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domingo, 20 de enero de 2019

LUGARES FUERA DE SITIO


Lugares fuera de sitio
Sergio del Molino
Espasa
Madrid, 2018
309 páginas



Es el propio Sergio del Molino (Madrid, 1979) quien a lo largo del libro va desgranando las claves de una serie de viajes a las esquinas dobladas del mapa de España: comenta que ha elegido como destino minúsculos errores de la historia “en los que no hay sitio para la hipocresía, donde todas las contradicciones y dilemas quedan al descubierto y obligan a pensar en la condición humana” y, sobre todo, en su expresión social. Porque Lugares fuera de sitio atiende a las fórmulas en que el hombre, y el viajero que es el propio Sergio del Molino, se relaciona con paradojas geográficas e históricas, pero de una historia que no es grata y resulta, con demasiada frecuencia, cruel. El autor, por su parte, no es un tipo con ansias de hacerse fotografías en hermosos lugares para colgarlas en redes sociales: “conviene estar distraído y no seguir demasiado las rutas monumentales o históricas”, confiesa. Su bagaje es de una erudición que tiene algo de nostalgia, porque se ve muy afectada por la historia. Pero no hablamos de la historia oficial, ni de unas disquisiciones ácidas, críticas, sino de alguien que aprovecha las dudas que esta le cuestiona para intentar entender por qué un país es como es, y se pregunta si no podría ser de otra manera. Hasta el punto que sabe que sus textos no pueden asemejarse a nada que hayamos conocido, o al menos a ningún otro que se haya cocinado antes con los mismos ingredientes, la curiosidad y el sentido compartido de culpa, que se haya escrito anteriormente: “Por eso yo no puedo escribir frases parecidas de ninguna esquina doblada del mapa, porque las he pisado y paseado. En cierta forma, las he hecho mías, y ya no puedo reducirlas a un absoluto”.
Los absolutos, sobra decirlo, son las sentencias que condenan a una mente a la rigidez nacionalista. Y la rigidez, lo dicta hasta el Tao Te Ching, tiene mucha relación con la muerte. Bajo estas premisas, que se alejan de prejuicios y nos hablan de un espíritu abierto, Sergio del Molino visita Ceuta y Melilla, Gibraltar, Andorra, el Condado de Treviño, el Valle de Villaverde, Río de Onor y Rihonor, Olivenza, Llívia y el Roncón de Ademuz. Se trata de enclaves que por su ubicación bien podría entenderse que pertenecen a otro país o a otra comunidad autónoma. Pero la geografía física no es la clave. Las claves las busca en la historia, que nos relata con una sencillez que abruma y una facilidad que asombra. Y lo que importa son las consecuencias sobre la gente, los que habitan allí o habitan en la periferia de ese allí. A la hora de la verdad, el libro versa sobre la frontera. Y lo refleja en los diversos sentidos que la frontera posee en un mundo globalizado, sí, pero definido por fronteras que son líneas, mientras que seguimos idealizando, como refleja cuando menciona a Stefan Zweig, las fronteras que eran territorios, o que, sencillamente, no existían. En buena medida, esas fronteras se han convertido en dramas y, con demasiada frecuencia, en tragedias. De ahí esa cierta nostalgia que fluye, al referirse constantemente a un pasado que no consigue explicar la razón de los muros políticos, y los conflictos que sobrenadan a las esquinas dobladas del mapa, excepto a Andorra.
Durante la lectura uno se pregunta si estas anomalías se deberían tomar en serio. Surgen del tiempo de los cristianos viejos, una edad que acabó hace mucho, muchísimo, tanto como para que resulte casi una parodia intentar resucitar esa época. El contexto es europeo en lo político, mestizo en lo humano, uniforme en lo mercantil. Los mitos y leyendas, tanto los imaginarios, como Hércules, como los reales, como Javier de Burgos, el hombre que se encargó de liquidar la edad feudal y trazó sobre el mapa las actuales provincias, se bajan de un pedestal y un rito perenne de intocables: “Como todo lector de ficciones sabe, las leyendas influyen mucho más en los hechos históricos, que sólo importan a los historiadores (y sólo a algunos)”. Sergio del Molino no atiende a lo obvio, sino que ama lo inclasificable, lo neurótico, lo anacrónico y hasta lo molesto. Lugares que para un espíritu inquieto representan lo que un ocho mil para un alpinista. Pero, al contrario que las obras referidas a las grandes cumbres, Sergio del Molino desviste su libro de toda épica y toda lírica. Es un autor serio, lo suficiente como para ir creando dudas, y junto a la duda acuden sus hermanas gemelas, la sonrisa y la sorpresa de la razón.

