domingo, 14 de abril de 2024

CUANDO LO INTENTÉ POR CUARTA VEZ NOS AHOGAMOS

 

Cuando lo intenté por cuarta vez nos ahogamos

Sally Hayden

Traducción de Lidia Pelayo Alonso

Capitán Swing

Madrid, 2024

520 páginas

 



Deberíamos sentir un orgullo digno de la mosca del vinagre, si no más bajo, cuando comprobamos el nivel de miseria que sufren otros seres humanos en este mundo que hemos construido. No debería haber excusas: donde no llega la política institucional, debería llegar la sociedad civil organizada, la que puede presionar, a su vez, a los responsables de la política institucional. Este libro, Cuando lo intenté por cuarta vez nos ahogamos, pertenece al ciclo de denuncias que forman parte de esa presión. No es extraño que en el año 2022 se hiciera con el Premio Orwell de literatura política, pues no cesa de hablarnos de las consecuencias de decisiones de Estado o de política común europea, sobre todo de una gran decisión: la de detener la migración por el Mediterráneo a toda costa, sufragando cuerpos armados de un Estado fallido, como es Libia. Sally Hayden (Irlanda, 1989) se pregunta si los responsables de esta decisión son conscientes del poder otorgado a las milicias y del infierno al que condenan a los migrantes. «Es hipócrita apoyar las iniciativas de Black Lives Mater en Estados Unidos mientras estás involucrado en una persecución racial propia del esclavismo en las fronteras exteriores de Europa», comenta la abogada de crímenes de guerra Alexandra Lily Kather en algún momento.

Este libro es una crónica del horror que persigue al sufriente desde su lugar de origen hasta sus últimos días, bien como refugiado en Europa o como fracasado en su país de origen al que retorna. Es un texto militante, pero la causa que defiende sólo puede ser apoyada; tal vez quepa debatir cómo afrontarla, pero no la necesidad de hacerlo. Hayden contactó a través del móvil y de redes sociales con distintas personas atrapadas en los campos de concentración libios, en los que se encierran a los migrantes que llegan desde otros países y pretenden alcanzar Europa por mar. Decimos campos de concentración, porque no cabe llamar de otra manera a un lugar donde los guardias mean en la comida de los presos, delante de ellos, antes de entregársela. A los presos sólo les cabe comerla o morir de hambre. A partir de estos mensajes, Hayden se pone en marcha y viaja a todos los lugares posibles que pueden verse afectados por este fenómeno: a Libia, a Etiopía o a Suecia, por ejemplo. Es imprescindible conocer que alguien ha salido huyendo de un lugar donde los paramilitares son capaces de sellar la boca de un aldeano cerrándole los labios con un candado.

Hayden elige la estrategia de poner rostro. No se encuentra con grupos de personas, no conoce a gente en abstracto. Ella se relaciona con alguien, uno tras otro, que merece ser querido, que merece ser respetado, que merece ser considerado. Hayden va a donde no nos atrevemos a ir los demás, demostrándonos que sin personas con ese valor los demás somos monos desnudos, o responsables de organizaciones institucionales, como ACNUR, cuya labor es más de márquetin que de ayuda real. La sensación que debería transmitir el libro es de angustia, de una angustia mayor, la más grande posible. Pero Hayden utiliza un lenguaje bastante objetivo, neutro, que es un refugio: de implicarse emocionalmente con él, sería irresistible el efecto. Lo doloroso sale por sí solo, es lo que nos está relatando. Por otra parte, elige contar todo como si ya hubiera sucedido. Nos cabe la escapatoria de pensar que si esta investigación está cerrada, es porque están cerrados los hechos. Pero no nos equivoquemos: estamos frente a una obra que supone un trabajo de conclusiones, pero estas conclusiones se refieren a una realidad. Y las vidas reales, como las de estas personas, como las nuestras, al contrario que las novelas o las películas, no son relatos cerrados. Cuando lo intenté por cuarta vez nos ahogamos es otro libro que debería leer todo el mundo.


Fuente: Zenda

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