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viernes, 23 de marzo de 2018

TAILANDIA


Ya fallecí

Ricardo Martínez Llorca
Cartográphica

Desde la orilla, lo más natural es suponer que hace cien años un aventurero de Conrad se encontraba remontando el río Mekhong para tropezar con un demonio seductor en la jungla que alfombra el pie del Himalaya. Este héroe, excitable y afortunado, también navegó en la piel de dulces jóvenes de Indochina cuando ellas aún cantaban frente a los espejos ovalados melodías como licores de azúcar, y paseaban por calles de barro vestidas con faldas de seda ceñidas por los tobillos, deslizando sus talles de vidrio con una ternura venérea. Un siglo después el intruso que recorre el “Puente de la Amistad” sólo encuentra emigrantes laosianos, con los pantalones vaqueros tan raídos como los ojos, lanzándose a la búsqueda de fortuna en las tierras de Tailandia. El Mekhong, uno de los ríos decanos de la historia, fluye como frontera natural, se aprovecha como arteria de comunicación y transporte, y arrastra todo el lodo de Asia, empujando fango y agua dulce desde un recoveco de Tíbet lavado por los monzones en la última estación húmeda. En Vientiane, la capital de Laos, el alemán que regenta el hotel donde me alojo, en el momento de despedirnos me felicita por haber escogido este país como destino de viaje: “Hace cuatro años no había coches, y ayer mismo tardé media hora en cruzar la calle. Dentro de otros cuatro años esto será tan turístico como ciertas regiones de Vietnam o Tailandia. La gente visitará Laos alojándose en hoteles y comiendo en restaurantes donde la televisión esté permanentemente conectada a la CNN, y en los bares pedirán cerveza San Miguel. Se acabó la delicadeza oriental”.
Dentro de una semana debo regresar a España en vuelo desde Bangkok, y decido salvar la frontera. Cruzo el “Puente de la Amistad”. En Nang Khong, una fronteriza ciudad mercado, me albergo en una casa de huéspedes con jardín y vistas al río. Antes de inscribir mi nombre en el registro, corro al retrete y me sorprendo al no dar con el acostumbrado modelo turco, sino una inmaculada e insólita taza de estilo occidental. Al levantar la tapadera descubro un cartel rotulado que avisa: “Para los gentiles culos asiáticos: NO ponerse de pie sobre la taza”. Por el suelo de los servicios y las duchas, de pulidos y sueltos guijarros, vagan las ranas del Mekhong; como todo lo que se tiñe de verde en este país, son de un color intenso y vivo.
Decido permanecer allí un largo fin de semana, tiempo que será suficiente para trabar mi ruta en un fértil vericueto de gente:
Una muy joven pareja de ingleses, con el rostro acribillado a pendientes de plata, acaba de emplearse en el hotel. Todavía no han aprendido a descifrar el libro de registro o los ingredientes del menú. Duermen en la habitación contigua a la que se me ha cedido, y ninguna mañana les apura el timbre del despertador, con lo cual tardan en desembotarse. Al grito de “¡mierda, mierda, mierda!” se incorporan al trabajo sin tiempo para desayunar. En ningún hotel me habían atendido antes con tanto afecto.
A la hora de la cena, un mestizo de cuarenta años y delatores rasgos de la madre África se acerca al comedor para beber un litro de agua mineral en compañía de los visitantes. Nació en Estados Unidos. Pero es hijo de una mujer senegalesa y un hombre de Marruecos. Pasó gran parte de su vida en Nepal y ahora reside en Tailandia. Planea mudarse a Tanzania, “seguramente a Zanzíbar”, me indica. Recorrió el mundo como miembro de las Fuerzas de Paz de la O.N.U., y actualmente posee una librería en la que destacan los estantes destinados a literatura “étnica” (las comillas son mías). Más de la mitad de los libros que llenan esta sección son producto de la fantasía de Tony Morrison. “Hago lo que puedo por reivindicar África. ¿Qué imagen se tiene en Europa de este continente? Cada vez que aparece una fotografía en la sección internacional de un periódico, se ve gente muriéndose de hambre o moribundos y muertos con el cráneo abierto a machetazos; mientras tanto, en la página contigua se encuentra una información sobre un país europeo o norteamericano en la que unos señores de piel lechosa exhiben traje, corbata y barriga, y se saludan con sonrisas sintéticas y dientes de metacrilato. Y creo que el mundo no es de un maniqueísmo tan simple”.
A la hora del desayuno coincido con un danés casi viejo, con iris descoloridos, que no ha saludado a su maquinilla de afeitar en una semana, y en varios minutos ha dado buena cuenta de medio litro de Chivas, pista suficiente como para deducir que ha venido a Nang Khong desde las tiendas libres de impuestos del aeropuerto, sin escalas y tal vez si probar bocado. Se trataba de un fleco del grupo de hippies que en los años setenta se afincó en Goa. Con el cambio del siglo y la llegada de las fiestas de música tecno a su refugio, los hippies piensan en nuevas costumbres, en otras fugas, y maldicen las modas, excepto la moda hippy. El viejo danés se dirige a Luang Prabang, en el corazón de Laos, para ponderar los riesgos y venturas de residir allí, de trasladar su estudio. “Soy artista”, dijo. A media tarde le vi balanceándose en un columpio fabricado con el neumático de un tractor, tumbado boca arriba, cantando coplas a los cúmulos que se deslizaban sobre el cristal del cielo. A su lado, la botella vacía. El color bermellón de la sangre se filtraba al exterior por todos los poros de su cuerpo.
Un cocinero sueco, de dieciocho años, trabaja en un restaurante de Vientiane. Huyó de su país detrás de su novia adolescente, a cuyos padres se les adjudicó Laos como destino diplomático. Cada tres meses, el cocinero cruza la frontera para obtener un nuevo visado de turista. Asegura que para un europeo resulta imposible obtener permiso de trabajo. Durante los tres o cuatro días por trimestre que permanece estancado el Nang Khong, acostumbra a enseñar juegos malabares a sus compañeros de hotel.
Julian, un inglés asentado en Tailandia, casado con una mujer asiática que semeja una silueta de cristal, nos relata el drama de su hijo: el bebé nació sin la arteria que porta sangre fresca del corazón a los pulmones. Su organismo, a modo de compensación, generó numerosas y diminutas arterias, minúsculos sucedáneos, que cumplen esa misión con suficiente entrega como para mantener al niño con vida. En un hospital especializado de Londres le revelaron que una solución definitiva pasa por múltiples intervenciones quirúrgicas. Julian comenta que las posibilidades de que este fallo del código genético se reproduzca en un nuevo hijo son del cien por cien. Después de beber otra cerveza, nos anuncia que su mujer está embarazada.
Cuando al poco de llegar me reúno con un grupo de gente que conversa alrededor de tazas de café, la primera persona que me presentan es un viajero pelirrojo que presume de haber alcanzado ese extremo del planeta sin subir a un avión. Es portugués. Me acerco a saludarle.
-Pues el portugués es un idioma mucho más interesante y útil de aprender que el español –es su respuesta a mi ademán. Reconozco que para expresar su dictamen hacía buen uso del inglés. Yo había avanzado el brazo para estrechar su mano y quedé perplejo, rígido, a merced de su pueril rencor-. Es cierto –insiste-, porque si sabes portugués puedes entender el español, y, sin embargo, los españoles no nos comprenden.
Confieso no sentirme muy orgulloso de mi nacionalidad geográfica, incluso en cierto modo comparto ese parecer que nos adjudica incomprensión hacia nuestro país vecino, aunque de un modo sin duda distinto al que sugería el portugués. Aun así, aquel viajero pelirrojo comenzaba a enfadarme. No soy ingenioso y mi cerebro funciona muy despacio; así, pues, permanecí callado en tanto elaboraba una réplica, permitiéndole continuar con su soflama contra uno de los idiomas de la península ibérica y a favor del otro. Yo juzgaba que era paradójico que la única vez en mi vida que se me han planteado trabas a la hora de relacionarme con una persona de Portugal, la conversación transcurriera en inglés y tan lejos de Europa.
-... eso es lo que les sucedió a mis amigos cuando viajaron por España –continuó perorando, sirviéndose de ejemplos para sostener su tesis.
Cuando, finalmente, pude intervenir, tan sólo discurrí afirmar que con frecuencia yo también tengo problemas para entenderme con la gente de mi país.
-Eso no sucede en Portugal –alegó.
Fue entonces cuando una voz apacible y secular acudió en mi socorro pronunciando la que quizás fuera la respuesta más apropiada a esta reiteración enquistada:
-Oh, qué interesante.
