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sábado, 24 de febrero de 2018

PURA VIDA


Lho Gyelo. La victoria de los dioses


-En la vida sólo hay una cosa que de verdad importa: querer y ser querido.
De este modo, anulando el sentido de la conjunción, se expresaba alguien sentado en la terraza de una cafetería. De repente, querer y ser querido se introduce en el corazón como un único espectro. Deja de existir la división direccional, que tan convencionalmente aceptamos, la que forja la razón, porque el poder del cerebro es demasiado pequeño para aceptar las verdades demasiado sencillas. No hay diferencia entre querer y ser querido, pues el enamoramiento se parece más a un aura que a una flecha, a pesar del pequeño dios griego.
-No hay mayor acto de amor que dar la vida por un amigo.
Esta vez, la frase no proviene de un desconocido, si no de Don Bowie, el alpinista americano que colabora en el intento de rescate de Iñaki Ochoa de Olza. Él es uno de los responsables de que descubramos que la amistad, la amistad más creíble, es un enamoramiento. Como lo es hacer de las montañas la verdadera patria, en palabras del kazajo Denis Urubko, que podemos escuchar en otro momento de esa gran película que es Pura vida.
Envuelta en el hojaldre de la amistad, Pura vida nos acerca a las personas que hay dentro del grupo de rescate tan cosmopolita que actúo al límite de lo humano, superando riesgos extremos gracias al arma de la ternura: al suizo Ueli Steck, para quien no cabe rendirse; al médico polaco Robert  Szymczak, que iguala la pasión por las montañas con la pasión por la música; al ruso Alexei Bolotov, que es lo más semejante al retrato del ogro bueno que uno ha encontrado en mucho tiempo; a la canadiense Nancy Morin, capaz de la acrobacia mayor que puede hacer el ser humano: saltar por encima de sus lágrimas; a los rumanos Alex Gavan y Mihnea Radulescu, al veterano Sergei Bogomolov; a los nepalíes Nima Nuru y Mingma Dorji. Pero, sobre todo, a Horia Colibasanu, el último amigo de Iñaki, alguien a quien la amistad, a quien querer y ser querido, ese acto único, le permite protagonizar uno de los episodios de supervivencia que más han conmovido nuestros cimientos.
Olvidándose de intentar explicar esa hambre desordenada por las montañas, representada en el deseo de Himalaya, los responsables de Pura vida consiguen reflejar ese entusiasmo mejor de lo que nadie lo había hecho hasta la fecha. Porque no se empeñan en describir algo que ningún gramo de ninguna ciencia puede descifrar. Porque la verdad es algo demasiado inmenso para los límites de la filosofía o del lenguaje, para las capacidades de la mente. Porque lo que de verdad importa es querer y ser querido.
De ahí que merezca tanto la pena ir a ver esta película. Pura vida es un documental sencillo, hermoso y muy optimista. Es un canto a la vida, tal y como debe serlo una auténtica elegía. Es un acto de armonía recién nacida. Es una cesión del cetro que dirige nuestros días y nuestras noches a la única regla que debería orientar nuestros pasos: es un canto, tal vez el canto definitivo, a la amistad.

Fuente: La línea del horizonte