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martes, 27 de febrero de 2018

SIN BLANCA EN PARÍS Y LONDRES


Sin blanca en París y Londres
George Orwell
Traducción de Miguel Temprano García
Debate
Barcelona, 2015
223 páginas



Porque la caridad da carta de naturaleza a la pobreza. Porque la caridad nos hace sentirnos buenas personas porque creemos que una dádiva y otra y otra saca a alguien del arroyo. Porque la caridad invita a apartar conceptos como justicia sustituyéndolos por la falsa generosidad del donativo. Porque es uno de los pilares sobre los que se sostiene el orden de un mundo que se ha caído a pedazos y alguien se molesta en convencernos de que esos pedazos tan mal repartidos son necesarios para evitar que nadie toque lo mío no vaya a ser que me llegue el olor a podrido. Porque qué haríamos si no fuera necesaria la caridad para creernos buena gente: ¿dejaría de verse también como una virtud la fe o la esperanza? El mito de Pandora dicta que cerró la caja cuando ya se habían escapado de ella todos los males para esparcirse por el mundo. Y que lo único que no tuvo tiempo de salir fue la esperanza. Tal vez porque era el mal más soterrado y nos empeñamos en verlo como la parte que nos completa cuando sería mucho mejor, tal vez, arrancar la esperanza y sustituir ese cimiento por la dignidad. La caridad sin dignidad no es noble.
¿Qué ideología puede pues tener quién ha vivido en el arroyo?
Sin blanca en París y Londres explica el origen de la que a lo largo de su vida sostuvo George Orwell. El libro comienza con una cáfila de chinches estampadas en el papel de la pared y una bronca entre vecinos como música de fondo. Y esa es la constante en la que vivió George Orwell durante los años de juventud. Entre la basura, entre los pendencieros, en un relato que deja al realismo social en bebés de denuncias. Escrito años después, a partir de los diarios que escribió en esa época, consciente de que ser cronista significa escribir de un modo tan sencillo que da envidia, este libro, demoledor, explícito, contundente, nos lleva al arroyo. Y Orwell trata de reconciliarse con ese arroyo: evita ser directamente escabroso, pero lo escabroso se intuye.
Su paso por París es un relato coral en el que la pobreza hace cabal que no exista ninguna ley. Cada personaje tiene su novela, pero Orwell elige el coro para que resuenen más en las bóvedas del cráneo de los lectores. La picaresca carece de atributos; no hay adjetivos para descifrar los acontecimientos que provocan los protagonistas con tal de sobrevivir. Un ejemplo gráfico es el de ese ruso que cuando sale a buscar trabajo tiñe con betún la piel que asoma por los rotos de los calcetines. Los empleadores y los cargos que estafan al pobre son miserables. El sistema de castas que describe en las labores que tienen que hacer, como por ejemplo en los hoteles, es idéntico al de la esclavitud y se cimenta en el miedo a la plebe. Ni siquiera hay un átomo de caridad en su experiencia, y sí mucha, muchísima hambre.
Después de ese viaje a París, que comienza a relatarnos in media res, Orwell regresa a Londres. Si creíamos que los siguientes meses serían menos duros nos equivocábamos. Porque ahora ya no está en el mundo de los pendencieros o los esclavos. Ahora se ve abocado a ser un sin techo y, dadas las leyes británicas, no puede dormir dos noches seguidas en el mismo sitio, lo cual le obliga a moverse, a viajar de barrio a barrio. De hecho, no puede ni siquiera sentarse en la acera sin ser detenido. La miseria se multiplica de grado. Duerme en los suelos de las celdas que dividen los albergues de caridad, fuma las colillas que recoge del suelo, se le mete la humedad en los huesos y la suciedad le cubre como una segunda piel. Se acabó el buscar trabajos con los que conseguir suficiente dinero como para comprar pan o patatas con los que hacer una sola comida al día. Ahora se atiene a la caridad para obtener una rebanada con mantequilla y una taza de té. Y la caridad apesta. Los albergues donde duerme, las calles que recorre, rompiendo, literalmente, las suelas de los zapatos, son monstruosos. No hay nada romántico en los vagabundos, autocompasivos y desgarrados. Aun así, tropieza con algunos mendigos que utilizan el ingenio a modo de autohipnosis para sostener los restos de dignidad humana que conservan. Hacia el final del libro, Orwell comenta que le gustaría llegar a entender qué ocurre en el alma de esta gente, que no puede permitirse tener sentido del honor pero se ven abocados a la mezquindad, con la que convivió, a la que el hambre les transforma en una medusa. La pobreza es vil, aburrida, sórdida, elimina el futuro. Y hace del alma un guiñapo.
Aun así, Orwell encuentra alguna persona fiel con la que compartir sus días, y les permite ser los mejores actores en esta obra, que en buena medida es a quien está dedicada. Ellos son los rayos de luz que nos permiten leer este libro sin que se nos agoten las ganas de vivir. Pero no podemos dejar de pensar, página a página, que la caridad es cualquier cosa menos una virtud. Porque no debería ser necesaria, porque colocarla en ese pedestal ayuda a dar carta de naturaleza a la miseria.


Fuente: La línea del horizonte