Tenía una piel de pergamino tan milenaria como las leyendas. Los rasgos asiáticos. Era un anciano miope que usaba anchas gafas de pasta negra. Escuálido, con la cabeza redonda y grande y el pelo negro azabache y una horrible verruga en su mejilla izquierda. Era, además, bajito y cojo. Sostenía frente a él, con ambas manos apoyadas en la empuñadura sin tallar, un bastón de madera sin más adornos que las vetas y nudos vegetales, pintado con un barniz muy oscuro. Jo era un apátrida de origen filipino, y poseía setenta años asidos como lastre a sus piernas.
El portugués prolongó su retórica de agraviado unos minutos más, pero en ese momento yo había conseguido vencer mi rigidez y había ocupado un asiento junto al anciano. Cada vez que un navajazo a mis escrúpulos me impelía a responder, Jo, que parecía prestar seria atención a la soflama, se me adelantaba exclamando levemente “Oh, qué interesante”. No percibí el menor poso de elogio o ironía en su voz.
Media hora más tarde, un victorioso portugués parte a una insobornable conquista lexicológica de Laos, China y Siberia.
Durante los últimos meses Jo había sido fiel a esas tertulias que se gestaban al sopor de la sobremesa. Las sombras verdes y frondosas de las veras del río otorgaban al aire un clima benigno, que Jo aprovechaba como refugio para corregir el manuscrito de un libro. A caballo entre la ficción, la novela histórica y el ensayo artístico, Jo pretendía narrar la edificación sentimental de un palacio y una cúpula que un príncipe indio dedicó a su amada.
-¿El Taj Mahal? –indagué.
-Parecido. Es un caso parecido, anterior y bastante más pobre.
Unos meses más tarde, mientras viajaba por el estado indio de Karnataka, visité este palacio. Pero esa historia pertenece a Jo.
No creo que exista forma humana de sumar los metros que Jo había recorrido a lo largo de su vida. Aunque acostumbraba más a escuchar que a imponer su voz, que semejaba pliegues de aire, en ocasiones refería alguna anécdota de sus viajes, y siempre comenzaba citando el año en que sucedió:
-En 1972, cuando me encontraba en Kenya, tratando de seguir, por tercera vez en mi vida, la ruta en torno al globo terráqueo que dibuja el ecuador...
Al cabo de dos días coincidiendo frente al tumultuoso río pardo, le pregunté cómo había conseguido viajar tanto, de dónde había sacado tiempo, dinero y eso que se conoce como ganas y se significa por la escasa nostalgia por una aldea a la que retornar.
-No tengo tierra. Nací en Filipinas y me alejé pronto de allí –contestó-. Mis padres murieron cuando yo era un crío. Aprendí inglés siendo adolescente. Una vez que dominé con cierta solvencia esta lengua, y cuando tenía en mi poder un permiso de trabajo y residencia en Gran Bretaña, olvidé mi idioma materno. Ahora mismo, sería incapaz de pronunciar un monosílabo en ese dialecto. La verdad es que mi inglés dista de ser perfecto, pero es el único idioma que domino con corrección suficiente como para no cometer graves errores gramaticales al escribir. El principal defecto de mi inglés literario es la escasez de léxico. Como comprenderás, el sentimiento que vierto hacia el idioma, al carecer de uno que pueda designar como propio, es similar al que experimento por la patria. Nunca he tenido casa ni dirección fija, y jamás he acumulado más bienes de los que puede contener una mochila. Ni siquiera ahora, cuando la vejez me obliga a permanecer casi inmóvil, hago acopio de pertenencias. Posiblemente sea por eso por lo que pude viajar tanto, moverme tanto. Nunca tuve un destino al que regresar.
Recuerdo sus constantes silencios muy atentos. Al revisar mis cuadernos, encuentro frases suyas dispersas. Busco reunirlas para componer un discurso que admito como impropio de su cansancio crónico y muy débil.
-De joven trabajaba muy poco –confesaba-; tal vez dos o tres meses al año. El resto del tiempo lo dedicaba a peregrinar por el mundo. Como apenas acumulaba dinero no gastaba en transportes y me desplazaba únicamente andando o en autostop. Comía frío a diario; durante semanas me alimentaba de fiambre y pan y latas de bonito. He dormido en las cunetas de todas las carreteras de la Tierra. Pero eran otros tiempos. Hace treinta y cuarenta años en las carreteras apenas se presentaban riesgos.
Cuando callaba se podía sentir el flujo de la sangre atravesando su corazón y resonando contra las costillas en un eco suave.
-Empecé a considerar que pisaba el lodo de un problema hace menos de diez años, cuando me di cuenta de que no podía vivir eternamente así, que mi salud se resentía y que no había ahorrado dinero, ni disponía de rentas ni había cotizado lo suficiente en ningún país como para percibir una pensión. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que los escritores cobran un porcentaje de las ventas toda la vida y opté por dedicarme a escribir. Como lo único que sé hacer es viajar, quise consagrarme a las guías para viajeros. Y así, a través de gente que había ido conociendo, contacté con Tony Wheeler, el fundador y director de Lonely Planet. Le pregunté qué países le gustaría incluir en su catálogo, aunque ofrecieran aparente dificultad, mayor aún para un hombre de sesenta años. He escrito las guías de Pakistán y Bangla Desh. Por si algún día pretendes contactar con él, debo advertirte que Tony, además de simpático, es un auténtico mercader. Sabe vigilar su negocio. Recuerdo que para hacer el viaje por Bangla Desh me entregó un dinero que apenas bastaba para sobrevivir allí dos meses; protesté por la falta de tiempo y recursos. Tony me respondió que a él le interesa la gente que viaja deprisa, deprisa, pues de lo contrario, teniendo en cuenta el tiempo que supone la producción y distribución mundial del libro, la información llegaría caducada a los lectores. La verdad es que siempre aparece caducada; en ocasiones las noticias que aportan las guías son arcaicas.
Después de muchas horas conversando, me fijé en sus iris oscuros. Tenía ojos de antaño, con un brillo de aceite, como si estuvieran vivos y embalsamados.
-¿No conocerás a Joe Cummings? –me preguntó-. Joe preparó las guías de Tailandia y Laos. Coincidí con él aquí, sentados a esta misma mesa, mientras recopilaba información para escribir sobre Laos. Lo que hizo fue instalarse en este hotel y alquilar una moto. Todos los días cruzaba la frontera antes del amanecer y regresaba por la noche. Apenas durmió un par de veces al otro lado del Mekhong. Estuvo dos semanas trabajando así para recoger toda la información que consta en la biblia de los viajeros que atraviesan Laos. Una vez al año pasa por aquí, para renovar la guía de Tailandia, y se sienta a cenar con Julian; le hostiga a preguntas: qué hoteles han abierto y cerrado, cuáles son los precios de los restaurantes, si han cambiado los horarios y las tarifas de los autobuses y los trenes, etcétera. Así se elaboran los manuales en los que tanto confían los mochileros. Al igual que los novelistas de ficción, los autores de guías osamos hablar de cosas que tal vez existan, pero que no conocemos personalmente.
Me desconcertaba la capacidad que Jo tenía para respirar inmóvil, se diría nutriéndose del silencio.
-Recuerdo que cuando estaba en Bangla Desh tuve que llamar a Australia y pedirle a Tony más dinero y otros quince días para terminar el trabajo. No sé conducir una moto. Siempre me he movido en transportes públicos, y en Bangla Desh son escasos y no muy veloces.
-¿Sólo escribes guías? –interrogo- ¿No te has propuesto trabajar para una revista o escribir una novela?
-También he escrito algunos artículos para revistas y periódicos, pero nunca quise atarme a nada. Ahora confío en encontrar editor para mi libro. Ya estoy haciendo las correcciones de estilo. Supongo que cuando acabe esta tarea buscaré otro lugar donde albergarme unos meses, tal vez al sur. Viajaré así de despacio hasta que decida que se ha acabado mi tiempo. Tengo la fortuna de saber que puedo elegir la fecha de mi muerte. Ya fallecí una vez, hace un par de años, durante una operación a corazón abierto. Recuerdo que no había nada y de repente me descubrí viajando hacia una luz muy intensa. Al principio creí que esa luz significaba el otro lado de la vida, que alcanzarla equivalía a morir, pero de pronto me di cuenta de que se trataba de la lámpara del quirófano. Entonces me di la vuelta y descubrí que acababa de abandonar mi cuerpo. Los cirujanos se esforzaban, operaban implacablemente, inútilmente, maniobraban con todas mis vísceras al aire, azotaban mis órganos. Entonces decidí que aún no había llegado mi hora y regresé a este caparazón de piel y huesos. De aquel tropezón con la línea de la muerte conservo esta cojera; algo dejó de funcionar en el riego sanguíneo de mi pierna, que pareció morir para advertirme siempre del peligro que corro paseando por esta Tierra. Tal vez por eso ahora duermo tanto. ¿Te extraña esta dualidad tan evidente entre cuerpo y alma? Intentaré explicarla con un interrogante y un ejemplo. ¿No tienes la impresión de que un pedazo de tu alma te abandona si contemplas cómo se adormece la tarde, y que tienes que hacerlo regresar de los colores de miel y cobre en que se ha enfrascado por que tiende a huir tras ellos?

