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viernes, 30 de junio de 2017

El hambre

El hambre
Martín Caparrós
Anagrama
Barcelona, 2015
627 páginas

El asco que deberíamos tener



En un sótano acorazado, bajo el campo de deportes de la Universidad de Chicago, el físico Enrico Fermi consiguió la que sería la primera reacción nuclear en cadena. Una reacción, eso sí, controlada. El problema del hambre es, tal vez, que ningún Enrico Fermi, ningún especialista en las reacciones en cadena en ninguna de las versiones de las ciencias o las letras, o la economía, ha sido capaz de reventar el planeta con una reacción tan potente como la nuclear. Aunque no tuviera el control sobre ella. Y eso que a nuestro alcance está la materia que nutriría hasta la extenuación una reacción de ese tipo. Y esa materia es el asco. El asco se ha acumulado por todos los rincones del planeta y para protegerse de él uno debe colocar sobre el puente de la nariz unas gafas opacas con cristales que giren como en un caleidoscopio. Bastaría con arrancárselas una décima de segundo para que tuviera el arrojo, también asqueroso, de Cesare Pavese, y se quitara la vida. Pero es más sencillo negar que exista otra cosa que no sean los colores brillantes, capaces de desmayarte no por asco, sino por el síndrome de Stendhal, como el japonés que cae de bruces al contemplar la estampa de Roma al principio de la película La Gran Belleza.
Existe otra opción, sin embargo, una alternativa mucho más decente, una reacción más ética, cuando uno separa de su rostro esas gafas de colores. Y al observar la fealdad extrema, el asco que deberíamos tener por lo que existe o por no sentir asco por aquello a lo que deberíamos enfrentarnos. Una alternativa que es preguntarse qué puedo hacer y responder en función de las capacidades, las cualidades, el mapa temperamental de cada uno. Así es como nace este libro, El hambre, escrito por Martín Caparrós, que inaugura el año 2015 poniendo el listón muy alto. Estamos en enero y ya disponemos del que casi seguro va a ser el mejor libro del año. Caparrós hace lo que mejor sabe hacer: escribir, escribir bien, sin excederse en esos ritmos y juegos verbales que luce en otras obras y aquí, bien lo sabe, debe manipular con prudencia. Porque de lo que se trata es de azotar la conciencia, sí, pero con ese lugar común que es el hambre. Y lo complejo es que si no existe un Enrico Fermi capaz de producir la reacción en cadena, en el asunto del hambre sí han existido muchas industrias farmacéuticas elaborando vacunas. Y Caparrós debe escribir contra esa inercia.
Este libro, inmenso, es un libro coral. Es un ensayo a la vez que un libro de crónicas. En cuanto a la parte ensayística, reúne y dosifica información que está al acceso de la mayoría de la gente; todo lo referido al funcionamiento de algo que a falta de un término con el que entenderse mejor, llamaremos sistema: globalización, mercado, especulación… El darwinismo económico, el darwinismo social, el darwinismo político, y los disfraces que lo hacen avanzar o que sirvieron para justificarlos desde hace cientos de años: las tendencias culturales, la tradición, la religión. Cosas que, en definitiva, actúan sobre nuestros cuerpos y que los estados modernos, que han demostrado, hasta la fecha, ser meros sistemas de distribución de poder, utilizan para decidir. Lamentablemente, en ocasiones para decidir hacer los estados más pequeños y descabezar así al enemigo, que en última instancia son nuestros cuerpos. Caparrós nos da una lección de historia explicando la evolución de la humanidad, desde que se constituye en sociedades, y la distribución y redistribución del hambre. Sabe que en sus manos tiene moralejas que son lugares comunes y de ahí que se proponga una alternativa a la fábula lo suficientemente contundente como para obligarnos a retomar el asco que deberíamos sentir.
Entonces es donde aparece el mejor Caparrós, el de las crónicas, el que nos trae los testimonios de gente que puede llegar a odiar, como confiesa alguna de las mujeres entrevistadas, tener hijos. Caparrós es un interlocutor que no oculta su presencia, pero sí muestra un saber estar, un respeto sobreponiéndose al asco, digno del mejor periodismo. Posiblemente, digno de la mejor literatura. Pero utilizar la palabra literatura aquí es una frivolidad. Caparrós relata sin caer en el melodrama, pero sacando gran resonancia a las voces de las personas que va conociendo. Y cada voz representa a una forma distinta del hambre. La mayor parte de ellas nos guían hasta la hambruna, como en el sur de Sudán o en los campamentos de Médicos sin Fronteras de cualquier lugar de África. Como en poblados de la India o en las calles de Calcuta, donde llega a denunciar a quien recogía enfermos para que tuvieran una muerte limpia, santificada, en lugar de utilizar los ingresos que su popularidad mundial producía para dar de comer. Recorre los basurales de las Villas Miseria metiendo los pies, los del escritor y los del lector, en un barro de un color que no es el del barro. Cae en Madagascar como un extraterrestre para comprobar las consecuencias de la codicia sin otro fundamento que alimentarse porque la codicia es la droga de ese uno por ciento de la población mundial, en la compra de tierras. Y no rehúye ninguna de las caras del poliedro, pues añade a sus viajes a territorios inhóspitos a causa de la escasez, una visita a Estados Unidos, a los mercaderes que especulan con la comida y a los guetos donde el hambre se traduce en la paradoja de la obesidad: una mala nutrición, estar desnutrido, significa acumular grasa de bajo coste y carecer de recursos para sanar.
“Uno de los primeros trucos del manual es hablar (…) de un hambre impersonal, casi abstracta (…). Pero el hambre no existe fuera de esas personas que la sufren. El tema no es el hambre; son esas personas”. “No se me ocurre otra forma más bruta de injusticia”. “El hambre desnuda muchas cosas, pone sobre el tablero formas de violencia que en otras circunstancias seguirían escondidas”. Entre dedicar unas vacaciones al síndrome de Stendhal que puede hacernos desmayar, un tanto falsamente, con inverosimilitud, y dedicar su tiempo al asco, a la fealdad extrema, Caparrós, con valor, elige el asco. Para, a continuación, escribir este libro que final de año todo el planeta que sabe leer, que puede permitirse el lujo de dedicarse a leer porque su prioridad no es solventar el hambre, la supervivencia minuto a minuto, debería haber leído.

Fue la primera reseña que se publicó sobre este gran libro, en La línea del horizonte