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martes, 18 de julio de 2017

Oficio de Tinieblas

Fuente: Quimera

Oficio de tinieblas
Rosario Castellanos
Libros del silencio
Barcelona, 2009
474 páginas

La maldición de ser indio en Chiapas



Lo opuesto a la inocencia, sugiere Rosario Castellanos a través de esta novela, no es la malicia o la desconfianza, como insinúan los diccionarios de sinónimos, sino lo mezquino. Y para representar esta idea, y hacerlo de manera muy alejada del maniqueísmo, construye un artefacto en el que todas las piezas literarias están muy bien engrasadas: Una obra coral, con estructura encadenada; la indagación psicológica, el diseño geográfico, la crítica social; la capacidad de observación reflejada en el costumbrismo; un lenguaje bien sazonado, la conquista del interés al componer dos tercios de la obra sobre algo que parece que no va a suceder, y, sobre todo, un tema por el que merece la pena comenzar la aventura de una novela o de un motín: la conquista de la dignidad.
Existe un buen dominio de las estrategias narrativas: los eslabones se encajan a través de la presencia repetida de uno u otro personaje, a los que conocemos tanto por sus actitudes y reacciones como mediante la introspección que practica el narrador omnisciente, un narrador que se atiene en buena medida a los escrúpulos, una faceta tan poco explorada como fundamental en el crecimiento del individuo; unos escenarios con funciones definidas, en los que cada lugar de encuentro es un sitio donde tiene lugar un acontecimiento de calado; la presencia de localismos y metáforas a las que recurre sólo cuando es preciso, dando al texto un tono tropical en ocasiones comparable al de García Márquez o Clarice Lispector, que configura la voz exacta que requería el relato, en el que se vaticina un final de sangre.
Y también existe una conciencia de su función como escritora, fácil de comprobar en la diatriba contra hombres y mujeres de casta alta, representados, sin tapujos, como lo más rancio del estrato económico y étnico al que pertenece una autora muy sensible a las vidas de los otros.
Al igual que se refleja en las obras de algunos autores de México, contemporáneos a Castellanos, aunque exista más como telón de fondo que como eje central en las obras de Agustín Yañez o de Mariano Azuela, también preocupados por el sentido que tuvo y tiene en su país la revolución de los humildes, en Oficio de tinieblas se vincula ese deseo de ser digno con la posesión de la tierra, la justicia con la reivindicación de un territorio propio, el que poseían antes de ser vencidos y que siguen trabajando después de la capitulación. En este caso, los subyugados son los indios de Chiapas, de la región de Chamula, un pueblo en el que a fecha de hoy permanece el mestizaje de religiones, la espiritualidad multiplicada, como una de sus principales características culturales. Pero, a diferencia de los otros autores, Castellanos incrementa el sentido de lo marginal, la necesidad de hallar salida a ese sentimiento que expresó Claudio Rodríguez en su verso “estamos en derrota, nunca en doma”, a través de personajes femeninos, seres que estuvieron en la sombra y, dada su doble condición que las aleja de la acción aparente, superan a los hombres en humanidad. De hecho, incluso las mujeres blancas, las esposas o hermanas de los dueños de este mundo, tampoco están en la victoria.
Las virtudes de esta obra son, pues, numerosas. Entre ellas está la explicación de ese temperamento del perdedor, de aquellos que han sido calificados por los colonizadores como bestias o sencillamente torpes, hombres y mujeres que han heredado el peso de los quinientos años en que sus familias fueron exterminadas, esclavizadas, condenadas a la pobreza. Sin embargo, uno abandona esta extensa novela con una sensación de cansancio debido a su carencia: tanto preocuparse por el reflejo documental, conduce a la autora a olvidar el papel de la imaginación; tantas palabras apenas aportan novedades, apenas existe la fabulación ni el delirio, todo lo que sucede ha sucedido millones de veces antes. De ahí que dé pie a sospechar que Oficio de tinieblas tal vez hubiera necesitado una poda para condensar los contenidos y que la novela gane en potencia.