CANADÁ


El aventurero apócrifo

 Ricardo Martínez Llorca

 Cartográphica

 

Andrew me saludó con un muy perezoso “buenos días” envuelto en un tono neumático. Durante la noche anterior, yo había leído La Regenta. Me encontraba en el albergue de Tadoussac, una gigantesca casa de campo que adolece de una grave carencia de puertas que separen las estancias y dormitorios, de modo que cualquier ruido puede circular por los rincones forrados de pino negro con idéntica libertad de movimientos con que se prodigan los olores. Esa noche, un búfalo de Vancouver que dormía con un bañador de ojos estampados roncaba a metro y medio de mi litera. Roncó sin interrupción durante ocho horas, a pesar de la terapia de codazos a que le sometió su azorada mujer. Los ronquidos atestaron la atmósfera juvenil, desfigurando los segmentos de gregoriano que el coro de una facultad inglesa entonaba en la cocina, en un piso inferior, con unas voces que iban fermentando por efecto de una combinación de licores de fruta. El búfalo, con ciento cincuenta kilos de sebo abrazados a la cintura y unas descomunales fosas en la nariz en las que se veían vibrar las mucosidades sonoras, no permitió a nadie conciliar el sueño en toda la noche. Pero no le guardo rencor, porque gracias a su involuntaria hostilidad leí La Regenta. Cargué todos los cartuchos de la paciencia y abrí el libro por la página cincuenta y dos, que era donde había interrumpido mi lectura durante el viaje en autobús. Al tiempo que Ana Ozores sentía el vientre de un sapo en la boca, yo veía despuntar el día a través del ojo de buey que hacía las veces de ventana.

