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martes, 6 de junio de 2017

'El Tao del viajero', de Paul Theroux

No importa que no aparezca en las listas. Para mí Paul Theroux tal vez sea el mejor escritor de libros de viaje de la historia. Porque siempre quise viajar con él, una sensación que no obtuve de otros libros. Esta es una prueba. Se publicó en Quimera

El Tao del viajero
Paul Theroux
Traducción de Ezequiel Martínez Llorente
Alfaguara
Junio, 2012
388 páginas



He aquí un libro feliz. Paul Theroux (Medford, Massachusetts, 1941) nos regala una obra de reflexiones, propias y ajenas, sobre el viaje, que constituyen uno de los textos mejores que puede leer quien pretenda huir de la cárcel de la vida cotidiana. Este libro es un regalo para la inteligencia y una desmitificación de la versión legendaria del escritor viajero o del viajero que escribe. Es posible que Theroux no sea un gran novelista, a pesar de los aciertos que contiene La costa de los Mosquitos, pero es, sin duda, uno de los escritores de libros de viajes con más tablas y que mejor valora la distancia que debe existir entre el viajero y lo viajado. Siempre contenido, siempre observando, siempre aprendiendo, siempre a la búsqueda del desplazamiento en tren, donde no aparece la fiebre de la carretera ni el apagón espacial que suponen los aviones. Y ahora, por fin, tratando de colocar en orden las tensiones de tantas terapias. Porque el escritor viajero debe conciliar los dos extremos de la vida humana, el del ser sedentario enfrascado en una labor intelectual, con el del nómada. Y ambas, confiesa, las ejecuta por motivos bastante poco prácticos, que son los que, finalmente, nos distinguen de los animales.
En este libro, Theroux resume su forma de mirar, que es pensamiento. Porque en los ojos encuentra todo un ideario, el que refleja su estilo sin exceso de estilo, limpio y explicativo. Entre las versiones que puede tomar la prosa, Theroux, un lector estupendo, elige la del narrador frente a la del poeta. No concentra sus ideas, sino que se toma su tiempo para explicarse. De ahí que elija la enumeración como forma de desarrollar sus aclaraciones, en veintisiete capítulos que configuran el poliedro del viaje y las preocupaciones del autor, las que llevan a distinguir al viajero del que practica otra forma de desplazamiento por el planeta, especialmente la del turista.
El libro se inicia con extractos de sus obras en las que pretende definir el viaje, para pasar a intentar detallar el espíritu del viajero que se considera el ombligo del mundo. A continuación busca retomar la idea del tren como desplazamiento embaucador con una aclaración que nos remite a Ana Karenina: “Todos los vuelos son iguales; todos los viajes en tren difieren”. Después se centra en la sinceridad del viaje y en las razones para narrarlo. Para explicar que el tiempo del viaje es diferente y que por tanto el tiempo no es una dimensión, ofrece una relación de viajeros escritores a los que admira. Menciona la conveniencia de viajar ligero, antes de centrarse en las monomanías que nos colocan al filo de la cordura. Luego habla del miedo a la soledad, porque viajar no es divertido en el sentido en que es divertida la risa. Pasa a comentar la pasión sin límites, reflejada en distintas odiseas, la sensación de ser extranjero en su propia tierra, la dificultad de no sentirse turista cuando es inevitable saberse forastero. Elogia el ritmo del caminante y también las grandes hazañas y la excentricidad del retiro voluntario. No se olvida de la fantasía ni de la gastronomía repulsiva, ni de los reporteros de guerra. Recomienda leer viajes en los que los viajeros sufrieron el encuentro. Se enamora de los monstruos y las exageraciones sobre seres que no se han conocido y lugares que no se han visitado, porque necesitamos la fantasía. Comenta la fascinación de un cierto enclave, el viaje sin movimiento que es el conocimiento interior, y que proviene de la disección del destino. Desaconseja guiarse por nombres sugerentes y refleja que, con todo, siempre queda algo por ver. Por último relata alguna anécdota, momentos de plenitud, y resume en diez puntos su personal Tao del viajero, del que cabe destacar el último: haz algún amigo. Porque es la gente la que da sentido al viaje. Es de la gente, del otro, de quien aprenderemos la liturgia del viaje, el respeto. Y así el viajero obtendrá lo que todos, en definitiva, estamos deseando obtener para el resto de nuestros días: unas pequeñas dosis de reposo.