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lunes, 5 de febrero de 2018

LA VIDA SECRETA DE LAS CIUDADES

La vida secreta de las ciudades
Suketu Mehta
Traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House
Barcelona, 2017
140 páginas



Cuenta, hacia el final de esta reflexión que nadie debería perderse, Suketu Mehta (Calcuta, 1963) que durante las inundaciones que tuvieron lugar en Bombay hace unos años, la gente cooperó para salvarse unos a otros. A la par, coteja la situación con el Nueva Orleans durante y después del Katrina, arrasado por hordas de delincuentes. La situación se asemeja al gran apagón de Nueva York, en el que se produjeron miles de actos de vandalismo y hasta demasiadas violaciones, en tanto que, durante el gran apagón del Cairo, la gente permaneció en calma. La actitud de los habitantes de Bombay o del Cairo nos recuerda a los principios de cooperación y moral que, recientemente, Sebastian Junger defendía como los que definen una tribu. En Bombay la gente se comportó como miembros de una tribu, en tanto que en Nueva Orleans como ciudadanos de un estado. Los habitantes de Nueva Orleans esperaban que el estado viniera a solucionarles los problemas, en tanto que los indios sabían que o confiaban en el vecino, o eran víctimas seguras del terror de los fenómenos naturales. Dicho de otro modo, en una ciudad en la que hasta hace bien poco las castas dividían en horizontal a la gente, en una ciudad de más de veinte millones de habitantes, todavía existe el concepto tribu. Ese es el que hace que Mehta sea un habitante de dos ciudades: Nueva York y Bombay.
Pero antes nos ha llenado la ciudad con pequeñas historias. En primer lugar con las vidas de los nuevos habitantes, que son los que han construido las urbes tan desproporcionadas. Y estos son, a la fuerza, inmigrantes. El que migra está sujeto al engaño. Así pues, la mentira es parte fundacional de la ciudad. O al menos de la ciudad impresionista, frente a la ciudad estadística. Mehta habla de los escribientes que en Bombay sirven a los inmigrantes analfabetos para dirigir cartas a sus familias. Los clientes son prostitutas, por ejemplo, que crean personajes de teleoperadoras. El anonimato de la ciudad les permite inventar el personaje. Pero en la ciudad también viven teleoperadoras, con lo cual coexisten dos ciudades, la de la ley y la ilegal. Mehta sostiene que quienes evaden, violan o sortean la ley llevan la delantera. Al fin y al cabo, la ciudad se ha asociado al pecado con mucha frecuencia. Tanta como lo rural al recuerdo. Pero las prostitutas o los que limpian alcantarillas, siguen luchando por alcanzar las promesas de la ciudad, que son su relato y su ruptura de tabúes.
Mehta se detiene en el fenómeno de la migración a la ciudad y su afección sobre el mundo. Dado que la mayoría de los migrantes actuales son mujeres, el planeta se está llenando de niños huérfanos. Y se pregunta cómo se recompone el migrante del desplazamiento, si es que esta reinvención es posible. Es entonces cuando recurre a la literatura. Si algo explica a las ciudades mejor que la estadística, es la novela y las complejidades morales de la novela. El escritor atiende al choque de civilizaciones, a la política comercial y a los asuntos amorosos o la canción preferida del personaje. Y elige un paradigma de ciudad repleta de conflictos, que son las ciudades brasileñas, donde la delincuencia está a la orden del día, hasta el punto de que si no es por ella, por los cabecillas de las delincuencia, la ciudad caería en el desorden.

Pero la ciudad, o al menos la ciudad que cada uno de nosotros concibe, es en realidad la gente. O la ausencia de gente. De hecho, a su juicio, las ciudades que lideran el estado de bienestar -Canberra, Ginebra, Calgary- son mortalmente aburridas. Carecen de inmigrantes, de pobres que cooperarán en caso de que un fenómeno natural les lleve a la ruina. Incluso carecen de la exclusión por exceso de éxito, algo que puede suceder en Nueva York, donde el parque de viviendas de la zona de moda se dispara en el mercado inmobiliario. Con todas estas premisas sobre la mesa, Mehta explica la razón que le ha llevado a convertirse en lo que él denomina como un interlocal: alguien que vive entre dos ciudades: Nueva York y Bombay. Porque vivir siempre en Luxemburgo, sin ir más lejos, debe ser mortalmente aburrido.

Fuente: La línea del horizonte