Recuerdo que por la mañana me lavé los dientes tres veces pensando que esa higiene me ayudaría a despejar el gusto a sopor arisco, a flema y a adulterio reverente que el tránsito de la noche había infiltrado en mi lengua. Desde los cerros próximos al río Saguenay y a su desembocadura en el San Lorenzo, acudía al villorrio la brisa mentolada que se refina en los bosques de coníferas. Los huéspedes del albergue partieron en sus coches o en bicicletas alquiladas al encuentro del origen de aquel viento muy ligero. Tan sólo una persona permanecía hundida sin condiciones en el colchón de su cama. Esa persona había llegado ayer, a última hora, y le fue adjudicado el peor lugar del albergue, el más cercano a la entrada, donde era constantemente incomodado por el tránsito de las personas. Tras una noche tan divergente, y envuelto por la ligera canícula pastosa que siempre se apodera de las lindes de las grandes masas de agua, yo sentía una galbana en carne viva que me impelía a no hacer nada; así pues, me limité a sentarme en los escalones del porche, y permití a mi mirada vagar por el césped y la quebrada línea del cielo que dibujaban los pinos sobre las lomas. En Canadá es fácil tocar el silencio vivo e inmóvil del mundo vegetal. Sé que me hubiera quedado dormido de no ser porque unas nubes finas como un velo filtraban la potencia de los rayos de sol.
Ignoro cuánto tiempo transcurrió sin que se me antojara cambiar de postura, antes de que unos pasos renqueantes hicieran crujir despaciosamente las tablas de la tarima. Andrew, demostrando ser, tal vez, el único sensato de todos nosotros, había esperado a que se despertara el búfalo para comenzar a dormir. Aunque, según supe más tarde, apenas superaba los cincuenta años, su aspecto era centenario; su cuerpo menudo no era el propio de un hombre bajito cuyo crecimiento se hubiera estancado en el metro sesenta, y cuyo esqueleto no se dilató lo bastante como para soportar una masa muscular digna de un levantador de pesas; se diría, más bien, que Andrew ya había encogido desde el tamaño mediano que alcanzó en su juventud. Tenía tantos pliegues en la cara que las ranuras de sus ojos se disimulaban como un valle más en una cordillera. Cuando más tarde pude observar su rostro con calma, comprobé que sus iris eran de una inocencia tan celeste como la que tiñe el éter de los desiertos.
Andrew me saludó con un perezoso “buenos días”, bajó al jardín, se descalzó y se estiró sin pudor para terminar de desvelarse con la cara vuelta hacia un sol tamizado. Volvió a calzarse, me saludó de nuevo, ahora con más brío, y regresó al interior del albergue mascullando. Pude oír cómo se hacía entender con una de las personas que regentaba el albergue, ralentizando su acento de Manhattan y obligando a su interlocutor a repetir una y otra vez las respuestas que articulaba en el francés de Quebec.
-Hablan un inglés perfecto –le diría yo más adelante-, y al contrario de lo que se asegura, no tienen ningún reparo en expresarse en ese idioma.
-Lo sé. Ha sido cosa mía: no les he permitido responderme en otro idioma que no sea francés, porque me he propuesto aprenderlo.
Andrew confesaría varias veces, a lo largo del día, que la gente que en Nueva York ha tenido un trabajo como el suyo no ha podido aprender casi nada, ni siquiera a cocinar. Nunca he conocido a nadie que tuviera menos vergüenza a la hora de revelar su ignorancia. Tampoco recuerdo que la justificara por falta de tiempo, que es la más frecuente de las excusas.
-¿En qué trabajas? –pregunté.
-No trabajo. Me jubilé. He sido agente de bolsa durante veinticinco años. Tanto tiempo en Wall Street basta para fundir una vida -me confesaría más tarde.
Cuando Andrew se asomó nuevamente al porche, tras un debate bilingüe que más bien pareció dos monólogos superpuestos, portaba en una mano un mapa dibujado a lápiz en el que se indicaba la ruta para llegar a la mejor pescadería de los entornos, situada en un puerto de la región en que el río San Lorenzo es tan ancho como el mar, o el mar ya se ha adueñado del río. Había que recorrer más de veinte kilómetros por la costa, llegando casi a la desembocadura del río San Lorenzo. Andrew se detuvo a mi lado, miró a su derecha, miró a su izquierda y miró al cielo, a ese lugar donde un círculo de un amarillo entumecido indicaba la posición del sol; luego se dirigió a mí:
-Voy a desayunar. ¿Quieres acompañarme?
-¿Hacia dónde vas?
-Aquí –afirmó, mostrándome los garabatos que se pintaban en el plano-, a comprar pescado aquí y comerlo junto al mar. ¿Quieres venir?
Siento la perplejidad del somnoliento.
-¿Por qué no? –respondo.
Aquel año mi situación económica había sido desahogada, y pude permitirme viajar durante unos meses por Estados Unidos y Canadá. Tracé un itinerario que me guió hacia varios puertos de mar: el pandemónium de mástiles recién barnizados que adornan el urbano muelle de la alta sociedad de Manhattan, recortándose contra rascacielos de cristal azul; el organizado y casi victoriano de Boston; el pequeño puerto de Bar Harbour, en el parque nacional de Acadia, donde la niebla recrea una atmósfera mística en la que se respira con limpieza; y varios de los situados en la costa de Nueva Escocia, una de las zonas del planeta donde los segundos caen más despacio: la pausada belleza de Lunenburg, la brumosa soledad de Blue Rocks, o la inmensidad del puerto natural de Halifax; también recorrí las costas de la Isla del Príncipe Eduardo, donde los fondeaderos confunden su dedicación a los botes de recreo con su acogida a los barcos de pesca. Hasta que llegué al puerto de agua dulce de Tadoussac, donde conocí a Andrew.
Andrew había arribado conduciendo, desde Nueva York, un Ford Fiesta de catorce años con la carrocería hecha un higo de lata. La tapicería de los asientos no era más fuerte que una gasa; no había repuesto la varilla del limpiaparabrisas que le robaron en un aparcamiento de la Séptima avenida, y se habían roto los mecanismos manuales que sirven para subir y bajar las lunas de las ventanas. En la parte posterior, sujeta al vehículo por unos amarres de bricolaje casero, una bicicleta de principios de siglo se exponía a todas las inclemencias climatológicas y al humo graso y espeso que se escurría del tubo de escape. Ningún centímetro cuadrado de la bicicleta carecía de herrumbre. Andrew intentó poner en marcha el motor del coche. Algo bajo el capó rezongó con una tos semejante al ronquido de Vancouver que no nos había permitido dormir. Andrew hurgó en unos cables forrados de cinta aislante que asomaban bajo el salpicadero. Giró la llave de contacto con una insistencia pueril y violenta. Cuando yo estaba a punto de advertirle que de seguir insistiendo quemaría el encendido, el artefacto arrancó. Tampoco funcionaba la aguja de la velocidad, y Andrew se orientaba por el indicador de las revoluciones.
-En cualquier caso –aseguraba- va a ser difícil que supere los límites de velocidad permitidos por mucho que pise el acelerador de este trasto.
Fue durante esos veinte minutos de trayecto cuando Andrew me comentó que había bregado demasiado tiempo como tiburón en Wall Street.
-Y exactamente, ¿qué es lo que hacías? –indagué.
-No sé si prefiero no recordarlo, o simplemente no hubo tiempo suficiente como para que se grabara en mi memoria.
Me explicó que si sus cálculos habían sido correctos, sus inversiones en propiedades bastarían para permitirle vivir de las rentas sin precariedades. Para él vivir cómodamente significaba viajar en un Ford moribundo, pasear sobre una bicicleta que ya hace lustros superó la fecha de caducidad y alojarse en albergues de dormitorios compartidos donde cualquier búfalo hostil te impide dormir. El que no desea nada, lo posee todo.
-En cualquier caso –aseveraba-, los años que estuve trabajando yo no poseía mucho más, y si lo tenía no me enteraba, pues cuando se vive el mito de Wall Street no se recibe la oportunidad de ocupar la cabeza en otros asuntos.
Con los pocos ahorros que puede obtener alguien de su posición, se había comprado un apartamento en la zona baja de Manhattan, “donde te puedes alojar cuando te acerques por allí”, me invitó:
-Lástima que no lleve otro juego de llaves encima para prestártelo por si acaso llegas y yo no estoy –y a continuación me explicó cómo era su apartamento-: es una simple habitación con baño. Si te colocas en el centro y estiras los brazos, mientras con una mano tocas la cama con la otra puedes preparar una tortilla.
Mostré mi extrañeza ante un nivel de vida en apariencia inferior al que yo consideraba que debía tener alguien que había ocupado su posición social.
-En primer lugar –aclaró-, debes tener en cuenta que Manhattan es muy caro. En segundo lugar, te informo de que los agentes de bolsa ganan menos dinero del que la gente cree, pero deben fingir riqueza para mantener un estatus social tal que los clientes no dejen de confiar en él. Los clientes son, en realidad, el enemigo de los agentes de bolsa. He visto circular miles de millones de dólares por mis manos, de los cuales yo retenía una miseria. Ten en cuenta que nuestras ganancias se gestionan por comisiones, y que los clientes juzgan que el dinero que recibimos se lo estamos robando a ellos, que debería ser parte de sus beneficios, con lo cual los porcentajes de nuestras comisiones son mínimos. Nuestros clientes no se cansarían de acumular fortuna aunque nos estuvieran asesinando a mordiscos. Y si un día pierdes, el cliente te despide y se las arregla para que quedes endeudado.