sábado, 19 de enero de 2019

VIAJE AL INTERIOR


Viaje al interior
Fran Zabaleta
Los libros del salvaje
Vigo, 2018
380 páginas

El mundo se ensancha, o lo hacemos más ancho, para que sea un lugar mejor. Eso es tanto como decir que si salimos de la zona de confort, es para hacernos mejores. Ser valiente no significa buscar los lugares donde tomar fotografías para presumir, donde verse a uno mismo frente al Taj Mahal o el cráter de Ngoro Ngoro. Aunque esa parte del viaje puede haber ayudado, lo que importa es regresar siendo otro y sabiendo que los demás también son otros, son tan importantes como uno mismo. La fase del amor que corresponde a la entrega a los desconocidos se puede manifestar de muchas maneras, no solo como cooperante de Médicos sin Fronteras, no solo en los campos de refugiados de Sudán. Salir al exterior con prejuicios y volver con dudas es la única condición que existe para certificar que hemos viajado. Los libros de Sergio del Molino, La España vacía y Lugares fuera de sitio, son un ejemplo magistral de ese espíritu. Porque nos enfrentamos a la faceta espiritual del autor y de los sitios por los que va atravesando.
Fran Zabaleta emprende un viaje en solitario, en furgoneta, por regiones de España donde lo más característico no es la gran fotografía, pero a los que no les falta belleza, aunque sea la belleza del olvido. Sus intenciones se asemejan a las de Sergio del Molino. Su estilo, sin embargo, le aleja del autor aragonés. Zabaleta es socarrón, directo, un compañero de barra de bar, y hasta algo miedoso. La forma de integrar la erudición, la historia, el pasado, las anécdotas, es la yuxtaposición. No se atiene a recursos literarios y facilita al lector la libertad para afrontar el libro, abriéndolo por cualquier capítulo y ajustándose, a voluntad, a la experiencia del viaje o a las historias de la historia con la que va componiendo el volumen.
El viaje comienza en Tenerife, lejos de su Vigo natal. Pero será cuando compre la furgoneta, él, un hombre solo de más de cincuenta años, para embarcarse en una forma de vida que desconoce por completo. Viajar en furgoneta es como trepar al monte: uno tiene que aprender para saber hacerlo bien. Eso sí, la furgoneta debe desplazarse por carretera, esa materia que es la deyección de las ciudades, el recuerdo de la civilización. Zabaleta busca líneas de asfalto secundarias o comarcales, por las que se va a aldeas o pueblos, o puentes o parques nacionales. De camino reflexiona de la misma forma que pensamos cualquiera de nosotros. Resulta sencillo identificarse con el Zabaleta viajero, porque podría ser uno más de nuestro entorno. El libro se extiende a merced no ya del viaje, sino de los libros que va leyendo. En ese sentido se aleja de la pureza y la intriga que genera el referente que toma desde el principio: Viajes con Charley, de John Steinbeck. El escritor americano era un genio en recursos narrativos, en la mirada hacia todo lo social, que es tanto como decir al hombre en el mundo, creando autonomía para sus personajes y una afección democrática, y se empeñaba en alcanzar el fondo de la humanidad sin atribuir rencores. Zabaleta no posee tanto talento, como no lo poseemos ninguno. Pero sí mucha voluntad. De esos buenos sentimientos surge este viaje.

