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domingo, 2 de julio de 2017

'Bill de los elefantes' y 'Tierra dorada'

Otra de las experiencias de combinar dos libros de viajes. En este caso, qué grandes. También para Quimera

Bill de los elefantes
J. H. Williams
Traducción de Miguel Ángel Coll Rodríguez
Ediciones del Viento
La Coruña, 2009
309 páginas

Tierra dorada
Norman Lewis
Traducción de Nuria Salinas
Altaïr
Barcelona, 2009
327 páginas


Melancolía de Asia


La actual Myanmar, Birmania, es, posiblemente, uno de los países más hermosos del planeta. Es fácil que cualquier viajero que ponga su pie en él conserve para siempre una melancolía muy dulce, un recuerdo sin aristas de la tierra y de la gente. Y no cesará de maldecir el régimen dictatorial, la siniestra bota militar que aplasta a la población, que condena a gran parte de las etnias del país desde 1962, bien denunciada por Emma Larkin en su libro Historias secretas de Birmania (Altaïr), o por la voz de Aung San Suu Kyi a la que acompañan, en ocasiones, manifestaciones de monjes budistas. Pero antes de que se llegara a esta situación, dos viajeros británicos de distinto orden, uno protagonizando un viaje vertical, J. H. Williams, y el otro aproximándose a la figura del explorador, Norman Lewis, visitaron Birmania para dejar sus impresiones en dos obras a las que merece la pena dedicarles unas horas.
El primero de los dos libros, Bill de los elefantes, relata de forma muy amena, en primera persona, la experiencia de un veterinario militar destinado a Birmania, en el periodo entre guerras y durante la Segunda Guerra Mundial, que durante muchos años se hace cargo de las cuadrillas de elefantes utilizadas en la construcción y la explotación de bosques de teca. El libro se divide en dos partes, relatándose en primer lugar el descubrimiento de estas bestias, el aprendizaje a su lado y la admiración por los oozies, los jinetes de elefantes. En la segunda mitad, el episodio bélico cobra mayor protagonismo, dado que la narración sucede durante los enfrentamientos con el ejército japonés, de modo que los elefantes deben abandonar su integración en un medio ambiente natural para ponerse a disposición de las necesidades en el campo de batalla y, sobre todo, de la salvación de los grupos de refugiados.
Bill de los elefantes está escrito desde la memoria, cuando su protagonista ya ha regresado a su país de origen y tiene la convicción de que el tiempo en Birmania, junto a los elefantes, ha caducado. Es un relato nostálgico, al igual que lo fue Memorias de África, en el que no abundan datos del país o de las gentes que no pertenezcan al plano de la experiencia personal. Pero a diferencia del libro de Isak Dinesen, este posee humor, una forma de mirar que vaticina la de Gerald Durrell, y que se pierde en el relato de episodios trágicos. Williams (1897- 1958) se muestra a sí mismo como un testigo que poco a poco va conquistando su condición de actor, y como un hombre que va aprendiendo a ser un adelantado a los movimientos de defensa del medio ambiente, enfrentándose al maltrato animal y abogando por una explotación sensata del bosque. No para de expresar su aceptación de la naturaleza, donde un estremecimiento muy puro, antiurbano, domina el entorno y a quienes lo habitan. Dota de sentimientos a las bestias, sobre todo a los elefantes pero también a los perros, a quienes atribuye una inteligencia en la que participa el sentido del humor, e incluso encuentra poesía en el amaestramiento al que se somete a los elefantes, pues resulta poética esa forma de entender los juegos que inventan, esa atribución humana que aproxima a los elefantes a la infancia del hombre, y también ese placer en toparse con seres leales o “granujas encantadores”.
