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miércoles, 5 de julio de 2017

El baile de la victoria

El baile de la victoria

Antonio Skármeta

Premio Planeta 2003
Editorial Planeta
Barcelona
Octubre 2003
376 páginas

La ternura del planeta


Si el título de un libro es el rostro con el que se le conoce, podríamos preguntarnos cuál es el doble sentido que parece tener El baile de la victoria: por una parte hemos descubierto que ese baile de la Victoria se corresponde con unos episodios del relato, aquellos en que la adolescente protagonista, a quien gusta que a su nombre –Victoria- se le anteponga el artículo la para hacerlo más contundente y así compensar su frágil imagen, reclama o llora o lucha por su sueño de bailar en un teatro importante una coreografía basada en unos versos de Gabriela Mistral; pero, por otra, hemos de suponer que Skármeta ha pretendido confundirnos con una rúbrica que roza la metáfora política, pues al fin y al cabo nos encontramos en un Chile ya victorioso de la dictadura, que ha dejado una resaca infame, y que está adaptándose a eso que alguien llama democracia, un Chile en que cada persona tiene que luchar por ajustar su pequeña historia a las pretensiones de normalidad, a una calma que debe sobreponerse en lo cotidiano diez años después del final de los episodios sucios y oscuros. Y ese baile interior, en el que el individuo combate por seguir siendo él mismo, fiel a sus sueños que son los que les dan una razón para seguir viviendo (en el caso de Skármeta, fiel a la narrativa pura), roza constantemente con las cicatrices y asperezas con que la crueldad arañó el pasado de los habitantes del país. Porque dado que es imposible dejar de ser nuestra propia memoria, parece sugerir Skármeta, la auténtica victoria pasa por querer superar los desencuentros y ser capaz, por ejemplo, de escribir este libro; es muy probable que esa sea la función de esta novela, sobre todo si tenemos en cuenta que en la obra anterior del autor chileno ya se leían las pequeñas vidas de sus personajes incrustadas en momentos anteriores de la historia de su patria. Baste como ejemplo de este baile y esta victoria aquellos argumentos con que los ladrones se convencen de la bondad de su robo, al estilo Robin Hood, pues la producción del dinero del que piensan apoderarse surgió de alguna manera de las celdas de tortura. Si bien queda declarado y dibujado el escenario de la novela, Santiago de Chile, y el año reciente en que se desarrolla, estos datos se limitan a aparecer aquí y allá, respetando el universo de Skármeta, al igual que se mencionan los mimbres con que se tejió la mitología de la lucha social chilena: Víctor Jara, Violeta Parra, Neruda, el grito “el pueblo unido jamás será vencido”, la Cantata de Santa María de Iquique, y hasta Baltasar Garzón. Da la impresión de que todo esto es parte del mobiliario, porque lo verdaderamente importante es la historia de amor y maduración que tiene lugar entre los dos jóvenes protagonistas.
Para no complicarse la existencia y dejar el trabajo facilito al lector, Skármeta recurre a una estructura lineal y cronológica: comienza presentando a los protagonistas, poniéndolos en la situación que dará lugar a la trama, introduciendo poco a poco a los secundarios que en su mayor parte serán ayudantes del héroe, y recurriendo a capítulos de secuencias paralelas cuando las vidas de los protagonistas no coinciden en escena. Además, la forma de visualizar la acción se aproxima, tal vez en exceso, a lo cinematográfico, de ahí los perfiles de los personajes, tan estereotipados; se diría que Skármeta ha estado pensando en la adaptación de la novela a la gran pantalla, hasta el punto de llegar adjudicar a uno de los protagonistas el rostro de un actor: el ladrón viejo será Federico Luppi. Sin ningún recato, recurre a lugares comunes que sitúan al lector rápidamente frente a unos seres que no tiene necesidad de conocer, porque los reconoce inmediatamente; de ahí subterfugios como el de presentar al asesino acompañado constantemente por perros sarnosos, idea carente de novedad, pero que todos sabemos desde hace tiempo que funciona. Al igual que funcionan esos tópicos de caracterización psicológica, como el que nos encontramos de entrada en el primer capítulo, en el que para significar que el joven protagonista es muy inteligente se le enfrenta a una jugada de ajedrez.
