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lunes, 5 de marzo de 2018

TUMULTO


Tumulto
Hans Magnus Enzensberger
Traducción de Richard Gross
Malpaso
Barcelona, 2015
249 páginas



De este poema químico, que es la transformación de un átomo de carbono en un protozoo, hemos nacido todos. Y juntos formamos eso que se conoce como vida, en la cual uno puede participar de muchas maneras: fumigando mosquitos o sentándose a observar cómo se fumigan los mosquitos, por ejemplo. Tanto el que fumiga como el observador sabe que es carne mortal, pero que a diferencia de los mosquitos posee en los pulmones unos atributos que puede llamar alma. El magnesio entre los alveolos nos indica los movimientos del alma, es decir, nos ayuda a separar lo que está bien de lo que está mal. Si quieres, puedes llamar a eso humanismo, para luego adentrarte en territorios que pertenecen al cine documental o al ensayo político. Aunque, a la hora de la verdad, sabes que siempre estarás hablando sobre ti, sobre tus andanzas más o menos revolucionarias, sobre tu amor al ocio y tu amor al trabajo, sobre las cualidades atmosféricas con las que quieres a tu amante y a los hombres desconocidos. A esta casta pertenece Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, Alemania, 1929), uno de los intelectuales mejor considerados de los últimos cincuenta años. Y que, al parecer, ha decidido que ha llegado la hora de rendir cuentas, de echar la mirada atrás para no escribir una autobiografía. Pero sí para dejar testimonio. Tumulto es el nombre que propone para esta pequeña epopeya, centrada principalmente en sus estancias en la Unión Soviética y en Cuba.
En la primera parte, narra su paso por la URSS para participar en un encuentro con otros escritores. Su relato está lleno de gente estrafalaria o vulgar, pero a la que atiende bajo los mismos principios: el de no olvidar ese tono de humor ante lo transcurrió frente a él, esa falta de respeto a lo solemne que hace que merezca la pena la visita. Regresaría a la URSS en 1966, un recuerdo que exhibe en forma de crónica, utilizando los verbos en presente, buscando esa falta de malicia o seriedad que nos hace ser personas bajo cualquier régimen político. Enzensberger se retrata ya como un observador escéptico a quien le interesa por igual Sartre que los poetas oficiales soviéticos. La memoria le lleva a preguntarse qué pintaba él ahí, entre tanto acto oficial que ocultaba intimidades escandalosas, viajando por el corazón perdido de la Asia colonizada, para descubrir que la mayor decepción es el reparto de la pobreza. Su diario es el delirio envuelto en un país gris hormigón, mientras que en occidente se preparaba la revolución del Flower-power.
Cuando cambia a Cuba como destino que ocupa la mayor parte de lo que reconoce su memoria, decide ligar sus recuerdos haciéndose preguntas. Construye un diálogo sobre las pequeñas revoluciones y las grandes rebeliones que tenían lugar mientras él estaba convencido de que debía existir una fórmula para autorrealizarse, como pudiera ser en el amor por Masha, quien fuera su esposa en los años en que uno siente las energías de mejor calidad. Recuerda sus viajes pensando qué se le habría perdido a él por el mundo. Y concluye que fue un testigo privilegiado, un observador participante. Mientras describe el mundo, como por ejemplo en el dolor del recuerdo de Cuba, se describe a sí mismo. Y luego asiste a la desintegración de la pureza de las revoluciones que tienen lugar en Praga, en París, en el Mekong… Y reflexiona sin acidez sobre cómo se desenamoró de la Cuba de Castro por culpa de las zonas de indefinición que implicaron detalles infames. Enzensberger es una especie de etnólogo de las revoluciones. De los tumultos que, concluye, no fueron en vano aunque se apagaran a partir de los años 70: ahí siguen las reivindicaciones ecológicas, la lucha por la igualdad, la denuncia de la pobreza y la conciencia de que a este mundo chambón, que diría Eduardo Galeano, le falta poesía.


Fuente: Quimera