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jueves, 20 de julio de 2017

Los mejores libros de... ¡2005!

Recupero este artículo publicado en Culturas/Tribuna sobre los mejores libros de 2005. Todavía tiene validez. Siguen siendo de lo mejor que uno puede leer.

Al este y bajo el cubrecamas
 


Lo más difícil, a la hora de hurgar entre los demasiados libros que se apilan en las estanterías y mesas de novedades, es deshacerse de esos que hacen de cubrecamas sobre el panorama literario. Para explicar este fenómeno basta un ejemplo muy significativo en estos días: si a un lector medio se le preguntara, hasta hace unas semanas, por la literatura mexicana, en seguida sacaría a colación nombres como Octavio Paz o Carlos Fuentes, los dos escritores emblemáticos que han estado tapando a otros, más grandes que ellos, entre los que se encuentra, cómo no, el magnífico Sergio Pitol. Solo cabe felicitar al jurado del Cervantes, que parece haber vuelto a enderezar el rumbo acertando los dos últimos años, tras unas temporadas en las que manifestó un tino precario.
Pues bien, ese efecto de cubrecamas lo ha ejercido este año, por suerte y a cuentas del cuarto centenario, nuestro Quijote, cuya segunda parte sigue siendo la mejor novela de la historia. Pero se acaba el 2005 y ya uno puede echarse a temblar. Lo que la gente conoce como mundo literario retomará su presencia, y el canon nacional volverá a imponerse al extranjero, dando pie al triunfo de autores a los que uno se ve abocado a leer con el único objetivo de poder participar en ciertas conversaciones sin que le tachen de autista. Disculpen que me ahorre nombres de autores de sombras del aire y de las versiones españolas de códigos secretos.
Y así, sin tener que recurrir a las recuperaciones de autores clásicos, entre las que destaca, por ejemplo La educación del estoico, de Pessoa (El Acantilado), ni siquiera a las de aquellos que permanecieron, inmerecidamente, a la sombra de los clásicos, como W.H. Hudson del que El Acantilado publica su estupenda La tierra purpúrea, ni tampoco a la faceta más desconocida de uno de los grandes, como es el caso de Walter Benjamín en sus Historias y relatos (El Aleph), y sin tener que apostar por valores seguros como Coetzee y su Hombre lento (Mondadori), uno ha podido descubrir un movimiento hacia el este, hacia un mundo tapado por el cubrecamas de la literatura occidental. No es necesario viajar hasta Japón, desde donde nos llegan dos libros interesantes sobre relaciones humanas -¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era!, de Kenzaburo Oé (Seix Barral), y Tokio Blues, de Haruki Murakami (Tusquets)-, para vernos embarcados en la aventura rumana de Ádám Bodor, quien crea un mundo a caballo entre Kafka y el realismo mágico en su excelente La visita del arzobispo (El Acantilado). La editorial Minúscula, meticulosa, discreta y exquisita, nos sacude con la novela autobiográfica de Karoly Pap, Azarel, en la que descubre los males de haber sido niño, posiblemente porque no le cabe otra terapia. Otro húngaro que viene siendo reivindicado por ediciones B, y que no cabe desdeñar, es Dezso Kostolanyi, de quien se nos entrega La cometa dorada. Desde Polonia desembarca Las puertas del paraíso, de Jerzy Andrejewsky (Pre-textos), que retoma la historia de la cruzada de los niños para hablar sobre la intensidad de las relaciones humanas, llevándolas hasta límites insospechados, un libro que disfruta de ser presentado por el mismísimo Sergio Pitol.
Tres recomendaciones más, al margen del interés despertado por Europa del Este, en el que cabe indagar con respeto: la primera es el ensayo Las montañas de la mente, de Robert MacFarlane (Alba), un libro feliz sobre la libertad del aire libre. La segunda la nueva publicación del inclasificable mozambiqueño Mia Couto, Cada hombre es una raza (Alfaguara), capaz de crear metáforas hasta en los espacios entre palabras. Y por último, para aquel que esté interesado en la nueva horneada de autores americanos, esa gente tan al margen del resto del planeta, y que no pueda seguirlos uno a uno, puede echarle un vistazo a Generación quemada, una recopilación de relatos publicada por Siruela, en la que el factor común es el experimentalismo formal y el lenguaje mínimal.




Cuentos completos
Flannery O’Connor
Lumen

Dudo que este año se haya publicado un libro más importante que el que nos trae la obra breve, entera, de la escritora que padeció lupus eritomatoso a la sombra del sur de los Estados Unidos. Una cuidadísima edición permite leer con deleite estos relatos en los que el límite de la realidad y la imaginación funciona como el filo de una cuchilla. Se recomienda no analizarlos, simplemente dejarse arrastrar.


Los zarpazos de la montaña
María Coffey
Desnivel

Se trata de un ensayo extrañísimo. Una persona normal, la propia María Coffey, sin especial preparación periodística ni psicológica, pero armada de una sensibilidad que desnuda a la gente con quien se encuentra, reflexiona acerca de las etapas del duelo. Aquéllos con quienes se encuentra son gente que, al igual que ella, vieron su vida partida por la desaparición de un ser querido en las montañas.


Aquí nos vemos
John Berger
Alfaguara

Siempre deslumbrante, siempre convertido en eso que se conoce como un artista. Para Berger la literatura es la expresión de la inteligencia sentimental. Y en esta ocasión, partiendo desde hechos autobiográficos, nos sorprende con unos textos nómadas sigilosos, tamizados por la memoria de la sabiduría, recordando qué ingredientes condimentaron su persona.


En otro tiempo
Soma Morgenstern
Minúscula

No hace mucho que se ha empezado a recuperar la obra, es decir la memoria, de este autor originario de la Galitzia oriental, pero que construyó su literatura en alemán. Desde su obra maestra, Huida y fin de Joseph Roth (Pre-textos), hasta su reflejo de los tiempos más duros en Huida en Francia (Pre-textos), también publicada este año, pasando por sus recuerdos de infancia y juventud, este escritor produce dependencia.


Zona templada
Jonathan Frazen
Seix Barral

Un tanto agazapado tras los autores norteamericanos consagrados, pero muy valorado por la crítica tras la publicación de una novela tan ambiciosa como extensa, Las correcciones, a Frazen aún le quedaba por demostrar su talento. Y lo consigue en este breve ensayo autobiográfico, en el que consigue decir cosas de mucho más interés, en apenas cuarenta páginas, de las que había dicho en su obra anterior.


Marca de agua
Joseph Brodsky
Siruela


Un libro recuperado por Siruela en una magnífica traducción, nueva, de Menchu Gutiérrez. Marca de agua toma lo más poético de la mirada de su autor, y lo va desgranando en relación a la ciudad de Venecia, a la que visita una y otra vez con el ánimo del hombre que acude al encuentro del destino de los otros hombres, un tipo hipersensible que ha vivido su buena parte de mundo.