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jueves, 8 de febrero de 2018

LOS MUCHACHOS DEL ZINC


Los muchachos de Zinc
Svetlana Alexiévich
Traducción de Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González
Debate
Barcelona, 2016
330 páginas


Reseñar un libro de Svletana Alexiévich (Bielorrusia, 1948) es casi imposible: no sobra ni una sola palabra. Nada es calderilla. De hecho, parece apartarse para dejar paso a las voces de la gente con la que se encuentra y, sin embargo, la consistencia y la unidad del volumen es de la dureza de un pilar de hormigón. Los muchachos de zinc debe su título al metal con el que forraban los ataúdes en que repatriaban a los muertos en Afganistán, durante los años en que la Unión Soviética invadió el país y mantuvo una guerra contra los resistentes. Y debe su razón de ser a un proyecto que no concluye con su obra anterior La guerra no tiene rostro de mujer, dado que la barbarie tiene que seguir siendo denunciada. En esta ocasión, Alexiévich recorre el país para encontrarse con supervivientes y con las madres de los muertos en combate. Y el resultado es atronador. Ahí está esa madre que aparece al principio del libro, a la que le devuelven un hijo con la mutilación en el alma, que asesinó a alguien con un cuchillo al regresar y fue juzgado. La madre reclama que se juzgue a quienes le enseñaron a matar y confiesa envidiar a las madres a las que les devolvieron un hijo sin piernas. Porque su hijo la odia cuando se emborracha y arremete contra ella como un animal. Porque tiene que pagarle prostitutas para que no se vuelva loco e incluso hacer el amor con él para evitar que salte desde un décimo piso.
Es difícil encontrar un pasaje más ensordecedor en la historia de la literatura.
Intrigada por el oscurantismo que existió en su país sobre aquella guerra, y tras viajar a Afganistán para reconocer un poco el terreno, Alexiévich comienza con unas reflexiones propias sobre lo que supone una guerra. La locura de la que se nutre esos párrafos la lleva a ser fragmentaria, espontánea, y a llegar a la conclusión de que la guerra en realidad es algo que no existe, es una abstracción para saltarnos lo que deberíamos llamar de una forma más verosímil como hombres y mujeres muy jodidos. El resto es propaganda y en la propaganda va oculto el mensaje de odio. Lo que nos han vendido como patria es un concepto geográfico militar. A la hora de la verdad, quien regresa de la guerra ha perdido cualquier forma de patria, desde la que vendió la propaganda a la de la amistad, la infancia o la familia. Los supervivientes que nos muestra Alexiévich son no muertos, zombies. Hasta el punto que se cuestiona cuál es la utilidad del olvido, el respeto que merecen los silencios de quienes prefieren no contaminar narrando nada de lo que vivieron, porque recordar equivale a meter la mano en el mismo fuego. O, como en el caso de las madres, a combatir la guerra en la que murieron sus hijos después de que ellos combatieran en las trincheras.
Los libros de Alexiévich tratan sobre otra forma de nostalgia, dado que tratan sobre la memoria. El hombre desubicado, sin raíz, sin lugar, es un hombre para quien la pregunta “¿para qué la vida?” se le queda fuera de la memoria o del razonamiento. Fuera de la sensibilidad. Porque ese es el tema real de Los muchachos de zinc, la lucha por no perder la sensibilidad. La lucha por no deshumanizarse. De ahí este mosaico de soledades que nos dejan sordo, mientras escuchamos a los protagonistas que intentan explicarse el porqué, pero que solo encuentran la posibilidad de relatar con desgarro. Saben cómo les ven los demás, con las bocas llenas de sangre, y el riesgo que supone ponerse a hablar en esas condiciones. Como confiesa un superviviente.
Las páginas finales del libro están dedicadas a los pleitos que Alexiévich tuvo que soportar por la publicación de estos testimonios, y constituyen una defensa de su trabajo narrativo documental, de su trabajo literario. Porque eso es lo que Alexiévich hace: literatura elevada a la mayor temperatura que permite la fiebre humana.

Fuente: La línea del horizonte