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viernes, 23 de marzo de 2018

NUEVA YORK


El sabor a poso de las imágenes

Ricardo Martínez Llorca
Cartográphica


Es posible que para describir Nueva York sea inevitable crear un género teatral en el que se incluya una nueva forma de escenario. El autor de la tragicomedia sería un potaje cocinado con las voces de todos los dementes del planeta. Habría un director de orquesta, que acaso fuera una ama de casa con la mitad de la anatomía subcutánea sustituida por colágeno, el pelo teñido de verde y el corazón tan dilatado como el de un corredor de fondo, y que con la correa del perro por batuta se encargaría de mantener el desconcierto dentro de un tono privativo. Porque Nueva York posee, a pesar de su disparatado hormigueo, un tono monótono y peculiar que cualquier intruso identifica prontamente con el sabor a poso de las imágenes con que nos empalagan los medios audiovisuales.
Por las aceras impuras vagan los sobrevivientes de cientos de batallas, señalados por unas dentelladas que los vencedores les han disparado para que les sofocaran las vértebras lumbares. Estas almas corpóreas cargan a hombros con todos los motivos de sus derrotas: las populosas calles y escuelas, los vertiginosos horarios, los espejos que multiplican los fracasos del maquillaje, los dormitorios invadidos por la más ruidosa nocturnidad, el tabaco y su avocación clandestina, los ojos de las muchedumbres, las versiones más ácidas de los virus, las violentas ranuras para tarjetas de crédito, la similitud entre la noche y el día, el esqueleto sufriente que porta erguido toneladas de grasa, la interminable respiración en la que se reconocen las grietas del aire de esta ciudad, los vapores grises que escapan por las rejas de las alcantarillas como el cuerpo de un calor bochornoso, el cáncer de los motores, los huesos de los paraguas baratos, esos galopes en la sangre que entierran recuerdos con dosis arenosas de lo inmediato, las sombras multiplicadas por focos de neón y haces de colores fogosos, la obscenidad sexual de la silicona, la ausencia de estrellas entre los recortes de cielo, las reliquias vivas de nuestro siglo proyectadas en pantallas blancas, el envejecimiento y la absorción veloz por todos los capilares del intestino de las carnes inflamadas de hormonas, el desconocimiento del sol y sus secuelas: la aurora y el ocaso.
A paso acelerado camina este ejercito de espectros y corazas, de vencidos que todavía confían en la suerte que cabe dentro de los recovecos de las chaquetas y pantalones: una mulata con cien kilos de carne en cada nalga que mastica una pizza de macarrones mientras acaricia el canto de una american-express que guarda en el bolso de piel de lagarto; un camello con los ojos preñados de plasma que espera a su cliente con el aliento cayéndosele de la boca y de la vida, sin sacar la mano del bolsillo de la cazadora, donde esconde un gramo de cocaína; un guarda de seguridad de papada displicente y los cinco sentidos huecos, que aprieta el brazo contra el cuerpo para cerciorarse de la presencia de su seguro de vida metálico que carga en el sobaco; una anciana que deambula por Central Park paseando a su perrito de diez centímetros esgrimiendo una pala de plástico y la bolsa donde recoge los excrementos de la pequeña bestia, y que custodia sin vergüenza los frascos de medicinas que chocan en el bolsillo de su abrigo, un abrigo que viste incluso en verano para transportar con facilidad las píldoras; una pelirroja de veinte años, de traje apretado y pechos como montañas, que conserva su esperanza en un billete de lotería terminado en siete, y también en el éxito combinado, en la próxima cita, de sus ojos azules y sus pezones; un culturista que abandona el gimnasio con la planificación de una gran dieta escrita en un papel amarillo que aprieta en el puño, y en cuyo reverso figura la receta de una tortilla de clembuterol; un taxista que se acaricia el tobillo en que oculta una navaja con muelle; un tiburón de Wall Street que lleva su paquete de acciones en el disco duro de su ordenador portátil; un bujarrón confiado en la inmunidad del preservativo que guarda muy cerca de la entrepierna; una adolescente negra con una maleta de cartón y dos direcciones garabateadas en un trozo de papel cuadriculado, la de un prostíbulo y la de un predicador de religiones al mejor postor; el número uno de su promoción universitaria entregando la petición de una beca en la dirección del Metropolitan; un carnicero chino amante del teatro que acaba de obtener una entrada para un estreno de Broadway... Y, probablemente, aunque yo no lo sepa, un marciano esconde en sus uñas grabadoras en las que registra nuestras conversaciones para luego denunciarnos ante el alto tribunal estelar:
-Acuso a la humanidad de generar lo indefinido.
-¿Y eso es un crimen?
-Lo ignoro: ¿cómo puedo saberlo si no soy capaz de definirlo? Sobre Nueva York es imposible opinar, y difícilmente se podrá describir esta urbe ni aun disponiendo de todos los diccionarios siderales. No acuso por tener pruebas de nada, sino porque he regresado con todo esto metido en la nariz –y el marciano tira de un hilo que sobresale de su fosa nasal y en el que se ensartan las enumeraciones antes expuestas.
Frente a la entrada principal de la estación de autobuses de Manhattan queda un portal anónimo, turbio y mugriento. Está flanqueado por el escaparate de una tienda de vídeos pornográficos, y una sala cuya actividad delatan las tres equis descomunales y rosas que lucen en la fachada y cuyos filamentos se quejan. Ese portal anónimo y disuasorio es, en realidad, la entrada al albergue más barato de la Gran Manzana. La existencia de este antro se transmite boca a boca entre los viajeros, y sus dueños se preocupan de que no figure en ninguna guía. Antes de que el portero permita el paso, uno se ve sometido a un cuestionario completo vía interfono: nombre, nacionalidad, número del pasaporte, nombre del viajero que informó, lugar donde os encontrasteis...
A la mañana siguiente, después de haber dormido entre los sudores empalagosos de un adolescente japonés y los ronquidos agudos de un inmigrante mejicano, me dispuse a salir en busca de una tienda de libros de ocasión a la que, según me habían aconsejado, conviene acudir armado del cepillo de dientes. Desirée, una negra espigada con la sonrisa de nieve, atiende en esos momentos la recepción del albergue. Es ella quien me facilita la dirección de la librería. Antes de que yo desaparezca por las escaleras, Desirée me llama:
-¡Ricardo!
Me sorprendo de que utilice mi nombre de pila cuando hace apenas un minuto que la conozco.
-¿Sí?
-¿Fumas?
-A veces un puro en las bodas de mis amigos, pero normalmente no, ¿por qué?
-Porque he candado la puerta que da a la terraza del edificio, ¿sabes? Hay gente que sube allí para fumar porque aquí dentro está prohibido, y andar por la terraza es peligroso.
-¿Peligroso?
-Sí. Este es un edificio bajo y los vecinos de los rascacielos, en cuanto ven a alguien en las terrazas se dedican a tirarles botellas y platos.
-¿Por qué lo hacen?
-¿Cómo que por qué lo hacen? ¿Estás de broma? Lo hacen porque esto, Ricardo, es Nueva York.

