miércoles, 14 de octubre de 2026

EN ESTA HORA TARDÍA

 

En esta hora tardía

Garous Abdolmalekian

Traducción de Tea Vardosanidze Rusadze y Alfredo Gutiérrez Kavanagh

Cielo eléctrico

Madrid, 2026

147 páginas

 



A la hora de la verdad, no tenemos una conciencia de la muerte en condiciones. Pero lo que sí puede ser nuestro es la conciencia de algo que limita con la muerte, de ese momento final que se barrunta, de una frontera con lo que no terminaremos de definir. Con ese concepto uno puede crear los mejores versos:

 

Me mantiene con vida

(…)

La ambigüedad de la muerte,

no un nacimiento luminoso

 

No somos mucho más que hojas arrojadas al viento, no somos mucho más que cierto malestar, cierto desasosiego:


Hoy liberé al último pájaro,

pero estoy triste.

Hay algo

en esta jaula vacía

que no se libera.

 

La editorial Cielo eléctrico nos trae este poemario de Garous Abdolmalekian (1980) que contiene una belleza muy perturbadora, sin que esto sea un oxímoron. Ya habíamos sentido ese tipo de emoción leyendo, por ejemplo, Poeta en Nueva York, de Lorca, un autor a quien Garous Abdolmalekian adora. Como en el poemario del español, aquí las contradicciones se convierten en dos entes imposibles que se reclaman: «Un pájaro picotea una esquina corroída del cielo…». Esto es algo de lo que nos damos cuenta nada más comenzar la lectura de los poemas, que debemos hacer despacio con respeto, que es una de esas cualidades que el autor hereda de lo mejor de la poesía persa más intimista, más metafórica, esa que también se pregunta qué ha sido de la belleza:

 

Hemos obligado a las abejas

a recolectar miel de flores venenosas.

 

En esta indagación intuitiva, en esta búsqueda, Abdolmalekian no renuncia a lo onírico, al conocimiento que podría venir de la sorpresa de los miedos y los deseos que se imponen cuando somos menos dueños de nuestro pensamiento, pero que nos llevan a reconocer el trauma:

 

Y el pececillo negro

que un día echó a nadar desde los capilares de mis dedos

ahora gira en mis sienes

 

Es fácil de imaginar, entonces, que el contenido de la obra bien pudiera ser la relación que existe entre la tristeza y lo incómodo. Como si para ser una persona inquieta uno necesitara saber en condiciones que existe lo triste. Es posible que esa sea la pregunta que nos lleva acompañando desde el inicio de la poesía lírica en todas las partes del mundo. Eso hace de Abdolmalekian un autor muy universal, porque nos podremos reconocer en la herida, que es algo concreto, y nos podrá incomodar la causa de la herida, que siempre será algo más ambiguo. De lo que sí podemos tener certeza es de que el mar y el cielo se presentan como entes vivos a los ojos de los que creen en la belleza.

Este es un poemario en el que el autor vuelve a intentar explicar el mundo, desde la sensibilidad, desde la intuición, pero que nos va dejando bien claro que esa búsqueda no hará que sea más sencillo vivir el mundo. Lo mejor que descubriremos será que vamos a encontrar una excelente compañía en ese recorrido.

martes, 13 de octubre de 2026

EEG

 

EEG

Daša Drndić

Traducción de Juan Cristóbal Díaz

Automática

Madrid, 2026

507 páginas

 



Se escribe para ahuyentar los terrores de la soledad y de la muerte, aunque tal vez invocándolos. Terror tiene una relación directa con demencia, con cualquier suerte de demencia, con cualquier mal neurológico. De ahí este extraño título, EEG, que cobra todo su sentido cuando uno cae en la cuenta de que responde a las siglas de electroencefalograma. Estamos hablando, entonces, acerca de males neurológicos que pueden tener orígenes diversos, desde los congénitos a los adaptativos. Pero, sobre todo, a una respuesta literaria de lo que podría ser el electroencefalograma del narrador de esta potente novela, porque de eso se trata en buena medida, de la construcción de una voz que resonará con tanta intensidad como las de Marcel Proust o Thomas Bernhard. Aquí se trata de retratar como en el caso de los dos autores mencionados, las grandes obsesiones de quien nos habla, obsesiones por las que salta, como el suicidio, las tragedias, la locura, los terrores de la guerra y los efectos de los regímenes postbélicos. Daša Drndić (Zagreb, 1946 – Rijeka, 2018) crea a un narrador muy culto, hipersensitivo y por momentos con un punto exacto de cinismo, que está sujeto a los estímulos que le empujan de un asunto a otro. En cada espacio, eso sí, conserva la misma potencia, que sucede por la necesidad de poner las cosas en su sitio. ¿Y cuáles son esas cosas? La verdad es que hablamos de todo. Mientras indaga en el pasado, en buena parte de la historia del siglo XX, introduce al mundo entero en la novela. Eso sí, lo hace encadenando, porque la memoria, ni siquiera la memoria intelectual, no actúa como si construyera el guion de una película.

Denso, con tantísimas cosas que contar, el narrador escribe tras una severa labor de catalogación: «Vidas caleidoscopios. Como dibujos de pacientes esquizoides». Es posible que no exista otra opción cuando hablamos de consecuencias como las que trajo el fascismo o, como sostuvo Cartarescu, esa otra forma de fascismo que fueron los regímenes comunistas. En ese sentido, esta es también una novela documental, en la que lo que se documenta es un mundo plural, habitado, al que el narrador intenta mirar con la distancia de un ser sensible que quisiera mostrarse un poco misántropo para poder afrontar lo que padece como consecuencia de su paso por el mundo ejerciendo de espectador. La duda entre caer en la locura o mantenerse en la sensatez hace de él un ser inquieto y vital, también en términos literarios.

