unos cuantos, a los lectores, sí les ha afectado la literatura del premio Nobel y, sobre todo, ese libro enorme, su gran obra, que es Mientras agonizo. La literatura no es la ONU, ni siquiera la Cruz Roja. La literatura nos hace mejores porque hay valores que uno solo encuentra en la literatura. No estarán todos, pero sí aquellos que necesitamos cuando el mundo a nuestro alrededor es hostil. Y eso es algo que sucede con demasiada frecuencia. Esta novela, esta La canción de los vivos y los muertos, nos regresa a Faulkner y nos recuerda todo lo que nos queda por aprender de los maestros. Además de Faulkner, reconocemos a Flannery O’Connor, algo de Raymond Carver, de Herny James y de la tradición del realismo sucio. Es el sur de los Estados Unidos, con la maldición del racismo a cuestas y esa denuncia de la marginación carcelaria. Es un lugar donde uno no entiende que alguien pueda vivir si sabe que por las calles hay gente ha pasado por la cárcel, y los ve como malditos. En un país donde la gente cambia de residencia con tanta facilidad, largándose a otro estado a miles de kilómetros, en el sur sólo quedan los que no pueden vivir en otro lugar.
Esta familia que protagoniza la novela está anclada a unos fantasmas que en algunos casos, en el de los dos narradores principales, la madre y el hijo de trece años, llegan a hacerse corpóreos. Aunque se marcharan a vivir a la Antártida, los muertos les perseguirían. A pesar de ello, se empeñan en tener una vida digna. El primer paso será recoger al padre de la familia, que sale de la cárcel. Durante el viaje, en el que se alternan las voces, potentes, duras, por momentos de una intensidad sobrecogedora, comprobamos lo complicado que les va a resultar reinventarse. Las adiciones siguen vivas y no parecen tener intención de revocarlas. Al niño de trece años, y también al bebé, les ha estado educando los abuelos. Pero ya es hora de intentar formar una familia al uso, esa farsa que se vende en las películas americanas. Estamos en una época sin año. Durante las primeras páginas, tenemos la sensación de asistir a una novela que sucede no en el tiempo de Faulkner, pero sí en una época en la que las poblaciones y los habitantes de las poblaciones parecen estar aislados. Los medios de comunicación como el teléfono móvil o internet no existen. Las leyes son el policía que puede hacer lo que se le antoja cuando detiene a alguien, o las que el cabeza de familia imponga dentro de las paredes de la casa, pues parece que el abogado, e incluso conocer la presencia de abogados, queda lejos. Sin embargo, en un momento se nos habla del huracán Katrina y nos sorprendemos situando la acción en la actualidad. Existen, pues, lugares donde se mantienen las leyes del Yoktapanawpha. Es un realismo rural, donde hasta las carreteras, que es el escenario de buena parte de la obra, son también lugares rurales. Estamos en un sitio fronterizo, en los mismos parajes en que viven los habitantes de las novelas de Cormac MacCarthy, otro autor cuya influencia está latiendo en la obra.
El tiempo es elástico, caprichos y no sigue los rigores de la cronología. A pesar de que la novela transcurra, en gran medida, durante un trayecto sucísimo de ida y vuelta por una carretera. No es exactamente una novela de carretera, porque lo que sucede, sucede dentro de las cabezas de los personajes o dentro del automóvil: la memoria se mezcla con los vómitos del bebé, por resumirlo de alguna manera. En la cita de Margaret Atwood para la promoción del libro, aparece la expresión “el corazón insepulto de la pesadilla americana”. Ese corazón sigue estando en el sur, como los tiempos de Faulkner, y parece que está destinado, efectivamente, a no ser enterrado jamás. Como si uno pudiera transformar ese fracaso en victoria a través de la denuncia que son las grandes novelas. Aunque solo sea por eso, merece la pena leerla.

miércoles, 3 de octubre de 2018

NUEVA YORK ES UNA VENTANA SIN CORTINAS


Nueva York es una ventana sin cortinas
Paolo Cognetti
Traducción de Miquel Izquierdo
Navona
Barcelona, 2018
180 páginas

