Esta
improbable tierra prometida
Alma
Guillermoprieto
Traducción
de Laura Emilia Pacheco
Debate
Barcelona,
2026
271
páginas
Escribir
una crónica supone, en primer lugar, participar de un descubrimiento. El
periodista se entera de todo lo que no sabía, o procura enterarse de todo. Tal
vez todo sea demasiado ambicioso, por lo que el propio periodista debería tener
muy en cuenta sus limitaciones: todo lo que está a mi alcance, todo lo que
puedo percibir, todo lo que puedo leer, todo lo que puedo deducir de las entrevistas.
Vamos a ser honestos, eso sí, porque el trabajo consiste, al fin y al cabo, en
conseguir que los demás sean los que descubren y yo no soy otra cosa que un
instrumento, un medio, un camino. Se trata, en definitiva, de ampliar el mundo para
aquellos que no tienen la oportunidad de llegar hasta donde él ha llegado. Y es
fácil deducir, a través de ellos, que la ampliación supone incrementar dudas.
Ser honesto implica alejarse de los tópicos y las ideas demasiado fáciles,
demasiado rígidas, mientras se indaga en la luz y la sombra.
Estamos
hablando de Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 1949), a la que si volvemos
a leer recibiremos de nuevo una lección de maestría literaria. En este caso, Esta
improbable tierra prometida, se reúnen crónicas sobre América Latina
escritas a lo largo de los últimos veinticinco años, y muchas de ellas matizadas
con postdatas para actualizar la situación o a las personas. El ejercicio de
sensatez que vuelve a ser su escritura nos ayuda a construir la fisonomía de
una tierra en la que uno puede vivir sin esperanza, pero conservar la ilusión. Guillermoprieto
consigue que nos importe lo que narra, aunque sea la receta de los tamales,
aunque suele elegir asuntos bastante potentes, desde un retrato de Evo Morales
hasta la biografía reducida de un cura pederasta. Se toma a sí misma como
centro, eso sí, pero no se coloca como figura protagonista. Es más agua que roca
y relata sin abusar de recursos líricos. Busca la brevedad que impresiona, el
esqueleto más que lo que pueda operarse mediante cirugía estética. Y no se
esconde cuando se trata de hablar sobre lo truculento, o sobre la locura y los
crímenes.
La
honestidad, como saben los lectores de Guillermoprieto, comienza por la
elección del destino. Hay que acercarse a lo difícil, y cuando no es posible
físicamente, se hará a través de lecturas. El efecto que consigue la autora es
el de recrear la realidad: todo lo que nos cuenta es creíble, pero seguro que
cabe más todo en lo que sucede. Si ella ha sido capaz de ampliar así el mundo,
eso quiere decir que el mundo no tiene bordes. De hecho, mientras leemos las
crónicas, nos damos cuenta de lo bien documentada que está la autora, de la
serenidad con que afronta incluso los casos de desapariciones y tortura, y por
un momento sentimos la tentación de concluir que sus ideas son incuestionables.
¿Pero qué conclusiones? No existen. Puede que exista objetividad, tanta como es
posible en un observador, pero las conclusiones serán obra del lector, y para
que sean determinantes, lo mejor es seguir ampliando el territorio. Esa es la
única conclusión, la invitación al conocimiento del mundo en que vivimos, una
invitación que toca al periodismo, a la política, a la antropología y a casi
todas las formas de humanismos que se nos pueden ocurrir. En la literatura de
Guillermoprieto está prohibido mitificar, porque el sentido de la justicia con
que afronta su labor está en construcción permanente, está siendo afectado por
cada idea que recibe, por cada dato que recopila, por cada descubrimiento que
se le facilita. Cuando hablamos de voces necesarias, de voces insustituibles,
nos estamos refiriendo a gente tan sensible como Alma Guillermoprieto.
Fuente: Zenda

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