Otra de las cosas para las que Andrew no había tenido tiempo en toda su vida, fue para casarse o formalizar una relación al menos durante unos meses. A lo largo de veinticinco años sólo había hecho el amor pagando y sin alternar previamente. Del único amigo del que le oí hablar fue del director editorial del Reader’s Digest.
-Lee mucho, aunque bien mirado no sé si es un hombre culto –comentó-, pero es un tipo muy informado.
Llegamos a nuestro destino, una villa portuaria dócil bajo el cielo inmenso y de un azul abierto tan característico de la tierra que se arrima al mar.
Durante las maniobras para aparcar, del automóvil se fugaron todos los ruidos de aceite y chatarra que transportaba bajo la carrocería. Me pareció que había una fragua de duendes infernales, gremlins,  masacrando los tornillos y la chapa, chapoteando en la gasolina.
En la pescadería los filetes frescos reposaban sobre un hielo picado expuesto en una configuración armónica y polar. Recuerdo mi sorpresa ante la variedad de colores que presenta la carne cruda de los pescados de la península del Labrador y la región de Terranova en estado crudo. Andrew fue señalando, una por una, todas las piezas que había sobre el mostrador, y preguntando el nombre del pez. Le envolvieron media docena de filetes en papel de estraza, al tiempo que le indicaban la dirección de un ultramarinos y la calle que debía seguir para alcanzar el malecón. En el ultramarinos compró sal y mantequilla. Nos dirigimos a la costa. No había cerros alrededor y el viento circulaba con la única libertad que posiblemente existe, y que estriba en una facilidad total para moverse por donde a uno le apetezca.
Andrew acomodó con escasa pericia una bombona de camping entre las rocas y la arena, al pie del malecón. Estrenó y enroscó un infiernillo, y probó la estabilidad de la instalación colocando una sartén sobre las varillas. Llevaba consigo un solo plato y un único tenedor.
-Esto para ti –dijo, extendiendo el plato hacia donde yo estaba-, yo comeré en la sartén.
Como el aire giraba caprichosamente, Andrew se veía obligado a cambiar constantemente la ubicación del camping gas. Cada vez que lo situaba de nuevo, equilibrándolo con piedras bajo la bombona, hacía una prueba de estabilidad con la sartén, y cada vez con mayor riesgo.
La costa formaba una pequeña bahía, y frente a nosotros un espigón de tierra se internaba quinientos metros en un mar tan tranquilo y plano como un espejo sin imágenes. Sobre el rompeolas natural se desperdigaban casas para turistas y al final del paseo, al límite del mar, donde las aguas dulces y saladas se confunden, se levantaba una grave cruz de hierro colado.
-Se está bien aquí –dijo Andrew al reparar en que yo contemplaba ese paisaje tan sencillo, hecho una cinta de horizonte. A continuación tornó a su batalla con la sartén, la mantequilla y el equilibrio. Mientras estaba cocinando no cesaba de mascullar interjecciones y tonadillas, de mascar la nada. Los trozos de pescado se migaban al pegarse a la sartén maltrecha. Preparó la mitad de los filetes, que sirvió en el plato y me regaló.
-Cómelo –dijo-, antes de que se enfríe.
Clavé una mirada perpleja en el único tenedor de que disponíamos y que Andrew utilizaba para volver en la sartén las tiras de pescado.
-¿Miras el tenedor? –interrogó Andrew-. Bueno, estoy pensando que quizá sea mejor que yo disponga de él y que tú comas con los dedos. Me quemaría si intentara coger la comida directamente de la sartén.
Entonces vi cómo Andrew se apartaba repentinamente del infiernillo, y pegaba un salto que le hizo tambalearse. Andrew saltó a tiempo, justo antes de que la mantequilla encendida cayera sobre sus pies, cuando la bombona terminó por vencerse y nos sorprendió en un volteo que malogró una excelente pieza de un animal marino cuyo nombre ignoro. La carne del pez se embadurnó de arena. Andrew exclamó en unos murmullos como graznidos lenes, maldiciendo con todas las imprecaciones que se encuentran en los diccionarios de Oxford y de Harlem. Me miró, sonrió y recogió la loncha dorada y sucia. Sacudió la carne con el envés de la mano, recolectó trozos dispersos del pescado, que se había desmigado al chocar contra las piedras, y arrojó todo nuevamente a la sartén.
-Pienso comérmelo sea como sea –afirmó sin complejos y sin rencor-. No voy a dejarlo ahí –sonreía.
-¿Quieres que te cambie el plato? –ofrecí-. Al fin y al cabo, yo no tengo mucha hambre: he podido desayunar.
-Tú limítate a acabar tu ración –ordenó.
Antes de guardar la sartén en el maletero, la frotó con tierra y la remojó en las olas.
Hicimos el camino de regreso bordeando la costa para no perder la dirección que nos podía guiar hasta una gran duna que cae hacia el río San Lorenzo con un desnivel que rozaba los cuarenta y cinco grados, y que superaba una altura de más de cien metros. Es uno de los parajes más populares de la región, y los críos acudían a la playa que se encontraba en la parte de abajo para tratar en vano de ascender la montaña, con las piernas hundidas hasta la ingle en una arena parda. Los adultos preferían aparcar en la zona superior para que el viento les peinara el cabello y la nostalgia. Allí di por concluida mi conversación con Andrew, dado que los rugidos del aire no me permitían descifrar su voz de golosina vieja.
Una vez que retornamos al albergue de Tadoussac, Andrew me sugirió una despedida mientras descolgaba la bicicleta de los anclajes.
-Si no te importa –dijo- voy a dedicarle un rato a mi bicicleta. Hace mucho que no practico y estoy fuera de forma, por eso quiero que este aparato no se me resista mañana. Voy a ir tan lejos como pueda.
Le vi sacar un estropajo de la guantera y frotar las ronchas de óxido que se acomodaban desde hace lustros sobre el cuadro de la bicicleta como musgo que en otoño se apodera de las rocas. Imaginé qué tipo de óxido debía ser aquel, generado en el aire salino y poluto de Nueva York.
Aproveché esos instantes de la tarde para acercarme a la boca del único fiordo que existe en América del Norte. En verano las ballenas arriban a Tadoussac y remontan el fiordo al encuentro de masas del placton que se reproduce en agua dulce. Llegué a tiempo de ver los lomos de nata de las belugas y los chorros de aire de una familia de ballenas grises. El cielo se había abierto, y decidí permanecer allí sentado en tanto que el sol se extendiera sobre las superficies de las lanchas de roca que cubrían las orillas y, del agua tranquila, interrumpida aquí y allá por colinas del cuerpo de las ballenas. Los espectadores nos dejábamos lamer por un calor tardío y muy tierno.
Volví al albergue con el estómago convenientemente sacudido para la cena, y encontré a Andrew concentrado en una disputa de ajedrez de la que él no era sino un espectador. Al finalizar la partida, Andrew pidió permiso para ocupar la plaza que dejaba libre el derrotado. Pero en lugar de colocar las figuras en disposición de iniciar una nueva partida, las dispuso como si el juego se hubiera desarrollado en gran medida.
-Aquí es donde él cometió el error –explicó mientras señalaba al jugador vencido-, moviendo este alfil. Debería haber sacrificado este caballo.
Su rival aceptó el desafío de retomar el juego allí donde Andrew insinuaba, y perdió en nueve movimientos.
-Hola Ricardo –me saludó Andrew-. ¿Quieres jugar?
-No, lo siento. No me atrae el ajedrez. Quizás es porque soy muy malo, o quizás porque me aburre, y me aburre porque no soy lo bastante inteligente.
-Confundir la inteligencia con jugar al ajedrez es un disparate –me aleccionó Andrew, y por primera vez sus palabras, al adquirir una función docente, se transformaron en vocablos inteligibles, bien articulados-. Esto es una banal actividad de tácticas. Yo apenas he jugado al ajedrez en mi vida, y si lo hago bien no es porque sea inteligente, que no lo soy, sino por su semejanza con la especulación en bolsa.
Andrew quedó enfrascado en otra partida mientras los demás nos dirigíamos al comedor. Esa noche me acosté pronto para madrugar al día siguiente, alquilar una canoa y acercarme al lago más próximo, donde viven castores. El búfalo de Vancouver había partido y caí en un sueño profundo sin tener tiempo para asomarme a ninguno de los libros que me acompañaban. No volví a ver al agente de bolsa retirado. Si la cualidad que se le supone al aventurero es el valor, el mesurado arrojo hacia lo ignorado, Andrew era, sin duda, un aventurero, porque a pesar de haber conocido las cloacas del dinero y la especulación su espíritu parecía mantenerse tan virgen como el de un monaguillo. Y, sin embargo, su imagen no puede estar más alejada de la del viajero corajudo. Su aspecto anciano, recorriendo el mundo en un Ford Fiesta marchito, o como un caballero caduco sobre una bicicleta decimonónica, haciéndose entender con su acento de goma ajada, sus escasas tablas para orientarse en otro lugar que no sean las calles aritméticas de la Gran Manzana, el poco protagonismo que hincha sus pulmones, me hacen pensar en que él es la versión más disimulada que uno puede encontrar de un aventurero. Carecía de muchas cosas, pero no de valor. Lejos de los mitos arrogantes, de la audacia y la temeridad, Andrew era, entre los nómadas, un aventurero apócrifo, por el sencillo hecho de que se negaba a considerarse a sí mismo un aventurero.

