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lunes, 19 de junio de 2017

Viaje a una guerra

Viaje a una guerra
Christopher Isherwood y W. H. Auden
Traducción de E. Uriarte y R. Vásquez Ramil
Ediciones del Viento
La Coruña, 2008
334 páginas

De camino hacia el frente

Nada de lo que escribieron Isherwood y Auden fueron palabras vacías. 
Este libro en un imprescindible



Viaje a una guerra es un libro de encargo, pero no es un libro sencillo. Dos jóvenes escritores, un Christopher Isherwood que ya había sido capaz de componer una obra maestra como es Adiós a Berlín y el exquisito poeta W. H. Auden, combinan sus oficios para dejar en el lector una extrañeza inquietante. Por una parte, Isherwood se encarga de relatar la crónica del viaje, manteniendo casi siempre una distancia que en ocasiones puede llegar a ser hasta frívola, excepto en la coda visceral con que se desata en las últimas páginas, dada la enjundia del tema, pero casi siempre es flemática y perspicaz. Y por otra Auden le toma el pulso al horror gestando una poesía compleja, sin dudar en intercalar versos crípticos cuando su misticismo lo requiere. En un acierto editorial, al final del libro se introducen los poemas del Auden en inglés, ampliando así su efecto al poder comprobar el dominio del ritmo, de la metáfora, de la sensibilidad y de la técnica del soneto de este poeta.
El volumen empieza con una despedida a cargo de Auden: “¿Hacia dónde mira el viaje que quien contempla desde el muelle, / plantado bajo su mala estrella, tan amargamente envidia?”. Dos versos que constituyen toda una declaración de sentimientos encontrados a la hora de partir. A este poema le siguen varios sonetos antes de pasar al cuerpo principal del libro, en cuanto a volumen, pues tal vez en esta ocasión la poesía de Auden supere en calidad literaria a la prosa de Isherwood. Isherwood nos describe, con sobriedad y una finísima ironía que no hiere, el viaje por la geografía de China de dos jóvenes empeñadísimos en alcanzar el frente de la guerra que en 1938 estaban librando chinos y japoneses. El lector tardará poco tiempo en darse cuenta de que no se halla ante una crónica de una guerra, que las intenciones del escritor no serán las de reflejar la faceta más terrible de la condición humana, que el autor no se implica, de entrada, en la denuncia. La magia de Isherwood será sostener la flema, con pulso firme, durante un diario de tres meses, para escribir una crónica de un viaje. De hecho, llega a confesar que cuando las editoriales les dieron a elegir destino para su viaje, escogieron China sin saber muy bien en qué consiste eso de la guerra: “Desde nuestro puesto contemplábamos la guerra como lo habría hecho un pájaro, viendo tan sólo una especie de agricultura siniestra…”. Conservando siempre la compostura, Isherwood disecciona tanto los detalles costumbristas de la vida en las calles chinas, que es el aspecto del viaje que le suscita un mayor interés, como las facetas a las que cabe sacar punta de la gente con la que se van encontrando, entre la que destacan, al margen de militares, misioneros o políticos, dos viajeros impenitentes como son el fotógrafo Robert Capa y el escritor Peter Fleming. Aunque en un par de ocasiones rompe su sentido del humor, rasgando la categoría de la crónica para adentrarse en la realidad, como sucede cuando ante los comentarios de un militar que traza movimientos de batalla sobre un mapa interpreta que la guerra no es así: “Es el bombardeo de un arsenal abandonado que provoca la muerte de unas cuantas ancianas. Es agonizar en un establo con una pierna gangrenada”. Y también a la hora de reflejar la vida de los miserables culíes. Y, sobre todo, en ese arranque final en el que se despacha a gusto sobre la tragedia, llegando a perder su flema, una vez han regresado a terreno seguro, durante una conversación con insensibles militares japoneses.
Ese arrebato, unido a los poemas de Auden, un intelectual preocupado por los problemas del mundo (“no hay forma de discutir con la autocomplacencia de un místico”, dice de él su compañero de viaje, “así que di la vuelta y me fui a dormir”), dan trascendencia suficiente a este libro para que sea algo más que una visita al patio trasero de la guerra. Dentro de la obra de dos escritores de tanto talento, puede que no sea un libro mayor. Pero dentro del género de literatura de viajes, el que triunfa cuando consigue que el lector participe de un itinerario y unos encuentros, se trata de una obra a la que merece la pena dedicarle unas horas de lectura.


Fuente: Quimera