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domingo, 9 de julio de 2017

El crujido de la seda

Fuente: Quimera

El crujido de la seda
Lilian Elphick
Menoscuarto
Palencia, 2016
75 páginas

Todos los dioses de muchas mitologías, si fueran humanos, a día de hoy estarían en la cárcel. Al menos si vivieran en un país como Suecia. Uno está dispuesto a admitir que Jack el Destripador era un cirujano, o que los personajes del Antiguo Testamento siguen llevando las mismas vestiduras con la ilusión de que sigamos confiando en que con su mito les basta para ganarse los garbanzos. Exhumar las cenizas para hallar la cicuta o el hambre del que murieron cuando eran reales, es una de las costumbres que se ha instalado entre los escritores que frecuentan el microrrelato. Ahora nos llega una antología de la chilena Lilian Elphick (1959), una experta en este tipo de narración en la que el ingenio, en ocasiones, consigue bucear a grandes profundidades.
Elphick recurre con frecuencia a los clásicos, muchas veces mencionados con tal discreción que parecen participar de un carnaval, generalmente de un carnaval de las villas miseria. Pero gracias a ello, alcanza a cualquier lector, desde el intelectual al desenfadado, con diversos niveles de escritura. No es exactamente intertexto lo que practica, es, más bien, una prolongación de la leyenda estirando la goma hasta que está a punto de romperse. Así los relatos quedan tan delgados que algunos parecen aforismos y podemos empeñarnos en descubrir que moral es la que pronuncian, aunque la moral es una fruta del tiempo, y desde el nacimiento de las leyendas a nuestros días las referencias del bien y el mal han cambiado. Como cambia, también, el sexo de los mitos o introduce el psicoanálisis, que es casi tanto como decir el sexo, que es la mayor innovación para ubicar los relatos desde su nacimiento hasta nuestros días. Esa moral que ha cambiado dicta, eso sí, que la pobreza son ropajes que viste la crueldad, síntomas de la maldad del hombre.
Los microrrelatos de la antología se merecen, todos, una segunda lectura, aunque algunos destaquen por encima de los demás, como aquel que da voz a una mortaja, que al fin y al cabo es lo que vive tras la muerte. La misma muerte que cambia a la par que la vida por culpa de un bebé. También incide en varios cuentos en que la idea de que el fantasma es el olvido o en la belleza de la muerte o del suicidio, sobre todo si este se ha comprado para que alguien te ayude en un acto caritativo de eutanasia. Muchas de las leyendas a las que acude sirven para azotarnos con un desengaño, como el unicornio o el cisne, que pertenecen a la época más salvaje de la humanidad, cuya relación con el animal solo tenía un sentido: conseguir comida; o la caperucita roja cuya vida se prolonga más allá de lo necesario, y que ahora, envejecida, apenas se apartaría del callejón donde arrojan los despojos los restaurantes de lujo. La inutilidad de la espera, el exceso de días vividos, conviven con la realidad del tigre mitológico de Borges y de Blake, y el trabajo del olvido al que terminan por entregarse incluso los personajes de El Quijote. En definitiva, ningún relato con menos de dos caras se ha introducido en esta antología de una autora que era imprescindible conocer.