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lunes, 5 de febrero de 2018

LA VOZ DEL HIELO

La voz del hielo
Simone Moro
Traducción de Rosa Fernández Arroyo
Desnivel
Madrid, 2015
192 páginas




“Lo imposible es sólo una excusa para rendirse”.
El universo es un silencio de infinitas piedras pómez corriendo por un espacio oscuro y salteado por infinitas galaxias, y por estrellas suficientes como para destilar mil mitologías. En su esencia, el universo, como la vida, es vacío. Y el que uno atribuya que algún tipo de sentimiento puede encontrarse en el corazón de algo que no tiene centro, no deja de ser una sugestión a través de la que considera que ha encontrado la esencia de la felicidad. De la misma manera, puede atribuirle a una cucaracha o a un lagarto la culpa de su desdicha. Salpicando los miles de millones de metros cúbicos del espacio, en el que no existen ni siquiera moléculas suficientes como para transmitir un rumor, unos grupos de átomos fósiles adornan el territorio. Y sobre uno de esos grupos de un color azul, por azar, los átomos desarrollaron unos seres bioquímicos. Estos seres se lanzaron a la conquista de la superficie del planeta al que llamaron Tierra. Un día los seres bioquímicos inventaron el cine y gracias a él los nuevos mitos, como el Salvaje Oeste, en el que descubrimos que detrás de los conquistadores llegaban los predicadores asustándonos con libros como la Biblia. Las películas del oeste resumen así lo que ha sido la historia del hombre.
El que primero que llegaba a un territorio no habitado, se hacía con un título de propiedad. Y después despejaba el territorio de lagartijas para que no le interrumpieran mientras se convencía de que estaba haciendo historia. Pero para transmitir esa hazaña precisaba del predicador, dado que él era un perfecto analfabeto. Entonces comenzaba dictando al predicador sus méritos, para que redactara algo que a lo que más se parecía era a un libro de autoayuda: “si yo he podido conquistar mi sueño, todo el mundo puede”. El problema es que un enfermo con marcapasos, por más que se empeñe el colonizador, o Simone Moro (Bérgamo, 1967), no puede ni siquiera pasar por el arco de seguridad de un aeropuerto, y jamás podrá subir al K-2, por mucho que éste sea su deseo. Por tanto dirá que ese sueño es imposible y renunciará a él. Lo cual no es una rendición.
Simone Moro es bastante claro a la hora de especificar que ese ha sido el mensaje que pretendía transmitir en su libro La voz del hielo, cuya lectura lleva, sin embargo, a otras reflexiones mucho más interesantes. Por ejemplo, la necesidad de que por fin alguien escriba el equivalente a Moby Dick en la literatura del mar, situando la acción en las montañas. Gracias a Melville, a Conrad, a Stevenson, y a que el mar no es sólo una masa de agua, también son las costas y las islas, y los espacios desconocidos donde habitan los monstruos, se puede hablar de una literatura del mar. Para hablar de una literatura de la montaña debemos olvidarnos de la novela y el relato. Debemos prestar atención a la crónica, donde Joe Simpson o el mismísimo Messner, entre otros, supieron darle una potencia de la que carecen la mayor parte de los diarios de los navegantes. Simone Moro aporta sus páginas a esa leyenda. Privado de la pegada que tienen otros autores, la voz de Simone Moro, más lineal, si consigue atrapar al lector no es por sus méritos literarios, sino por llevarnos de la mano a las más exigentes de las expediciones invernales. Lo cual es más que suficiente para quienes pretenden admirar ese arrojo sin sentir envidia, para los incondicionales de la montaña que encontrarán aquí unas buenas horas para pasar el próximo fin de semana, dado que los hombres del tiempo vaticinan tormenta.
Pero el interés no se detiene ahí. También se encuentra en la indagación que él mismo, acaso sin darse cuenta, nos propone sobre quién es Simone Moro. No conviene certificar ninguna conclusión, pero sí proponer el juego al lector de ir recreando el carisma del alpinista italiano: tal vez polémico, tal vez invulnerable, tal vez maniqueo, tal vez rencoroso, tal vez enamorado, tal vez prudente, tal vez leal. Él es, sin duda, uno de los grandes, y lo sabe. De ahí que merezca la pena seguirle para conocerle.
Y, finalmente, queda en el aire la impresión de si, al margen de la sentencia con que concluye el libro -“lo imposible es sólo una excusa para rendirse”-, que aparenta tomar el rábano por las hojas, queda el debate sobre el éxito y el fracaso. Una serie de circunstancias éticas que también perseguían a los conquistadores del oeste, reflejadas en las advertencias del predicador o en la dignidad de John Wayne. Una dignidad que Simone Moro emula cuando se refiere a sus compañeros de cuerda. Porque la reflexión moral a la que uno puede someterse tras leer este libro, tiene que ver con el éxito y con el fracaso. El éxito parece ser, precisamente, éste: tener un compañero de cuerda.
Por último, comentar que uno le pediría a Simone Moro para una próxima entrega de sus trepadas un par de cosas. La primera que no renuncie al apoyo de un prosista contundente. Y la segunda es que, por favor, no obligue al lector a pasar tanto frío.

 Fuente: La línea del horizonte