Dulcenombre
Marina
Arrabal
Blackie
Books
Barcelona,
2026
235
páginas
Algunos
de los instrumentos de los que se ha valido Dios han sido tan elocuentes como
una lluvia de fuego, y algunas de las coacciones tan determinantes como matar a
tu hijo. Hay que destruir Sodoma con toda la furia y hay que demostrar amor con
un sacrificio que supone derramar mucha sangre amada. Más tarde este Dios se
corregiría y diría aquello de bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán
la Tierra. Estamos muy lejos de que los mansos hereden la Tierra, pero no cabe
rendirse, no cabe dejar de ser buena persona. El problema surge cuando se
confunde la bondad con el cilicio. Esa confusión requiere una dosis de locura,
y de eso trata esta novela, Dulcenombre, con la que Marina Arrabal (1988)
nos recuerda que hay causas ocultas y que para sanarlas conviene sacarlas a la
luz.
Dulcenombre
es la joven protagonista que, uno se puede imaginar, nace y se desarrolla
marcada por un nombre elegido como sendero que atraviesa su vida dedicada a
Dios. Pero no a un Dios contemporáneo, no a un Dios totalmente piadoso, no a un
Dios que comprende que no es necesario castigarse con la culpa si estás
limpiando los mocos a un refugiado de tres años. Conocemos a la protagonista a
la vez que a su madre, en una tarea tan poco corriente como es la de acompañar
moribundos, estrecharles la mano durante los últimos alientos. Cuando la madre fallece,
Dulcenombre se queda sola, y será esa soledad la que concentre el tema que
tratará Marina Arrabal en esta obra. A pesar de haber pertenecido a una familia
numerosa, lo que la protagonista entiende que es un estigma marcará su
actuación, solitaria y respondiendo a una culpa que no parece tener sentido. En
realidad, lo que se va desplegando es la idea de que la fe es un refugio, como
también lo puede ser la demencia. Haría falta un neurocirujano muy fino para
separar una de otra sin hacer daño al resto de la mente, o al resto del alma,
que seguramente también esté en la cabeza.
Para
ayudar a la muchacha, alguien la propone un psicoanálisis en diferido: grabará
en unas cintas unas memorias, saltando de tiempo a tiempo, construyendo lo que
para nosotros es lo más significativo de la memoria y lo que ella desearía que
fuera una hagiografía, un tratado sobre la vida de un santo. A lo que asistimos
es a un ejercicio, por parte de la autora, en el que se nos intenta explicar
cómo se construye una mentalidad beata, pero con un tipo de beatitud de otra
época. Estamos frente a una autora muy preocupada por la salud mental, que
utiliza la literatura para añadir un contundente punto de vista que parte de
una pregunta bastante pertinente: ¿qué es el misticismo, en qué consiste,
cuando es una meta, un logro, un horizonte buscado? A lo que lleva esta
pretensión es a creer a pies juntillas en una farsa. Algo que, de una u otra
manera, todos estamos ejerciendo. Lo que nos distingue es el grado, que en este
caso es lo bastante preocupante como para que la protagonista tenga que ser
internada.
Marina
Arrabal nos habla de esta mujer con un lenguaje sencillo, pero nada
burocrático, porque sí nos empuja a entrar al texto, a seguir la lectura con
interés. Crea una estructura en dos etapas temporales, el presente y las
narraciones que contienen las cintas. Esas dos voces no se superponen, porque saltamos
de una a otra con facilidad, sin interrumpir la continuidad del relato. Dulcenombre
es una novela que obedece a una causa a la que merece la pena prestar atención,
tal vez mucha atención. Y es posible que sea el detonante de un proyecto
literario que merecerá la pena seguir.

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