Si alguien pretende tener intimidad, Nueva York es el sitio menos adecuado para quedarse. El título del libro lo expresa muy bien: en la gran ciudad uno está expuesto a los demás de forma escandalosa. Nada hay absolutamente privado. Una ventana sin cortinas nos recuerda a la película de Hitchcock, La ventana indiscreta, trabajada a partir de varias ventanas: la primera la del espectador y la pantalla, que es la ventana a través de la que nos metemos en el escenario. La segunda la ventana desde la que mira el protagonista. La tercera la calle. Y la cuarta las ventanas abiertas, las que permiten al voyeur practicar su locura que, como comprobamos por las reacciones de los demás en la película, se entiende que son lo normal. La norma y lo frecuente es, pues, meterse en la vida de los demás sin que los demás se enteren. Y los demás, como uno mismo, se saben expuestos, pero les trae sin cuidado. Al fin y al cabo, una norma es una ley no escrita, un acuerdo tácito.
A la hora de abrir este libro, teniendo en cuenta esos presupuestos, sabemos que nos encontramos con un autor que, a su vez, ha expresado el amor por la soledad elegida en la naturaleza, en la montaña. Le conocemos por El muchacho silvestre y Las ocho montañas, y sabemos que es una persona delicada con los demás. Al menos con los lectores. Quien conozca Nueva York se dará cuenta de que la neurosis de Manhattan no es una vibración sana. Puede sorprendernos algunos días, pero la ansiedad que generan sus dimensiones no humanas terminarán por superarnos, a no ser que uno sea, a su vez, neurótico. Sin embargo, Nueva York no termina en la isla de Manhattan. Brooklyn, el otro gran barrio de la ciudad, ofrece una vida más acorde con las dimensiones del hombre. La urbanización, el tamaño de las edificaciones, la velocidad a la que pasa el tiempo, ver el cielo, todo eso es lo que lleva a Paolo Cognetti a elegir Brooklyn. Y desde ahí nos regala este libro de viajes en el que Nueva York no está caracterizado por sus excesos.
Cognetti es sensible a los cuadros que ve, a la pobreza, por ejemplo, que iguala con los emigrados históricos: antes llegaba de cualquier lugar del mundo, ahora se refugian huyendo de calle en calle. La mirada de Cognetti no es la de un turista, pero no reniega de cierta condición de visitante ocasional. Algunos de sus viajes a la ciudad los hizo para preparar documentales sobre la ciudad donde viven y vivieron escritores. Así pues, estos son apuntes al margen, notas sobre lo cotidiano, que no figuran en los documentales, a la par que apuntala los relatos en esa dirección. Por el libro pasará Whitman y Melville, a la par, como dos vidas paralelas con direcciones contrarias. También el judaísmo, que tanto ha influido en la ciudad, y escritores como Henry Roth, Allan Ginsberg, Bashevis Singer, y pasea por guetos hasídicos. También por los asiáticos, evitando la Chinatown que va comiéndose las calles de Manhattan. Reconoce, como no podía ser de otra forma, la Italia que late en algunos callejones, los mismos en los que se cultivan huertos urbanos o jardines autogestionados. Aparece el beisbol como una religión sin dios. Cruza los puentes y admira la virtud de cada uno de ellos, aunque elige el de Brooklyn, del que dice sentir, frente a él, lo mismo que frente a las grandes catedrales de Europa. Esta experiencia nos indica que busca la poesía de la ciudad, y para hallarla no debe mirar hacia los rascacielos, sino mantener la vista en horizontal. Ver lo que ve un hombre. Encuentra, así, una extraña forma de poesía en los comercios, por ejemplo, en esas tiendas que no cierran en veinticuatro horas.
En lo que se refiere a los escritores que le llevaron hasta allí (Paul Auster, Safran Foer, Colson Whitehead, etc.), menciona el encuentro hostil con la ciudad y el ritmo más asumible para su corazón que encontraron en Brooklyn. Se encuentran en una suerte de equilibrio pacífico, pero precario. En buena medida, lo precario es una de las características del equilibrio, esté uno donde esté. De ahí que Cognetti entienda que esta ciudad no se diferencia, en lo que se atiene a lo humano, de las demás: vive dentro de cada escena que ve, le recuerda algo que ha leído y lo relata, porque la vida no será una novela, pero los instantes son relatos.

VIVIR CON ALTA SENSIBILIDAD


Vivir con alta sensibilidad
Entre el talento y la fragilidad
Antje Sabine Naegeli
Traducción de María Luisa Vea Solano
Herder
2018
190 páginas

La costumbre de mirar a los libros científicos como algo espeso, es garantía de supervivencia para el autor entre las élites de pensadores. La dificultad parece ser un valor añadido. La sencillez los transforma, a ojos del márquetin social, en libros de autoayuda. Aunque éste se base en investigaciones serias y lo que diga sea algo nuevo, algo que hasta la fecha podíamos intuir por partes, pero no completar el puzle. Este Vivir con alta sensibilidad pertenece a la estirpe de los libros serios que corren el peligro de catalogarse donde no pertenecen. La mayor parte de la gente cree que lo que ellos sienten es lo máximo que uno puede sentir, que ellos son muy sensibles, que sus afecciones narcisistas, su susceptibilidad, significa que son hipersensibles. La mayoría de la gente se equivoca. Tal vez al leer este libro se sientan falsamente identificados. Esta es una obra destinada a decirle a unos pocos que no están solos y que alguien les entiende. Para los demás, debería ser un texto en el que aprendieran a entender a esos pocos. Porque las personas altamente sensibles lo que necesitan es que les comprendan. Para el apoyo, el abrazo, el cariño, suele ser un poco tarde.
La gestación de la hipersensibilidad sugiere la hipótesis del libro, está en una infancia en la que el niño careció de apoyo seguro. Los padres no prestaron atención al hijo, calificaron sus sentimientos de cosas de críos y le dijeron que ya se les pasaría la bobada. Y el niño, abandonado a su suerte, crea sus propios sentimientos. Crear es uno de los conceptos claves que se manejan en el ensayo. La gente con alta sensibilidad es creativa y debe encontrar su manera de expresarse: la pintura, la música, la literatura, el cómic, el cine… Añadir a su vida lo que pueda compensar que sufrió desde que estaba en el vientre de la madre, algo por lo que merezca la pena salir adelante. El acoso, en nuestra sociedad, es constante. Hay que tener en cuenta que nos educan para ser competitivos, no solidarios. Nuestro propio sistema educativo habla de competencias, no de valores humanos. Y los niños con alta sensibilidad son los más vulnerables en la jungla social.
Entre las propuestas para aprender a valerse por sí mismos, está la de aprender a escuchar el cuerpo, conectarse a él, cuidarlo. Trabajar, también, siendo adulto con el niño que fue, repetirle que no era tan horrible como le hicieron creer, ni por fuera ni por dentro. Buscar gente con la que mantener conversaciones profundas ayudará a conocerse a uno mismo, a saber qué se exige a sí mismo el hipersensible y darse cuenta del ritmo altísimo de perfección, innecesario, que pretende practicar. Se trata de gente con problemas para manejar los sentimientos, que siente mucha ansiedad frente a las injusticias, incluidas las que padecieron y que tratan de negar para centrarse en la de los demás, cuando deberían ser también compasivos consigo mismos: padecer con los otros es un don, reírse cuando ellos ríen y llorar cuando ellos lloran. Pero también lo es padecer con uno mismo: permitirse reír y llorar las hazañas cotidianas propias y los abusos en la propia carne.
El riesgo que corre la gente con alta sensibilidad es el del agotamiento mental. Están constantemente reviviendo su último desconsuelo, les supone mucho tiempo deshacerse de él, volver a estabilizarse. De esta manera, no solo se gesta el miedo, sino también las fantasías sobre el miedo. Deberían aprender a convivir con las dos formas de soledad: la que supone el retiro, que es una zona de confort, y a la que les arroja la huida ante el exceso de angustia, la ansiedad que viven lejos de los demás que, imaginan, al igual que sus padres jamás comprenderán su forma de sentir, de intuir, de padecer el mundo, sobreexcitado de estímulos agresivos. Por eso es tan importante saber que no están solos, y que los demás entiendan que no pertenecen a este grupo, porque no es la élite de la sensibilidad, no se trata de algo que nos pueda hacer mejores personas. Se trata, aquí, como una enfermedad irrenunciable, con la que unos pocos deben aprender a vivir. El libro ofrece buenas pistas para ponerse a la tarea.

