viernes, 29 de diciembre de 2017

LA VIDA SECRETA DE LAS CIUDADES

Realidad y deseo

A partir de su vida personal, a caballo entre Nueva York y Mumbai, Mehta construye una hermosa reflexión sobre lo que supone vivir en una gran ciudad, y lo que debería suponer. Entre la realidad y el deseo, que es el relato que hacemos de ella, se mueve ‘La vida secreta de las ciudades’.


Cuenta, hacia el final de esta reflexión que nadie debería perderse, Suketu Mehta (Calcuta, 1963) que durante las inundaciones que tuvieron lugar en Bombay hace unos años, la gente cooperó para salvarse unos a otros. A la par, coteja la situación con el Nueva Orleans durante y después del Katrina, arrasado por hordas de delincuentes. La situación se asemeja al gran apagón de Nueva York, en el que se produjeron miles de actos de vandalismo y hasta demasiadas violaciones, en tanto que, durante el gran apagón del Cairo, la gente permaneció en calma. La actitud de los habitantes de Bombay o del Cairo nos recuerda a los principios de cooperación y moral que, recientemente, Sebastian Junger defendía como los que definen una tribu. En Bombay la gente se comportó como miembros de una tribu, en tanto que en Nueva Orleans como ciudadanos de un Estado. Los habitantes de Nueva Orleans esperaban que el Estado viniera a solucionarles los problemas, en tanto que los indios sabían que, o confiaban en el vecino, o eran víctimas seguras del terror de los fenómenos naturales. Dicho de otro modo, en una ciudad en la que hasta hace bien poco las castas dividían en horizontal a la gente, en una ciudad de más de veinte millones de habitantes, todavía existe el concepto tribu. Ese es el que hace que Mehta sea un habitante de dos ciudades: Nueva York y Bombay.
Pero antes nos ha llenado la ciudad con pequeñas historias. En primer lugar, con las vidas de los nuevos habitantes, que son los que han construido las urbes tan desproporcionadas. Y estos son, a la fuerza, inmigrantes. El que migra está sujeto al engaño. Así pues, la mentira es parte fundacional de la ciudad. O al menos de la ciudad impresionista, frente a la ciudad estadística. Mehta habla de los escribientes que en Bombay sirven a los inmigrantes analfabetos para dirigir cartas a sus familias. Los clientes son prostitutas, por ejemplo, que crean personajes de teleoperadoras. El anonimato de la ciudad les permite inventar el personaje. Pero en la ciudad también viven teleoperadoras, con lo cual coexisten dos ciudades, la de la ley y la ilegal. Mehta sostiene que quienes evaden, violan o sortean la ley llevan la delantera. Al fin y al cabo, la ciudad se ha asociado al pecado con mucha frecuencia. Tanta como lo rural al recuerdo. Pero las prostitutas o los que limpian alcantarillas siguen luchando por alcanzar las promesas de la ciudad, que son su relato y su ruptura de tabúes.
Mehta se detiene en el fenómeno de la migración a la ciudad y su afección sobre el mundo. Dado que la mayoría de los migrantes actuales son mujeres, el planeta se está llenando de niños huérfanos. Y se pregunta cómo se recompone el migrante del desplazamiento, si es que esta reinvención es posible. Es entonces cuando recurre a la literatura. Si algo explica a las ciudades mejor que la estadística, es la novela y las complejidades morales de la novela. El escritor atiende al choque de civilizaciones, a la política comercial y a los asuntos amorosos o la canción preferida del personaje. Y elige un paradigma de ciudad repleta de conflictos, que son las ciudades brasileñas, donde la delincuencia está a la orden del día, hasta el punto de que si no es por ella, por los cabecillas de las delincuencia, la ciudad caería en el desorden.
La vida secreta de las ciudades. Suketu Mehta.
Pero la ciudad, o al menos la ciudad que cada uno de nosotros concibe, es en realidad la gente. O la ausencia de gente. De hecho, a su juicio, las ciudades que lideran el estado de bienestar ―Canberra, Ginebra, Calgary― son mortalmente aburridas. Carecen de inmigrantes, de pobres que cooperarán en caso de que un fenómeno natural les lleve a la ruina. Incluso carecen de la exclusión por exceso de éxito, algo que puede suceder en Nueva York, donde el parque de viviendas de la zona de moda se dispara en el mercado inmobiliario. Con todas estas premisas sobre la mesa, Mehta explica la razón que le ha llevado a convertirse en lo que él denomina como un interlocal, alguien que vive entre dos ciudades: Nueva York y Bombay. Porque vivir siempre en Luxemburgo, sin ir más lejos, debe ser mortalmente aburrido.

