jueves, 31 de agosto de 2023

LA TORMENTA PERFECTA

 

La tormenta perfecta

Sebastian Junger

Traducción de Eduardo Jordá

Libros del Asteroide

Barcelona, 2023

292 páginas

 



A través de la crónica conseguimos que los sucesos y sus protagonistas no se queden en historias que nos llegan desde más allá del jardín. Hay que procurar que el relato esté vivo, porque los protagonistas son, o han sido, personas enganchadas al oficio de vivir, con ganas de sacar partido a sus días y a sus noches. Conviene celebrar cualquier atisbo vital, y para ello el cronista debe sacar toda la potencia que se oculta tras los sucesos que motivaron que esta crónica mereciera la pena ser narrada. Como es el caso de esta, La tormenta perfecta, que Libros del Asteroide recupera en una nueva traducción de Eduardo Jordá. El propósito de Sebastian Junger (Belmont, Massachussets, 1962) es claro: mostrarnos que el oficio de pescador, que desde la distancia puede ser romántico, es una brutalidad llena de peligros. Aun así, se merece un reconocimiento, uno como éste, que participa de un pequeño empuje que busca que se mejoren las condiciones de la industria de la pesca.

La cuestión estratégica que Junger debe resolver es cómo conseguir una crónica de un acontecimiento del que no quedan testigos: un grupo de hombres sale a pescar y se ve devorado por una tormenta de proporciones descomunales. No queda rastro de ellos ni de la embarcación. ¿Qué puede relatarse? Junger es capaz de regresar siglos en el tiempo para explicar la dureza del oficio, para exponer cómo es el ambiente en el que viven los pescadores de alta mar, y al momento aclarar los pormenores técnicos de la navegación o darnos una lección sobre la meteorología de las grandes tormentas sin perder en ningún momento el ritmo. Sin embargo, serán los protagonistas, que en la primera parte del libro son los miembros de la tripulación, quienes nos atrapen, antes de ir dejando que ese protagonismo lo cobren supervivientes de otras tormentas o, en uno de los últimos capítulos y tal vez el más sobrecogedor, el valor de los miembros de los cuerpos de rescate, que protagonizan unas secuencias que llegan a provocar una angustia casi física en el lector. La exposición final que hace Junger, enlazando con fuerte potencia todos los elementos, nos hablaría de una aventura salvaje, de no ser porque se está refiriendo a la supervivencia. El resultado es un texto sórdido, duro, embriagador, serio e inhóspito. Pero del que no podemos alejarnos mucho tiempo durante la lectura, para quedarnos, finalmente, con la duda acerca de la suerte de estos tipos, no por su destino, que es claramente el final de una vida, sino por cómo vivieron esas últimas horas, cómo actuaron, qué se les pasó por la cabeza. La aparición de protagonistas de supervivientes de casos paralelos ayuda a hacerse una idea, pero no es definitiva.

Por momentos, resulta inevitable recordar algunos otros relatos del mar, y sobre todo Moby Dick. Principalmente cuando el autor abandona un poco los relatos, esa periferia que termina por formar el núcleo de la crónica, para adentrarse en detalladas explicaciones. Pero si uno puede permitirse leer la obra maestra de Melville saltándose los capítulos en los que se expone la técnica de navegación y caza de los balleneros, en este caso Junger consigue darle incluso a esos momentos una energía que nos hace pensar que tampoco debemos perdernos ni siquiera uno de esos párrafos. Y también es imposible no pensar en Conrad, porque, al fin y al cabo, será el infierno del mar lo que genere la necesidad del relato, representado en su expresión más violenta, aunque Conrad fue capaz de demostrarnos, en La línea de sombra, que el infierno puede ser la calma. En cualquier caso, haber traído a colación tanto a Melville como a Conrad nos hará concluir que este libro también forma parte de los cánones de la literatura del mar. No existe mayor elogio.


