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jueves, 13 de julio de 2017

Luz en las grietas

Luz en las grietas
Ricardo Martínez Llorca
Desnivel
Madrid, 2016
176 páginas
Morir con pasión
Teresa Rivas


El propio Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) lo menciona en algún momento del libro: conocer la cercanía de la muerte, ser consciente de que puede suceder, ayuda a ver el mundo como un paisaje y a dejar testimonios breves, pero de una crudeza muy hermosa. El ejemplo que saca a colación es la carta de Oliver Sacks, una especie de guillotina en la que da por liquidado un paso por este mundo, que oculta tantas cosas por las que merece la pena haber vivido. En el caso de Martínez Llorca, esta carta de despedida se ha ido prolongando a lo largo de días, semanas, meses hasta que, una vez ha certificado la función de la despedida, bonita paradoja, culmina las ciento setenta páginas de uno de los libros más inquietantes y poéticos de las últimas décadas. Y no solo en España, sino a nivel mundial.
La importancia capital de esta obra, que nadie debería perderse, engañado por la publicación en una editorial especializada en literatura de montaña, radica en la reconciliación con la literatura de la sinceridad. En una época en la que se confunde la literatura con la literatura, conviene retroceder a las raíces de lo que somos. Eso es lo que supone Luz en las grietas. Nos explicamos mejor. El paraguas bajo el que se cobijan los autores en boga y los emergentes, se llama, por norma Roberto Bolaño. Sebald o Vila Matas, incluso Borges, no andan muy lejos. Todos ellos han vivido a través de la literatura y será con esa materia con la que construyan sus sueños. Los turistas, Hermano de hielo, Los inmortales, todo Nocilla, por poner algunos ejemplos dignos, están construidos con un fuerte armazón de técnicas literarias. Pero quedan lejos del impulso directo, del azote que nos acompaña más allá del libro. El texto no es solo la escritura y la estructura. Ni la prosa. Una obra literaria contiene texto en tanto que representación de la vida. O, como es este caso, de la enfermedad y de la muerte, que es lo que expresa con literalidad. Pero está lleno de fulgores vitales. Y eso es lo que se impone. Al margen de ello, como en las obras anteriores de Martínez Llorca, no hay ni una palabra barata.

Escribir es conjurar a los fantasmas. Toda una vida está presente durante la experiencia de la escritura, si uno es sincero. Eso supondrá saldar cuentas y atreverse a poner el corazón al desnudo. En un caso testimonial, donde la debilidad de un corazón famélico y la soledad que acompaña al narrador, desde la muerte de su mejor hermano, el riesgo es caer en la pornografía sentimental. Martínez Llorca lo evita refugiándose en una musculatura que no permite al lector ser ajeno a la suerte del narrador, que es tanto como decir a su vida. Porque nada de lo que aparece es ficción. Hay, sí, una exteriorización ética, como en la representación del Doctor Jeckyll y Míster Hyde que suponen los dos hermanos, polos opuestos. Pero el libro, tan demoledor como lírico, trata sobre la presencia de la dignidad contra viento y marea, contra los empujones de un físico desprotegido y una ausencia por parte de los padres que no se menciona, pero por eso mismo resulta muy intrigante. Frente al acoso escolar y la defensa del débil, que le supondrá un derribo tras otro, Martínez Llorca nos abre una ventana en cuanto entra en la pasión. La vida sin pasión es menos vida. Y en su caso, tras una infancia forzosamente contemplativa, conoce el verdadero amor en la amistad al aire libre, en los grandes viajes que protagoniza, hasta que se rompe en uno de los episodios que da más temor leer, o en la montaña, donde perdió la vida su mejor hermano y sobrevive a situaciones límite. La literatura como pasión, no podría ser ajena a alguien que nos recuerda que nos olvidamos con frecuencia de lo que somos, sobre todo cuando nos va bien, y se impone. Por eso, porque se impone la literatura más natural, de la que bebió Borges o Bolaño, es por lo que este será uno de los grandes libros en décadas.
Fuente: Quimera