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viernes, 9 de febrero de 2018

LOS TURISTAS


Los turistas
Jorge Carrión
Galaxia Gutenberg
Barcelona, 2015
212 páginas



La literatura es una cosa seria. O tal vez no. La vida debe de ser, también, una cosa muy seria, tal y como se empeñan algunos en el placer de cada segundo. En este caso, si la vida es seria es por el tozudo empeño de la gente, por confundir el hedonismo con el alma, no porque renieguen de las risas. El humor es una cosa seria. O tal vez no. ¿Y lo es el sexo? La literatura, la vida, el humor, el sexo. Viajar debe de ser algo muy serio para aquellos que se empeñan en definir sus desplazamientos, más o menos sofisticados, como un viaje, rechazando el sustantivo turismo como la realidad de su actuación. ¿Debe ser serio viajar? ¿Debe ser serio hacer turismo? Tal vez no. Pero cuando uno se pone a escribir sobre todas estas cosas, amparándose en el paraguas de una indagación más o menos ética, más o menos estética sobre la identidad, obtiene como resultado una cosa seria. O una cosa comprometida. O, para ser más concretos, un proyecto literario que se asemeja más a Juan Goytisolo, sin intención de ocultarlo, que a Nigel Barley. Y a la hora de la verdad, uno no sabe en cuál de los dos existe más literatura, si en el que se empeña en ponerla sobre el tapete inventándose una nueva modalidad de póker, o en el que nos divulga con buen humor sus anécdotas, haciéndonos pasar un buen rato y dejándonos con el sabor de cosa seria que existe al otro lado del mundo.
Esta novela, Los turistas, de Jorge Carrión (Barcelona, 1976), entra directamente en la consideración de la literatura como algo serio. Lo cual no es ningún reproche. De hecho, la novela se cimenta en tres pilares y un cuarto que no se descubre hasta el final, pero que atraviesa toda la obra. El primero son las descripciones de un turista adinerado; fundamentalmente construidas a base de montar palabras sobre palabras, detalles sobre detalles, pero que no son gratuitos: presta atención al mundo que para sí construye, hedonista y vacío y está lleno de humor. El segundo es la sensación de paisaje después de la batalla, la impresión de que ya no queda nada más que moverse para justificar el propio movimiento; y si uno no se mueve está muerto. Hay, pues, una sensación de derrota confesa desde el principio. El tercero es la presunción de la parte de ingenio que forma alguna circunvolución cerebral; como prueba el efecto cascada de la prosa en el que los aciertos se suceden a los aciertos con riesgo de producir cansancio, momento en el que Carrión cambia de párrafo. Y por último está una tirantez sexual que obligará a la relectura mental de la obra al finalizar las doscientas páginas.
El periplo de un viajero con un bolsillo sin fondo, siguiendo en una suerte de extrañamiento a una anciana, nos guía por lugares comunes que Carrión aprovecha durante la primera parte de la obra para dar cuenta de que la obsesión por el escrutinio sirve para mantener al lector atento. En un interludio, Carrión nos ofrece un malabarismo, un ejercicio de estilo en forma de poesía que comienza en tono de canto gregoriano para terminar en verso libre, un periplo que abarca los lenguajes de todos estos siglos sin que apenas percibamos las transiciones, protagonizado en primera persona por un inmortal. En la tercera parte, los diálogos, por los que tanto ha demostrado debilidad en sus ensayos sobre series de televisión y guiones cinematográficos, ocupan más espacio. El viajero se ha detenido en Egipto, un país que es oriental y occidental, moderno y antiguo, exótico y sobreexplotado pero convincente para el turismo que tiene un tanto de gremial: si vas a la Habana tienes que practicar el sexo, y si vas al Mar Rojo debes iniciarte en el submarinismo. Dicho de otra manera, el turismo no es que sea una vulgaridad, es, sencillamente, el descanso para hombres sin rostro. De ahí esa necesidad de entablar conversaciones entre gente de variado pelaje, con la identidad como telón de fondo. Sea lo que sea la identidad.
Hay en esta novela una cierta manía de tender a psicologizarlo todo a través de la textura. Incluida la tensión sexual. Se impone la cuestión de si lo efímero puede ser profundo. Una conclusión acerca de las formas y fórmulas estructurales y temporales, de uso lingüístico y juegos sintácticos no habituales, que al convertirse en una prioridad roban un poco el alma de los libros. Uno no se imagina a Tolstoi ni a Kafka tratando de explorar esos territorios de la escritura, y sin embargo la literatura universal no es la misma sin ellos: Anna Karénina es un ladrillo del muro de cimentación de la literatura, si lo robamos, ésta se viene abajo. Jorge Carrión se encuentra ahora mismo ahí, al filo de conseguir que entre el alma en sus textos. Quienes le han seguido podrán comprobar cómo poco a poco ha ido cambiando para ser más humano que divino. La ventaja con la que juega como escritor es que le queda camino por recorrer, y eso es una buena motivación. Por ahora solo cabe recomendar que no dejen de seguir a este autor, o que comiencen a leerle por este Los turistas.

Fuente: La línea del horizonte