viernes, 16 de febrero de 2018

NUEVA YORK HISTORIA DE DOS CIUDADES


Nueva York:
Historias de dos ciudades
AA.VV.
Traducción de Magdalena Palmer
Nórdica
Madrid, 2015
397 páginas
22,95 euros



El alma humana es una olla podrida. Todos los trances del espíritu forman un único guiso en el que no distinguimos si se nos felicita por amenazar de muerte a alguien, o somos regañados por salir del restaurante con un palillo entre los dientes. Si la neurosis se está convirtiendo en un género literario, Nueva York sufre la consecuencia de portar el estandarte y ser la cazuela donde mejor se condimenta el guiso. En este libro, treinta autores contemporáneos ponen cada uno su raíz de apio o su rama de canela para condimentar la neurosis. Aunque los registros sean muy variados, desde la ficción a la crónica, desde el verso a la memoria o al microrelato, sí cabe reconocer una serie de mecanismos y condimentos comunes a casi todos ellos. En primer lugar está ese estigma americano que es el estilo próximo al minimalismo. Partiendo de esa fórmula sensata, correcta para retratar nuestra época, o al menos nuestra época en lugares como Nueva York, donde se impone lo real y lo inmediato. Luego cada autor aportará sus pequeñas dosis de personalidad estilística. Aunque no será en la prosa donde encontremos las mayores diferencias. Otros rasgos comunes a la ciudad son el cuestionamiento de la democracia, caracterizado en dos lugares socorridos pero no por ello menos angustiosos: por un lado está el acceso al seguro médico, que no es universal, y por otro la situación inmobiliaria, las dificultades para sentirse digno bajo un techo que sea, no necesariamente en un alto porcentaje, propio. A esto cabe unir, como último rasgo, la obsesión por diferenciar el cosmopolitismo de la Gran Manzana de la inmigración. La idea es más fácil de sentir que de explicar. Se nos presenta Nueva York como crisol de razas, fruto de la inmigración jaleada por el sueño americano. Pero todo sucede en estratos y columnas impermeables. Cosmopolitismo e inmigración son como agua y aceite. Y es que sucede que si existe una certeza que caracteriza a cualquier ciudad, y que por tanto debería ser el eje de cualquier relato urbano, es que la gente no se conoce.
Como apunta Muñoz Molina en el prólogo, Nueva York fabrica espejismos para traficar sin vergüenza con ellos. Eso es lo que genera la brecha entre ricos y pobres, que no cesa de ser denunciada por los escritores que participan de Nueva York: Historias de dos ciudades. Algunos de ellos son tan conocidos y consagrados como Zadie Smith, Teju Cole, Junot Díaz o Lydia Davis. Otros son un descubrimiento: Garnette Cadogan, Lawrence Joseph, Sarah Jaffe, Tim Freeman…Y cada uno de ellos aportando su carne o pescado a la olla podrida: el deseo de vivir de un inmigrante jamaicano; la oferta de servicios y pérdidas de la gran ciudad; la dificultad para reconocer el absurdo al vivir inmerso en él; la incomunicación mientras se está de compras; la leyenda del pueblo topo; la fatídica estandarización de la enseñanza; la nueva y estúpida lucha de clases; la universalización de la inmigración y el juego del azar en los contactos humanos; la transexualidad que convierte a un integrado en un inmigrante; la ingenuidad; el barman como el estrato social más emblemático; el sueño americano como privilegio reservado para los que pueden soñar; ver a los seres queridos un día a la semana, al asistir a misa, lo cual implica, por elipsis, que los otros seis días están reservados a la soledad. Estos temas son algunos de los que separan el detalle neurótico a que atiende cada autor. Algunos con más genialidad que otros, libros como Nueva York: Historias de dos ciudades cumplen varios propósitos. El primero dar fe como dan fe los notarios. El segundo recordarnos que la literatura es un amor plural.

