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martes, 18 de julio de 2017

Sueños árticos

Sueños árticos
Barrry López
Traducción de Mireia Bofill
Capitán Swing
Madrid, 2017
536 páginas

Sueños árticos pertenece al género de libros que no se merecen una reseña: se merecen una introducción de Robert MacFarlane. Porque más que literatura pertenece al género naturaleza, y en concreto a historia de la naturaleza. Superadas varias décadas de su edición original, su valía se equipara a la de los documentales de Jaques Costeau, por ejemplo. Vistos a día de hoy, tal vez resulten un poco envejecidos. Pero son el tipo de emociones que uno vivió con intensidad, cuando no había Candy Crash cerca para distraernos si entrábamos en la naturaleza por la televisión o a través de un libro. Como género literario, su mayor valor es la sinceridad o, lo que resulta muy parecido, la ternura. Sin este tipo de obras no habrían existido las películas espectaculares que narran la epopeya de los pingüinos emperador, por ejemplo. Porque gracias a Barry López (Chester, 1945) y a Félix Rodríguez de la Fuente, muchos fueron los que entendieron el valor terapéutico de la naturaleza: nosotros también somos naturaleza y es en ella donde nos reconocemos.
No vamos a negar que desde 1980 hasta la actualidad los sueños árticos científicos han evolucionado haciendo de este volumen un acierto con fecha de caducidad. Pero para eso existen los apéndices y las labores de los editores, que como es frecuente en Capitán Swing, parece que no saben fallar. Ahora bien, ¿qué tiene de especial la naturaleza del Ártico, un lugar de hielo flotando sobre mar, para que Barry López le preste una atención merecida? Este libro responde a la curiosidad propia de los niños: “la influencia del paisaje ártico sobre la imaginación humana, de qué forma altera el deseo de hacer uso de un territorio nuestra valoración del mismo, y cómo reacciona nuestro sentido de la riqueza cuando nos encontramos frente a un territorio desconocido”. Lo dicho: la curiosidad de un niño. En este caso, el niño es casi toda la raza humana que, de repente, cuando todo está cartografiado, reconoce que hay millones de kilómetros cuadrados de los que no sabemos nada. Y allí puede albergarse el terror o, por qué no, el paraíso. Con el trato que da Barry López a la antropología, la zoología, la geomorfología del Ártico, la tentación es a desear que sea el paraíso. MacFarlane apunta en su introducción a la observación lírica, a la cultura, a la filosofía. Se olvida de resumir todos esos conceptos en poesía. Poesía, sí, pero con una literatura de precisión. De existir espirales, no serán giros lingüísticos, serán fenomenológicos o filosóficos.

Pero para evolucionar hasta allí, en esta época en que viajar es una maldición que se ha trasladado a las redes, Barry López necesitó conocer de primera mano el lugar. Frecuentarlo, como frecuenta MacFarlane el olmo próximo a su casa en Inglaterra para ver trepar las hormigas por las ramas. Barry López atiende a los detalles, pero no olvida la visión periférica. Es increíble la versatilidad que posee a la hora de asociar ideas o experiencias. Siempre pensando en que la estética y la ética son sinónimos, porque la forma de observar es moral o no es observar, es un mero registro. De esta forma es como uno consigue empatizar con un lugar, aunque se trate del menos apto para la vida humana. No podemos alejarnos mucho de sus antecesores: Thoreau, Emerson, Muir, Melville… pero también, a juicio de MacFarlane, Steinbeck, porque los destinos de la naturaleza y la humanidad son inseparables. También pensamos en Mathiessen, en Edward Wilson, en Snyder. En todo lo que sea sabiduría comprometida, identidad humana, riqueza de la imaginación, fuerza ética y paisaje. Mucho paisaje.