AFRICANOS EN MADRID

Africanos en Madrid

Nicolás Melini

Reino de Cordelia
Madrid, 2017
117 páginas

Ese mendigo que sale corriendo cuando escucha el grito “¡Al ladrón, al ladrón!”, y salta como un jaguar sobre el carterista, ese que se niega a recoger la dádiva de manos de la mujer agradecida, para luego volver a su puesto de hombre estatua, de top manta, de pedigüeño, ese mendigo, ese pobre, es africano. Nicolás Melini (Santa Cruz de la Palma, 1969) recoge en este libro varios textos sobre los senegaleses que viven en Madrid. Senegal es la metonimia de África: hombres con la piel oscurísima, sin la elegancia nilótica ni el mestizaje magrebí, que habitan en el país desde el que partían los barcos con miles de esclavos en dirección al nuevo continente. Ese país en desarrollo, que ya pasó por sus años de moda dentro de las agencias de turismo, pero que sigue conservando las costumbres, las tradiciones y los vínculos propios de África, la África asequible, no el corazón recóndito, ese es Senegal.
Desde allí vinieron mareas de personas, sobre todo hombres, algunos ya nacionalizados, otros escondidos en las casas donde una mujer diez años mayor que él les mantiene ocultos a cambio de compañía. O tal vez de sexo, pero ese tema Melini tiene el buen pudor de mantenerlo apartado. Él ha compartido su pobreza con ellos. Y en esa pobreza también está una identidad, que es el baile, que es la gastronomía, y que es un inevitable sentimiento de culpa. Siempre la maldita culpa: por huir, por no conseguir las promesas, por sufrir. Melini ha visitado los Centros de Internamiento para Extranjeros, esos campos de concentración, y conoce de primera mano la obscenidad policial y, por encima de todo, la obscenidad administrativa. Porque la policía es la mano de la autoridad, no la autoridad misma, aunque en la voluntad de cada uno de ellos está la posibilidad de rebelión.
A través de algún ejemplo, se nos expone el choque cultural, en el que la situación entre parejas de los dos continentes es la forma más evidente. Las diferencias de sentido del orgullo, del amor y la relación en vertical al ser una de las partes más rica que la otra. La dependencia y su maldición, que es el interés, algo que incapacita para reconocer si lo que uno siente es auténtico amor, forma parte de la trampa y de la mentira, pues hasta se ocultan segundas nupcias.
Pero en el interior y en la convivencia entre senegaleses se sigue conservando su talante social propio, su sentido de la familia, sus vínculos, de carácter tan diferente que marcan una frontera casi impermeable. Es necesario tener una mente abierta a todo para comprender y compartir. Algo que dificulta, por otra parte, la nueva colonización, la del Fondo Monetario Internacional.
Y luego están esas segundas generaciones, esas niñas que nacen en Madrid y aprenden a enamorarse en Madrid. ¿Cómo pueden aceptar un matrimonio concertado? Melini no resuelve. Expone. Centrándose en los africanos en Madrid, el texto trata, en realidad, de lo difícil que es vivir.

MEMORIAS DEL CALABOZO

Memorias del calabozo

Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro

Txalaparta
Navarra, 2017
400 páginas

Mateando frente a una grabadora, dos personas a las que trece años de prisión en condiciones de secuestro bajo la bota militar, han hecho de Mauricio y Vicente dos ancianos con memoria y se diría que sin rencor. Porque no se supura odio en la conversación, no salta a la vista la denuncia, no nos estremecemos. Sentimos mucha tristeza y compartimos con ellos el tiempo que no es de revancha, sino de memoria compartida, casi de sueño. Mauricio Rosencof (Uruguay 1933) y Eleuterio Fernández Huidobro (Montevideo, 1942 – 2016) son dos activistas políticos y culturales que sufrieron, junto a Pepe Mújica (Montevideo, 1935), quien fuera presidente de Uruguay entre 2010 y 2015, la represión de la dictadura en forma de tortura. Las diversas celdas por las que fueron pasando tenían condiciones infernales, pues el infierno es la privación de la luz solar, la humedad en las paredes, la humillación, el hambre. Una experiencia que se narra en este libro, a dos voces, sin ningún sesgo por parte del periodista ni de un redactor. El texto es largo, incluye los episodios de descanso en una conversación que, por acuerdo tácito, sucede rememorando lo vivido en orden cronológico. La dureza va implícita a los hechos, no a las descripciones, que son breves y sin alardes. Eso sí, la facilidad para la conversación que poseen estos dos hombres sorprende y da al libro un tono muy personal, el atractivo dictado del acento uruguayo.
En cuanto al contenido, cabe avisar que la crudeza va en aumento a medida que suceden los años y ninguno de los tres se dobla, se rinde. Ni siquiera cuando llevan meses sin escuchar su propia voz. No hay deje de autocompasión por mucho que relaten cómo se les faltaba a la dignidad, cómo se les acribillaba y deshumanizaba. Sorprende descubrir que el relato cabalga sobre el oído, órgano que se afina durante la prisión, pues es el que mejor se adapta para ayudar a construir el mundo, lo que sucede al otro lado de la puerta, que es a lo que se reduce el mundo del prisionero. Allí es donde habitan quienes les torturan “hasta la licuefacción lenta” y se admiran unos a otros por ello. De ese calado es la moral de los militares que les encierran. Los rasgos de humanidad en algún soldado o en un alto cargo son muy escasos y tan raras que saben que no deben agarrarse a ellos para crearse ningún tipo de ilusión. Las esposas y la capucha son la norma, el cigarrillo la excepción. De tal forma que estaban dispuestos a soportar una tanda de “piñazos” con tal de poder mear, cagar y tomar agua.
En algún momento, confiesan que los niños son lo peor del encarcelamiento por varias razones. Se daba el caso de torturas de padres frente a sus hijos, por ejemplo, pero también los militares de alto rango que llevaban a los críos a la prisión para que vejaran a insultos a los presos. De hecho, uno de los peores síntomas de la falta de libertad, confiesan, es no haber visto apenas a un niño y lo que les sorprendió el mundo cuando, al salir, descubrieron un parque lleno de críos jugando. La palabra clave, más fácil de decir que de sostener como actitud, es dignidad. Mauricio, por ejemplo, para no venirse abajo pensaba en su padre o sus hermanos, fallecidos en Auschwitz, durante los nueve meses que les instalaron en un “banquito destartalado contra el muro frontero a la puerta y teníamos que permanecer sentados todo el tiempo con las narices pegadas contra la pared”, con las manos atrás, atadas con alambre, incomunicados, soportando un cinismo disciplinado. Confiesan que llegan a vivir en un mundo sin color, en un proceso mental que lleva hacia el desequilibrio, sintiendo que les crece la agresividad, con sueños malditos que suceden en blanco y negro. La única fuga que les es permitida es la fantasía, el refugio de los locos, mientras se comen los bichitos que viven en la humedad. No exploramos más. Mejor dejar que el lector termine de descubrir por sí solo este demoledor relato de supervivencia, en el que se demuestra que sobrevivir es mantener la dignidad a flote.