martes, 2 de octubre de 2018

COLOMBINE


Carmen de Burgos, “Colombine”
Un perfil

En el verano en que estalla la Gran Guerra, una mujer de cuarenta y siete años recorre Europa de sur a norte y de oeste a este, las direcciones contrarias a las de los itinerarios románticos, los que se dirigen hacia la puesta del sol, cuando se ve atrapada en Alemania sin apenas otros recursos que su inteligencia. Junto a ella ha estado navegando por deliciosos parajes una hija, María, que con veintidós años estaba a un paso de casarse con un actor de teatro y engancharse a las drogas. Carmen de Burgos y Seguí (Almería, 1867 – Madrid, 1932) se encaminaba hacia Rusia, tras haber recorrido paisajes y ciudades de Francia, Suiza o los países escandinavos. Hasta entonces su viaje había sido un soplo tras otro de aire fresco, incluso en las criptas donde las catedrales esconden unos tesoros ambiguos, almacenes en los que no se distingue entre el envejecimiento y la belleza. La crónica de su gran viaje se ve cortada por una guadaña que les siega la hierba bajo los pies. Carmen había vivido casi tanto tiempo fuera de España como en el país donde nació, recorriendo territorios en condiciones en las que, en ocasiones, pasó hambre y frío y sueño, aprendiendo recursos de los que tirar cuando intenta atravesar un país embravecido. Sorprende, en el relato y en la realidad que se ha repetido tantas veces, como la gente deja de ser buena persona, de la noche a la mañana, para ser mala multitud. Se impone, por ejemplo, la consigna de que hay que matar a los todos los rusos con los que se crucen en las calles. Cualquier papel, expedido por un consulado extranjero, es sospechoso y cualquier soldado analfabeto tiene el poder de hacerlo trizas. Durante algún momento, Carmen y María, con la bayoneta sobre el pecho, sienten angustia al pensar que no podrán regresar a sus casas. En tiempo de guerra, la única certeza son las balas.
Los puestos militares se han prodigado como en una epidemia de peste, y el paso de cada uno de ellos es, a medida que van pasando los días, más idiota y más violento. Pero Carmen es una mujer de recursos y se abre paso hasta llegar a Hamburgo, donde se embarcan en un pequeño mercante, junto a otros españoles que se fugan de un país que arde, aunque en el barco no hay condiciones para acoger pasajeros. Lo urgente, en cualquier caso, es salir del país y, con hambre y frío y sueño, se acomodan en unas hamacas compradas en un mercadillo de segunda mano. Al llegar al Canal de la Mancha, el capitán del barco recibe órdenes y se ve obligado a cambiar de rumbo. El mar estrecho se ha vuelto peligroso en apenas dos días. Mejor dirigirse a un país seguro, como Inglaterra, donde desembarcarán los veintitantos pasajeros a los que ha salvado de la marea bélica. Para Carmen y su hija el momento es clave, uno de esos en los que tienen que tomar una decisión: volver a Madrid o quedarse. O como deciden, con elegancia, seguir viajando. No llegarán a Rusia, pero recorrerán Inglaterra y, más tarde, Portugal, un vecino desconocido que casi descubrió como destino de descanso para los españoles. Leer su paso por ese país no es una invitación a visitarlo, sino a quedarse allí para siempre. Carmen escribe con calma el relato de sus viajes. No le importa acumular sustantivos y adjetivos, antes de terminar con una metáfora pues, excepto durante el acoso de la guerra, su intención es describir. En un paisaje hermoso, no basta con dictarlo de forma escueta: hay que demorarse tanto como sea necesario, pues si la vista no se cansa de contemplar, no hay razón para que ella se detenga al escribir. Carmen es escritora, pero adora la pintura, y eso se traduce en su prosa.
La lectura de los lugares que visita vuelve a ser estética, una vez que recuperan el rimo del viaje. Y para que alguien sea sincero en ese tipo de hacer de la imagen un verbo, es necesaria la premisa del respeto. En la vida de Carmen de Burgos este es el sustantivo, el concepto, que jamás se pierde de vista: el respeto. Como en esta muestra de sus viajes, donde el respeto es tal que todo nos parece encantador, y esta palabra, el encanto, tiene varios significados: es magia, es atracción, es carisma, es esplendor. Observa, y mucho, y siempre lo hace con amor por lo diferente, porque como diría de ella su pareja durante veinte años en el baile de la vida, Ramón Gómez de la Serna, Carmen es “toda esa cantidad exuberante de corazón, cuando el corazón es lo más raro de encontrar”. Gracias a ella, o a través de ella, que sería la expresión que utilizaría Carmen para no empañar su humildad, a España llegan las culturas de otros países. Y esos dibujos de lugares y de gestos, de vestidos y costumbres, construyen los arquetipos de los que a fecha de hoy todavía nos valemos. En buena medida, Carmen ha cimentado los que sabremos seguro sobre las culturas modernas, los pilares que apenas han cambiado, mientras que la civilización tiende a convertirse en la misma masa madre para todo el planeta.
Pero esa historia no es la de Carmen. Ella no cesa de descubrir, también gracias a los libros que lee con una capacidad de análisis tal, que uno sentiría miedo de entregarle un texto porque acabaría por conocernos mejor de lo que uno se conoce a sí mismo. Gómez de la Serna dijo que durante medio año la dirección de Carmen era la lista de correos. Esa costumbre de viajar tiene el objetivo, como ella reconoce de buscar el encanto ancestral de las ciudades antiguas, románticas, y el encanto de la naturaleza. De nuevo aparece aquí en encantamiento, y de nuevo el respeto. A la naturaleza no se puede acudir maltratándola.