Para continuar con su particular lucha por conseguir una lectura sencilla, con el fin de que nigún lector quede excluido de una pieza como ésta, la mayor parte de la novela está resuelta en diálogos, técnica en la que Skármeta demuestra ser bastante competente: los protagonistas hablan con naturalidad y de forma que ninguna de las frases parece contener información gratuita; las intervenciones son cortas, y cuando se alargan un poco más es para contar a medias algo referido al pasado, unas noticias que el lector irá conociendo y con las que podrá construir las pequeñas historias de cada protagonista; se utiliza una filosofía sentenciosa, de andar por casa; la acción avanza, dado que la situación al final de cada diálogo no es la misma que al principio, y la novela va leyéndose deprisa porque la escasez de acotaciones agiliza el texto. Por otra parte, el recurso al diálogo queda justificado por la proximidad del narrador con los protagonistas, incapaz de despegarse de su piel.
Ahora bien, resulta muy difícil no criticar este planteamiento de la novela, no atacar directamente su línea de flotación: el joven protagonista es un muchacho de veinte años del que conocemos su afición a pasear en soledad junto a la orilla del rio, antes de ser preso, que fue sodomizado por el alcaide de la cárcel y por alguna otra persona, y cuyo padre le odia; a la muchacha, de diecisiete años, la conoce en la calle, y vamos descubriendo que es huérfana de padre, que su madre depresiva no la echa de menos, que es aficionada a visitar cines porno y que ha sido expulsada del liceo; y de Vergara Grey, el ladrón viejo y sabio, se nos dice que está de vuelta de la vida, que lo único que le interesa es recuperar lo que le quitó la cárcel, es decir, su esposa, su hijo y su dinero. Ninguno de los tres tiene verdadera familia, y todos sufren alguna forma de repudio social y vital. La cuestión, entonces, es: ¿alguien podrá creerse que en realidad unos seres así de marcados, sufrientes, muertos de hambre a los que no les queda sino confiarse a sus perrerías o a la buena suerte, entablarían diálogos largos con desconocidos o gente que conocen hace bien poco, conversaciones en las que llegan a introducir confesiones personales, en las que ocasionalmente pugnan por sacar a su contertulio de escena a base de frases brillantes? ¿No temen a cosas como la traición? Mucho me temo que esta historia requiere otra construcción para que resulte verosímil, más pegada a la realidad, que es la forma en que el lector llegará a identificarse con los personajes. Tal y como se presenta, el lector asiste con frecuencia a una obra de teatro, y la diferencia entre leer una novela y una obra de teatro es que mientras que a la primera se le exige ser creíble porque es la realidad misma (afirmación válida incluso para géneros como la ciencia ficción), la obra del teatro no deja de ser una función, una representación de la realidad. Por eso, y por una trama fácil de prever, esta novela que trata sobre la impotencia, sobre la pelea contra la derrota, no produce la tristeza que cabría exigirle, esa que deja al lector con las ganas de seguir luchando por encontrar una razón para vivir cuando cierra el libro.
Es predecible que se achaque a Skármeta, no sin motivo, haber escrito una novela juvenil; los datos son claros: unos secundarios de buen corazón, nobles dentro de su miseria, que terminarán ayudando por lealtad; un asesino que se vende, en una referencia a la traición de Judas, por treinta días de libertad que le suponen poder echar treinta canas al aire (hay que ver cómo está degenerando el mal); una trama que no carece de agujeros como la velocidad con que la protagonista enferma y se recupera; golpes de efecto tan adolescentes como el contraste entre el amor a la poesía demostrado por la chica (con el que no se puede estar más de acuerdo), y la consiguiente secuencia en una sala X en lo que sin duda es el momento más intenso de la novela; una maduración, producto de la cercanía de la muerte, que lleva al muchacho a cambiar su concepto de dignidad, de la venganza pasa al perdón; los golpes de efecto con que pretende cerrar cada uno de los cincuenta capítulos; la búsqueda final de una lágrima fácil; un estilo que por evitar lo críptico cae en su contrario, lo evidente... Todo junto supone que el autor nos esté pidiendo un acto de fe en la consistencia de su narrativa propio de un lector inexperto. Y ése es el defecto de la literatura llamada, peyorativamente, juvenil.
Eso sí, Skármeta escribe con una sonrisa, y trata a sus personajes con toda la ternura del mundo.

Publicado en Lateral