Mauricio Rosencof

El Ruso (Uruguay, 1933), hijo de inmigrantes judíos de Polonia. Varios de sus familiares murieron en el ghetto de Varsovia y Auschwitz. De sus padres, militantes obreros, hereda la conciencia política y milita en la Juventud Comunista.
En los años cincuenta despierta al mundo del teatro y en los sesenta es uno de los dramaturgos más conocidos de América. Escribe, entre otras, El gran Tuleque, Las ranas, La valija, Los cabellos y reportajes políticos como La rebelión de los cañeros.
Comandante de la guerrilla urbana del Movimiento de Liberación Nacional/Tupamaros. En 1972 cae en una emboscada y es torturado sin interrupción durante nueve meses. Tras el golpe militar de 1973 es enterrado en vida durante once años y medio.
Tras su liberación, sigue reorganizando los Tupamaros y aumentando su creación literaria. Obras de teatro (El saco de Antonio, El combate del establo, El hijo que espera); colecciones de poemas (Conversaciones de la alpargata, Canciones para alegrar una niña); o textos políticos y literarios (Vida de perros) o cuentos (El gran bonete), etc.

Eleuterio Fernandez Huidobro

Ñato (Montevideo, 1942). Hijo de inmigrantes españoles. En 1965, junto a Raúl Sendic, crean el Movimiento de Liberación Nacional/Tupamaros. En 1969 es detenido en el transcurso de la toma de la ciudad de Pando. En 1971 escapa en la famosa fuga masiva de Punta Carretas.
Un año después, cae de nuevo gravemente herido y, tras el fracaso de unas negociaciones con los militares para buscar una solución política, forma parte del grupo de rehenes secuestrados durante once años y medio. Reconstituido el poder civil en 1985, es puesto en libertad y en ese momento asume la reorganización del movimiento tupamaro como organización política.
Hoy es uno de sus dirigentes más destacados, desarrollando además una amplia actividad literaria como cronista del MLN. Ha publicado Historia de los Tupamaros (tres tomos), La Tregua Armada y La Fuga de Punta Carretas (dos tomos).

Fuente: Culturamas

EL MAR ES TU ESPEJO

El mar es tu espejo. Historias de tripulaciones abandonadas en el Mediterráneo.

Catalina Gayá Morlá

Libros del K.O.
Madrid, 2017
150 páginas

El Mediterráneo es un mar envenenado y una mitología. Su travesía sigue siendo la de Ulises y la de Eneas, pero en el fondo de las aguas pegadas a las costas, la polución se ha hecho dueña del territorio donde deberían bañarse las anguilas y los pulpos. A pocos mares se vierte tanta basura como al Mediterráneo, y de pocos lugares esperamos unas puestas de sol que contengan una belleza milenaria. Sin embargo, al margen del Mediterráneo de las pateras y las reservas de poseidonia, existen otros mares que conviven con él. Apenas quedan puertos pesqueros puros ni islas sin explotar, apenas cabe la posibilidad de perderse en un mar de sirenas y de Caribdis gracias al GPS, pero junto a todo ello, convive un mar en el que barcos varados no tienen futuro. Catalina Gayá Morlá ha escrito uno de los libros de viajes y periodismo más interesantes que hemos recibido en años. “En Italia hay doce tripulaciones abandonadas. En Estambul me han dicho que hay cien barcos a la deriva”. Y sobre esos barcos, de bandera de conveniencia y tripulación cosmopolita, si es que queda la suficiente gente como para llamar a sus habitantes tripulación, versa este recorrido por puertos del Mediterráneo, desde Ceuta hasta el canal de Suez.
Las leyendas griegas hablaban del Nostoi, un género literario que se centra en el regreso a casa por mar. ¿Cómo se llamaría este género en el que hay algo de mar, no mucho, el suficiente como para varar un barco, la imposibilidad de un regreso y la negación de un futuro? Los armadores, representantes del capitalismo, ya meros teléfonos sin conexión o que no se remiten a una persona al otro lado de la línea, abandonan los viejos barcos y a una tripulación de desahuciados, casi de mendigos, sin duda de vagabundos. Si tiene suerte, los barcos se subastarán para su despiece y así los tripulantes podrán cobrar una indemnización por despido. Los marineros seguirán intentando vivir de un comercio en pleno proceso de aceleración, tan voraz que ha acabado con el Mediterráneo como aventura. Sin esa versión y sin la posibilidad de pescar otra cosa que no sean peces envenenados, ¿qué queda del Mediterráneo? Estos buques escondidos, inútiles, en los que habitan unas pocas personas destinadas a la locura, a las que Catalina Gayá Morlá atiende en una pequeña terapia, pues nada se agradece tanto como el saberse escuchado. Barcos de cuarenta años, embargados y por tanto obligados por ley a que permanezca en ellos la tripulación mínima: un capitán, un maquinista, un marinero. Con frecuencia, los tres que se demoraron más en huir. Y así, en pleno mar, se encuentran en tierra de nadie y los barcos se transforman en desiertos. Son gente sin culpa, traicionados En Barcelona, Ceuta, Estambul, Gibraltar, Civitavecchia o Suez. Son los representantes del naufragio de un mundo en el que a los barcos ni siquiera se les ha permitido construirse la leyenda de hundirse en alta mar.