Fuente: Zenda

jueves, 17 de agosto de 2023

LA CASA DEL DIABLO

 

La Casa del Diablo

John Darnielle

Traducción de Javier Calvo

Aristas Martínez

Badajoz, 2023

486 páginas

 



Que en el cerebro hay espacio de sobra para que lo ocupen varios mundos a la vez, es una afirmación que encontraremos en las páginas de este libro, en voz de uno de sus narradores. Estamos frente a una novela en la que esos mundos no sólo suceden de forma simultánea y con varias posibles interpretaciones, como sugiere el poderoso último capítulo, sino que además lo hacen con variados recursos expresivos. Y, sin embargo, mantiene cierta linealidad, la que permite al lector tener la sensación de estar leyendo una obra de intriga, en algún momento un thriller, en alguna otra ocasión más bien de misterio, que va desarrollando su trama con las dosis apuradas. Así consigue atraparnos en este pequeño mundo, un pueblo que parece alejado de todo y de todos, un microcosmos donde el autor, o tal vez la propia población, creará sus leyes. Hemos introducido este tal vez porque se trata de una novela que comulga con el formato de investigación periodística, hasta el punto de hacernos pensar que si estos sucesos no fueron reales, sí es real que pueden ser contados. Y la realidad se impone por lo que es o por lo que pudo haber sido. La realidad es lo posible, no siempre lo que se puede tocar.

Entre lo posible, e incluso probable, están las reacciones oscuras y sádicas que cualquiera de nosotros puede tener. ¿Qué cabe reconstruir, entonces? Por un lado están las entrevistas, los encuentros, la reconstrucción del relato a partir de la documentación, los pasos por los lugares donde tuvieron lugar los sucesos. Y por otro está ese pegamento imprescindible, del que John Darnielle (Bloomington, Indiana, 1967) hace gala, que llamamos imaginación. La novela es un portento creativo, en el que desconocemos cuánto hay de información y cuánto de farsa, pero si dudamos es porque estamos a favor del relato. Sólido y de lectura aparentemente fácil, termina por indagar en los límites de lo humano, si es que estos límites terminan allí donde alguien es capaz de cercenar la vida de otro, aunque sea en defensa propia. Aunque sea por un impulso adolescente, o de crisis adolescente.

La adolescencia será la enfermedad que compartan los protagonistas, bien sea los que se cuelan en la casa de una mujer soltera o los que trabajan en un videoclub de películas porno, cuando estas se alquilaban en formato VHS. En la adolescencia entran en lucha el juego y la seriedad, y del conflicto puede salir el peor de los resultados, unos actos seudopsicopáticos que por norma general no suelen ser dañinos, pero que cuando sobrepasan las líneas de comportamiento aceptadas pueden terminar en tragedia. Nuestro narrador nos coloca frente a su trabajo como detective de algo que sucedió hace décadas, al tiempo que narra antes de entrar a explicar el origen del conflicto, o lo que él identifica como el origen del conflicto, reflejado en las biografías de los protagonistas. Pero guardará un aura de misterio, algo así como una maldad flotante en un ambiente concreto que se respira y obliga. Para, finalmente, cerrar la obra en una vuelta de tuerca que nos lleva a cuestionarnos qué es lo veraz y cuáles las intenciones de quien pretende ser, a su vez, veraz. «La gente proyecta sus expectativas sobre los escenarios de las masacres», apunta al inicio de la obra, advirtiéndonos acerca de la subjetividad de los relatos. Al finalizar la lectura, recordaremos que ya nos había advertido, genialmente, acerca de la fortaleza que subyace al relato: «En cualquier caso, hay pocas cosas más poderosas que las expectativas. La fuerza bruta, quizás. Las armas de fuego, ciertamente. Las espadas y el acero. Pero incluso esas cosas tienen sus límites. La imaginación no tiene ninguno». Bienvenidos a la casa del Diablo.


Fuente: Zenda

jueves, 10 de agosto de 2023

LOS DIARIOS DEL OPIO

 

Los diarios del opio

David Jiménez

Ariel

Barcelona, 2023

270 páginas

 



Vuelve a ser la felicidad lo que nos pondrá en marcha. La palabra apenas aparece en toda la obra, pero el concepto fluye a través de lo que motiva a sacar adelante cada una de las vidas que se describen. No se alcanza la felicidad, en casi ningún caso, porque la felicidad no es un absoluto, porque de alcanzarla no sabríamos qué hacer con ella. Pero sí existe la promesa de felicidad y, como consecuencia de ello, la búsqueda de la felicidad. Y esta búsqueda es activa. La felicidad no nos va a pillar sentados, no va a venir a hacernos una visita. El mundo es inmenso y ahí fuera, en algún lugar, debe de estar el momento en que seremos felices. Llegaremos a tocarlo con los dedos y se esfumará, pero saber que existe nos permitirá volver a retomar los remos, a buscar los vientos, a poner en marcha el mecanismo de los sueños y convencernos de que sí es posible concedérnosla. La búsqueda de la felicidad es el primer derecho que uno se debe conceder a sí mismo. De esto trata este libro, este Los diarios del opio, que David Jiménez (Barcelona, 1971) ha escrito con eso que uno se atreve a llamar pasión. Pasión por llevar a cabo el objetivo de buscar la felicidad.