viernes, 18 de enero de 2019

HASTA LA FRONTERA DE MI SUEÑO en EL BOOMERAN(G)

'Hasta la frontera de mi sueño'
Ricardo Martínez Llorca

    portada de 'Hasta la frontera de mi sueño'
  • Ficha técnica

    Título: Hasta la frontera de mi sueño | Autor: Ricardo Martínez Llorca | Editorial: El desvelo | Páginas: 176 |Fecha: sept 2018 | I.S.B.N.: 978-84-948707-4-3 | Precio: 18 euros
  • Foto de Ricardo Martínez Llorca
  • Biografía

Así como el sur es la tierra del sol y las alegrías de la luz del sol, el norte es el territorio del bosque y la montaña. Y es ese norte, el de los veranos con el bienestar de la clorofila del valle, lo que provocará la melancolía del narrador y el telón de fondo ante el que se desenvuelve la trama de Hasta la frontera de mi sueño, última novela de Ricardo Martínez Llorca. El protagonista de esta novela de tránsito a la madurez, recuerda el vErano crucial que pasó en compañía del mayor de sus primos, Adán, un guía de montaña, y de Bravo, el mejor amigo de Adán. Mientras su padre se empeña en construir un estanque para criar truchas, o carpas, que será el inicio de un negocio de piscifactorías lo bastante boyante como para sacarle de su mediocre existencia como tapicero. Si la empatía es la capacidad de ponerse en el lugar de otro para comprenderlo, la compasión es la de sufrir cuando el otro sufre y reír con las alegrías del otro. Y Adán es compasión a todo volumen. Con todo el cariño que puede sentir por un crío indefenso, le regala un verano en la montaña y de paso cambia su visión del mundo. La novela se sostiene sobre la arrolladora y lírica personalidad de un narrador que impone una ley que empuja al lector dentro del texto: es imposible que quien lea el primer párrafo de la obra no le importe la suerte del protagonista. Porque el tema de fondo es el tema único de la dignidad, cómo construimos la dignidad.  
Artículo completo AQUÍ

jueves, 17 de enero de 2019

A CIELO ABIERTO


A cielo abierto
Pilar Salamanca
El Desvelo
Santander, 2018
200 páginas

El hombre enfrentado a la suerte del vacío es, posiblemente, el gran tema de la literatura desde finales del siglo XIX. El vacío es existencial, carencias de afecto o incluso, como en Kafka, algo con resonancias de provocarlo el mismo hombre. Es ese hombre solo quien protagoniza buena parte de las sensaciones que transmiten, sobre todo, las novelas, ese hombre, o mujer, que mira al espacio sin vida, como El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich. Frente a él no hay nada, porque por mucho empeño que pongamos a la hora de hacer una elección de vida, o de negárnosla, al frente no hay nada, hay un mar de nubes cuyo suelo, el que pisaremos, nos es negado saber o, lo que es más terrible, hay oscuridad. Pero esto bien puede considerarse un lujo burgués cuando resulta que sí existe gente que ha visto ese vacío lleno, pero únicamente lleno de escombros. El resultado de un bombardeo, como en Guernika, como en Dresde, como en Hiroshima, terminará con toda suerte de existencialismo: los superviviente no podrán permitirse padecer una enfermedad de la mente, ni siquiera una leve depresión.
Así es como afronta el relato de su pasado la narradora de A cielo abierto, una superviviente de las matanzas en los territorios ocupados de Palestina. Su infancia la marcaron los destrozos del ejército colonizador británico, su vida adulta la parte agresiva de un sionismo armado hasta los dientes. Para huir de ese vacío lleno de escombros, no cabe sino la condena del exilio. Pilar Salamanca afronta esta novela denuncia sin rencor, pero con una admiración por la delicada cultura oriental, por el mundo extraño, que tiene algo de buen paternalismo: el de quien se pone del lado del débil limitándose a reflejar su hermosura. El valor documental de la novela viene acompañado del grito que no ha cesado desde hace ochenta años, y que apenas nadie escucha o, de hacerlo, inmediatamente se vuelve hacia su propio vacío existencial y, como el personaje del cuadro de Friedrich, se muestra de espaldas. Esa es otra forma de neurosis, una voluntaria, una sin arreglo, contra la que este libro es un clamor. Pero un clamor lírico, de un extraño lirismo, pues se centra en el horror, en la destrucción de una pequeña familia, de una tribu, de unas amistades. Es un libro que va narrando cómo se construye una derrota, aunque la expresión resulte una paradoja.
La narradora nos habla desde la maldición de la memoria, como si le resultara imposible no ya conocer el futuro, sino afrontar el presente. La obra toma como referentes los años de construcción del estado de Israel, en la década de los cuarenta, y los años de expansión de la nación sionista, en los sesenta. Y haba sobre el efecto a través de lo que la narradora da en calificar como Biografía de la amargura. Uno se va preguntando si es posible el perdón, pues no hay malvados con rostro, solo buenas personas con las vidas cercenadas por los escombros que van cayendo. Uno se pregunta si los protagonistas saben dónde se encuentran, si sus voces no se dirigen directamente al vacío que va quedando tapado de escombros. Uno se pregunta si es mejor ignorar o saber, si el gran conflicto no nos está ocultando las pequeñas tragedias. Uno llega a saber que la historia, la de verdad, la que pesa sobre las conciencias, no es un dictado al estilo de los libros de texto y las enciclopedias; pues la verdadera historia es la de esta protagonista, que sufre toda suerte de represiones: es colonizada, es mujer, es niña. Y de lo que nos habla, en forma puramente narrativa no es tanto de la rabia, pese a presenciar matanzas, como del miedo y de ese otro sentimiento que tanto se parece al miedo y que conocemos como tristeza.