El planteamiento poliédrico, mostrando muchas caras de lo vivido, nos habla de lo imperfecto y consigue un efecto sorprendentemente realista: «¿No fue Plinio quien escribió que nada en nosotros es tan frágil como la memoria, esa dudosa capacidad que conforma al hombre y lo desbarata? ¿A quién puedo preguntarle ahora? ¿Cómo desentrañar esa derrota familiar?

»¿Es eso importante para mí? No lo es. Pero es interesante»

Es fácil imaginar que volvemos a encontrarnos en una reivindicación de los humillados y ofendidos, de la derrota y la dignidad, en la que el narrador reniega de asuntos absurdos en la literatura, como los tochos de Knausgård o la obsesión por la identidad. El tiempo, nos recuerda, no es lineal, o no es lineal del todo. Tal vez lo sea su relato, pero no el tiempo, que no funciona como una dimensión, como demuestra al hablar de la búsqueda sin sentido del tiempo perdido. La memoria también guarda los crímenes horrendos y para la memoria el tiempo no existe más que de una sola manera: lo que uno recuerda sucedió ayer, y lo que olvida no sucedió nunca. La pregunta pertinente, entonces, es cómo y por qué seguir adelante. La manera que tiene nuestro narrador de responder es con la necesidad de expresarse. Y lo hace con una voz que aturde, que nos mantendrá en vela durante muchas noches.

EL ARTE DE VIAJAR SIN MOVERSE DEL SITIO

 

El arte de viajar sin moverse del sitio

Hilario J. Rodríguez

Barlin

Valencia, 2026

130 páginas

 



Uno muere cuando desaparecen las cosas que sin saberlo le sustentaban. Los amigos de la plazuela viajaron a distintos lugares para instalarse allí a cuenta del trabajo; se acabaron aquellos campamentos de verano y el color del océano ya no es tan azul; es imposible volver a bailar esa canción de Radio futura mientras coqueteas con la joven tan tierna que te acaban de presentar o con el chico tan simpático que se sienta a tu lado en el aula de la facultad. El tiempo corre y junto a esa maldición han ido pasando frente a nuestras vidas todo lo que olía a sinceridad. Es complicado encontrar nada que no tenga cierto tufo a farsa, a no ser, por ejemplo, aquello en lo que la farsa era su esencia, como en el cine. Por suerte podemos volver a ver las películas de John Ford o descubrir las de Michel Haneke. Tal vez donde mejor se pueda apreciar esa lástima, ese daño, sea en los viajes, porque seguramente ya no sea posible convertirse en un viajero. La afirmación me gusta viajar sería imposible de pronunciar si la gente expusiera la expresión más adecuada: me gusta hacer turismo. A nadie le gusta sentirse turista, pero a todo el mundo le encanta hacerse la fotografía con el Taj Mahal para colgarla en Instagram. El viaje se ha instagramizado y así cubre toda la superficie del planeta. De ahí que uno deduzca que, sin duda, ahora mismo viajar es un deseo.

Sobre ese deseo, sobre esa ilusión, Hilario J. Rodríguez (Santiago de Compostela, 1963) escribe este ensayo, en el que lo que se impone es la sensibilidad. Para poder sentir que uno tiene sus instantes de viaje, debe reconocer que algo recorre su sensibilidad en canal. Pero la sensibilidad no es un ser inerte que llevamos dentro. La sensibilidad requiere de un aprendizaje para el que no sirve estarse quieto. Por eso conviene desplazarse a otros lugares, también con la mente, como hace el autor cuando afronta las lecturas. La obra, de hecho, comienza con referencias a uno de los libros de viajes más intrigantes que se han escrito, Atlas de islas remotas, de Judith Schalansky. Se trata de una obra que a cualquiera le hubiera gustado haber ideado y llevar a cabo, es decir, se trata de volver a relacionarnos con el deseo. Pero no será solo Schalansky la que nos llegue a través del autor, pues por aquí circulan Borges, Sebald, Solnit o Kapuściński.

El arte de viajar sin moverse del sitio versa sobre la contrariedad de querer ser nómada y escritor a un tiempo. Caminar es una tarea que aporta mucho a la creatividad, pero para poner algo en negro sobre blanco es imprescindible detenerse. Cabe la opción de leer la geografía, como hace Hilario J. Rodríguez, que entiende esta ciencia de una forma muy holística: en su ideario, la geografía es volátil, se mueve a capricho, y abarca, a su vez, cualquier otra forma de saber. El mundo es el mundo y al mismo tiempo su representación. Eso permite regar el ensayo de anécdotas y momentos, de historias que van enriqueciendo el anhelo de quien se ve como viajero, como reducto de ese espíritu que hay que buscar con ahínco para encontrar sus últimos residuos.

Por poner alguna pega, se puede pensar que las notas al pie, tan interesantes como el texto primario, interrumpen un poco la lectura y que a uno le hubiera gustado encontrar esos textos integrados. Pero ese es un problema menor en un ensayo de estas características, en el que son pocas las ocasiones en que las referencias a la experiencia propia se impone, por riesgo a caer en alguna interpretación neocolonial, y lo que se impone es ese recurso con el que combatir a la nostalgia que puede provocar el deseo, y que no es otro que el beneficio de la imaginación.