EL LIBRO DE LOS PECES DE WILLIAM GOULD

El libro de los peces de William Gould

Un libro en doce peces

Richard Flannagan
Traducción de Gema Moral
Literatura Random House
Barcelona, 2017
413 páginas
¿Qué es la literatura? En realidad, algo muy sencillo, aunque tal vez un poco largo. “Si tu camino es recto como el de los romanos tendrás suerte si consigues tres palabras: Veni, vidi, vinci. Si, por el contrario, lo que tienes es un tortuoso camino de cabras como los griegos, ¿qué consigues? Toda la maldita Odiesa y Edipo Rey, eso es lo que consigues”. La literatura es, pues, algo tan sencillo como una maldición. ¿Hay algo más maldito que ser artista y criminal dentro de la misma piel? Porque ese es William Gould, el personaje protagonista y narrador de este libro en doce peces. El arranque tiene bastante de clásico: un manuscrito encontrado. Pero en este caso, fue un manuscrito perdido y luego reescrito por Richard Flannagan (Tasmania, 1961), de quien hace poco reseñábamos la extraordinaria El camino estrecho al norte profundo. La reescritura obliga al autor a referirse al protagonista en primera o tercera persona, en función de la proximidad de la influencia del acto: si afecta al personaje, será en primera persona, si es un paréntesis narrativo, resumirá recurriendo a la tercera.
William Gould escribe la mayor parte del libro en la cárcel. Se trata de una versión marina de cárcel, afectada por las mareas, que inundan la celda. Llega incluso a valerse de la tinta de una sepia encallada para escribir, así como de su propia sangre, y de una pluma tallada en el hueso de un ave. En realidad, Flannagan está llevando al extremo recursos clásicos de la novela europea. Rinde tributo a Cervantes y a Dumas, y a la novela itinerante inglesa, e incluso a un pintor como Constable, ya que el Gould confiesa que intenta escribir como pintó el clásico inglés. Pero también rinde tributo a Audubon, quien dibujó aves con una exactitud verosímil, que será el maestro de Gould a la hora de dibujar los doce peces que dividen los acontecimientos de la novela. Y cada uno de los peces está dotado de humanidad, al igual que cada humano que aparece será caracterizado por rasgos propios de tal o cual especie animal. La animalidad dará personalidad a los personajes, y condicionará la aventura que se desarrolle en cada momento. Unas aventuras que pueden tener el calado y el antojo que cabe en el más amplio espectro y seguir siendo creíbles, porque se desarrollan en un territorio vacío, en la Australia y Tasmania colonizada por la primera gente que desembarcó allí. Ambiciosos, valientes, desesperados, delincuentes, calaña, tiranos con una vasta extensión de tierra por delante, y ninguna ley. En ese sentido, es una novela fronteriza.
Los castigos y las torturas no obedecen a nada que no sea capricho o leyes neuróticas del poderoso de turno. Gould, desde una celda insalobre, narra viviendo lo que fue una colonización que imita grotescamente a la civilización. Sus sueños de evasión se corresponden a las actitudes bárbaras, y las actitudes bárbaras a la construcción sin medios, sin ejército, sin disciplina, de una colonia en la que uno puede poner muchos kilómetros de por medio para aislarse, pero así jugarse la vida. En este territorio, los vínculos siempre se establecen entre dos personas. Raro es encontrar una relación a tres bandas en la novela. Y raro es no darse de bruces, en cada página, con la estupidez humana, que es el tema de la obra: un monumento a la estupidez. Solo la simbología de los colores salva a Gould de convertirse en otro animal. Eso y el anhelo de escapar, reflejado en los peces como en las prisiones con forma de torre se refleja en las aves. Y sí, finalmente, Gould conseguirá escapar. La crueldad de la supervivencia en la naturaleza hostil es de un gore hiperbólico. Lo hiperbólico ha atravesado toda la novela, pero ha sido verosímil. La exageración de una colonización bárbara es tan grotesca que impide el reflejo de lo pícaro. Y la novela picaresca subyace en la estructura de la novela. Otro tributo a los clásicos, sí, pero que en el caso de esta magnífica obra, al contrario que en el de la novela europea, consigue convertir la locura real, la inhabitable, en papel.