Hay una expresión que ella escribe, y que resume, por efecto rebote, mejor que ninguna otra cuál es su espíritu en la aventura y como cronista. En cierta ocasión, encontrándose frente a un monumento militar, una de esas grandes obras escultóricas con placas de mármol en memoria los caídos y algún nombre célebre esculpido en letras góticas, suelta aquello de que “honrar a los que mataron me parece una cosa perjudicial; la humanidad no podrá llegar a una mayor perfección ética mientras admire la gloria de los héroes”. Gloria y héroes son los antónimos de encanto y respeto. Los primeros hablan de la guerra, los segundos de la buena gente. Su pacifismo convencido es un sentimiento simbionte de su lucha por la igualdad entre el hombre y la mujer. Solo su anhelo por los viajes, en los que aprende también a construir el alma con esta ética, la aleja por momentos de una lucha en tiempos en que la conquista de los derechos de la mujer era por momentos de una violencia similar a darse de cabezazos contra un muro de lamentaciones. Tal vez de ahí venga esa expresión que utilizó Gómez de la Serna para resumir los motivos de los viajes de Carmen: “Huye, sencillamente”. En este caso, el adverbio es casi un oxímoron, pues huir no es nada sencillo para Carmen. Aunque si nos atenemos a la duda que plantearía Chatwin en el futuro, huir es salir ganando, pues, según el inglés, la gente se divide en dos tipos: los que huyen y los que se esconden. En ese sentido, a Carmen se le podrían reprochar muchas cosas, pero jamás se escondió. Y lo que es huir, no se puede decir que huyera. Para eso hace falta algo como la autocompasión, una cualidad que aborrecía, porque para Carmen la pose digna, aunque solo sea pose, es una forma de dignidad. Tal vez la última, porque la primera forma seguramente sea el viaje.
“Es ella oriental y siente en sí la idea de oriente. Nuestra Andalucía es el oriente y ella es de allí”, rezó sobre ella Ramón Gómez de la Serna. Ese espíritu se expresa en parte de su obra, como en las novelas breves. Pocas obras más orientales se han escrito en nuestro idioma que Puñal de claveles, donde los amados y los intereses se cruzan como en un cuento de las mil y una noches sin lámparas mágicas. La realidad de la Andalucía que conoció era que los corazones se compraban o se raptaban. Carmen, que era la mayor de diez hermanos e hija de un vicecónsul dueño de tierras y cortijos, se casó a los dieciséis años con un hombre bohemio que debería haber heredado el principal periódico de Almería. Estudió magisterio y aprobó la oposición para ejercer de maestra. Su marido resultó ser un tipo deshonesto, fumador, bebedor y mujeriego. No fue el hombro sobre el que llorar cuando los tres primeros hijos del matrimonio fallecieron, y eso que apenas habían aprendido a respirar: el primer bebé murió a las trece horas de nacer, la segunda a los dos días, el tercero llegó a vivir ocho meses. Esa experiencia secaría a cualquiera por dentro, pero Carmen despertó de la mala fortuna llena de insubordinación, y fue llenándose de la necesidad de combatir y de liberarse y liberar a la mujer, para que fuera compañera, alguien igual a los hombres, para que la mujer colaborara con el hombre, trabajara a su lado. Con treinta y cuatro años, Carmen agarra a su hija María, otra superviviente, y se larga a vivir a Madrid. Allí lo primero que conoce es el mundo de los señores que ostentan riqueza y posición, esos que meten mano a la criada mientras la prometen abandonar a su esposa para largarse a oriente con ella. De hecho, su tío, senador, que la acoge, intenta levantarle la falda con el mismo ánimo con que se la levanta a las jovencitas de la taberna y ella abandona la casa.
Abandona casa, familia y tradición. De hecho, su compromiso en posteriores escritos, en colaboraciones periódicas, en buena medida iba dedicado a mellar, eso sí, sin ofender, los paradigmas de la tradición: el machismo, el matrimonio, los duelos, la heterosexualidad, la dieta carnívora, la historia bendita, el folclore insensato, y todo lo siniestro que se oculta en lo que conocemos como tradición y creemos que es la cultura que nos ha construido: “Conservan mucho de la negligencia árabe”, escribió sobre el papel tradicional de la mujer en Andalucía, “sentarse a tomar el sol en las horas de descanso es el más grato de sus placeres. Viven resignadas con su suerte, con una especie de fatalismo morisco y una inconsciencia de sus derechos que no las invita a la rebeldía. Es común ver en los caminos el padre subido en una mula, mientras la mujer y los chiquillos siguen detrás a pie. Se cree que el hombre para mostrar su fuerza y ser varonil ha de ser despótico y hacer sentir siempre que es el amo y el señor».
 Carmen era un océano del que sacar cubos de dudas. Tras salir de casa de su tío y trabajar durante una temporada como maestra, comienza a escribir colaboraciones periódicas en diarios y revistas. Al principio, la invitaron a hablar del arte de ser mujer. Ahí es donde comienza a mencionar que la moda es una tiranía, en la que se produce la paradoja de que deberíamos liberar a la mujer rica de ese corsé, que para ella es un goce. Vestir bien, al fin y al cabo, es algo que no siempre cumple una buena función: si le damos una gabardina de lujo a un mendigo, acabaríamos con su forma de vida. En sus columnas expresa verdades que no se aplican solo a la moda: si habla de procurar la alegría de las personas que de la mujer dependan, no se refiere al perfume. De hecho, señala que ya ha comenzado cierto cambio de mentalidad, pues el hombre ya no pretende tener una compañera solo hermosa, sino que también sea agradable y culta. Aunque desgraciadamente delgada: “no falta quien le diga a su docto: envenenadme, pero hacedme adelgazar”. Cuando menciona que se nos quiere vestir a todos igual, lo cual quita, comprime o aplasta sin piedad, no parece referirse solo a lo que mostramos a los sentidos, también a todo lo que afecta a nuestras relaciones: “Muchas personas vulgares creen saber conversar comentando noticias de periódico, que les da ya un juicio hecho y no tienen más remedio que repetirlo”.