NUEVA YORK


El sabor a poso de las imágenes

Ricardo Martínez Llorca
Cartográphica


Es posible que para describir Nueva York sea inevitable crear un género teatral en el que se incluya una nueva forma de escenario. El autor de la tragicomedia sería un potaje cocinado con las voces de todos los dementes del planeta. Habría un director de orquesta, que acaso fuera una ama de casa con la mitad de la anatomía subcutánea sustituida por colágeno, el pelo teñido de verde y el corazón tan dilatado como el de un corredor de fondo, y que con la correa del perro por batuta se encargaría de mantener el desconcierto dentro de un tono privativo. Porque Nueva York posee, a pesar de su disparatado hormigueo, un tono monótono y peculiar que cualquier intruso identifica prontamente con el sabor a poso de las imágenes con que nos empalagan los medios audiovisuales.
Por las aceras impuras vagan los sobrevivientes de cientos de batallas, señalados por unas dentelladas que los vencedores les han disparado para que les sofocaran las vértebras lumbares. Estas almas corpóreas cargan a hombros con todos los motivos de sus derrotas: las populosas calles y escuelas, los vertiginosos horarios, los espejos que multiplican los fracasos del maquillaje, los dormitorios invadidos por la más ruidosa nocturnidad, el tabaco y su avocación clandestina, los ojos de las muchedumbres, las versiones más ácidas de los virus, las violentas ranuras para tarjetas de crédito, la similitud entre la noche y el día, el esqueleto sufriente que porta erguido toneladas de grasa, la interminable respiración en la que se reconocen las grietas del aire de esta ciudad, los vapores grises que escapan por las rejas de las alcantarillas como el cuerpo de un calor bochornoso, el cáncer de los motores, los huesos de los paraguas baratos, esos galopes en la sangre que entierran recuerdos con dosis arenosas de lo inmediato, las sombras multiplicadas por focos de neón y haces de colores fogosos, la obscenidad sexual de la silicona, la ausencia de estrellas entre los recortes de cielo, las reliquias vivas de nuestro siglo proyectadas en pantallas blancas, el envejecimiento y la absorción veloz por todos los capilares del intestino de las carnes inflamadas de hormonas, el desconocimiento del sol y sus secuelas: la aurora y el ocaso.
A paso acelerado camina este ejercito de espectros y corazas, de vencidos que todavía confían en la suerte que cabe dentro de los recovecos de las chaquetas y pantalones: una mulata con cien kilos de carne en cada nalga que mastica una pizza de macarrones mientras acaricia el canto de una american-express que guarda en el bolso de piel de lagarto; un camello con los ojos preñados de plasma que espera a su cliente con el aliento cayéndosele de la boca y de la vida, sin sacar la mano del bolsillo de la cazadora, donde esconde un gramo de cocaína; un guarda de seguridad de papada displicente y los cinco sentidos huecos, que aprieta el brazo contra el cuerpo para cerciorarse de la presencia de su seguro de vida metálico que carga en el sobaco; una anciana que deambula por Central Park paseando a su perrito de diez centímetros esgrimiendo una pala de plástico y la bolsa donde recoge los excrementos de la pequeña bestia, y que custodia sin vergüenza los frascos de medicinas que chocan en el bolsillo de su abrigo, un abrigo que viste incluso en verano para transportar con facilidad las píldoras; una pelirroja de veinte años, de traje apretado y pechos como montañas, que conserva su esperanza en un billete de lotería terminado en siete, y también en el éxito combinado, en la próxima cita, de sus ojos azules y sus pezones; un culturista que abandona el gimnasio con la planificación de una gran dieta escrita en un papel amarillo que aprieta en el puño, y en cuyo reverso figura la receta de una tortilla de clembuterol; un taxista que se acaricia el tobillo en que oculta una navaja con muelle; un tiburón de Wall Street que lleva su paquete de acciones en el disco duro de su ordenador portátil; un bujarrón confiado en la inmunidad del preservativo que guarda muy cerca de la entrepierna; una adolescente negra con una maleta de cartón y dos direcciones garabateadas en un trozo de papel cuadriculado, la de un prostíbulo y la de un predicador de religiones al mejor postor; el número uno de su promoción universitaria entregando la petición de una beca en la dirección del Metropolitan; un carnicero chino amante del teatro que acaba de obtener una entrada para un estreno de Broadway... Y, probablemente, aunque yo no lo sepa, un marciano esconde en sus uñas grabadoras en las que registra nuestras conversaciones para luego denunciarnos ante el alto tribunal estelar:
-Acuso a la humanidad de generar lo indefinido.
-¿Y eso es un crimen?
-Lo ignoro: ¿cómo puedo saberlo si no soy capaz de definirlo? Sobre Nueva York es imposible opinar, y difícilmente se podrá describir esta urbe ni aun disponiendo de todos los diccionarios siderales. No acuso por tener pruebas de nada, sino porque he regresado con todo esto metido en la nariz –y el marciano tira de un hilo que sobresale de su fosa nasal y en el que se ensartan las enumeraciones antes expuestas.
Frente a la entrada principal de la estación de autobuses de Manhattan queda un portal anónimo, turbio y mugriento. Está flanqueado por el escaparate de una tienda de vídeos pornográficos, y una sala cuya actividad delatan las tres equis descomunales y rosas que lucen en la fachada y cuyos filamentos se quejan. Ese portal anónimo y disuasorio es, en realidad, la entrada al albergue más barato de la Gran Manzana. La existencia de este antro se transmite boca a boca entre los viajeros, y sus dueños se preocupan de que no figure en ninguna guía. Antes de que el portero permita el paso, uno se ve sometido a un cuestionario completo vía interfono: nombre, nacionalidad, número del pasaporte, nombre del viajero que informó, lugar donde os encontrasteis...
A la mañana siguiente, después de haber dormido entre los sudores empalagosos de un adolescente japonés y los ronquidos agudos de un inmigrante mejicano, me dispuse a salir en busca de una tienda de libros de ocasión a la que, según me habían aconsejado, conviene acudir armado del cepillo de dientes. Desirée, una negra espigada con la sonrisa de nieve, atiende en esos momentos la recepción del albergue. Es ella quien me facilita la dirección de la librería. Antes de que yo desaparezca por las escaleras, Desirée me llama:
-¡Ricardo!
Me sorprendo de que utilice mi nombre de pila cuando hace apenas un minuto que la conozco.
-¿Sí?
-¿Fumas?
-A veces un puro en las bodas de mis amigos, pero normalmente no, ¿por qué?
-Porque he candado la puerta que da a la terraza del edificio, ¿sabes? Hay gente que sube allí para fumar porque aquí dentro está prohibido, y andar por la terraza es peligroso.
-¿Peligroso?
-Sí. Este es un edificio bajo y los vecinos de los rascacielos, en cuanto ven a alguien en las terrazas se dedican a tirarles botellas y platos.
-¿Por qué lo hacen?
-¿Cómo que por qué lo hacen? ¿Estás de broma? Lo hacen porque esto, Ricardo, es Nueva York.