UNA CANCIÓN DE BOB DYLAN EN LA AGENDA DE MI MADRE

Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre

Sergio Galarza

Candaya
Barcelona, 2017
157 páginas

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Cuando la mayor potencia del libro se encuentra en las últimas páginas, el lector tiene un problema: hay que llegar hasta allí. Pero en ningún canon figura la obligación de leer un libro en el orden en que lo escribió el autor: el derecho a saltarse páginas, a no leer cuando no interesa, a viajar dentro del libro en el orden del azar y unos cuantos más, son derechos del lector. En este caso, la carga de profundidad, efectivamente, se encuentra al final de la obra en la que Sergio Galarza (Lima, 1976) nos lleva a viajar por la biografía que compartió con su madre. Galarza, eso sí, se muestras sincero desde la primera página: su estilo es la ausencia de exceso de estilo: narrará sin alardes y sin la obligación cronológica. Sabemos que el libro revisará la figura de su madre después de una muerte por un cáncer que ocultó tanto como pudo. Los episodios que golpean más duro sucederán, queda dicho, al final, cuando la muerte haya llegado para seguir sucediendo siempre. Porque nada existe que rellene una ausencia definitiva. Y cuando la ausencia se instala, el resto será anécdota.
Galarza perteneció a una familia media, algo acomodada, de Lima. Es el pequeño de tres hermanos y reconoce que fue el consentido. A partir de aquí comienza el ir y venir de la infancia al presente, siendo el presente los episodios previos a la muerte de la madre, en un libro que pertenecería a la autoficción, si alguien hubiera definido qué diablos quiere decir autoficción. El libro es testimonio vital. Es una Bildugsroman y un intento de cancelar deudas. Nada de metáforas ni palabras inútiles. Lo que no consigue expresarse con la narración, no se relata. De cada acto deberíamos deducir, reconstruir lo que significó para él su educación y atisbar lo que él cree que debó significar para su madre. La media distancia en la que establece los vínculos afectivos, que se descargan en alto voltaje al final, es un juego literario del que resulta difícil salir airoso. La premonición, en este caso, ayuda a Galarza.
Eso, unido a las confesiones de lo que siente que necesita purgar, como reconocer, por fin, que quería a sus viejos a pesar de que los engañaba, a pesar de la marihuana y la cocaína, que él califica como malditismo burgués, como un cáncer que invade los afectos. Y todo ello seguirá vivo como maldición porque dar por hecho que un afecto está sobreentendido es una equivocación: “Es la eterna distancia entre el pensamiento y la realidad, entre la estupidez y la injusticia”, confiesa, cuando ya solo la confesión redime, aunque sea en un minúsculo porcentaje. Y, sin embargo, el afecto entre su madre y él fue algo más que sobreentendido: “A mí me avergonzaba que mi madre supiera casi todo sobre mí, como la primera vez que tuve sexo, y negarme a compartir el universo literario era mi venganza”. Ahí está la bipolaridad: la incomodidad de todo lo que conocía su madre sobre él. Pero, ¿por qué lo conocía? ¿Cómo es posible que ella supiera algo acerca de la primera vez que tuvo sexo, si no es porque la complicidad ya existía entonces y él algo tuvo que comentar delante de ella? El pequeño consentido sabía ya entonces qué tipo de deudas estaba contrayendo. Sabía lo que iba a suponer el final de su madre. Lo que ignoraba, eso sí, son los detalles que vinieron en los últimos días y en los días posteriores al entierro. Esos en los que no entraremos, porque merece la pena que el lector los descubra con su autonomía, que los interprete con su propia identidad.