Carmen había roto los moldes de la mujer de finales del siglo XIX desde la infancia. Sus juguetes preferidos eran las muñecas, sí, pero también los periódicos. Una bonita forma de desacralizar esos papeles sobre los que la gente se formaba opiniones que repetían como papagayos: los periódicos eran unos recortables estupendos con los que hacer figuras. En último término, no se trata de nada más que de papel y tinta. Además de hacer bolas y barcos con los periódicos, Carmen montaba a caballo y leía con un espíritu que ella llamó “rebeldía de guante blanco”. Romper el sagrado matrimonio, aunque fuera con un rico patibulario de taberna, supuso un enfado casi tan mayúsculo, entre su familia, como lo había sido el contraerlo. De esa experiencia salió prometiendo que jamás volvería a estar con otro hombre. Hasta que contando con treinta y siete años, mientras asistía a una tertulia literaria en un café de Madrid, un joven de dieciocho se acercó a ella por detrás y la besó en la nuca. De este joven llegó a decir Borges que hubiera sido un genio literario de no haber pensado en burbujas. Ramón Gómez de la Serna todavía no estaba alimentándose de sus greguerías. Si nos atenemos a lo que él mismo confiesa, su relación duró veinte almanaques pero solo diez años. La otra mitad la dedicó Carmen a viajar, en ocasiones como corresponsal de guerra.
En palabras de Carmen, su maleta estaba siempre preparada para conocer lugares donde no pesara la mantilla sobre la cabeza de las mujeres. Su primer viaje la llevó a Francia, Italia y Mónaco, con una beca para estudiar los sistemas de educación. Era el año 1905. De allí regresó reivindicando el racionalismo de Francia, porque sin educación un país es una jungla.La frase célebre de que ‘cada escuela que se abre cierra una prisión a los veinte años’ es allí un hecho”, diría. Y también regresaría con otro de los propósitos que marcarían su vida: reclamar el sufragio para las mujeres.
En 1909 fue enviada a Málaga como corresponsal de El Heraldo. Su misión consistía en cubrir las consecuencias del desastre del Barranco del Lobo, donde los rifeños del norte de África mataron a más de cien soldados españoles e hirieron a otros seiscientos. Las tropas que eran enviadas a Melilla sabían que estaban siendo sacrificadas como corderos. Escribe sobre los heridos y los voluntarios de la Cruz Roja, sobre las enfermedades que causa la falta de agua potable en Melilla, sobre lo humano que contenían las cartas que enviaban los soldados, y que pasaban por Almería, hacia donde Carmen se había desplazado.Todas las noches, un periódico local expone los telegramas al público en la farola del paseo, uno de los sitios más concurridos de la población, y la gente, hombres, mujeres y niños, forman cola, ávidos de leer las noticias”, nos descubre. Carmen sortea la censura militar y se traslada a Melilla para documentar la guerra, a bordo del vapor que carga el correo. Y a partir de aquí, se olvida con frecuencia de lo que es la crónica y se implica en la tristeza, en la ternura y en los deseos de paz para los heridos y las familias de los heridos. Piensa en las madres de los jóvenes soldados y confiesa estar al borde de las lágrimas. Habla de las esposas y de los hijos sobre los que hablan, a su vez, los muchachos destinados a la guerra de Melilla; habla del dolor de la separación. Y de la melancolía de las noches en que las tropas cantan coplillas. Y acompañaba a su crónica con una lista de heridos, para que las familias estuvieran informadas. A su regreso, se hará militante de la objeción de conciencia, del derecho a negarse a matar. Son ya varias las objeciones que vocea sobre el contrato social al uso, y todas son subversivas: contra la tradicional inferioridad de la mujer, a favor del sufragio universal, del derecho a una vida sin batallas, al divorcio y a la educación universal. Es ya una periodista de combate, razón por la cual no se amilanó cuando el 1914, a su paso por Alemania tras ver la Aurora Boreal, mientras intentaba regresar a España, en uno de los puestos de control, los militares intentaron fusilarla. La acusaban de ser espía rusa. En su maleta guardaba correspondencia con gente de Moscú, ciudad que tenía previsto visitar, y alzó la voz cuando los soldados alemanes se disponía a descargar culatazos de fusil contra civiles rusos encadenados. Si algo podía impedir que estos jabalíes desnucaran a los presos, era la furia de una mujer solitaria, una especie de libertad guiando al pueblo con el valor por bandera.
Carmen montaría salones literarios en Madrid, tertulias modernistas. Se codeó con Giner de los Ríos, Blasco Ibáñez, Cansinos-Assens, Juan Ramón Jiménez o Sorolla entre otros. Rompió su relación con Gómez de la Serna cuando descubrió que acababa de iniciar un romance con María, su propia hija, aquella joven con la que viajó por Europa y que estaba enganchada ya a la cocaína. Carmen se afilió al Partido Republicano Socialista cuando se fundó la Segunda República, que aprobaba el divorcio y el matrimonio civil, y murió pidiendo a quienes le acompañaban junto a su lecho, que no cesaran de repetir Viva la República. Había dirigido la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas y también tuvo un alto cargo en la Izquierda Republicana Anticlerical. Ingresó en la masonería y fundó la logia Amor. y Trabajó en al menos cinco periódicos y otras tantas revistas, siempre con distinto pseudónimo, aunque el que nos ha llegado a nosotros sea el de Colombine. Fue feminista odiando esa palabra, pero odiaba más la idea de una mujer sumisa, dócil y casta. Durante la dictadura de Franco, se requisaron todos sus libros y se prohibió su nombre, junto a los de Zola, Voltaire o Rousseau. Intentaron que Carmen dejara de existir, porque Carmen era pólvora para un régimen castrense, religioso, medieval y que no respetaba nada, sin curiosidad por las otras culturas. Carmen era una activista por los derechos humanos. Así de sencillo. Como a Mary Wollstonecraft tras publicar Vindicación de los Derechos de la Mujer, se la tachó de algo parecido a puta o adúltera. Ahora sabemos que detrás de su corpulencia moral se escondía una mujer que respetaba a las putas y a las adúlteras. Al contrario de lo que pretende el insulto, el reproche ahora resulta cómico. Clara Campoamor pidió, tras el entierro civil de Carmen, que Madrid le dedicara una calle poniéndola su nombre. Lo cierto es que nos encantaría ver en los callejeros de Logroño, de Madrid, de Almería y hasta de París, sobre todo de París, que era la ciudad que más la apasionaba, una calle Colombine, un Boulevard Colombine.