David Jiménez fue corresponsal en Asia durante dos décadas y ahí sitúa el contenido de la felicidad. Él nos habla de misterio, del misterio de Asia, del misterio del extremo oriente, de las otras culturas que tanto llaman la atención de los viajeros y de los turistas, un mercado por el que no siente demasiado aprecio. Para ello se refugia en los incontestables perfiles de varios de nuestros autores favoritos: Somerset Maugham, Conrad, Kipling, Orwell, Alexandra David-Néel, Martha Gelhorn, Graham Greene, Manu Leguineche, Nicolas Bouvier y Tiziano Terzani. Con ellos comparte la sensación de que Asia y el viaje serán el medio para llegar a la felicidad. Pero todos ellos, incluido David Jiménez, son conscientes de que no existe diferencia entre el fin y los medios. De ahí que cuando uno llega a ser feliz, sienta cómo se le escapa la emoción y para recuperarla, porque no la ha entendido ni ha entendido por qué no se queda, recurra al concepto de misterio. El viajero, nuestros viajeros, se mostrarán tal vez cansados de sí mismos, pero no de sus sueños. Con diferentes ánimos, desde el colonial al existencialista, desde el de la denuncia al espiritual, no cesan de luchar, pero esta lucha es el agradecido viaje y la agradecida literatura.

David Jiménez traza unos perfiles que en buena medida ya conocíamos, pero que estamos encantados de volver a recordar. Y junto a ellos, nos habla de su propia experiencia, seleccionando momentos álgidos, días y kilómetros que nos hubiera gustado compartir con él. El mundo se ha ido haciendo más pequeño, pero todavía contiene escondites ajenos a las masas e incluso a Google Maps. Jiménez ha conocido de primera mano y ha leído a los maestros, y también se ha interesado por las leyendas con que se han construido los diferentes países por los que camina: Birmania, Laos, Tailandia, Indonesia, India, Pakistán, Vietnam, China, Filipinas, Japón. La relación de lecturas y de paseos no puede producir otra cosa que no sea envidia. Pero será gasolina de muy alto octanaje en el lector, un claro impulso para que refresque su propio derecho a buscar la felicidad y poner en marcha el motor que le permita perseguir sueños mientras disfruta de tenerlos. ¿No es acaso este el principal y más honesto objetivo de la literatura? No importa que en cuanto creamos que tocamos el misterio, se desvanezca entre los dedos. Lo que cuenta es saber que existe un misterio y concedernos la autoría de una vida en la que vamos a su encuentro.


Fuente: Zenda

jueves, 3 de agosto de 2023

DE VIAJE

 

De viaje

Virginia Woolf

Traducción de Patricia Díaz Pereda

Nórdica

Madrid, 2023

297 páginas

 



Guardar piedras en los bolsillos y luego sumergirse en el río. De todas las modalidades de suicidio, Virginia Woolf (Londres, 1882 – Sussex, 1941) eligió la que pretendía integrarla en una de las formas más puras de naturaleza: disolverse en agua dulce. No puede ser casualidad. Ya a los veinte años apuntaba, con toda la sensibilidad que caracterizaría siempre su escritura: «La simple cima de una colina me hubiera complacido más que todos los recintos y catedrales de Inglaterra». De su país natal lo que prefería era la campiña, por la que pasaba el río, que le ofrecía una armonía por la que merece la pena pasear la mirada, un ambiente en el que sentirse digno, entero, juzgando que los árboles son mejores que la gente, un lugar en el que no le importa perderse, porque siempre existirá una experiencia estética de fondo. Ese sustrato, que no parece tanto una intención como el reconocimiento de las propias debilidades, será el que se imponga a lo largo de la lectura de esta recopilación de textos de viaje. Se trata de fragmentos de diarios y de literatura epistolar, ordenado todo de manera cronológica, en el que nuestra autora habla sobre sus desplazamientos dentro de Gran Bretaña, hacia Irlanda y, en los párrafos donde resulta más enamorada, por la piel de España, Italia, Grecia o Francia. También alcanza rincones de Alemania y Austria. Pero será en los países mediterráneos donde Woolf se encuentre mejor, donde respire con intensidad, donde maldiga, en buena medida, esa necesidad de cuna que parece imponernos el haber nacido en un territorio y que nos obliga a volver. De hecho, aunque en ningún momento se habla del regreso, ese parece ser el verdadero tema del libro, lamentar que a uno no le resulta tan sencillo elegir dónde vivir. Esas deudas acumuladas con lo que llamamos raíces, tal vez terminen por ser las piedras con que se sumergió en el río al final de su vida.