Fuente: La línea del horizonte

martes, 2 de enero de 2018

AL CAER LA LUZ



La forma en que se expresa que un mal final puede ser un buen principio, sin que por soltar la frase hecha revelemos cómo termina la novela, es de lo más curiosa:
“Te pasas la infancia queriendo ser adulto y el resto de tu vida idealizando tu infancia. Los lunes.”
Ese “Los lunes.” que aparece tal y como lo redactamos, es lo que define la novela: el final del descanso, el principio de la semana. El único día laborable que no es un día cualquiera, pero que da paso a cualquier día. En este Al caer la luz, da la sensación de estar siempre al principio de los lunes. De hecho, sorprende la cantidad de veces en que los protagonistas, el matrimonio Calloway, recién estrenada la treintena, aparecen despertándose a lo largo de la novela. Los treinta, por otra parte, son también el principio de un día cualquiera, el pistoletazo de salida de lo que supone ser adulto, tomar la decisión que marcará los días que te faltan por vivir. Sin embargo, cada día será un lunes de aquel año en que tenías treinta y uno a partir del primer lunes en que los cumpliste. Así es cómo se definen los dos protagonistas de la novela, con sencillez urbana: Russell se deja llevar por la ambición profesional, cree estar capacitado, estar de vuelta sin plantearse si ha ido a algún lugar; Corrine piensa que ya es hora de dar prioridad a su deseo de ser madre, por encima de su trabajo, y sigue marcada por las cicatrices de una anorexia juvenil. Lo que se nos muestra de ellos tiene más que ver con la actitud social que con los sentimientos. Es más una postura frente al mundo, una postura cotidiana, que una inmersión en el cerebro y las emociones que les consumen, agotan, duelen.
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viernes, 22 de diciembre de 2017

DICCIONARIO DE NUEVA YORK

Diccionario de Nueva York
Alfonso Armada
Península
Barcelona, 2017
398 páginas

Comprar
Nueva York es una cascada de estímulos en época de monzón. Esa es la música (uno no se atreve a escribir melodía) de la gran urbe, de la sinécdoque de la civilización. Y ese es el sonido que reproduce este diccionario, en el que cada entrada la ocupa un único párrafo, excepto cuando se introduce una cita, de prosa en la que no hay una sola palabra barata. Esa sucesión ininterrumpida de estímulos es lo que busca y consigue Alfonso Armada (Vigo, 1958). La forma de diccionario le sirve para escoger centros de interés desde los que arrancar a escribir sobre todo, porque todo es lo que se concentra en la cascada neurótica que es la Gran Manzana. Y eso incluye lo que ha sucedido y no solo lo que está sucediendo. Durante su estancia en la ciudad, conoce Nueva York a pie de calle, desde su apartamento o a través de los libros que hablan de su historia. En el caso de Nueva York, se da la paradoja de que su historia no es un cadáver que arrastra el presente en volúmenes enciclopédicos. Su historia está viva, permanece, como si la ciudad o lo que sea que construye la ciudad, algo que tiene más fuerza que la suma de vidas de sus habitantes, siga danzando y formando parte de la decadencia. Porque cuando uno se queda sin respiración, solo cabe decaer. Y eso es lo que sucede durante la lectura de este estupendo diccionario, como sucede cuando uno pasea por Broadway o el Down Town: las dimensiones no son humanas, el tiempo transcurre a una velocidad de tal magnitud que deja de existir. Reproducir esa idea es un gran logro de Alfonso Armada, quien a través de sus crónicas ya demostró su talento para la literatura. Este diccionario le ha permitido menos urgencia, pero igual premura, porque la ciudad no permite descanso.
Si nos atenemos a la literalidad del texto, Nueva York es y no es a la vez: es un estado de ánimo pero es un monstruo inorgánico, es la ciudad de los top ten y la de todos los demás, es triste y alegra porque siempre es dos emociones contrariadas, es barrera y es puente, es libertad y cárcel, es el Aleph y es un bar nocturno. Pero también es Alfonso Armada, porque a la hora de escribir, Armada convoca a todo su pasado para reflejarlo a la par que habla de Nueva York, como si fuera algo inevitable agarrarse al tarro de mermelada de la abuela mientras conoce la supuesta modernidad y las millones de versiones de la cultura que abundan en el centro de occidente. De ahí el peligro de convertirse en una droga que, en este caso, toma forma de literatura y de referentes literarios: si la cascada tiene que actuar como fuente, es una fuente inagotable. Hay perversión, sí, pero también unos encuentros formidables que no podrían haber tenido lugar en otro sitio.