lunes, 1 de octubre de 2018

OPERACIÓN MASACRE


Operación masacre
Rodolfo Walsh
Libros del Asteroide
Barcelona, 2018
226 páginas

Este es uno de esos libros que al recuperarse, al releerlo, uno siente la tentación de empezar a hablar de él con una entrada clásica: la historia se repite, no debemos olvidar los hechos, un clásico del periodismo y un larguísimo etcétera. Pero a estas alturas y con la rapidez con la que evoluciona lo que conocemos como civilización, al volver a leer Operación Masacre uno se da cuenta de que pertenece no ya al género de la crónica, que también, sino al de la leyenda. El propio autor, Rodolfo Walsh (1927 – 1977) es leyenda por varias razones, como ser pionero en la crónica latinoamericana y ser uno de los desaparecidos durante la dictadura de los militares argentinos. Posiblemente, su cuerpo, torturado, fue uno de los arrojados al mar desde un helicóptero. Operación Masacre es un libro cándido frente a algunas de las barbaridades que hemos leído, testimonios directos, de torturados durante aquel régimen. Las formas de tortura alcanzaron limites inhumanos con ocurrencias como meter a una rata dentro de un tubo, y dejar una sola salida para que escapara, una salida que se introducía por uno de los agujeros por los cuerpos se relacionan con el mundo; la rata terminaba por buscar salida valiéndose de los dientes y del lugar más blando que ofrecía su encierro. Pero no se trata de que Walsh nos quiera espantar con su crónica. En ese sentido se muestra como un profesional. Intenta que su relato sea lo más objetivo posible, e incluye hasta pies de página en los que se corrige, o corrige al coro de voces si una disiente.
Estamos en un momento en que unos señores de uniforme entran en las casas a patadas y raptan a cualquier sospechoso. Basta con una queja mientras te limpias los zapatos para que alguien resulte sospechoso. Y en este caso, basta con que un grupo de más de doce personas estén reunidas más allá de las diez de la noche, en una casa particular. El libro se inicia con el perfil de cada uno de los miembros, unas líneas muy sencillas para conocer a los personajes que sufrirán la operación. Y dicha operación consiste en una suerte de rapto que terminará con un fusilamiento que sería grotesco, de no haber resultado muertos varios de los hombres. El escape de una parte del grupo, por la noche, con apenas lo puesto, en las afueras de Buenos Aires, corriendo sin dirección, y su supervivencia, es una de las leyendas de la lucha contra los dictadores de América Latina. Como lo es el interrogatorio de aquellos que vuelven a caer presos por la policía. La investigación, que forma la tercera parte del libro, por parte de los detectives y de los jueces, parece una broma de mal gusto.
Es un momento en que todo sucede de una manera ilegal y arbitraria. En ese sentido, Buenos Aires es un lugar fronterizo. Y la vida de los ciudadanos forma parte de la leyenda, porque esa supervivencia se merece un pedestal en la civilización moderna. Es cierto que apenas hemos aprendido nada y que el hombre, con una curiosidad mal entendida, tiende a comprobar una y otra vez si al meter las tijeras en el enchufe se altera la corriente y recibe un latigazo. Pero la forma de narrar de Walsh no puede ser más limpia, mejor intencionada y casi diríamos que con una objetividad que se rompe básicamente por dos motivos: el primero la entrada a través de los perfiles, que nos lleva a identificarnos con los sufrientes, a colocarnos a su lado. El segundo que el lenguaje no puede ser objetivo, ni siquiera cuando oculta un adjetivo. De hecho, callar es más subjetivo que intentar atar con adjetivos y adverbios. Al menos más subjetivo de cara al lector que, inevitablemente, creará sus propias imágenes a partir de lo leído. Y estas pueden ser más atroces que si son expresadas por el autor. En este caso por un Walsh que echa mano de la intriga, el suspenso, la estructura coral y, como dice Leila Guerriero en la introducción, “un lenguaje de dientes apretados, tan ajustado a sus huesos que cualquier sobresalto resulta un estallido”.