Pero lo que sí permanece, para siempre, será esta lección de cómo podemos desarrollar un pensamiento a través de la mirada, un pensamiento que sería crítico de no ser sensible. Posiblemente lo que uno tiene delante no sea lo que ha escogido, pero sí puede seleccionar lo que le interesa e indagar en su parte más sensible para ver qué es lo que le emociona y por qué. Y a partir de ahí reconocer lo que le sugiere. Woolf no interacciona, Woolf es testigo, se relaciona con lo inmediato a través de los sentidos y estos operan en una sola dirección, que es hacia dentro. Nos da una lección de respeto mientras intenta definir sentimientos con sus descripciones. «Viajar me llena de desasosiego. Quiero ver el siguiente lugar», confiesa, en una paradoja que no es incómoda y que reduce el ansia de salir a un lugar extranjero a una definición sencilla. En realidad, lo que busca es el asombro, el encanto, lo que no se puede explicar y que por eso mismo motiva a intentarlo. Es una mujer en aprendizaje que busca sitios afortunados, busca lo sutil, la felicidad apolínea, que reniega de la resignación: «Me gustaría trasladar mi vida aquí. No quiero volver a las comidas con carne, a los criados y los teléfonos. Pero mi francés no es lo suficientemente bueno para la comunicación humana, así que una se marchita en las fuentes de su ser y debe regresar».

Leyendo este hermoso libro, que comienza siendo un libro adolescente, uno se pregunta a qué lugares del planeta viajaría hoy Virginia Woolf: ¿los mercados de África? ¿Las aldeas de las montañas del Himalaya y los Andes? ¿Las rutas de camellos en los desiertos? En cualquier caso, volver seguiría siendo un fastidio, y no parece que estemos haciendo otra cosa a lo largo de nuestra vida.

 Fuente: Zenda

 

martes, 1 de agosto de 2023

DE LA AMISTAD CON UNA MONTAÑA

De la amistad con una montaña

Pascal Bruckner

Traducción de María Belmonte Barrenechea

Siruela

Madrid, 2023

149 páginas

 



Uno desea que la maldad sea un fluido que se disuelva en la naturaleza. Ahí es donde suceden las mejores puestas de sol, la calma del mar tras la tormenta, las nubes aborregadas viajando despacio sobre el azul del cielo, el sonido de los pájaros en las auroras o las pisadas sobre terreno blando. Willa Cather, la escritora estadounidense que reflejó en su obra la nostalgia por las praderas mientras residía en Nueva York, salía todos los días a pasear por Central Park descalza para sentir que todavía no se había separado de la tierra. Pascal Bruckner (París, 1948) elige la montaña y las versiones vitales con que se puede convivir con la montaña, desde la del ganadero hasta la del alpinista de alto rendimiento.

Este libro es un tratado sobre la necesidad de salir de la habitación, eso que uno no sabe si atreverse a llamar viaje. A veces ese viaje sucede a la puerta de casa.

Bruckner recupera pensamientos que han surgido a partir de su experiencia en la montaña, incluyendo en su experiencia lo que han comentado los demás, que vive casi con la misma intensidad que las propias. El tratado es delicioso. En realidad, es un apunte para animarse a vivir, para demostrarnos que no es posible vivir por inercia, que la vida no nos sale al paso, que debemos ser nosotros los que la busquemos. Y que sí, que puede ser muy hermosa, que hasta el lametazo de una vaca puede ser una sorpresa agradable. Ordenado en capítulos temáticos la muerte, el esfuerzo, la amistad, la naturaleza, la literatura, las sensaciones, etc. va desglosando fascinaciones y alivios. La naturaleza se nos muestra como un lugar donde aprender a vivir, aprender algo que vamos a llamar sinceridad, y que se aleja de Netflix, Amazon o Tínder. Son este tipo de obras las que nos remite a la belleza de nuestros episodios en la Tierra y a la necesidad, por tanto, de preservarla. Y para ello es imprescindible la amabilidad, la generosidad, todas las buenas acciones y los buenos sentimientos que nos ayudan a reconocer las regiones bondadosas del mundo. Lo contrario nos remite a la paranoia.