En realidad, este diccionario es todo lo contrario a lo que se supone que debe cumplir como función, ya que plantea más preguntas que respuestas propone. La única regla es la alfabética. Por lo demás, se nos muestra un lugar que carece de límites. Armada no cesa de buscar símbolos a los que anclar el antropos, lo humano, y para nuestra sorpresa, el escritor más mencionado es Kafka. Tal vez porque Kafka sea para la literatura lo que Nueva York para la civilización. De esta forma, en una época en que todo el mundo parece querer escribir su libro sobre Nueva York tras una estancia larga, este diccionario resulta uno de los más aconsejables escritos en nuestro idioma. Para terminar, se incluyen las crónicas que Armada escribió a partir del 11-S. A lo largo del diccionario este suceso condiciona muchas entradas, pero no es suficiente exorcismo. Lo que sucedió es incomprensible y necesitamos darle forma, entenderlo. Pero en Nueva York no hay nada que entender. Simplemente, sucede.

Fuente: Culturamas

martes, 5 de diciembre de 2017

BAJOS FONDOS

Bajos fondos
Luc Sante
Traducción de Pablo Duarte
Libros del K.O.
526 páginas

Una mitología de Nueva York

Hoy Nueva York es esa ciudad que todo el mundo visita convencido de estar encontrándose con todos los colores del mundo, mientras que cualquier taxista puede amenazarte de muerte y echar mano a la guantera si discutes con él por el cambio del importe. Las dimensiones de Nueva York o, para ser más exactos, de Manhattan, no son humanas. La gente vuela a ras de suelo para llegar a tiempo a la siguiente esquina, que dista medio kilómetro, mientras sobre su cabeza un sol licuado estropea el azul de un cielo con una gasa de contaminación, o cae un chaparrón que dejará la ciudad colmada de esqueletos de paraguas cuando decline.
Pero Luc Sante (Verviers, Bélgica, 1954) no vigila esta ciudad caótica, tan divertida como carente de armonía. No atiende a la música a su leyenda como  epicentro del mundo. Sante busca en la historia los años en que Nueva York tomó forma, de 1840 a 1919, ejerce una inmensa labor de documentación y precisión, un trabajo que solo se puede hacer con mucho cariño, y nos presenta, uno por uno, a los personajes que construyeron la mitología sin dioses de esta ciudad. La escritura de esta obra es tan acertada, que nos hace sentir que es de obligado cumplimiento conocer personalmente a tantas personas. Así las describe él, como si acabara de despedirse de ellas hace un minuto, dejando un imborrable recuerdo en una memoria que siente atracción por lo oculto. O por lo oculto y a la vez bohemio, en una aparente paradoja. O por lo oscuro y por el futuro, que es a su vez una paradoja más. O que siente nostalgia mientras que expresa prejuicios, nueva paradoja a la alcance de los mejores escritores. También resulta paradójico que lo que es tradición es a la vez decadencia. Pero, como él confiesa, le interesan más las leyendas urbanas que los informes oficiales. Y los resortes morales que por la noche nos entregan a la par el placer y el daño. Pues la noche “es gloriosa y es vecina de la muerte”.
Bajos fondos indaga en lo más turbio de las tentaciones y sus consecuencias, que se refieren al escombro humano y a la supervivencia. Dividida en una estructura temática, tan sencilla que facilita la lectura hasta el fin casi de un tirón, comienza por presentarnos el teatro como una representación paralela de la ciudad. Mientras en la ciudad no dejan de suceder las intervenciones de los raros y los virtuosos. Bajos fondos trata sobre la verdadera historia, la historia popular. Y Nueva York no surgió en el planeta como Camelot. A Nueva York la creó el vicio, desde el opio al sexo, el alcohol y todos sus satélites activos, los timadores y las peleas a muerte entre bandas o inmigrantes de distinta procedencia. De hecho, por momentos pasamos páginas y páginas preguntándonos de dónde procede tanta violencia gratuita, y suponemos que Sante considera que ese es el ADN de la Gran Manzana. De hecho, escribe remitiéndose a lo concreto, como si lo estuviera presenciando, como si hubiera vivido todo este gran teatro humano en el que la policía aplicaba las leyes de manera laxa y los artistas creaban paisajes imaginarios. Nueva York es, en definitiva, el hogar de la gente sin techo, de los huérfanos y los muertos de hambre. Bajos fondos se remite casi siempre a la triste filosofía de las alcantarillas. La realidad es sobre todo ruinas y excrementos.
He aquí un libro magnífico, una explicación de la locura de Nueva York, pero sin perder de vista el instante en que todavía conservaba humanidad, independientemente de la estofa de la que estuviera hecha. Leer este libro habiendo visitado Manhattan, o antes de visitarlo, nos ayudará a explicarnos la sociopatía que inunda la jungla de asfalto, como si se tratara del resultado somático de esta mitología.


