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miércoles, 5 de julio de 2017

América alucinada

América alucinada
Betina González
Tusquets
Barcelona, 2017
252 páginas

En "América alucinada", la escritora Betina González construye una trama cruzada por tres historias, en una ciudad sin nombre, pero no en una ciudad cualquiera. El escenario es un lugar que está al filo del abismo de la extinción, una distopía que casi no pretende serlo, donde el desencanto y la falta de sensibilidad impera. En la novela se impone el lenguaje y el pulso narrativo, terreno en el que Betina González (Buenos Aires, 1972) se mueve como pez en el agua, ya que se trata de una novela de situación o, para ser más precisos, de una novela de atmósfera, por encima de temas como la familia y la desintegración familiar. El filo de la realidad, la furia y el inconformismo se reflejan en esta especie de ciencia ficción en la que se denuncia un sistema que se ha digerido a sí mismo, que ha dejado atrás eso que hoy conocemos como capitalismo pero que en la obra resulta irreconocible.
En la ciudad parecen habitar más ciervos que personas, y las personas que se encuentras son críos y jóvenes reunidos en una suerte de secta, adictos al LSD, o su contrapunto, los habitantes del bosque próximo, que han elegido ser salvajes. El tejido de la ficción enlaza la peripecia de la niña Berenice, presuntamente abandonada por su madre, con la de Vik, un inmigrante que descubre que tiene una intrusa escondida en su casa –“tan pequeña y silenciosa como las arañas”– y la anciana Beryl, una ex hippie que funda un perturbador club de caza para eliminar a los ciervos: “Nunca había mezclado tres historias. Aunque hay una primera persona, también hay un narrador en tercera. Puede parecer una pavada porque yo lo utilizo para escribir cuentos, pero en la novela el narrador en tercera tiene otra complejidad”, comenta Betina en una entrevista sobre esta novela.
El caso de Vik, se trata de una persona extranjera que facilita ver la ciudad con mucha distancia, un espectador al igual que lo es el lector. Miss Beryl es pura metonimia de la vejez rebelde en una sociedad donde los ancianos viven solos, mientras se presta atención a la juventud. Existe un trasfondo surrealista cuando habla de los ancianos, hasta el punto de que la novela toma un aspecto teatral en el mejor sentido: no es la realidad, sino la representación de la realidad lo que impera. Lo cual nos sugiere algo más cierto y terrible. Pero no contenta con ello, Betina se inspira en noticias reales. Da la impresión de haber coleccionado noticas a lo largo del tiempo para encajarlas en el espíritu de la novela. De alguna manera, lo que leemos no es tanto investigación como miedo, tal vez los propios de la autora, tal vez una advertencia. Y esa es la que configura un universo propio, que se desarrolla con una prosa de una facilidad pasmosa, esa que es fruto de mucho trabajo a la par que de mucho talento. De hecho, uno no percibe las exageraciones como tales, a no ser que vuelva a leer cada párrafo. Lo que debería ser una novela fantástica, es un viaje a una realidad posible, porque no cabe otra posibilidad que el horror o la alucinación. Es como si tratáramos con una realidad que vive al otro lado de nuestra puerta, que es nuestro vecino, pero que hemos elegido no prestar atención, una realidad donde los dioses tienen nombre de fármacos y el deterioro está en la juventud, donde los personajes interpretan a sus propios personajes, pero buscan distintas salidas a un problema colectivo. Pero el problema colectivo acaba allí donde termina la ciudad, donde termina la suma de nombres que somos capaces de guardar en la memoria.
La sociedad de este lugar donde se abandonan bebés y se cazan ciervos, donde los ciervos, emblema de la belleza del bosque, son, a su vez, asesinos, es una especie de reprogramación. Betina González ha sido capaz de resetear el mundo, pero sabe que no puede detener su marcha hacia una descomposición o recomposición con aspecto descompuesto. Hasta el punto que hace de ideas convenidas como verdades absolutas, la mayor de ellas el amor incondicional de una madre por sus hijos, una mentira. Y eso es una apuesta valiente. Tan valiente que el colapso ecológico que ha empujado a la situación de la ciudad queda en segundo plano. Como queda el grotesco museo antropológico o la colección de muñecas rotas, o el sexo entre ancianos. Porque América alucinada es una apuesta por el extremo, por la decisión que tenemos que tomar en el último momento, cuando ya no nos queda otra que decidir entre el bien común o el propio. O entre el mal común y el propio. Una apuesta arriesgada. Una novela que funciona como una cirugía sin cloroformo.


Fuente: Culturamas