ESCALAR LA MUERTE

Escalar la muerte

Particularísima narración esta de Ricardo Martínez Llorca, experto en viajes aventureros que dio anteriormente obras como El precio de ser pájaroe Hijos de Caín en los que el tránsito y su peripecia tenían tierra y aire también de ficción. En Después de la nieve, el autor va más allá con un protagonista, álter ego que, en entornos periodísticos, se ha dedicado a bucear en aquellos hombres aguerridos que se enfrentan al poder de la naturaleza y que tienen tras ellos una vida que coquetea con la muerte. Aquí surgen muchos, desconocidos para el profano en la materia, sin que ello importe en absoluto, pues la descripción de la heroicidad o el fracaso de turno sostienen un argumento que en realidad son varios: los perfiles de ciertos montañistas, incluido el de Carlos Marín, escalador casi legendario que lleva una vida vagabunda; varias personas callejeras que buscan buscarse su destino, su sustento y su camino y su porqué, como Muchacho, Burkina y la prostituta Laura; o el mismo narrador, que tiene una suerte de visión en el hospital al que va a visitar a su hermano y que solo puede despertar una sospecha, una evocación montañera: la de un hombre subiendo por la pared hasta tocar el cristal de la ventana donde ha dejado sus huellas.

Así precisamente da inicio el relato un Martínez Llorca que, hace escasas fechas, contestaba en este blog a la entrevista capotiana en la que dejaba traslucir algunos detalles biográficos de corte aventurero, cuando no peligroso, e incluso trágico en verdad emotivos. Es la emotividad, qué otra cosa, más la curiosidad, la empatía, lo que mueve al periodista a la hora de querer saber lo que ocurrió con el prometedor Marín, de interrogar a gentes inadaptadas o con futuro incierto, de hacer de sus días un enigma que preguntarse y una investigación que llevar a término. Eso –la atmósfera de incertidumbre, a veces de derrota o melancolía del narrador que busca y encuentra, que se pregunta y se responde– es lo mejor de un libro breve que se ensancha por lo mucho que sugiere, tanto en lo que respecta a alusiones literarias –en especial el Lord Jim de Conrad, pero también grandes autores viajeros como Chatwin– como al desconcierto, yo diría que casi hasta existencialista, que transmite el espontáneo investigador a medida que indaga, se mueve, descubre al fin que, en palabras del objeto de su estudio, “negar que somos naturaleza es negarnos la felicidad”.


