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jueves, 8 de febrero de 2018

LOS INDÓMITOS DE LA MONTAÑA


Los indómitos de la montaña
Dino Buzzati
Traducción de Amélia Pérez de Villar
Gallo Nero
Madrid, 2016
323 páginas



Ahora vivimos un tiempo de puertas blindadas. Cuanto más compleja es la contraseña, mayor es el alivio. Hemos llegado a ponerle puertas con muchos cerrojos a algo que no existe, como son las comunicaciones a través de ondas que ni siquiera hacen vibrar el aire. Esa intuición del absurdo llenó bastantes páginas de la literatura del siglo XX. Tal vez no fueran las mejores, pero seguramente sí las más importantes. Dino Buzzati (Belluno, 1906 – Milán, 1972) perteneció a la estirpe de los observadores, esos que hoy llamamos visionarios, una vez que sus metáforas se transformaron en nuestra realidad. Todos vivimos en una fortaleza Bastiani, como el protagonista de El desierto de los bárbaros, a la espera de un hecho que nos moriremos sin que haya tenido lugar. Pero existe otro Buzzati más allá del de sus novelas y el de alguno de los mejores relatos de la historia. Existe un Buzzati que tenía que ganarse las lentejas.
Buzzati colaboró con varios medios periodísticos en las páginas deportivas, y una de sus especialidades tuvo que ver con la montaña. Acérrimo defensor de los duros guías alpinos, de las grandes conquistas del Himalaya, reclamaba la sinceridad de ir en pos de, la sinceridad de la llamada de esos valores que atribuía a la montaña y que resultaban excesivos para su energía: la potencia, la seguridad, la energía moral, la lucha y la felicidad de no tener miedo. En sus crónicas, que comienzan por una recopilación de elegías, se destila la admiración por el último reducto de la aventura. Las montañas son un lugar donde belleza y fuerza son sinónimos, son la misma virtud. Aun reconociendo que se trata de montañas de la mente, que todo lo que a ellas atribuimos es pura proyección, no se cansa de repetir que llegar a la cima nos hace mejores. Lo que carece de relevancia es que la historia de cada escalada sea grande o pequeña. Pero sí resulta doloroso el ver la culpa que siente quien ha sobrevivido a una catástrofe en la montaña, como expone a través de uno de los más grandes: Walter Bonatti.
“Los hombres de la montaña, cuando bajan al llano, resultan en cierto modo algo aplanados, reducidos, incluso menos bellos”, dice o se interroga. Porque la explicación que encuentra para que alguien se dedique a la montaña es la moraleja del cuento del escorpión y la rana. Esa es su naturaleza. Por su parte, Buzzati aporta la nostalgia por las cosas que no ha conocido, el lamento, la no aceptación a pesar de la senectud. Mientras tanto se ha doblado en esfuerzos para igualar con el lenguaje a los paisajes, para evocar con la memoria, para enunciar con la mirada, para dialogar con las cumbres, para soñarlas, para adjetivar la palabra fascinación, para intentar hacer literatura con las crónicas, hasta rendirse ante los límites del lenguaje verbal. Los reportajes sobre la primera coronación del K2 son la mejor muestra de ello.
Pero no cabe rendición, ni siquiera en la redacción más práctica. De ahí la sorpresa que atrapa al lector, como si saliera de un pozo para volar en el mismo impulso hacia las nubes, a la hora de leer los ocho cuentos finales. Aquí tenemos a Buzzati en pleno esplendor. Ese primo de Kafka pero más humano que el autor checo, más a pie de calle, más creíble y por tanto más difícil. Este que consigue que parezca posible que un etéreo poder burocrático prohíba las montañas, escenario simbólico de la libertad. O que transforma en relato la ilusión del último suspiro. O concibe como nadie la imposibilidad de terminar un duelo cuando la muerte ha sido épica y romántica. Incluso se atreve a cuestionar a las montañas como dioses y las atribuye el valor de la fragilidad, o que sabe, como si fuera el único consciente de ello, que si las montañas pueden esconder un Shangri-La, también pueden ocultar su contrario. En definitiva, ese maestro.

Fuente: La línea del horizonte

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