domingo, 30 de septiembre de 2018

CAMPO VISUAL


Campo visual
Kathleen Jamie
Traducción de Pilar Vázquez
Volcano
Madrid, 2018
232 páginas

El paraíso del hombre moderno no es el Edén, ese bosque lleno de prodigios entre el Tigris y el Éufrates, sino una línea de costa con arena blanca, un mar azul y un jardín con palmeras a la espalda. En la mano un daiquiri y, por supuesto, no depender del dinero. Cuando en esas playas tropicales uno tiene muchas probabilidades de morirse de hambre, de no ser porque hasta allí llega la carne congelada y, quiera la suerte, haya un manantial de agua dulce. A la hora de la verdad, no hay ni frutas ni otros animales comestibles al alcance del hombre que no sean minúsculos cangrejos. El Paraíso, esta vez escrito con mayúsculas, está en saber vivir en el único sitio del que no puede uno despegarse, que es la piel y lo que guarda el interior de la piel. El resto depende de la sensibilidad frente a la naturaleza, que en el caso de Kathleen Jamie roza lo patológico: “Una mancha de hollín en la pared de una cueva. Siento un escalofrío en la espalda. Es como observar el nacimiento de la conciencia humana”. Lo que tiene enfrente es la marca del humo fosilizado en un lugar donde hombres primitivos se refugiaron. Pero gracias a esa sensibilidad, escribe estos momentos que nos vuelven a regalar la feliz combinación de literatura y naturaleza.
Y para ello no es necesario una playa del Caribe. Jamie siente atracción por los paisajes del norte de Escocia y de las islas Orcadas o las Hébridas. Se emociona con el viento al margen de la intensidad con la que vuele; con las estrellas a pesar del frío; con el cielo en verano, donde apenas hay noche y el día es tenue. Se emociona con cualquier roce, con un hallazgo que le remita a todo el inverosímil pasado de la raza humana, que es una leyenda que escriben los historiadores gracias a su capacidad de hacer ficción. Se emociona con lo medieval, con lo nórdico y frío, con una piedra prehistórica y hasta con las bacterias. De hecho, aunque solo sea por el capítulo en que describe su visita a un laboratorio patológico, merece la pena leer este libro. Durante ese episodio, iguala a los organismos microscópicos con cualquier otra forma de naturaleza, con algunas de sus favoritas, como los frailecillos, los albatros, las ballenas, las orcas, las focas, los acantilados, las tempestades. El propio patólogo que la acompaña se sorprende ante la idea de que él también trabaja con la naturaleza, con la ecología, da pie a una nueva mirada. Y todos sabemos que una nueva forma de mirar significa aprender y sin aprendizaje no valemos mucho más que un peñasco.
El libro es un tratado de preguntas, pues Jamie no es especialista en otra cosa que no sean las dudas. Y en el respeto. En este sentido, el capítulo dedicado a la limpieza de huesos de ballena en un museo casi ignorado de Noruega, es una nueva lección. Tanto las bacterias como las ballenas, los dos extremos de tamaño de las formas de vida orgánicas, la hacen meditar acerca de la mortalidad. Y eso supone plantearse la cuestión del destino, algo que surca a lo largo de todo el libro, sin que llegue a tener la osadía de mencionarlo: “Ese es el trato: si vamos a vivir y vamos a estar dispuestos al gozo y al descubrimiento, lo haremos como un cuerpo animal, sujeto al cáncer, a las infecciones y al dolor”. Un rezo que no vendría mal repetirnos cada mañana, cuando suena el despertador y no nos espera esa playa ecuatorial y el mar azul con un arrecife de corales. Jamie vive con nostalgia los buenos días de los que nos habla. Pero también con ilusión, con la ilusión de que tal vez se repitan, o al menos tal vez se repita la intensidad con la que se ha sabido un ser que siente. Aunque sea paseando por islas remotas, a veces abandonadas, por lugares viejos donde hasta el romanticismo caducó hace tiempo. Pero si nos hablara del tiempo, nos estaría hablando del destino. Jamie tiene la cortesía de no molestarnos con esos temas. Aquí no está el cáncer ni las infecciones. Están los buenos sentimientos.

sábado, 29 de septiembre de 2018

UNA VEZ MÁS PARA TUCÍDIDES


Una vez más para Tucídides
Peter Handke
Traducción de Cecilia Dreymüller
Tres Mollins
Barcelona, 2018
115 páginas