Fuente: La línea del horizonte

domingo, 5 de noviembre de 2017

BROOKLYN FOLLIES

Brooklyn Follies
Paul Auster
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Anagrama
Barcelona, 2006
320 páginas
18 euros

Bucles de la segunda vida


“Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”. Así comienza la última trampa que Paul Auster tiende al lector, una trampa con un truco muy similar al de sus últimas obras y en la que uno debe caer si quiere entregarse a la magia narrativa. Porque Paul Auster es eso, un narrador puro, y posiblemente el que ha creado más escuela entre las jóvenes generaciones de escritores americanos -y no americanos-. Uno supone que esa facultad para empapar a otros creadores se debe a su capacidad de hipnosis.
A estas alturas sus trucos nos resultan de una naturalidad que uno se pregunta cómo es posible que no se le hayan ocurrido a él antes: las formas de enredar las tramas, tomadas de la novela negra; las segundas historias y vidas resumidas de los personajes, cargadas de sorpresas; una prosa de fácil lectura que empuja a leer la siguiente frase, pensada para el lector, es decir para la comunicación, es decir para la literatura; unos personajes caracterizados en el filo entre los arquetipos humanos y sus caricaturas… Y, sin embargo, pocos imitadores se han acercado a la calidad de sus mejores novelas (Leviatán, La trilogía de Nueva York, La música del azar y, sobre todo, El Palacio de la Luna) por alguna razón que no estaría de más estudiar.
Comencé a leer a Paul Auster por uno de sus libros más escondidos: La invención de la soledad. Ahora, tras consumir casi toda su obra, me doy cuenta de la importancia que tuvo en la génesis de toda su obra. Aquí consagraba más de doscientas páginas a retratar a un hombre invisible, su padre, cuya muerte despierta en Auster la sensación de que todo es un misterio: vivir, haber vivido y conocer a quienes viven o han vivido. Aunque se relatan hechos familiares, la búsqueda de claves de la existencia hace de este libro una reflexión en la que la memoria pasa a ser el instrumento que nos convence de que estamos vivos. Y la escritura pasa a ser, a su vez, el instrumento de la memoria. Tras el impacto de esta obra, cayó en mis manos otra de las menos consideradas: El país de las últimas cosas. Acaso prescindible para el lector de Auster que haya revisado sus obras más definitivas, no conviene perder de vista que esta larga carta de una muchacha que busca a su hermano (de nuevo aparece aquí la familia) en un país devastado, en el que la supervivencia es un ejercicio que se ejecuta por necesidad, y que define el territorio imaginativo de Auster: hay que asombrar al lector, pero sin perder de vista la realidad. De ahí que alguien se haya atrevido a calificar a su literatura de un traslado del realismo mágico a Nueva York. Y aquí, sobre estos pilares, comienza a construir obras como El Palacio de la Luna, donde se encuentra casi todo el mundo literario de Auster: unos clanes, grupos de individuos, en los que las dificultades de comunicación entre personas, las dichas y avatares que la comunicación provoca, incluidas las cuestiones acerca de la identidad, gesta bucles que les suceden en una segunda vida. Como le sucede a Nathan Glass, el protagonista de Brooklyn Follies.
Tanto Marc Stanley Fogg (El Palacio…), como Quinn y los hombres con nombres de colores de la Trilogía…, o los escritores que protagonizan El libro de las ilusiones y La noche del oráculo (otra vez la escritura como herramienta de reflexión sobre las razones de vivir), e incluso los secundarios que les acompañan a lo largo de tantas páginas que uno no debe perderse, han vivido una primera vida cuyas claves poco a poco se irán desvelando, y en el momento en que empieza la narración se encuentran en trance de iniciar una segunda vida, que ésta sí, merecerá la pena ser novelada, y por lo tanto leída, y por lo tanto vivida. Y esa es, a mi juicio, la clave de la literatura de Auster, en la que difícilmente encuentra un seguidor: que cualquiera puede vivir una vida que merezca la pena, y que, como apunta en sus últimos libros, en los que los seres parten de la derrota (“Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”), basta con consagrarse a la búsqueda de la felicidad, el único derecho incuestionable del hombre, ese que nos dirigirá a la sensación de estar viviendo.
Incluso la obra que rompe con esta estructura, Mr. Vértigo, trata este asunto de forma más directa: es la más lineal de todas, pero la que versa sin ambages sobre el deseo de volar. Si cabe cuestionar esta afirmación en alguna obra, será en la más absurda (absurda en un sentido kafkiano) de todas: La música del azar. Aunque esa particular prisión que nos presenta, no deja de ser el reverso de la misma lucha, la expresión de los peligros de no dominar por completo la vida en la búsqueda que nos propone.
Común a todos los seres nacidos en la cabeza de Auster, es la soledad y la escritura para dar sentido a una vida, aunque sea escribiendo el Libro de los desvaríos humanos, como hace el protagonista de Brooklyn Follies, un hombre de sesenta años que está de vuelta tras superar un cáncer de pulmón, pero que no atosiga con existencialismos ni cinismos de ninguna catadura. Se limita a enamorarse de una camarera jovencita, a recuperar a su sobrino y a su sobrina y a su hija y a la hija de su sobrina (de nuevo la reflexión sobre ser padre), a concebir que esta narración que hace de su segunda existencia sea un reflejo de la idea de que la literatura es un remedio contra la paranoia del mundo en que hemos caído, el mismo mundo en que se mueven los personajes de Auster. Esa es la raíz de la conciencia de Auster.
Es posible que lo que nos diga en esta novela ya lo haya expresado anteriormente. Pero eso no puede considerarse un inconveniente, pues siempre nos quedará la impresión de una buena lectura, de una narración que no pierde el deseo que debe tener toda literatura: dejar buen sabor de boca. En cuanto al final, en el que Auster toma partido por lo bonito que es vivir, cabe advertir al lector de que tal vez no vuelva a decidirse por estas sendas literarias, pues ciertos hechos cambian el mundo y por tanto ya no se podrá volver a escribir igual que antes.