INFORMACIÓN DEL AUTOR: Ricardo Martínez Llorca es autor de los libros Tan alto el silencio (Debate), El paisaje vacío (Debate, premio Jaén), El carillón de los vientos (Alcalá), Después de la nieve (Desnivel), Cinturón de cobre (Pre-Textos), Al otro lado de la luz (La Línea del Horizonte), Hijos de Caín (Xplora) y El precio de ser pájaro (Desnivel). Es crítico literario en las publicaciones QuimeraRevista de LetrasFronteraD y La Línea del Horizonte, y dirige la sección "Viajes y libros" en Culturamas.
Fuente: ALMA EN LAS PALABRAS

miércoles, 16 de enero de 2019

LA INOCENCIA

Para no esconderse de lo que atañe a tantos días y tantas noches de derrota que supone el paso por este mundo, John Burroughs (1837–1921) propone atravesar todas las barreras con la mirada. Para el clásico naturalista americano, decir mirada significa los cinco sentidos; pocas virtudes hay más potentes que el oído que reconoce a los pájaros por su canto, que el oído bien dispuesto a no permitir que los sonidos del bosque naufraguen. Se trata de una visión sobre el entorno natural que se acerca más a la del poeta que a la del científico: la verdad no es la misma si la dictan los datos que si la presencia alguien con cariño, con amor, con ternura por todo lo que venga del campo.

...estamos hablando, de gente que —palabras de Burroughs— nació bajo el signo de una buena estrella, con una incansable capacidad de asombro por las pequeñas cosas, alguien que comparte la suerte común y que descubre que con eso le basta. Alguien que, sin quererlo, es un maestro.

Artículo completo en LA LÍNEA DEL HORIZONTE

DESPUÉS DE LA NIEVE en LIBROS QUE VOY LEYENDO

Editorial: Desnivel
Número de páginas: 96
Encuadernación: Tapa blanda 

Disponible para descargar en Epub: -
Primer capítulo del libro gratis: No
ISBN: 9788498293487

Año de edición: 2016
Precio: 13,30€

Sobre el autor: Ricardo Martínez Llorca



La nieve quema, es áspera, dura, a veces corta y nos hace sangrar. Sin embargo, es necesaria, sin nieve no hay calor, sin oscuridad no hay luz, sin sufrimiento ni dolor, no hay esperanza.

Con Después de la nieve, Ricardo Martínez Llorca muestra ante nuestros ojo el conflicto interno de Carlos, el protagonista de esta flamante novela. Un escalador de solo integral respetado por la comunidad montañera que ha decidido vivir como un indigente en la ciudad por ciertas razones dolorosas. Es en la calle donde conoce a Burkina, el inmigrante, y al muchacho. Poco a poco, el narrrador va descubriendo la vida del personaje: su infancia vinculada a un primogénito tirano; su juventud, vivida con el claro objetivo de lanzarse a la aventura al aire libre; sus primeros escarceos con la montaña; su matrimonio, etc. A través de diferentes pasajes de su vida, relaciones con los compañeros de la misma, el análisis de sus emociones y pensamientos, conseguiremos desgranar los elementos más ocultos de dicho personaje.

Con pinceladas suaves de emoción, la combinación magistral de licencias literaria y una pugna interior brillantemente interpretada, Martínez Llorca presenta los miedos ante la vida que todas y todos compartimos en algún momento de nuestra existencia. Hundir la nariz en las páginas de Después de la nieve es reconocer nuestras angustias, alegrías y temores, y descubrir otros muy distintos. Es observar una disección de nuestros más profundos pensamientos, trasladar las emociones de Carlos, a la pura realidad. 96 páginas las que componen esta novela, para muchos apasionados de la literatura, auténticos devora_libros pueden parecer escasas, sin embargo, al sumergirnos en ella su profundidad en contenido y emoción pueden trastocar y derrumbar los más firmes pilares de nuestra identidad y persona.