Durante buena parte del texto, William se expresa con sencillez y con una inocencia que remite a la literatura juvenil, algo que comparte con el Ruyard Kipling de El libro de la selva,, un escritor que no deja de ser un referente en la obra. Así sucede hasta que el aura festiva da paso a una situación deprimente, de lucha por la supervivencia a causa de una guerra, cuando aparecen los desgarros, las tragedias y las lágrimas, cuando el itinerario inevitable, el del refugiado, toma el sitio de la inmersión en la naturaleza. A pesar de todo, Williams continúan manteniendo el pulso, narrando sin odio ni rencor, pero con lástima humanitaria, heredera de un espíritu colonial que, a modo de telón de fondo, no deja de estar presente en toda la obra. Pero cuando la aventura bélica sustituye a la romántica, el texto pierde algo de su interés. De hecho, en cuanto desaparecen los elefantes de escena y se retratan asuntos de estrategia militar, el texto desfallece, tal vez debido a que con este motivo jamás se ha hecho buena literatura, tal vez debido a que la aventura no es sinónimo de dificultad y hasta entonces lo que se ha mostrado es la aventura de un hombre, una aventura que uno hubiera deseado compartir. Para que el lector pueda imaginarla con más claridad, al texto lo acompañan abundantes fotografías documentales sobre un hermoso mundo en extinción.
Por su parte y al contrario que el inédito Williams, Norman Lewis (1908- 2003) es un escritor de libros de viaje de reconocido prestigio. En España se han publicado varias de sus obras: Un imperio de oriente (Península), Napoles 44 (RBA) o Donde las piedras son dioses (Ediciones B) son algunas de las más significativas, si bien su prestigio se cimentó sobre la defensa de las minorías indígenas. Especialmente encendida fue la que protagonizó refiriéndose a las tribus del Amazonas, que daría pie al nacimiento de la organización Survival, o sus ataques a los páramos culturales que provocaban los misioneros de diversas religiones. Se trata, por otro lado, de uno de los padres de la forma que han adquirido los libros de viajes, de uno de los primeros escritores que se propusieron relatar tanto su viaje como el mapa cultural, histórico y de geografía física y humana del territorio que atravesaban, una senda que siguieron escritores tan notables como Colin Thuborn o William Dalrymple. Por desgracia, buena parte de los acólitos de esta escuela se limitan a mantener las fórmulas, cayendo en textos periodísticos, en ocasiones de un rigor encomiable, pero a los que le falta cierta profundidad humana, quedándose en los registros del trayecto, alejados de la empatía, del humanismo. En este sentido, Lewis se muestra como un maestro. Evita ser el protagonista de la aventura, cediendo ese puesto a los habitantes del lugar. Cuando uno lee a Lewis en su viaje por Birmania, protagonizado tras la Segunda Guerra Mundial, conviviendo así con un viaje a mitad de camino entre el del mochilero y el del explorador, sufriendo los rigores y trances por los que él pasa, no puede dejar de preguntarse por la suerte de los birmanos ya que, a fin de cuentas, la situación del viajero es provisional, pero la de ellos es permanente. Se produce, de esta forma, un cierto extrañamiento que actúa de bisagra mal engrasada entre lo cotidiano de unos y las hazañas del otro.
Para conseguir ese efecto, Lewis se ampara en el gran respeto. Se trata de un humanista que viaja, de alguien dispuesto a descubrir la dignidad en el gesto más pequeño, en la voz de quien no tiene voz. Para remarcar este efecto, a modo de contraste retrata a los visitantes que pasan por Birmania sin que el país cale en ellos con un patetismo entre siniestro y cómico. Y en este contraste es donde se hunde la esencia del libro. Lewis visita un país en reconstrucción o en destrucción, en una situación de conflicto que le podría llevar a la turbadora solución capitalista occidental, al comunismo o a cualquier otra fórmula política que implicara un desastre social: “lo único que queda es evitar como a la peste toda alianza que pudiera conducir al país a quedar aplastado entre las piedras de molino de Oriente y Occidente”, confiesa en sus conclusiones. Su propuesta no es directa, pues Lewis no es un hombre doctrinario; de la lectura de Tierra dorada resulta sencillo discernir una moción para el futuro, una moción que ojalá hubiera tenido cabida en la historia de este país, pues en ella se aboga por la conservación de los lazos de amistad, y se incluye la crítica a cualquier forma de relación en la que no esté presente el respeto. Pues de eso trata este libro, de algo que uno llamaría respeto si esta palabra no se hubiera regalado con tanta facilidad desde los púlpitos religiosos, políticos y mediáticos.