Fuente: Culturamas

OTRO AÑO NUEVO

Otro año nuevo
Ricardo Martínez Llorca


Los dígitos clavados en el salpicadero del coche marcaban las doce horas y un minuto, un minuto más tarde del instante que no quería vivir otra vez. La escarcha había empañado los cristales con unas láminas como la piel del hielo, aislándole de la brea que rodeaba el vehículo, aparcado entre los árboles. Esperaría hasta que el reloj marcara las doce y veinte, no fuera a ser que el reloj marchara con retraso.
Además, en su casa estaría su tío Miguel permitiendo que un reguero de espuma de champán se le vertiera barbilla abajo, y el sobrino de cuello corto pateando la mesa, y los gritos de ¡bien bien bien! que atraviesan los vidrios que dan a la calle para anunciarle que los vecinos están celebrando la visita de un año virgen, como si todavía no hubieran aprendido que poco es lo que se puede esperar del calendario.
“¡Maldita sea!”, pensaba. Aquel había sido un mal año. Tanto que había empezado a fumar. Se había negado a acostarse con su jefe cuando este le declaró su pasión el día del orgullo gay, lo cual a punto estuvo de costarle el despido pese a que, a modo de compensación, él le había presentado a Alberto, su mejor amigo, un homosexual convencido que se hacía llamar Bert cuando se vestía de Drag Queen. La calefacción de su piso había dejado de funcionar. Once revistas habían rechazado la publicación de su primer cuento. Vivía solo desde hacía diez meses, y la única ocasión que tuvo de llevarse una mujer a la cama en todo este tiempo se estropeó a causa de un portazo mal dado al cerrar el coche: la guantera se abrió y la figurita de la Virgen de Fátima, tallada en plástico, con gotas de agua bendita en su interior y un imán en la base, regalo de tía Concha, rodó hasta el regazo de la muchacha quien cambió de parecer y se bajó del vehículo.
El reloj marcaba las doce y cuarto. Giró la llave, puso el motor en marcha. Abrió las compuertas de la calefacción para que el aire desempañara los cristales. Entonces, por el cerco que se abrió entre la cutícula de escarcha, observó una luz pequeña y redonda moviéndose entre la oscuridad, desapareciendo tras las líneas verticales de los árboles, acercándose con un movimiento pendular.
“Vaya”, pensó, “si esto es una película de miedo acabaré con la cabeza abierta, pero si se trata de un cuento de navidad, estoy a punto de recibir a un ángel que me mostrará cómo hubiera sido la vida si yo hubiera venido al mundo con el cordón umbilical rematado por un nudo de horca alrededor de mi garganta”.
Deslumbró al dueño de la linterna encendiendo las luces largas del coche. El cristal estaba lo bastante limpio como para poder conducir sin peligro, la palanca de cambios encajada en primera, el pie izquierdo sobre el embrague, los seguros de las puertas echados y la ventanilla bajada un centímetro.
“Veamos quién eres”, se dijo.
Poco a poco, el contorno del portador de la linterna se fue definiendo, un tipo de mediana edad, lleno de huesos que le sonaban al andar, como tablas de San Lázaro, que a pesar del frío se vestía con una camiseta blanca en la que resultaba sencillo identificar a los personajes, uno naranja y otro amarillo, uno Epi y otro Blas.
El tipo se arrimó a la ventanilla del conductor.
-¿Necesita algo? –le preguntó, ya que el desconocido no decía nada y empezó a sentir lástima por él.
-Sí.
El tipo enfocó con la linterna el interior del coche con un chorro de luz tan débil que no alcanzaba a atravesar el vaho sobre el vidrio. Los ojos del desconocido se entrecerraron. “Creo que está tratando de identificar quién soy”, pensó él.
Presionó levemente el acelerador, se cercioró de que el freno de mano no estaba echado y le volvió a preguntar:
-¿Necesita usted algo?
-Sí –dijo, y calló de nuevo.
Un segundo más tarde, maldiciéndose por hablar como cuando cogía el teléfono, insistió:
-Dígame.
-¿Ha visto un perro?
-¿Un perro?
-Sí.
-No. No he visto nada. ¿Se le ha escapado?
-Sí.
-¿Cómo era?
-Canela y blanco, y como así de alto –desde su sitio, el asiento del conductor, no podía ver la altura a la que el desconocido había colocado la mano.
-No –dijo él-, no lo he visto. Si lo encuentro procuraré avisarle. ¿Dónde estará usted?
-Allí –contestó-. En la granja.
“En cualquier caso”, pensó él, que no sabía de qué granja hablaba, “nadie me obliga a nada, y si no puedo avisar pues no puedo avisar”.
-Me lo regalaron cuando tenía diez años –soltó el desconocido.
-Vaya –dijo él-, lo siento –pero en realidad se preguntó cuánto vive un perro. “Este hombre no baja de los cuarenta años”, pensaba -. De acuerdo, si lo encuentro le aviso.
El desconocido esperó un segundo antes de responder:
-Es muy bueno.
-Bien. Discúlpeme ahora –dijo, llevando la mano derecha a la palanca de cambios-, pero me tengo que ir –y luego lanzó unas sílabas zurcidas con la costumbre-. Feliz año nuevo.
El desconocido se apartó y entonces él sintió un ruido sordo, un golpe, un temblor como si a las ruedas traseras les hubiera entrado hipo. “¡Maldición!”, pensó. Puso la palanca de cambios en punto muerto, tiró del freno de mano y empujó la puerta sin reparar en que con el impulso se había abierto la trampa de la guantera y la figurita de la Virgen de Fátima rodó bajo el asiento del acompañante.
Saltó al exterior y se arrojó sobre el desconocido, que miraba cómo iba deshinchándose la rueda que acababa de rajar.
-¿Qué mierda estás haciendo? –escupió, paralizándose al comprobar el tamaño del cuchillo que colgaba de la mano del desconocido.
Sin dejar de mirar a la rueda, con la cara color hueso y el tono de voz indiferente, el desconocido replicó:
-No quiero que atropelles a mi perro. No otra vez. No este año.


jueves, 28 de diciembre de 2017

MÚSICA NOCTURNA

Fuente: Oculta Lit

Música nocturna
John Connolly
Traducción de Victoria Ordoñez Diví
Tusquets
Barcelona, 2017
445 páginas

