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viernes, 16 de junio de 2017

‘Tierra de campos’, de David Trueba

Fuente: Culturamas

Tierra de campos

David Trueba

Anagrama
Barcelona, 2017
405 páginas

Desde que se publicó Mientras agonizo, cualquier recurso a la revisión de una vida durante la conducción de un cadáver, rinde pleitesía a la mejor novela de Faulkner. En este caso, David Trueba (Madrid, 1969) elige un coche fúnebre que atraviesa el páramo que es la tierra de campos, la estepa de Castilla, donde un músico revisa su vida acompañado por un féretro y un chófer ecuatoriano. La promesa hecha al padre un año antes, cuando falleció, la cumple al estar preparado para ella: llevar su cuerpo hasta el pueblo donde nació, una aldea de festejos taurinos y tapas de callos en la barra del único bar. Pero el sentido del viaje es la defunción metafórica del narrador, el hijo. A la hora de revisar su vida, está dando por concluida la preciosa inutilidad de la misma. Por eso necesita repasar cada etapa de la misma.
En la primera parte, Cara A, pues nuestro narrador será músico, se da cuenta de la infancia y adolescencia. El atractivo está en la identificación: en realidad el personaje principal y sus amigos o ligues, son casi idénticos a los de cualquier persona de clase media que coincida con la generación de David Trueba, la generación del Boom, la generación que ahora ocupa la mayor parte de los cargos de responsabilidad del país, la generación donde era imposible perder de vista la existencia de otros miles o millones de niños de tu edad. Es un capítulo escrito con mucho oficio y que se lee con facilidad. Interrumpido por algún alarde de imaginación, pero que sigue las reglas que han cimentado, en los últimos años, autores tan respetables como Ignacio Martínez de Pisón. En lo único que se distingue el protagonista del resto de su generación, es en que él sí logró conquistar su sueño, que era poder vivir de la música, ser un cantante reconocido, aunque no de primera línea. La mayoría descubrieron, con la madurez, que era más cómodo ser almacenero en un laboratorio de universidad, que aspirar al premio Nobel de química.
La Cara B se divide y rompe la secuencia cronológica. Por un lado, el narrador aterriza en el pueblo de su padre, donde él también corrió y jugó entre las gallinas, incluidos los juegos sexuales, y que es una representación de la decadencia: la España vacía, pero que se niega a modernizarse. Un mundo reaccionario y sin ilusión, de rencores invencibles y croquetas monumentales en las mesas a la hora de la cena. Y por otro está el recuerdo de su vida de adulto, un éxito a medio gas como cantante, que le permite vivir, pero no despuntar, como refleja el hecho de que Serrat le eligiera de telonero. A lo que se añaden los capítulos amorosos. Sobre todo, Japón. Allí será donde conozca a una muchacha que toca el violonchelo que será el amor de su vida. Mientras atendemos a la decadencia ya coagulada del pueblo, asistimos al desastre en que sus decisiones van convirtiendo la vida en pareja. Está esa parte del destino que no podemos elegir, y también la suerte que nos hacemos. El interés es muy diferente a la Cara A, menos amable, más fatigoso, porque los adultos deben atenerse a demasiadas leyes, a demasiados paradigmas, a demasiada tradición, que es contra la que está escrita esta novela.