viernes, 2 de marzo de 2018

TODOS LOS CAMINOS ESTÁN ABIERTOS


Todos los caminos están abiertos
Annemarie Schwarzenbach
Traducción de María Esperanza Romero
Minúscula
Barcelona, 2009
182 páginas



Este es un libro que no versa sobre el movimiento, sino sobre la necesidad del movimiento. Porque de ninguna otra forma, parece sugerir, puede sumar uno algo de sabiduría a su bagaje. Y el movimiento viene inevitablemente vinculado a la sensibilidad, algo que Annemarie Schwarzenbach (1908-1942) derrocha por los cuatro costados, como ya habíamos comprobado en la anterior obra publicada en España, Muerte en Persia (Minúscula, 2003). Aunque aquél se trataba de un libro más heterogéneo que Todos los caminos están abiertos, una obra en la que se cruzaba la ficción con la descripción, la divagación con la memoria, una forma de literatura que explotó más tarde, por ejemplo, W. G. Sebald, si bien lo que en el escritor alemán era una tristeza harta de escucharse a sí misma, hasta provocar la desaparición de la melancolía, en el caso de Schwarzenbach es un lirismo inundado de nostalgia, una nostalgia que abarca hasta aquello que no pudo conocer pero que sabe que pertenece al pasado.
Más sobria se muestra Schwarzenbach en esta obra, una recopilación de artículos publicados tras regresar de un viaje por Turquía, Irán, Afganistán y la India, realizado en 1939 en compañía de Ella Maillart, quien escribiría, en paralelo a la obra de Schwarzenbach, el libro La ruta cruel (Timun Mas, 1999). Pero la sobriedad no es enemiga de la belleza, algo que pretende reconocer Schwarzenbach en cada episodio que se le va escapando de las manos, en cada paisaje virgen para la percepción cartesiana de los europeos, en cada rasgo de la incondicional hospitalidad afgana. En ese amor doliente se esconde, al mismo tiempo, un espíritu neocolonial semejante al que impulsó a redescubrir el arte oriental durante el romanticismo. Pero Schwarzenbach no se queda en el mero espíritu artístico. Da la espalda, con frecuencia, a lo grandioso, a lo inmenso, a lo caro, para prestar atención al paria, al perseguido, a la mujer encarcelada dentro de su hogar y su ropa, al campesino, aunque solo sea para dar testimonio como testigo de lo presenciado, pues esa es la intención de sus crónicas y de ahí la falta de diálogo, de intercambio de existencias con la gente de los lugares que visita. Sus interpretaciones de lo que presencia tienen, eso sí, una relación pura con lo literario, la que nace de la franqueza a la hora de afrontar el destino, reconociéndolo como una dificultad interior y no como una serie de acontecimientos que sucederán en el futuro. Como viajera se detiene frente a lo que un turista calificaría de pintoresco para reconocer, sin embargo, lo humano.
Schwarzenbach entra en el viaje a través de la pobreza, símbolo de la desesperanza para un alma como la suya, que sobrenada en una tormenta, y sale reconociendo la decadencia de occidente, un lugar que ha perdido la cultura, la hospitalidad, lo sincero, un modelo fracasado al que, se lamenta, tienden a imitar las sociedades que visita. De ahí ese interrogante que flota a lo largo de su obra: ¿por qué viajar?, al que resulta casi imposible dar respuesta. Algunos marchan buscando la aventura o haber disfrutado la aventura, como Freya Stark, otra escritora viajera aficionada a oriente. Pero Schwarzenbach parece huir hacia la claustrofobia, pues sabe que el pasillo por el que se interna no tiene salida, porque emprender la marcha no es lo mismo que caminar, y ella está constantemente poniéndose en camino: “¡Sentir una vez más el consuelo del alba! Pero lo he olvidado todo, también la hora postrera”. Es posible que esa sea la única forma que conoce de conjurar a sus demonios, de plantar cara a las horas, de sobrevivir al presente, maldito frente al confort del pasado y la ilusión del futuro: “Respiré hondo intentando, pese a todo, saludar a la vida…”
Todos los caminos están abiertos es la obra de una mujer vulnerable, que padece por el mero hecho de existir, pero que sabe que en el viaje y en la literatura se puede encontrar idéntica belleza, la belleza de hablar con uno mismo. Y sabe escribir para demostrarlo: “Había mucha piedra y poco pan, pero estábamos contentas”.

Fuente: Quimera

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