De una manera pausada, en algunos momentos casi poética, el autor nos impregna de todos y cada uno de los espacios en los que desarrolla la vida los diferentes personajes que hacen las delicias de auténticos adictos a la lectura. Sin lugar a dudas Después de la nieve nace con un propósito claro, componer y mostrar ante nuestra visión aquellas disidencias emocionales de las que muchas veces ni siquiera somos conscientes. Un propósito que Martínez Llorca consigue ejecutar a la perfección.

ROBINSON Y LA ISLA INFINITA


Robinson y la isla infinita
Rosa Falcón
Fondo de Cultura Económica
Madrid, 2018
250 páginas

Un mitema es una porción irreductible de un mito, uno de esos átomos sin los que el cuerpo pasaría a ser una masa amorfa, una gigantesca ameba, una mancha sin identidad. La necesidad del mito, y de los mitemas, es tan algo que tampoco ha variado nada con el orden impuesto por el paso del tiempo, el avance de la civilización y los descubrimientos científicos. Los mitos narran y en buena medida somos seres narrativos. De hecho, uno de los grandes avances científicos, el psicoanálisis, otro mito en sí, una experiencia que servirá para combatir la soledad del hombre moderno, que es uno de los temas que flotan en este ensayo, debe su éxito a este hecho: dado que no podemos reconciliarnos con nuestro pasado, al menos sí cabe hacerlo con su narración. Al final del libro, Rosa Falcón resumirá algunas de las actualizaciones del mito de Robinson en el cine y las series, donde proyectamos ahora nuestros mitos, que es tanto como decir lo que desconocemos, con sus temores y sus ilusiones. Pues la obra de Daniel Defoe trata ambas: Robinson Crusoe da con los huesos en el supuesto paraíso para tener que afrontar la inevitable supervivencia. La soledad, antes mencionada, es un arma de doble filo: por una parte, es un deseo frente a la neurosis de la vida moderna y la vida pública, pero por otra es una forma, en sí, de neurosis. Nadie que esté solo estará en buena compañía, nos recuerda Falcón que dijo, a su vez, Paul Valéry.
El drama es, probablemente, el tema que, sin especificarlo, flota durante este ensayo. El enfrentamiento entre los espejismos, la esperanza y la supervivencia, que se expresan en extremo en Robinson, y la relación con Viernes, tan necesaria como colonial o neocolonial, llevan este drama al extremo. Las tesis de Rosa Falcón orbitan alrededor de la actualidad, de la novela moderna que se inicia con el propio Daniel Defoe, pero más en concreto con la narrativa y la literatura contemporánea. Las robinsonadas son ya un género mestizo y se pueden leer en la filosofía creativa de pensadores y literatos. Kafka, nos sugiere, es el caso extremo, el escritor que coloca al hombre como impensable Robinson en una isla formada por él mismo. Pero antes de llegar a Kafka, donde aterriza casi todo análisis literario posterior al genio checo, se nos ha ofrecido, a través de los mitemas de Robinson -la soledad de la existencia humana, el deseo de libertad, el conflicto entre el individuo y la sociedad, la isla, el viaje, el mar o el naufragio-, una historia tal vez no del pensamiento, pero sí de las ideas imprescindibles. Si uno entiende la vida como viaje, no le faltarán ocasiones para pensarla como naufragio.
Falcón tiende al resumen, no a la extensión. Cada capítulo podría abarcar, a su vez, un libro entero. Pongamos por ejemplo los vínculos entre Utopía y la isla de Robinson. La idea común es la de la isla como un no lugar, es decir, la abstracción. De ahí todas las reseñas de obras del siglo XX que vendrán a continuación. De cada novela que estudia, desde García Márquez a Saramago, extrae una idea esencial, referida al mito de Robinson, a su principal mitema, que es el drama de la soledad y, tal vez, el triunfo sobre ella. Otro tanto hará con los poemas. En ambos ámbitos destaca América Latina, pues pocos lugares del planeta han destacado más por el impulso paradisíaco del deseo de una isla. Hasta hace cien años el Caribe tal vez fuera el lugar privilegiado a tal fin. Rosa Falcón olvida un poco, con intención, que el Pacífico tomado ese lugar, igualando a las islas de América, durante el último siglo. Pero el libro no pretende abarcarlo todo. A la hora de concluir, podemos decir que nos encontramos frente a un estudio de los mitos literarios, del gran mito literario a escala humana, pues Don Quijote o Ulises se enmarcan en ámbitos solares, el primero, o divinos, el segundo.