Años después, y todavía guardando la sorpresa que supuso el primer volumen de la saga del detective Charlie Parker, Todo lo que muere, uno descubre que las razones del apego hacia Connolly no se deben solo a lo oscuro y a la intriga. Se deben a la literatura. Todo lo que muere representa una revolución en la novela policiaca: tiene mucho de thriller, una trama perfecta, un pulso de altísimo voltaje y añade un trasfondo fantasmagórico. ¿Mezcla de géneros? Tal vez. En cualquier caso, una novedad en las sagas de novela negra: resulta que la razón no es lo que se impone, que no existe una explicación del todo sensata a la resolución del problema. La puerta abierta a otro mundo, uno desde el que llega a la Tierra la maldad, o el origen de la maldad, acierta a dejarnos con el aliento encogido, con ganas de conocer en profundidad a estos personajes. Chalie Parker, el protagonista de la saga, es un tipo normal al que se le atribuye una supervivencia que no es de este mundo. Y los otros personajes, los colaboradores, los amigos, esos sí, esos son creíbles, pero no totalmente verosímiles: contienen un punto hiperbólico que es parte de la propuesta literaria de Connolly. Nuestro consejo es aceptar el pacto y seguir leyendo su obra.
Los siguientes volúmenes de la saga mantienen el tono, que no evita lo gore, lo descarnado, lo atroz, lo sobrecogedor. Aunque le resulta difícil mantener el pulso a lo largo de los ya catorce volúmenes, todos de más de cuatrocientas páginas, en la última entrega, La canción de las sombras, recupera lo mejor de sí mismo y vuelve a azotar a nuestro ingenio y a nuestra razón. A Connolly hay que leerle con todos los órganos del cuerpo, incluida el alma que, para él y para los habitantes de la saga, es un órgano más.
Pero si algo nos ha ido llamando la atención, al margen de la inmensa calidad de quien tal vez sea el mejor autor de novela negra vivo, son los agradecimientos que figuran al final de cada volumen. La cita a numerosos libros, algunos de ellos de compleja relación con lo que acabamos de leer, epata. De ahí que aconsejemos, vivamente, leer esta Música nocturna, un volumen de relatos y un ensayo, que vive al margen de la región noroeste de Estados Unidos, donde habitan tanto Charlie Parker, su detective, como Stephen King, su héroe de adolescencia. Por fin podemos dar fe de las lecturas de Connolly y de que entre las razones por las que seguimos leyéndole, seguimos queriéndole, al margen del cariño que sentimos por los personajes, es la literatura. En este volumen se recogen unos relatos y un ensayo que explican de dónde viene esta dedicación, este enamoramiento. Ser fiel a la adolescencia, sí, a Stephen King, su refugio durante la etapa de formación, su Bildugsroman particular. Pero también a muchos clásicos. Entre ellos a Poe, a Stevenson, a Henry James, a Lovecraft o a cierta parte de Lovecraft, a W.W. Jacobs, a Mary Shelley tan juvenil como demoledora en su Frankestein, a Conan Doyle o a M.R. James, su favorito. Pero también a series como Doctor Who o La cúpula, a clásicos más allá de los mencionados, capaces de crear mundos paralelos, como los creaba Borges, como los creaba Chaucer. Todo ello, y mucho más, está contenido en la literatura de Connolly, que no se queda, como tantos autores de novela negra, en el entretenimiento. Connolly quiere saber la razón del mal, porque nadie, ninguna religión, otro asunto presente en su obra, le ha conseguido explicar no ya de dónde viene, sino en qué consiste. Nadie ha definido qué es la maldad y por tanto no puede saber nada de ella. Así se presentan estos relatos, alguno de ellos encadenados por un libro que representa el infierno o la apertura a la puerta del infierno para que este entre en la Tierra, algunos más suaves, más juegos literarios.
La confrontación de la justicia con el mal, o contra el mal, queda flotando, amargamente, en la obra de Connolly. Ambas pertenecen a otros mundos. En este, tenemos la razón y tenemos la ley. Con un éxito sin precedentes en la historia de la literatura, en su obra conviven ambos mundos, sin que la frecuencia de la literatura choque: coinciden las ondas y monta unos artefactos que nos consumen como lectores. Cuando llega el siguiente volumen de Connolly, los demás libros se apartan. Es él quien mejor explica, en el breve ensayo, cuál es el tema que atraviesa sus páginas: “Sentía curiosidad por la disparidad entre la ley y la justicia, la diferencia entre nuestro imperfecto sistema humano de justicia y la posibilidad de una justicia divina, y las consecuencias que la existencia de esta última podría tener para con los orígenes del mal. También me interesaba crear nuevos formatos literarios, híbridos de tradiciones ya existentes, porque creía que en la experimentación residía el riesgo”. Entonces la literatura se le imponía. Hoy, a pesar de estar catalogado como un autor de género, es él quien dicta en qué consiste la literatura. Hoy, John Connolly es uno de los grandes escritores vivos. Lástima que la academia solo preste atención a lo solemne.



SOLENOIDE

Esta es la reseña que escribí para Revista de letras, del mejor libro que he leído en este 2017:


