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viernes, 30 de junio de 2017

Cuentos de Malá Strana

Cuentos de Malá Strana
Jan Neruda
Traducción de Clara Janés y Jana Stancel
Pre-textos
Valencia, 2006
354 páginas
20 euros

Haber vivido en Praga



Un día alguien consiguió que la literatura cristalizara en Praga. De algún lugar tuvo que venir la idea literaria que se ha forjado de esa ciudad y que culminaría en el siglo XX con el maestro Hrabal o con Kafka –tal vez el escritor más importante de los últimos cien años-. Y así, como apuntaba Borges, la aparición de un gran autor crea no sólo una gran obra, sino también toda una caterva de antecesores. Uno de ellos se crió en la trastienda de una expendeduría de tabaco en el barrio de Malá Strana, observando, amando y sintiendo todo lo que uno puede sentir por la gente que comparte su vida. Porque el barrio puede tener sus cualidades, su encanto o lo que sea, pero lo que realmente le da vida son las personas, y ellas protagonizan estos magistrales cuentos que recupera, en buena hora, la siempre atenta editorial Pre-Textos. Como no podía ser de otra manera, el barrio significa para su autor algo mucho más cardinal que una mera región donde se encuentran unos y otros: “Y contra la rusa, se desencadenó aquel día la animadversión de Malá Strana, yo diría del universo, si Malá Strana, como desearía yo, que soy hijo de este barrio, se extendiera por todo el mundo”. Claramente, eso que se conoce como infancia es un recuerdo universal para cualquiera, o una sinécdoque del universo, pues la materia del mismo parece configurada por la infancia de los hombres. Hasta tal punto es así, que en el barrio de Malá Strana “… si un comisario podía prohibir que unos se muriese, cuánto más asistir a los entierros”. Esto se nos comenta a cuenta de una mujer solitaria, como solitarios son muchos de los seres que tan sinceramente nos presenta Neruda, aficionada a acudir a los entierros para derramar un puñado de lágrimas. Sin pretender asustar a nadie, Neruda es amable hasta en la tragedia, y su ironía no provoca dolor, aunque nos despierte toda la ternura al acercarnos a esos seres que pasean solos, se encuentran solos, o son solos.
Como la rusa antes mencionada, o los ancianos Rysanek y Schlegel, protagonistas de un hermoso cuento en el que se nos habla de lo absurdo del rencor; o el mendigo Vojtisek, que se afeitaba solo los domingos y acabó sufriendo el exceso de maledicencias; o el bajito doctor arruinamundos, que sufre un estigma lanzado contra él durante un funeral, una maldición que alguien vierte con ingenua hipocresía; o el señor Vorel, que requemó su pipa y su vida a la espera de que la sociedad cerrada aceptara a un extraño; o el personaje que se enamora tan real como fantásticamente durante una noche en que espera a que amaine la tormenta sentado en la taberna Los Tres Lirios; o esa mujer madura que el día de Todos los Santos va a llevar flores a las tumbas de dos hombres, dos amigos, que se declararon y la desengañaron casi a un tiempo, en una broma que despertará en ella el buen amor.
El libro se abre con un relato plural, largo, Una semana en una casa tranquila, en el que el narrador testigo pega un tajo a la fachada de un edificio para mostrarnos las múltiples acciones simultáneas de los vecinos, y se cierra con un relato especular y deformante del anterior, Figuras, narrado en primera persona por un opositor que decide refugiarse en ese mismo edificio, creyendo haber encontrado el lugar más bucólico del planeta para concentrarse, y desengañándose de a poco, a medida que conoce la inocencia acerba de sus habitantes. Centrándose en “el pormenor cotidiano ensombrecido por la historia”, como comenta Claudio Magris en la excelente introducción que acompaña al texto, Neruda crea una de las primeras versiones de la Praga mítica y real que un día será mágica en unos actos de sublimación de los escritores que tanto deben a Jan Neruda.

Fuente: Culturas/Tribuna