jueves, 22 de marzo de 2018

INDIA


Escasas resonancias

Ricardo Martínez Llorca
Cartográphica

Recortada contra el pie del cielo, la pequeña bahía mostraba una silueta puntiaguda bañada por una luz de cobre líquido. El aire de la mañana se había hecho espuma, y entre esas transparencias tan dudosas destacaba la figura de un adolescente envuelto en sedas rosas, celestes y blancas que ondeaban acatando los caprichos del viento. En ese instante, el intruso -un viajero con afán de ser invisible e insobornable voluntad de observador- considera que ha encontrado otro retazo de pura belleza. El ser mirífico se acerca al borde del arrecife envuelto en un silencio de seda y espuma, y en la frontera del continente con el mar se detiene para respirar el espacio que le desliga del difuso horizonte. A pesar de la distancia que les separa, el intruso llega a apreciar la intensidad del cobre, hecho luz, que se aprieta en la piel del adolescente. Las palmeras nadan en una brisa sencilla que maneja las sombras sobre el suelo, mientras el tiempo se desgrana con una continuidad sin fatiga. Es entonces cuando uno de los pescadores de Kerala se acerca al intruso por la espalda para pedirle un cigarro. Los ojos del pescador no ocultan un matiz de desengaño cuando recibe una respuesta negativa; aquel extranjero se ha quedado sin tabaco al acceder a las peticiones de todos los pescadores de piel lustrosa que se ha encontrado por el camino. Cuando el intruso vuelve a mirar hacia el lugar donde se encontraba el ser magnífico, de aspecto tan vinculado a las mitologías orientales, éste ha desaparecido. Y en ese momento escupe una maldición.
Al igual que la había escupido tras alejarme de “El Pequeño Tíbet”, esa zona del norte de la India donde impera una austeridad sin oxígeno, la cual confiere al paisaje y a los pulmones una limpieza desmesurada que hace saltar el resorte de la lucidez en alguna parte de la mente. Allí, a cuatro mil metros de altura, los hombres muestran sus atributos más mortales pese a lo próximos que se encuentran de los dioses. De todas las piezas que componen los rostros de las razas del Tíbet, la más expresiva, la más amplia, sin duda es la que hace rodar la boca hacia una sonrisa.
Recuerdo haber espetado maldiciones al abandonar Jaisalmer. Visité la ciudad amurallada en verano, cuando el calor del centro de la jornada roza los cincuenta grados. Fueron aquellos los días en que rompí mi rutina del mediodía, una rutina a la que me había empujado el calor caldoso y húmedo de otras regiones de la India: me encerraba durante varias horas en la habitación del hotel, y allí, bajo las aspas herrumbrosas de los ventiladores, leía las aventuras del alma humana que recreó Conrad, y la desolada descripción de este país que hace Naipaul. En Jaisalmer, sin embargo, dediqué los momentos más infernales del día a recorrer las estrechas calles en soledad. Nadie más paseaba entre los ecos de las piedras. Todo aquel silencio mineral era para mí. La luz se intensificaba hasta el punto de borrar los colores anaranjados, ocres y tierras de los muros. Tanta saturación de claridad sólo es posible bajo el cielo más diáfano de la creación, que es el cielo del desierto.
Tal vez la mayor de las maldiciones que proferí en la India, la escupí mientras subía al autobús que me alejaría, definitivamente, del bazar de Hampi y las ruinas de Vijayanagar. Pocas áreas existen en el mundo donde puedas moverte con más libertad. En aquellas hectáreas de colinas, arbustos y arena, las rocas que el hombre transformó en su día en hogares y templos se reúnen con las abruptas creaciones inorgánicas de la naturaleza. La atmósfera es nebulosa y los senderos carecen del rigor de las calles de una ciudad en la que habitaron medio millón de personas. Pastores, mujeres transportando haces de leña y cántaros de agua, búfalos tripudos con articulaciones angulosas y niños jugando a esconderse, conforman el paisaje vivo que va apareciendo, de a poco, ante los ojos del caminante.
Estos pequeños lugares son los grandes recuerdos que el intruso se lleva de la India. Allí transcurrieron unos meses de su vida en los que pudo observar ciudades convertidas en estercoleros. La basura se acumula en las calles, fundiéndose con la añeja polución de combustibles quemados que producen un humo grueso y ácido; el ruido hiere los centros nerviosos hasta irritar ese espanto sin ambages que todos tenemos dentro. La escasez ha eliminado el orgullo de gran parte de la población del país, y entre escupitajos de betel, secos y granates, se cultiva una resignación donde crecen las infecciones y la miseria. Las bolsas de plástico, sucias, amenazan con cubrir toda la superficie del subcontinente. En las atestadas estaciones de autobuses, el intruso ha visto a la gente atropellándose sin conmiseración para acceder a un vehículo: ha visto ancianos pisoteados y bebés estrujados al utilizarlos sus madres como herramientas para empujar. Y ha visto caos y mugre; mucha mugre. Al tiempo que presencia estas escenas, el intruso considera que este país cada día se aleja más de su mito, de su hermosura oriental, de la silueta en calma de la meditación, de Gandhi y de Tagore.
“En la India existen dos tipos de yoga”, le comenta al intruso un joven de la costa de Kerala que acaba de intentar venderle una cesta de pescado, tras percibir que el extranjero está mirando a una gente ejecutar una sesión de yoga sobre las arenas de la playa, con un crepúsculo de sangre como telón de fondo: “el yoga de verdad y el yoga para turistas, y el yoga de verdad hace tiempo que ha dejado de existir”. Al igual que el yoga, muchas cosas reales en la India parecen haber dejado de existir.
Y así, el intruso regresará a su lugar con un recuerdo poco embriagador de la India. Cuatro secuencias, sin embargo, serán suficiente para inundar los reflejos de sus ojos; el intruso retornará con la memoria preñada de la imagen del sublime ser mitológico, de la voluptuosa austeridad sin oxígeno del Himalaya, de los ecos silenciosos de las piedras ardientes y de la libertad envuelta en una luz de harina. Acaso sean estas escasas resonancias, que se perpetúan entre nuestras invocaciones, las que hacen de este país todavía hoy uno de los clásicos destinos a los que se dirigen los intrusos.