 Fuente: Culturas/Tribuna

lunes, 4 de septiembre de 2017

EL COLOSO DE NUEVA YORK

El coloso de Nueva York

Colson Whitehead

Traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Mondadori
Barcelona, 2.005
200 páginas
16,50 euros

Un monstruo de trece cabezas


La ciudad donde vivo es un monstruo de trece cabezas. O tal vez de más, de miles, de millones, de tantas como habitantes la pisan –pues a eso se reduce su vida, a pisar las calles, plazas y parques-, o puede que de una única cabeza, la que exhibe las metáforas musculadas con sonido artificial de que tanto gusta el que reside en el monstruo de asfalto, que se llama Colson Whitehead. Si bien, podría lucir el nombre de cualquiera de nosotros, lectores, a los que no deja de interpelar recurriendo a la segunda persona, la misma que en voz inglesa se utiliza para generalizar, para abarcar globalmente al ser humano, al igual que en nuestra lengua se recurre al sujeto uno. “Tu ciudad ha sufrido daños”, dice refiriéndose a los cambios contra los que uno nada puede hacer, pudiendo haber elegido la fórmula de traducción, “la ciudad de uno a sufrido daños”. En este caso, la elección de Cruz Rodríguez al traducir es doblemente correcta, primero por la fórmula de interpelación directa ya mencionada, y en segundo lugar por la asociación con un lenguaje extranjero que cada día compone más la melaza de nuestra vida, y que es la ciudad de Nueva York.
Colson Whitehead escoge trece espacios y tiempos de la megápolis por su especial significado: las entradas porque aparentemente nadie es autóctono, y ese flujo produce una vitalidad que invita al desaliento; el puerto donde desembarcan inmigrantes a lugares cuyos detalles nos remiten al vacío de la existencia; la rutina del día que comienza con no más sentido que el de estar en una ciudad un tanto variopinta; el supuesto oasis que es Central Park, pero que compartirá idénticas miserias a las del hormigón, de ahí que se mantenga el pulso rítmico; la enfermedad que invade al que desciende al metro, cuya percepción funcionará como en un sueño húmedo de fiebre; el fugaz cambio que supone la lluvia, un cambio que implicará que todo ha de seguir igual; caminar por Broadway para sentir que cada nimiedad que opera en tu vida te hace un ser importante, pero sin perder la conciencia de que uno es, mediocremente, otro más; la decadencia de occidente reflejada en las aburridas formas de combatir el aburrimiento, que son la playa y los parques de atracciones; el puente como ruta o vínculo, donde todo lo que sucede está a mitad de camino, entre dos aguas de la vida que se ignora qué definen; el momento más deshumanizado del día, donde Whitehead lleva su técnica prosística hasta el paroxismo; el teatro sin objetivo de los bares nocturnos, que no se distingue en nada del resto de la vida urbana; la encrucijada representada por Times Square, un lugar donde se cortan y cruzan las ideas y las cosas al confundente ritmo que impone el tráfico; el aeropuerto desde el que al despedirse uno toma conciencia de que ha visto pero no conocido.
Preocupado por lo concreto, por no interpretar, no inmiscuirse, dejando que las secuencias enumerativas tengan el mismo rigor que el del ojo que explora, es decir, ninguno, vagando de acá para allá, Whitehead deja al lector el arduo trabajo de construir la estructura de la ciudad, su argumento, su tema. Pero antes nos ha legado una textura en la que el detalle aparenta ser profundo, sugiriendo una vida gobernada por el nihilismo, que se va haciendo más críptica a medida que se adentra en esta novela de situación. Y la situación es que la vida te sucede. Los fragmentos, cada uno de ellos valorado como se valora cada nota en una virtuosa pieza de jazz, diseñan estampas complejas que nos llevan a preguntarnos: si esto es lo que nos rodea, entonces, ¿esto es vivir? Una pega que ponerle, su prosa resulta demasiado grandilocuente, lo cual le hace perder credibilidad por momentos. No parece un acierto pretender escribir como si tras cada frase llegara el punto final.