DESPUÉS DE LA NIEVE en LA LÍNEA DEL HORIZONTE

Después de la nieve

‘Después de la nieve’ es el nuevo libro de Ricardo Martínez Llorca, finalista del Premio Desnivel 2015. Literatura –en mayúsculas– de montaña. Pero aunque en sus páginas aparezcan nombres como Catherine Destivelle, John Bachar o los hermanos Pou, no es necesario ser montañero para leerlo.


29 de febrero de 2016
Admiro sin disimulo a quienes cuentan algo haciendo con ello literatura, poniendo en la tarea todo el esfuerzo necesario para escribir bien, buscando la belleza que acompaña a algunas palabras y huyendo en cada línea de la forma, plana y aburrida, en la que se redactan los telegramas, aunque a veces contengan noticias capaces de cambiar una vida.
Libros de montaña
Felix Haller, Flickr.
La primera idea que me ha venido a la cabeza nada más terminar la novela, ha sido que acababa de alcanzar el punto y final de uno de esos libros en los que la forma vence abrumadoramente al fondo e inunda de belleza cada rincón de la narración. Inmediatamente, he recordado aquello que dijo Banville: “El estilo es el rey y camina dando triunfales zancadas. La trama es soldado raso y le sigue detrás arrastrando los pies”Pero, al momento, he reparado en que esta primera apreciación –aun siendo bien cierta– no era del todo verdad. No era ni tan siquiera suficiente, y voy a intentar explicarlo. Como me ocurre cada vez que leo una novela de montaña, me he encontrado muy cómodo conforme me topaba con nombres de hombres, o de lugares, que para mí significan mucho y también –al igual que me sucede cada vez que leo algo de este género, si es que existe como tal– me he preguntado qué podría hacer yo, qué estaría en mis manos, para convencer a un buen lector de que no es necesario ser montañero para leerlos. Me gustaría saber explicarles que, aunque entre sus páginas aparezcan Catherine Destivelle o los hermanos Pou, la aguja Dibona, los paredones de Yosemite o John Bachar, si miramos con detenimiento al fondo, no es de ellos de quienes trata la novela, sino de personajes tan de carne y hueso, tan cercanos y humanos, como los que encontramos recorriendo las páginas de Dostoievski. Prostitutas y africanos sin papeles varados en los aledaños de la ciudad y prisioneros de ella sin remedio. Personas que, aunque parezcan caminar, en realidad sólo pueden –como dice Ricardo Martinez Llorca– nadar entre la estopa, y a eso están condenados.Y de entre todos ellos, sobresaliendo entre mendigos y dueños de bares sórdidos, encontramos a Carlos, un apasionado de la escalada en solitario, un amante de la intensidad de la vida, que cuando no escala inventa juegos arriesgados frente al tren y que, cuando se detiene, lo hace para leer a Conrad.
Y lo cierto, es que a mí siempre me han gustado los personajes que se sienten culpables aunque no sepan de qué, los que creen que tener conciencia es un infierno. Esos mismos que, a la luz escasa de una lámpara frontal, recogen las páginas de Lord Jim que un tren, tras arrollar a un amigo, ha dejado desperdigadas entre las vías de una estación de mala muerte, perdida en cualquier parte. Y cuando encontramos un libro así, qué importan las montañas si es una radiografía de la vida lo que tenemos delante.