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domingo, 4 de junio de 2017

YORO

Tal vez la novela más interesante escrita en castellano en los últimos dos años. Recuperamos la reseña de 'Yoro', de Marina Perezagua, publicada en Culturamas

Yoro
Marina Perezagua
Libros del lince
Barcelona, 2015
316 páginas



Después de navegar toda una vida bajo un sol peor que infernal, la narradora de esta novela, H, la letra muda, la capitular del mayor acto de terrorismo de la historia –Hiroshima-, consigue lo que podría ser un reposo entre tanta crueldad como se va desatando. Yoro es la confesión que lleva a la narradora a explicar algún acto final, que desde el principio se nos anuncia como un quebrantamiento de los principios humanos. Pero son esos quebrantamientos los que han tejido su vida. Desde la injusta supervivencia a la bomba atómica, una supervivencia que la lleva a cargar el sentido de culpa de quien no entiende por qué morirá de vieja en lugar de hacerlo a causa de la radiación. Ese sentido de culpa, esa búsqueda del perdón sabiendo que, a la hora de la verdad no ha cometido delito, ese perdón que tal vez quiera que escuche Yoro, la hija adoptada de su verdadero amor, Jim, es el que obliga a la novela a acogerse a un estilo de un lirismo tan suave como truculento. La vida no ha hecho otra cosa que contaminar a H. La persecución de la suerte de Yoro por los diferentes continentes implica que H presencie lo peor de la conciencia humana. H ha visto todas las imágenes impuras.
Marina Perezagua trabaja con tal afán la prosa para que esas impresiones nos lleguen, que nos hace sentir, a su vez, contaminados. Como si los crímenes que fuéramos leyendo fueran también crímenes nuestros. Así, con demora, se toma su tiempo en esta enorme epístola de un extraño lirismo, que relata una historia entre la épica y lo elegíaco: entre la supervivencia y el delirio de que debe haber algo más allá de nuestro acto de cada día, aunque este suponga morir para renacer. Yoro es una historia de perdedores, es una de esas novelas que consigue igualar a los seres que pueblan cualquier esquina del planeta, como si el sufrimiento fuera la verdadera patria. No importa que trate de las doscientas mil muertes durante la construcción del ferrocarril en Birmania, o de la prostitución de una orangután. Porque cada día se produce el equivalente a un genocidio como el de Hiroshima en África. Esta realidad siega la hierba bajo nuestros pies y nos conduce al vacío. La pregunta que Perezagua se plantea es cómo lo superará su narradora, si algún día H dará sentido a la supervivencia. Dicho de otra forma, Yoro también es una novela existencialista. No se trata de buscar una identidad, sino de si existe una identidad real. Y la duda es cuál será la de Yoro, esa niña que Jim tuvo en adopción sus cuatro primeros años de vida, y cuya búsqueda comienza junto a H. Jim es un veterano de la Segunda Guerra Mundial, un tipo enorme; H es una mujer pequeña a la que le van, poco a poco, reconstruyendo el sexo. Sabemos que Yoro comparte con H el ser víctimas de la radioactividad, aunque ignoramos el grado. Ese vínculo supone una suerte de embarazo que H lleva a lo largo de los años. Los nueve meses en que está distribuida la novela equivalen a los nueve meses de un embarazo. Pero no sólo a eso, sino a diversas formas de una inevitable neurosis. H es una mujer compasiva. Muy compasiva. Pero, como relata en uno de los capítulos, pasa por variadas suertes de neurosis, como si buscara también cuál es su enfermedad. Aunque la tendencia a la glosa de Perezagua nos hace sentir cierta ambigüedad depresiva, que tal vez decante al personaje hacia ese mal: H sabe que la depresión no tiene por qué ser melancólica, pero que siempre suena como un violín desafinado, que es como ella se siente.
Yoro es una novela de sensaciones. Una gran narración en la que nos sorprende la manera tan delicada en que puede estar tratándose alguna aberración mortal… o sexual. Y esa sorpresa es la que hace más grande la novela. Por otra parte, no puede ser de otra manera, dado que H se nos presenta casi asexuada en el inicio. Y esa necesidad de sexo, al margen de participar de mucho realismo, no deja de ser, también, una metáfora de la necesidad de centrar y potenciar las más pasionales de nuestras emociones, para sabernos más y más vivos.