Fuente: Tribuna/Culturas

sábado, 22 de julio de 2017

DICCIONARIO DE NUEVA YORK

Diccionario de Nueva York
Alfonso Armada
Península
Barcelona, 2017
398 páginas

Nueva York es una cascada de estímulos en época de monzón. Esa es la música (uno no se atreve a escribir melodía) de la gran urbe, de la sinécdoque de la civilización. Y ese es el sonido que reproduce este diccionario, en el que cada entrada la ocupa un único párrafo, excepto cuando se introduce una cita, de prosa en la que no hay una sola palabra barata. Esa sucesión ininterrumpida de estímulos es lo que busca y consigue Alfonso Armada (Vigo, 1958). La forma de diccionario le sirve para escoger centros de interés desde los que arrancar a escribir sobre todo, porque todo es lo que se concentra en la cascada neurótica que es la Gran Manzana. Y eso incluye lo que ha sucedido y no solo lo que está sucediendo. Durante su estancia en la ciudad, conoce Nueva York a pie de calle, desde su apartamento o a través de los libros que hablan de su historia. En el caso de Nueva York, se da la paradoja de que su historia no es un cadáver que arrastra el presente en volúmenes enciclopédicos. Su historia está viva, permanece, como si la ciudad o lo que sea que construye la ciudad, algo que tiene más fuerza que la suma de vidas de sus habitantes, siga danzando y formando parte de la decadencia. Porque cuando uno se queda sin respiración, solo cabe decaer. Y eso es lo que sucede durante la lectura de este estupendo diccionario, como sucede cuando uno pasea por Broadway o el Down Town: las dimensiones no son humanas, el tiempo transcurre a una velocidad de tal magnitud que deja de existir. Reproducir esa idea es un gran logro de Alfonso Armada, quien a través de sus crónicas ya demostró su talento para la literatura. Este diccionario le ha permitido menos urgencia, pero igual premura, porque la ciudad no permite descanso.
Si nos atenemos a la literalidad del texto, Nueva York es y no es a la vez: es un estado de ánimo pero es un monstruo inorgánico, es la ciudad de los top ten y la de todos los demás, es triste y alegra porque siempre es dos emociones contrariadas, es barrera y es puente, es libertad y cárcel, es el Aleph y es un bar nocturno. Pero también es Alfonso Armada, porque a la hora de escribir, Armada convoca a todo su pasado para reflejarlo a la par que habla de Nueva York, como si fuera algo inevitable agarrarse al tarro de mermelada de la abuela mientras conoce la supuesta modernidad y las millones de versiones de la cultura que abundan en el centro de occidente. De ahí el peligro de convertirse en una droga que, en este caso, toma forma de literatura y de referentes literarios: si la cascada tiene que actuar como fuente, es una fuente inagotable. Hay perversión, sí, pero también unos encuentros formidables que no podrían haber tenido lugar en otro sitio.

