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martes, 20 de marzo de 2018

TENGO PALABRAS DE FUEGO

La primera vez que me invitaron a presentar un libro, leí este texto. El libro se merecía más de lo que obtuvo. Pero mi amigo Manuel Talens, a quien llevo año y medio echando mucho de menos, y yo, dimos juntos nuestra valoración. Una novela extraordinaria.


Presentación tengo palabras de fuego.

Buenas tardes.
Ante el grato riesgo literario de presentar la primera novela de Adolfo Muñoz, y siendo ésta mi primera intervención como presentador de un libro, hice retroceder a mis conocimientos hasta los orígenes de las crónicas para encontrarme con que, no sin arbitrariedad, se puede hablar, no sin arbitrariedad, de dos rutas en que bifurcar las grandes narraciones:
1-      Aquellas que se centran en una situación, reflejando una atmósfera y ambientando el combate (pues de combate suele tratarse) con la intervención de numerosos protagonistas, como sucede en La Ilíada;
2-      Aquellas en las que se busca retratar a una persona o personaje, exponiendo sus avatares y sentimientos, detallando tanto su viaje por una región del universo como su viaje interior, hacia el conocimiento del yo: éste es el caso de Ulises.

He tenido a bien (con permiso del autor) catalogar Tengo palabras de fuego como una novela de este segundo ciclo, como una novela cartográfica. Una novela elaborada con la meticulosidad y el sabor a pan, a manufactura y a temperamento que tienen los mapas del siglo XVII.
Nuestro personaje viaja por la corte de Felipe IV mostrándonos sus minucias y entresijos en lo que acaba por ser una rigurosa, infatigable y bien construida descripción.
A lo largo del texto, vamos conociendo la carta geográfica del Madrid de la época, así como la de los interiores y exteriores del Palacio Real a través de una prosa intensa y severa, pero muy sutil, y unas descripciones llenas de falsedades históricas  (como queda patente en el paso del protagonista por la calle San Manuel Talento, nombre inexistente en el santoral, pero referencia clara a un escritor que es santo de la devoción tanto de Adolfo Muñoz como de quien les habla, y hoy, afortunadamente, compañero de mesa).
El cartógrafo que escribe, muestra un gusto interminable por el detalle, por las pequeñas cosas cotidianas que hacen de cada uno de nuestros mundos un lugar muy personal. Valgan como muestra las continuas apariciones de insectos y arañas, esos animales diminutos, repugnantes y de anatomías casi imposibles, que componen el más rico de los bestiarios de nuestro mundo, bestiario que en la novela tiene su prolongación en unos seres pseudohumanos de aspecto muy improbable.
La cartografía que así, poco a poco, va naciendo, una cartografía creíble, pero totalmente inverosímil, genera una ficción que va alejando a la novela de la historia documental, para acercarla a lo que en realidad es: fantasía.

Sin moverse de la corte madrileña, Juan de Iniestas (al igual que cualquier mortal, y en consecuencia recordándonos esta condición de seres efímeros) viaja hacia su destino. Y así, el verdadero tema de la novela es el mapa de las circunstancias de Juan de Iniestas.
Siendo él un enano, conviene recordar que algún psicoanalista ha identificado a los enanos, dentro de la narrativa popular, bien como hombres frustrados, o bien como hombres en ciernes. Y Juan de Iniestas se enamora de forma platónica, un estilo de amor que se produce con frecuencia durante la pubertad, y que en literatura estuvo muy vigente durante el romanticismo, etapa que constituye la pubertad del arte.
Teniendo en cuenta que el cartógrafo hace descubrir a su viajero los recodos, las huellas y las impresiones del mundo (el amor, el desengaño, el arte, la inteligencia, los olores y sabores, el odio y la burla, la ironía y la enemistad), se puede concluir que el momento seleccionado por el escritor para retratar a Juan de Iniestas, es la adolescencia, cuando los sentidos despiertan a las sensaciones y a las emociones. En este punto la novela comulga con fuentes tan remotas a su trama como La isla del tesoro o El guardián entre el centeno.

Quiero imaginar, por mi experiencia como narrador, que Juan de Iniestas naicó con intenciones de ser un personaje purgante, uno de esos personajes que se crean para si no sudar, al menos convocar en un conjuro a nuestros fantasmas particulares; un personaje que surge para hacer o decir aquello que tememos realizar por nuestra cuenta.

Así pues, nos encontramos frente a un escritor que concibe la literatura como una pócima: al igual que el Doctor Jekyll bebe una pócima para provocar el nacimiento de Míster Hyde, ese personaje que ejecuta sus miedos, Adolfo Muñoz bebe la literatura para saldar cuentas no con su biografía, sino con la vida, que es la fuente nutritiva de la que beben los grandes escritores.
De manera semejante debió afrontar Calderón de la Barca la aparición en su teatro de Segismundo, el torturado protagonista de La vida es sueño, y referencia constante en Tengo palabras de fuego. Y es que es fantaseando, parece decirnos Adolfo Muñoz, como saldamos cuentas con la vida; dicho en palabras de nuestro protagonista: “Cuando no se está leyendo ni soñando uno está condenado a ser quien es, lo que en mi caso es triste”.

Y Juan de Iniestas se pasea por nuestras lecturas y nuestros sueños en una novela de estructura en apariencia sencilla, como todas las estructuras que son fruto del mucho pensar y que el autor, dado el esfuerzo que le ha supuesto concebirlas, cree, equivocadamente, que se trata de una estructura compleja, cuando no existe razón para  considerar a las estructuras complejas como más meritorias.

Esta novela (ordenada, arquitectural) evita con fortuna la perfección. “Lo perfecto es bello, pero es estúpido”, dicta un proverbio chino. Y se elude la perfección con el virtuosismo con el que el creador del cosmos, bien sea dios o diablo, elude la perfección de su obra, es decir: con la presencia de los recodos, las huellas y las impresiones del mundo: el amor, el desengaño, el arte, la inteligencia, los olores y sabores, el odio y la burla, la ironía y la enemistad.

Adolfo Muñoz es un novelista de corte clásico, uno de esos autores que, al igual que los grandes del siglo XIX, trata con ternura a sus personajes. Pero esta impresión dura tan sólo unos minutos de lectura. Enseguida descubrimos a un literato que no renuncia a las aportaciones experimentales de nuestro siglo, a las innovaciones lingüísticas, narrativas e incluso metaliterarias.

Ignoro qué hay de verdad científica en esta novela que cumple de manera inolvidable una verdad artística que expresa, inmejorablemente, el narrador: “Si la historia que me relataron no es cierta, sí lo es que me la relataron”.
Gracias.