CHATWIN

Hace ya muchos años, el bueno de Chema Rodríguez se inventó una revista de viajes, preciosa, que se llamó CARTOGRÁPHICA. Allí publiqué mis primeros artículos. Los iré colgando en estos días, junto a las imágenes de los libros de los autores que más admiro en literatura de viajes.


Lo legítimo es soñar




Los únicos lugares que conozco en los que las luces del alba y el crepúsculo se estrellan contra la claridad haciéndose astillas, son las ventanas de las habitaciones donde trabajo. Detrás de ellas, la transparencia de la atmósfera de la ciudad está rayada por unos ruidos que se prodigan con toda su vileza de cemento y metal. Al condensarse los colores del éter, en los intervalos entre luces, los crujidos de la ciudad se saturan, agrupándose en el aire con la forma revuelta de las fibras de estraza. Cuando salgo a la calle me encuentro con una realidad muy industrial elaborada en asfalto y petróleo. Ignoro en qué rincón del cielo se encuentra el sol. En ocasiones, entre las altas aristas de los edificios discurren jirones jabonosos de pureza, tímidas muestras de nubes que deambulan con un silencio de espuma.
Lo legítimo, entonces, es soñar.
Y, a ser posible, soñar en grande. La norma para ser humanamente feliz no es que se cumplan los sueños, sino creer con fiereza en lo que se sueña. La ilusión que se promete imposible nos aleja del riesgo de un desengaño real. Un sueño termina por ser más valioso cuando se sabe que no se va a cumplir. No reclamo libertad para que nos dejen llevar a cabo nuestros sueños, sino libertad para tenerlos, para abrazarnos orgullosamente a ellos.
Por eso amo los paisajes imposibles y las grandes zonas desérticas de las llanuras en las que nunca voy a estar (Pessoa).
Soñamos con viajar, y de todos los viajes que existen sabemos que si hay uno que es ciertamente imposible, ése es el retorno al pasado. Si las entrañas de Joseph Conrad no se hubieran apergaminado tan jóvenes, nunca habría escrito ese trayecto por las vísceras de su pasado que es El corazón en las tinieblas. El sueño más grande y más creíble es el vuelo a los tiempos pretéritos. Por eso Conrad ha sido uno de los viajeros más grandes de la historia, porque exploró tanto el territorio exterior como el interior del hombre. Conoció las aguas y selvas del río Congo desde un barco, pero tuvo que inventar una geografía del horror para navegar de nuevo por su cauce. Conrad escribió sus novelas y relatos cuando su salud le redujo a sedentario. En los daguerrotipos que muestran su rostro muy maduro, es factible distinguir una nostalgia de océanos en la humedad vieja de sus ojos, esa melancolía privada que equipara a los sueños con la memoria. Es la mirada de quien está viajando por el interior del alma.
Sostengo, en consecuencia, que uno de los más grandes exploradores de la historia universal ha sido el pausado Marcel Proust. El enorme escritor francés creció con unos pulmones muy tiernos, dolorosos, sensibles a la más diminuta mota de polvo, y con unos sentidos calmos que suspiraban por un gramo de silencio. En mi imaginación siempre recreo su presencia como la de una figura débil y esponjosa entre sábanas de lino virgen, sumergida en esa habitación insonorizada por láminas de corcho, un espacio donde todo es inmóvil, donde, por encima del resto de las cosas, se niega el infame transcurrir del tiempo. Desde allí, Proust viajó tanto como es creíble viajar; se desplazó por regiones que nadie anteriormente se había atrevido a recorrer. Si Proust hubiera disfrutado de una salud de hierro, no habría dejado sin hollar una sola nación del triste planeta azul.
Tanto las obras de Conrad como las de Proust sobrecogen por su intenso y enfebrecido conocimiento del alma humana, por ser fuertes alegorías del terror o de la añoranza. Ambos saben que lo verdaderamente inconcebible de esta vida es que por muy consciente que se sea de la existencia de todas las regiones de la sensación y el sentimiento, jamás se llegará a dominar este saber. Para crear en una novela un incierto ambiente de misterio, de tristeza, de épica o de elegía, es necesaria la terca inmovilidad del autor. Nada hay tan físicamente incompatible como el escribir y el caminar. ¿Qué sueños febriles se esconden detrás de quienes dedicaron la mitad de su vida a una aventura con el temperamento del nómada, y la otra parte a la literatura inmóvil?
Un sueño paradójico como el de Bruce Chatwin, el afán de ser un viajero literario, sólo encuentra solución y equilibrio en un refugio como el que nos enseñó Proust: la memoria. Y las fibras de la memoria es el tipo de material con el que tejen tanto la imaginación como la fantasía. Con idéntico material se conjugan los sueños. Así, cuando la imaginación y la fantasía del escritor crean un pequeño cosmos por el que deambularán las trazas de los personajes, el escritor se habrá sumergido en un viaje del que es el único dueño; seguramente más dueño, incluso, que de la trashumancia biográfica sobre la que se generó tan personal universo. García Márquez, por ejemplo, ha podido conocer cientos de aldeas y ciudades de Colombia a lo largo de su vida, pero tuvo que inventar Macondo para escribir Cien años de soledad; otro tanto sucede con Juan Rulfo y el pueblo de Comala, donde se desarrollan las acciones de Pedro Páramo, o con Juan Benet y los montes de Región.
En ocasiones he viajado a Macondo, a Comala o a Región. Si tanto la imaginación y la fantasía como los sueños se tejen con las mismas fibras de la memoria, bien se puede decir que García Márquez, Rulfo y Benet soñaron estos parajes. Mientras soñamos, nuestras percepciones no son menos vigorosas y puras que al estar despiertos; se diría que los sentidos evitan dormir, y que hasta se agudizan durante el reposo del cuerpo. En este aspecto, en las certezas y las vehemencias de las sensaciones, los sueños son tan verdaderos como aquello que conocemos por realidad. Y así, vagar por los paisajes de los sueños es tan complaciente y dulce como la acción física de caminar.
A nadie recomiendo que se deje encerrar entre los tabiques de una ciudad, en esa realidad de asfalto y petróleo que niega la presencia del sol, o tras una ventana que astille la luz. En momentos así, más que nunca, es legítimo soñar.
Chatwin soñaba con hacerse compatible como viajero y como escritor, con saber ser nómada y sedentario a un tiempo. Chatwin se abrazó al sueño de convertirse en el imposible viajero literario. Ésta es una ilusión ciclópea que reivindica, a voz en cuello, la libertad para ser feliz creyendo en lo que se sueña.
Yo, por mi parte, sueño con pasear por la primavera de la meseta del Tíbet mientras leo, en calma, los siete volúmenes de esa descomunal obra de Proust que tiene uno de los títulos más sugestivos de la historia de la aventura y del arte: La búsqueda del tiempo perdido.