Se nos menciona a Pynchon, a Rilke, a Borges y a Kafka como los autores que resuenan en este libro, que es un proyecto pequeño capaz de abarcar algo más que toda una vida. Y, sin embargo, son otros los autores que se le vienen a uno a la cabeza durante la lectura de esta obra maestra de la literatura sin género. Uno piensa en la libertad de Pessoa en el Libro del desasosiego. Si bien, a diferencia del libro sobre el hombre perdido en Lisboa, Solenoide sí produce desasosiego. No se trata de una trampa con ataques de ansiedad, no. Es un desasosiego de bajo voltaje que atraviesa toda la obra, con menos belleza que la de Pessoa, pero porque al contrario que la atracción por la saudade, la Bucarest de Mircea Cărtărescu (1956) es una ciudad con tristeza sin concesiones, es pura ceniza, restos de una ciudad, edificios sin color en calles por las que pasea gente con un trozo de cemento en el alma. Pero también uno no puede evitar referirse a Proust, por la tendencia a la glosa del rumano, por la mirada que aparece, aquí y allá, más narrativa, para mencionar los momentos claves de su pasado, aquellos que le llevan a sumar adjetivos y metáforas de un calado sorprendente. De hecho, cuando Cărtărescu describe, parece que está reflexionando. Y, por comparar este proyecto con algún español, tal vez podríamos mencionar Antagonía. A Luis Goytisolo se le va la mano de vez en cuando hacia el narcisismo literario en su gran obra, algo de lo que se salva Cărtărescu, humilde, tanto como para ser consciente y confesar que solo es capaz de hablar de sí mismo.
A diferencia de las grandes obras contemporáneas, Solenoide es literatura sincera. Digamos, por ejemplo, que el Bolaño de 2666 sustituye la literatura por la literatura. Su novela es juego literario. Solenoide es literatura que bebe de la primera fuente literaria, a saber: la condición humana. Separándonos de celebrados autores metaliterarios, entretenidos, híbridos para llamar la atención, Cărtărescu nos reconcilia con la literatura sincera. Y lo hace de una forma magistral.
Ediciones Impedimenta
El libro está dividido en unos apartados que podrían remitirnos a un diario. Sin embargo, son los cuatro volúmenes integrados los que marcan la diferencia: la definición de la memoria, su pasado, el estigma de la infancia y la estupidez del sistema podrían ser propuestas de centros de interés. Aunque Cărtărescu se permite saltar la cronología, porque la mente no funciona así, primero narrando y luego sacando conclusiones sobre los hechos. La mente funciona de una manera más aleatoria. Algo que Cărtărescu lleva al extremo cuando refleja sueños, que son el paradigma de la función de la víscera que es el cerebro: el que sueña va descubriéndose en el sueño, sus miedos, sus deseos, sus amores, sus desafíos y el manierismo sin el que es imposible poner a cada uno en su sitio. A él recurre Cărtărescu cuando se refiere a alguno de los personajes que saltan a la obra. Por el contrario, Cărtărescu entiende que él es un tipo tímido, mediocre, mediano, con ciertas anomalías en algunas regiones de la mente, con frecuencia hipnóticas hasta la distopía.
Y si se aparece la distopía en una obra de carácter realista, entonces estamos hablando de dolor. El dolor que siente el personaje, el narrador, el eje, que es idéntico al que deben de sentir quienes padecen con él. En este caso, los habitantes de una ciudad que apenas ha abandonado en su vida. Y el dolor máximo es el miedo a la muerte, algo que pudre todo, un exceso de conciencia que contamina las casi ochocientas páginas del libro, incluida la etapa edípica de un Cărtărescu niño. Su vida es algo así como “unas espinitas de pescado colocadas en el borde del plato después de que el verdadero contenido de la vida fuera devorado por los ácidos del tiempo”. Para los amantes del lápiz, el libro, como el de Pessoa, como el de Proust, está lleno de frases como ésta, dignas de ser subrayadas. Aunque la facilidad para la prosa está en función de las filtraciones intolerables que acuden a su memoria, de la injusticia social por razones de cuna, de algo que se asemeja al fracaso, a heredar el pesimismo y dejar el pesimismo por herencia, a lo desvalido que es el cuerpo humano. Cărtărescu es un ateo que desearía que hubiera un dios para consolarse, alguien convencido de que se va apagando desde el día que nace, hasta que llegan los rinocerontes de la noche.
Dolorosos son los episodios en los que narra su estancia, con nueve años, en un sanatorio para niños tuberculosos. El maltrato está a la orden del día, pero, lo que es más grave, no se maltrata por convención, sino por odio. Esta parte de Solenoide nos ayuda a entender el feísmo del que se vale para retratarse:
“A veces siento que, en el espanto y el estremecimiento de mi vida, ya no sé en qué parte de mi cráneo me encuentro”.
También nos ayuda a comprender que se refugie en el yo intelectual para no caer en un sentir desvalido que solo puede llevar a la locura o al suicidio. Es consciente de que sabe mucho, pero todo lo que sabe lo conoce “con bruma y subjetividad”. Incluido enamorarse y desenamorarse, incluidos los fantasmas inducidos por los adultos.
Solenoide es, en definitiva, un plan de fuga.
¿Qué es la realidad? ¿Bucarest? ¿Cómo impides que esa realidad no descarrile? Porque la realidad no se mueve, pero uno sí, aunque sea con el pensamiento, y lo que piensa se cimienta sobre un entorno patético. El sentido de búsqueda del destino recorre en canal Solenoide. Pero esa búsqueda sucede a tientas, es intuición y es, por tanto, poesía. Algo de lo que se están olvidando los últimos grandes escritores tan celebrados. Hay más literatura si hay más poesía, no si se prodigan los fuegos artificiales. Ese es el auténtico compromiso de Cărtărescu, un compromiso con la literatura. Puede que se vea a sí mismo de una manera decadente, pero nunca con autocompasión. Puede que no hallemos belleza en Solenoide, pero Cărtărescu nos confiesa que en su vida apenas ha existido. Y este libro contiene toda una vida. Desconocemos qué ha supuesto para él. Pero a nosotros nos cambiará algo, aunque solo sea la forma de entender la literatura. Por fin aterriza una gran obra sincera, después de tantas décadas esperando y refugiándonos en obras que, en comparación con ésta, son meros divertimentos.