Ver Smara y morir
Michel
Vieuchange
Traducción
de Larosi Haidar
Laertes
Barcelona,
2015
252
páginas
A
la salida de los colegios, los parques, esos inventos que los urbanistas
idearon para que el hombre no echara tanto de menos a los bosques, están
repletos de niños que juegan. Dos son las forma principales que adquieren los
juegos en los que participa más de una criatura: en la primera un chiquillo
persigue a otro; en la segunda se intenta que no te encuentren. Esas dos
fórmulas morales que toma el juego se corresponden con la pregunta que, al
parecer, Bruce Chatwin soplaba a
todo aquel que se le cruzaba por el camino: “¿Tú eres de los que huyen o de los
que se esconden?”. A la hora de la verdad, lo importante es entrar en el juego.
A la hora de la verdad, el adulto que huye pretende lo mismo que el adulto que
se esconde: alejarse de los demás. Pero esa pretensión supone el reconocimiento
de que los demás existen y que ellos participan del juego, por muy seria que
sea la vestimenta con la que lo disfraces.
Entonces
llega un francés llamado Michel Vieuchange
y nos da en las narices con ese juego de vivir, huyendo y escondiéndose a la
vez como muy pocas personas han conseguido hacerlo antes: para protagonizar, aunque sea por unas semanas
su propia vida. El relato de Vieuchange, Ver Smara y morir, de apenas sesenta páginas, es la crónica de un
arriesgado viaje por el desierto, donde aparentemente es imposible esconderse a
no ser que, tal y como él hace, se disfrace de mujer. Corre el año 1930 y Smara
es conocida en Francia como la antigua capital espiritual de una región del
Magreb desde la que partieron los hombres de Chej Ma el Ainin con intención de liberar su nación del yugo
francés. Un lugar donde, de descubrirle, no sería tratado con cortesía. Y para
alcanzar Smara debe atravesar territorios ocultándose de bandidos y cualquier
tipo con un arma en bandolera, hasta el extremo de tener que ocultarse,
ocasionalmente, dentro de los odres que
portan los camellos, como si fuera el relleno de un saco de azúcar. Tres
indígenas y dos mujeres son toda la comitiva que compone la caravana.
A
pesar de la advertencia que Larosi
Haidar, traductora de la obra, propone en su prólogo, acerca de la visión
colonial como la del ser superior que invade con suficiencia un territorio,
Vieuchange consigue imponer en su texto la de la mirada virgen. Es cierto que
está presente cierto mal, como el denunciado por Edward Said en Orientalismo,
pero en buena medida se impone el
descubrimiento. En Vieuchange hay entusiasmo por el misterio: pretende huir
de al tiempo que huye hacia. No hay civilización y sí un mundo brutal,
durísimo, en el que salta de vez en cuando, sobre todo merced a la honestidad
de alguno de sus compañeros, la humanidad: “Esta gravedad, esta creencia segura
que mantiene a los hombres de este país en una serenidad tan perfecta, en una total
falta de curiosidad por todo aquello que está lejos (…) Era como si violase un
secreto, mientras tomaba consciencia de mi intrusión en este país seguro de sí
mismo, virgen de pisadas extranjeras, libre y prohibido”.
Finalmente,
Vieuchange llega a Smara, oculta un mensaje en una botella que entierra,
permanece allí tres horas y regresa a Agadir.
Unas semanas más tarde morirá antes de embarcarse de regreso a Francia.
El
volumen que Laertes ha diseñado para
acompañar al texto de Vieuchange es un contundente alarde de labor editorial. A
la crónica le precede un extenso estudio de la región donde se enclava Smara,
un estudio histórico, antropológico y etnológico. Se relaciona la fundación de
Smara y su evolución, hasta su incorporación dentro de la provincia española
del Sáhara, con un amplio contraste de viajeros que alcanzaron Smara
posteriormente. Las fotografías nos ayudan a hacernos una idea del paisaje
vacío que atravesó Vieuchange, y del territorio fantasma en que se enclava la
ciudad. Y el texto se acompaña de cuidadosas notas de la traductora,
solventando dudas acerca de las grafías de topónimos o los líderes históricos,
o las costumbres y la forma de vida del país. Un trabajo de edición que
ejemplifica cómo deberían publicarse los textos de viaje que ya pertenecen a la
historia.
Fuente: La línea del horizonte
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