En realidad, este diccionario es todo lo contrario a lo que se supone que debe cumplir como función, ya que plantea más preguntas que respuestas propone. La única regla es la alfabética. Por lo demás, se nos muestra un lugar que carece de límites. Armada no cesa de buscar símbolos a los que anclar el antropos, lo humano, y para nuestra sorpresa, el escritor más mencionado es Kafka. Tal vez porque Kafka sea para la literatura lo que Nueva York para la civilización. De esta forma, en una época en que todo el mundo parece querer escribir su libro sobre Nueva York tras una estancia larga, este diccionario resulta uno de los más aconsejables escritos en nuestro idioma. Para terminar, se incluyen las crónicas que Armada escribió a partir del 11-S. A lo largo del diccionario este suceso condiciona muchas entradas, pero no es suficiente exorcismo. Lo que sucedió es incomprensible y necesitamos darle forma, entenderlo. Pero en Nueva York no hay nada que entender. Simplemente, sucede.

Fuente: Culturamas

domingo, 21 de mayo de 2017

BUSCANDO UN PÁJARO AZUL

Un libro maravilloso, publicado por Automática, que en su día reseñé para Quimera

Buscando un pájaro azul
Joseph Wechsberg
Automática Editorial
269 páginas
Abril, 2014

Rapsodia para la bohemia


Buscando un pájaro azul pertenece a la envidiable categoría de libros felices. Se trata de uno de esos textos que a cualquiera le gustaría haber escrito. Porque narra anécdotas en las que nos gustaría haber participado. Y para hacerlo recurre a un tono que participa de la alegría de vivir. De hecho, tal vez de esto, precisamente, traten estos textos, de la alegría de vivir. De ahí que transmita felicidad al lector, una dosis de entusiasmo muy recomendable para el próximo fin de semana. Una dosis que nos hace desear que algún editor se anime a recuperar algún otro texto de Joseph Wechsberg (Ostrava, 1907 – Viena, 1983). Sabemos que escribió ensayos y libros de viaje, y también cientos de crónicas y artículos para revistas como The New Yorker o Esquire. Algunos de los cuales se encuentran dentro de este Buscando un pájaro azul. Y confiamos en no tardar mucho en toparnos con ellos. También sabemos que de todas las profesiones que ejerció, aquella con la que se identificaba, a la que confió esa suerte bohemia que consiguió crearse, fue la de músico. Wechsberg ejerció como violinista en orquestas, bares y barcos. Pasó meses sin ver la luz del sol, pues trabajaba de noche en algún garito parisino, y recorrió millones de kilómetros de océano con el compromiso de tocar a diario la Marsellesa.
Y así, a través de sus escritos nosotros descubrimos un mundo al que no podríamos aproximarnos de otra manera. Hay una segunda bohemia, alejada de las buhardillas de pintores y escritores malditos. Y esta es la de los vividores. Como Wechsberg, cuya audacia se caracteriza por el deseo de vivir. Un hombre de ingenio, con recursos para adaptarse sin perder el sentido de humor que conviene preservar para sostenernos en el mundo con dignidad. Y con una capacidad de improvisación notable. Como notable es su empatía, su compasión, su talento, en definitiva, para prestar atención a los detalles de humanidad que dan empaque a las anécdotas que relata, a su estilo, mundano, humilde, ocurrente pero nada mendicante, para buscarse el pan de cada día. De ahí que, por ejemplo, dedique varios episodios a otros humildes exiliados con los que topa en los barcos, como los camareros asiáticos. De ahí que su simpatía se vuelque hacia los que puede considerar sus congéneres, hacia los sencillos.
Siempre reconociendo que vivir es permanecer en el presente, Wechsberg puede llevarnos a su llegada a Nueva York sin olvidar el extrañamiento del desahuciado, que transforma en humor gracias a ese preludio del futuro que podemos llamar fantasía. O nos lleva de la mano a conocer a un pianista en permanente narcolepsia. O convierte a un coro de un local en un protagonista algo decadente, debido a que actúa entre los gestos de la comedia de cine mudo y la nostalgia de lo que ojalá no hubiera tenido lugar. Consciente de su membresía en la comunidad de supervivientes, nos lleva junto a sus compañeros de la claque de la ópera de Viena, desvelando sus manipulaciones con tintes de gamberrada juvenil, y otorgándolas el prestigio de la memoria. Y para combatir las dificultades que tiene a la hora de encontrar su lugar en el mundo, siempre acude al refugio de la amistad. Porque esta le facilitará la verdadera patria. Cabe preguntarse, durante la lectura de sus episodios como músico de barco, qué tipo de exilio es al que se somete, qué carácter se corresponde a quien elige ese desarraigo. Pero ese es un asunto que esperamos resolver el día en que caigan en nuestras manos nuevos textos de Wechsberg. Por lo pronto, sólo cabe recomendar a todo el mundo que el próximo fin de semana no se olvide de colocar Buscando un pájaro azul en su mesilla de noche o en el interior de su maleta.