Es imposible olvidar, una vez leído, el verso de Borges que dice, con una sencillez y humildad extraña en alguien acostumbrado a sorprendernos con adverbios, que el mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones. Peter Handke (Austria, 1942) nos tiene acostumbrados a la precisión. Es difícil que Handke se equivoque a la hora de escribir, de elegir adjetivos, por ejemplo, o de fabricar frases con múltiples interpretaciones. Sus obras, sin embargo, poseen un extrañamiento en el que el realismo resulta más sorprendente que el sueño. Pensamos que estamos leyendo una fantasía, cuando se trata de certezas. En cierta medida, es como si hubiera dado la vuelta a la técnica narrativa de Kafka. No nos intenta sorprender con adverbios ni con usos gramaticales ingeniosos. Handke, como Kafka, reinventa la literatura sin alardes. Pero al contrario que el genio checo, nos descubre la realidad sin fallos, lo cual es ya bastante sorprendente. Para quien desconozca la obra de Handke, ahora Tres Molins recupera este pequeño libro en una preciosa edición y traducido con mimo. Se trata del reflejo de instantes narrados con una memoria de lo inmediato. El lenguaje, sencillo, es poético. La mirada se atiene a la ley de que todo el universo cabe en un átomo. Serían meditaciones, si la meditación permite prestar atención a los sentidos y no revocarlos para centrarse en el instante.
El libro comienza con una balada de los insectos, cuya belleza la compone la danza del grupo y no la entomología. Los insectos pueblan el universo humano y provocan que se despierten los sentidos dormidos para atender a los detalles. Ese será el viaje, pues de un libro de viajes se trata dado que cada pieza está compuesta en un lugar diferente del mundo, que nos proponga: del espacio sideral a lo minúsculo y de lo minúsculo al cielo poblado de estrellas. En lo que atañe a la figura humana, que de vez en cuando navega por el texto, Handke nos advierte sobre su temporal en involuntaria “mirada de medusa o de tirachinas: un desnudo que desnuda a otros; debo quitarme o desaprender esta irada de una vez por todas, debo quitármela respirando”. No se puede ser más sereno en la autocrítica y la confesión. Una relación entre la mirada y el aliento es una descripción de la naturaleza del alma.
A partir de aquí descubriremos el valor que da al trabajo humilde de un limpiabotas, o al resultado de su trabajo. Porque nos habla de situaciones, de momentos, sabiendo que tendemos a hacer de la vida un relato, cuando a la hora de la verdad la vida no funciona así. La vida es una sucesión no de secuencias, sino de escenarios, el del puerto donde se descargan barcos o el de la azotea del cuerpo humano donde nos delatamos por el gorro o el atuendo con que adornamos la cabeza.          El cruzar el instante, cada escena, es una epopeya. De ahí viene la admiración por Tucídides y, como el historiador griego, el lirismo con que trata de describir. La epopeya implica, sea en grandes guerras o en pequeños fragmentos, salir del instante algo mejor de lo que uno era previamente. En ese sentido, este es un libro contra el miedo, pues el miedo es algo que uno siente rasgo a rasgo, segundo a segundo. Y los segundos sobre los que nos habla no se ven afectados por el miedo, que es la emoción que mueve al mundo. En cualquier caso, se trata de metamorfosis, pequeñas, pero valientes. Nadie es valiente si se empeña en seguir siendo el mismo.
Hemos hablado de la mirada y del aliento, dos expresiones del alma, pero también está el agua y las formas del agua, presente como nieve en Japón o arroyo en Pirineos, como lluvia o como gota, como mar contra granito en Galicia o como burbuja. Handke, a quien se le atribuye cierta misantropía, nos descubre que es falsa esa idea, que, en realidad, resuelve las dudas del existencialismo en los cuadros fugaces que observa, escucha, siente. Que el alma es algo que nos descubrimos de vez en cuando, como las formas del agua o de la luz, pues la fascinación por las luciérnagas, otra vez los insectos, también se hace poesía. Esa luz, que es por otra parte un reflejo de la mejor mirada, fascina en momentos clave. Ahí está el cambio del día en noche, ese vuelo del primer murciélago que corta el cielo, un intervalo perseguido.
El libro terminará con la mirada sobre vías del tren, que simbolizan el viaje pero están inmóviles, antes de dar paso a un itinerario a pie hacia el monte Saint Victoire, la línea que pintó Cezanne, el paisaje de un artista, un trayecto durante el que descubrimos algo que podríamos llamar las cenizas de una memoria que no es la nuestra. Handke, como siempre y dándole el visto bueno al tópico, se muestra lúcido, lírico, espontáneo y reflexivo a un tiempo. Es capaz de escribir, sin recurrir a una metáfora tras otra, aquellas impresiones que cualquier animal sensible acierta a tener frente a los momentos que nos hacen ser una crisálida fugaz, de apenas unos segundos.

viernes, 28 de septiembre de 2018

MANUALES DE LITERATURA PARA CRECER

Fuente: Oculta Lit



Lo dicta en los títulos de los dos libros que se publican, como hermanos siameses, de Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966): el posesivo mi delata cuánto quiere reflejar lo que lleva dentro, y no solo en un aspecto literario. La formación de Martínez Llorca, como ha demostrado en sus libros anteriores, viene determinada por el amor al aire libre, expresado con frecuencia en la montaña, y en una lectura propia de un hombre que huye del existencialismo: en los libros, todo cobra sentido. Sobre todo, en los libros épicos.

(...)

Los chicos que crecen junto a un gigante, un gran personaje literario, son algo propio de Stevenson. A la hora de la verdad, es muy posible que éste sea el manantial literario con el que sueña Martínez Llorca.

(...)

Conrad, Stevenson, Durrell, Salinas, Pavel… si indagamos, muchos más, muchas más lecturas. Pero no debemos equivocarnos. En una época en la que las novelas se construyen a partir de lo leído, en la que surgen tantos autores que intentan hacer con la novela lo que Borges hizo con el cuento, literatura sustituyendo a la literatura (ahí está el sobrevalorado Bolaño como mejor ejemplo), que alguien haya sabido leer toda la vida que contienen las lecturas, y que la comparta junto a lo que está aprendiendo, porque la literatura es móvil, es un soplo de aire libre. 

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