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miércoles, 7 de marzo de 2018

UN DRAGÓN LATENTE


Un dragón latente
Norman Lewis
Traducción de Nuria Salinas
Altaïr
Barcelona, 2014
370 páginas



Es posible que Norman Lewis (Londres, 1908 – Saffron Walden, 2003) haya sido el viajero perfecto. O el perfecto escritor de libros de viajes. Porque entre los escritores de libros de viajes podemos encontrar autores con más encanto, con más personalidad, con más potencia, con más bravura, con más poesía. Pero no con el mismo saber estar. Y ese saber estar, que tal vez podría clasificarse como flema o profesionalidad o como orgullo por el trabajo bien hecho, tanto el de escribir como el de viajar, es el principal rasgo de la obra de Norman Lewis.
Desde que llega al lugar de destino, él es consciente de que todo aquello que registre irá a parar a un libro, de que viaja no sólo para él, sino también para los demás. Y eso le exige un dificilísimo equilibrio de estilo: no puede dejarse llevar por los prejuicios, ni tan siquiera por esos valores universales que él defendería a capa y espada: la igualdad entre los hombres, una igualdad entendida como el derecho a que nuestras diferencias, que las hay, que las debe haber para enriquecer el planeta, no son lo que importa. Lo que importa es que todos somos un trozo de este universo en el que si algo fluye que merezca la pena, es eso que conocemos como el sentimiento de estar vivos.
 Ahí es donde merece la pena compartir el viaje tanto con las personas con quienes se encuentran, como con el lector. De alguna manera, de todos los escritores de viajes, Norman Lewis es el rey de la compasión, entendiendo a la compasión como la capacidad de padecer, de sentir con el otro: su llanto, su risa.
Para llegar a esta conclusión hace falta haber leído buena parte de su obra, que ahora está recuperando la editorial Altaïr. Una buena idea es empezar con este Un dragón latente. Lewis visita Camboya, Laos y Vietnam en una temporada que ronda el año 1950. Siendo todavía territorios coloniales, pero siempre con una banda sonora de fondo que aparece interrumpiendo los acontecimientos, aquí y allá, con una normalidad casi pagana: el sonido de los disparos y las bombas. Porque esos eran los momentos graves del cambio, un cambio que va viendo reflejado en cada paisaje o en cada conversación. Un cambio que no puede ser sino beligerante, porque la occidentalización reñida con la independencia no puede ser pacífica.
Y, sin embargo, no deja de admirar esa región del sudeste asiático, a la que ha elegido visitar dado que pretendo descubrir a la gente y darse cuenta de que se caracterizan por la fuerza pacífica, por su presencia de ánimo, que no les hace diestros como explotadores ni susceptibles de ser explotados. Se trata de gente pobre, pero sumamente feliz porque han aprendido que no es en la pobreza donde está la infelicidad. Son países con una riqueza potencial enorme, pero en los que no se lucha por la vida, por existir con más confort, “y ello proporciona la atmósfera ideal para la práctica de la amable fe en que este pueblo ha sido educado”.
Lewis incluye todo en su libro: lo que ve, lo que oye, lo que camina, el paso del tiempo. Pero siempre consigue no intervenir, ser una suerte de voyeur de talante digno, apartado. Sin juzgar, de modo que obliga al lector a ser él quien llegue a conclusiones al presentarnos un mundo que en los años cincuenta era un desconocido. Pese a las aventuras en las que inevitablemente se ve envuelto, Lewis no se siente alguien diferente, es decir, mejor. Va limpiando de su viaje todo lo que no importa, evitando la tentación de ser un presumido. Y así, centrándose en un pueblo al que va aprendiendo a querer a medida que lo conoce, que conoce a sus colonos, pero también a sus guerrilleros, decantando el alma de la gente hacia esa personalidad tan pacífica, frase tras frase va consiguiendo un texto con sonido a silencio. Este es el aliento de uno de los últimos grandes viajes, ese que, lamentablemente, los demás no podremos hacer.

Fuente: Quimera